Capítulo 15. Los condenados
–O tra vez.
La voz de Xül, despectiva y hastiada, cortó el aire cargado de sal.
No se había movido de donde estaba, junto a una roca que sobresalía de la negra arena de la playa.
El sol inmisericorde excavaba profundas sombras bajo sus marcados pómulos mientras pasaba páginas con largos dedos que se deslizaban sobre el libro.
Los anillos de oro de las trenzas oscuras atrapaban la luz, y por el cuello desabrochado de la camisa asomaban la piel bronceada y la fuerte columna del cuello.
Me detuve un instante para recuperar el aliento.
—No es lo que me esperaba cuando hablaste de entrenarme. ¿En qué me va a ayudar esto durante los Juicios? Hablando de lo cual, ¿qué pasa? ¿Debo presentarme sin tener ni idea de a qué me voy a enfrentar?
Xül levantó la vista, con un breve atisbo de irritación en sus rasgos perfectos.
—Los aesymar preferimos que los competidores estén sumidos en la ignorancia y en el miedo. Así es más entretenido.
—Entonces ¿no hay modo de prepararse?
Volvió la atención al libro.
—Antes de cada Juicio recibiremos una carta que detallará los parámetros relevantes.
—¿Cuántos Juicios hay? —insistí.
Con un suspiro que indicaba que estaba traspasando los límites de su paciencia, Xül marcó la página en el libro y lo dejó a un lado.
—Cuatro antes del Forjado —replicó como si eso explicase algo que debería ser obvio para cualquiera.
—¿El Forjado?
—Sí, estrellita —dijo Xül—. Ahí es donde la mortalidad se consume y lo que queda, si es que queda algo, se torna divino.
—No suena muy agradable.
—No, no lo es —respondió tajante—. Y tampoco lo que lo precede.
—Lo doy por supuesto, salvo que tus acertijos tengan algún significado secreto.
—Me refiero a ver morir a gente a la que se ha cogido afecto. —Me clavó la mirada—. Un consejo: no te hagas amiga de otros competidores. No merece la pena.
—No tenía intención.
—Mejor. Si quieres aprovecharte de la gente, como un medio para alcanzar tus objetivos, eso es otra cosa, y te animo a ello.
Pero, si te vas a fiar de alguien, ten mucho cuidado.
—Sus ojos se posaron de nuevo en el libro, en un claro gesto de que daba la conversación por acabada—. Y, ahora, una vez más.
Me giré hacia el exigente circuito de entrenamiento que me había preparado mientras daba vueltas en la cabeza a su advertencia. No la necesitaba. No estaba allí para hacer amigos. Mi hermano y nuestra misión tenían precedencia sobre todo lo demás.
Me protestaban los músculos por el esfuerzo, pero no iba a permitir que me viera cansada.
Ni que se diera cuenta de que me ardían los pulmones y me temblaban las piernas tras horas inacabables de preparación física; y menos si estaba ahí sentado, con ese aire elegante y apretando la mandíbula afilada.
Ya era mediodía, y me había tenido toda la mañana nadando en las aguas oscuras, corriendo por la arena negra y haciendo incontables ejercicios que habrían hecho pedazos a una persona más débil.
Aquello me fastidiaba un poco, dado que mi forma física ya era óptima. No era el tipo de entrenamiento que yo tenía en mente. El poder me quemaba en el pecho, suplicando liberarse.
—Está claro que no tengo el menor problema de resistencia —gruñí, y me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Podría hacer todo eso hasta dormida.
—¿No te has cansado aún? Qué lástima. Tenía la esperanza de que estuvieras agotada y así me dieras un poco de paz esta noche. Supongo que tendremos que seguir.
La sutil crueldad de su voz hizo que me hirviera la sangre.
—¿Por qué no te unes a mí, entonces?
—Yo no tengo que luchar por mi vida, y tú sí.
—Seguro que te podría ganar en una carrera. —Se me escaparon las palabras, que me sonaron infantiles incluso a mí. Pero verlo allí sentado, sin hacer nada, mientras yo me partía el culo durante horas, me ponía de mal humor.
Xül sopesó mis palabras y, por fin, una sonrisa lenta y curiosa le asomó a los labios.
—Tendremos que poner a prueba esa teoría.
Caminamos playa abajo hasta que Xül señaló un afloramiento de rocas oscuras, a lo lejos.
—Allí. El primero que alcance ese punto gana.
Me agaché para adoptar la posición de salida, con los músculos tensos y preparados.
Cuando dio la señal, salí disparada y recorrí la costa oscura tan deprisa como me permitieron las piernas.
El corazón me golpeaba el pecho y, a cada paso que daba, la arena salía despedida en nubes oscuras.
No veía a Xül detrás de mí y ni siquiera sentía su presencia, lo que me hizo sonreír satisfecha.
Llegué a las rocas con los pulmones en llamas y un canto triunfal en las venas… y descubrí que Xül ya estaba allí, apoyado con languidez en la piedra, como si llevara horas esperando. A su alrededor, el aire aún brillaba como efecto secundario de haber distorsionado la realidad.
—Vamos, eso es hacer trampa —dije entre jadeos, con las manos apoyadas en las rodillas.
—Y en eso consiste la lección —respondió con suavidad—. Yo puedo hacer esto, y tú no. En los Juicios, las cosas no son justas, y, si crees que puedes prever el siguiente movimiento de cualquier competidor, te engañas.
Le clavé la mirada mientras, en mi corazón, la cólera y la reticente aceptación de lo que me decía libraban una batalla. Tenía sentido, pero no pensaba reconocerlo en voz alta.
—¿Cuánto tiempo más tendré que correr por la playa hasta que te des por satisfecho?
Xül me estudió unos instantes y sus ojos recorrieron mi piel sudada.
—Supongo que podemos poner las cosas más interesantes. Pero recuerda que lo has pedido tú.
—¡Por fin! —Me sentí aliviada. Recorrimos juntos la playa hasta el lugar donde habíamos empezado.
—Empuña tu estrella —me ordenó, reclinado contra la roca—. Forja tu arma.
Extendí las manos hacia el cielo, en busca del tirón familiar de la energía celestial.
De día era más difícil; las estrellas estaban muy lejos y el extraño sol de aquel dominio sofocaba su luz.
Pero logré encontrar una y atraje su esencia a mis manos hasta que su luz se coaguló en algo sólido.
La espada que se formó era más pequeña