The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 15. Los condenados #2
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Capítulo 15. Los condenados #2

—No —negó con un gesto firme de la cabeza—.

Ya no. Lo que ves es magia de la muerte en su forma más pura: la energía residual de lo que antes fue un alma, pero despojada de conciencia, de identidad, de todo rasgo de humanidad.

—Pasó los dedos a través del pecho de la aparición, que se distorsionó como si fuera humo—.

No son más que vasijas modeladas a partir de pura energía.

Bajé un poco la espada.

—Entonces ¿no son conscientes?

—No más de lo que el agua de un río es consciente de fluir cauce abajo —respondió—. Son fuerzas de la naturaleza, canalizadas a través de mi voluntad.

Y, de pronto, todas me volvieron a atacar.

La espada de un condenado se deslizó por la hoja de la mía con un chirrido. Retrocedí con torpeza y me enganché el talón en la arena blanda. Desequilibrada. Vulnerable. El condenado avanzó con el arma levantada…

Lo ataqué con todas mis fuerzas, con un golpe que concentró toda mi desesperación. La hoja lo atravesó como un hierro de marcar el agua, un tajo del cual brotó el vapor con un silbido, y su figura se disolvió entre las sombras.

Mi espada ya estaba de nuevo en movimiento. Una memoria muscular que no sabía que poseía la desplazó para bloquear el siguiente ataque. El choque hizo que me vibraran los huesos y me dejó ardientes marcas blancas en el campo visual.

—¿Qué es esto?, ¿un espectáculo de luces o una pelea?

A la mierda él y su comentario. Dos condenados más se movieron a mi alrededor. Me ardían los pulmones y el sudor se me metía en los ojos. La espada estelar me zumbaba en la mano, ansiosa de provocar más destrucción.

La aparición de mi derecha amagó un ataque por la izquierda y luego lanzó una estocada baja. Lo vi venir, me aparté y abatí la espada con un tajo vertical que le abrasó el cuello. La cabeza rodó por la arena dejando regueros de humo, hasta que se disolvió.

—¿Eso es todo lo que tienes? —pregunté, a la espera de una respuesta que no llegó.

Tres cuerpos se lanzaron sobre mí al mismo tiempo.

«Vaya, joder».

Me tiré a la izquierda y, al rodar, se me llenó la boca de arena. Me levanté descargando un tajo. La espada se deslizó sobre el pecho del primer condenado y dejó un trazo llameante.

Un acero silbó muy cerca de mi oído, tanto que noté agitarse el aire. Me giré…

La hoja me alcanzó y sentí un estallido de fuego en la espalda. El dolor fue inmediato y cegador. Me incliné hacia delante con la camisa empapada de sangre caliente. Oí a mis espaldas que el condenado se preparaba para descargar otro golpe.

—Eso va a dejar cicatriz —murmuró Xül.

No tenía tiempo de pensar una respuesta mordaz adecuada.

Me lancé directa y mi espada hendió el aire. La luz estelar atravesó el cuello de la cosa, cauterizando el corte a su paso. La cabeza rodó por la arena, pero el cuerpo todavía dio un paso más hacia mí antes de desmoronarse y disolverse como una sombra.

Otro más venía a por mí; del tajo requemado del pecho le manaba sangre negra.

Me interpuse a su torpe intento de golpearme, lo sujeté por la muñeca y le clavé la espada estelar hasta la empuñadura en donde debería estar su nariz.

El golpe produjo un destello de luz y capté un olor a alquitrán ardiendo.

Cuando retrocedió trastabillando, le corté el cuello con un tajo que dejó un rastro de plata resplandeciente en el aire.

Los pocos que quedaban se apresuraron hacia mí, como si estuvieran hambrientos.

Apoyé los pies con firmeza en la arena. La espada de luz estelar se movía hacia donde yo quería, y no hacia donde la llevaba el pánico.

Paré el avance de uno, aproveché su impulso para hacerlo girar y le corté el espinazo con la espada.

Se dobló hacia atrás y se convirtió en cenizas.

Otro me atacó desde arriba. Me agaché para barrerle las piernas y acabé con él con un golpe descendente que lo dejó clavado en la playa.

El último condenado se puso a dar vueltas a mi alrededor con el arma en alto.

No aguardé a que se decidiera. Me lancé hacia él y descargué un tajo en un ángulo que no pudo bloquear. La luz estelar cortó la sombra y los tendones o lo que fueran, y tras su paso solo quedó en el aire el hedor de la putrefacción. El condenado se plegó sobre sí mismo y desapareció.

Xül me observaba con una expresión indescifrable, como buscando algo; su mirada me puso los pelos de punta.

—No sabía que la comida mortal ofreciese tanto sustento —comentó despacio.

Se me heló la sangre, porque reconocí el tono de voz. Sospecha. Curiosidad. Con un esfuerzo, me encogí de hombros y limpié la sangre de la espada en la camisa destrozada.

—El trabajo de verdad muscula —respondí con la esperanza de que mi voz sonase más segura de lo que me sentía—. Deberías probarlo alguna vez.

Pero notaba que me taladraba con la mirada. Lo último que necesitaba era que Xül sospechase que había algo extraño en mí. Antes de su ascensión, él era semidivino; conocía con toda precisión cómo era ese tipo de poder, cómo se manifestaba en la carne mortal.

Tendría que ser más cuidadosa.

Por un momento creí que iba a dar por terminada la sesión. Tenía calambres; me dolía la espalda por donde me había alcanzado la hoja del condenado y el agotamiento empezaba a hacer mella en mí. Aproveché la pausa para recuperar el aliento.

—Te veo capaz de enfrentarte a otra ronda —murmuró Xül.

Yo no lo tenía tan claro, pero no pensaba decirlo en voz alta.

—Por mí, que no quede.

Su sonrisa puso en alerta máxima todos mis instintos. Era maliciosa, una promesa de que lo que llegara a continuación no me iba a gustar.

El suelo empezó a estremecerse de nuevo. Levanté las manos para dar forma de espada a la luz estelar, y otro ser se abrió paso entre las arenas oscuras. Me preparé para enfrentarme a otro condenado anónimo, otro adversario irracional al que hacer pedazos.

Pero, en ese caso, no era anónimo.

Era mi hermano.

Casi se me escapó la espada de entre los dedos.

Sabía que no era él, que no podía ser él, pero lo extraño de tener frente a mí a Thatcher, tan vivo y animado como la última vez que lo había visto, me dejó paralizada.

Hasta el último detalle era perfecto. El pelo negro que le caía por la frente.

La sonrisa apenas esbozada que mostraba los hoyuelos.

Hasta la forma de moverse, esa seguridad innata que hacía que la gente se sintiera atraída por él.

Pero la mirada era vacía. Helada. Muerta.

—Eres asqueroso. —Le escupí las palabras a Xül como dardos envenenados. La cosa que portaba el rostro de mi hermano avanzó hacia mí y yo retrocedí con torpeza. Me temblaba la espada en la mano. No podía. Daba igual que no fuera real. No me sentía capaz de alzar el arma contra esa cara.

—Aprende a dejar de lado lo que te ata, las emociones —dijo Xül en tono pausado—. Es el único modo de sobrevivir.

—Si tengo que matar a Thatcher, supongo que moriremos los dos.

—Y así me demuestras que tenía razón. Es justo lo que me esperaba de ti. —En su voz se traslucía una fría satisfacción—. Estoy perdiendo el tiempo.

La cólera, ardiente y repentina, me quemó el pecho.

—¿Te arrebatan hasta la última emoción humana en el momento en que asciendes?

No lograba entender cómo alguien con una madre mortal, que había sido mortal él mismo, podía ser capaz de tal crueldad.

—Así estoy mejor.

—¿Nunca has querido a nadie? ¿Nunca te ha importado nadie, aparte de ti mismo? —Le hablaba casi a gritos. Cualquier vestigio de deseo que pudiese haber sentido la noche anterior se había evaporado por completo. Eran monstruos, del primero al último.

Xül guardó silencio, sin dejar de mirarme con cierto aire de desinterés divertido.

—¿Cómo puede tu madre mirarte a la cara siquiera? —siseé.

La sonrisa burlona abandonó su rostro poco a poco.

Los ojos se le oscurecieron. Y, al instante, Thatcher se abalanzó sobre mí sin el menor atisbo de calidez en sus facciones.

El silbido de la espada surcó el aire que una fracción de segundo antes ocupaba mi cabeza.

Me tiré a un lado, haciendo saltar la arena, y rodé hasta quedar agachada.

Thatcher me siguió; se movía con una velocidad antinatural.

—¡Pelea conmigo!

No era la voz de mi hermano, sino un millar de susurros entrelazados que se derramaban de su boca como humo. Era un sonido extraño, un coro de almas que hablaban al unísono, una superposición de voces discordantes que me perforaban los oídos.

Bloqueé sus golpes como pude. Las espadas chocaban entre una lluvia de chispas. Era más fuerte que los otros condenados, más rápido, más hábil. Cada ataque estaba respaldado por una fuerza brutal.

—No puedo —grité, aunque moví la espada para detener otro golpe—. No puedo.

—Entonces, muere —se oyó el terrible silbido de susurros que brotaban de los labios de mi hermano.

La disociación entre el rostro de Thatcher y el coro de voces empeoraba la situación, como una perversión de todo lo que él era en realidad.

Al hablar se le escapaba humo por las comisuras de los labios, zarcillos de oscuridad que se disipaban en el aire.

La espada del falso Thatcher me alcanzó en las costillas y me trazó una línea de fuego en el costado. Jadeé y me tambaleé, y él aprovechó la ventaja. Otro tajo en el muslo. Y uno más en el hombro.

—Por favor —susurré—. Por favor, no me obligues a hacerlo.

Pero no había piedad en aquellos ojos vacuos, ninguna señal de reconocimiento de nuestro pasado común ni del vínculo que definía mi existencia. Aquella cosa se había apropiado del rostro de mi hermano, pero estaba vacía. Alzó la espada para descargar un golpe mortal. Y por fin estallé.

Cuando mi furia se desató, la espada estelar brilló con más intensidad, blanca, pura y luminosa. Tensé los músculos y atrapé la hoja que descendía con la guarda de la mía. Durante un momento nos quedamos inmóviles, cara a cara. Podía oler la tierra pegada a aquella carne falsa.

—No eres él —gruñí.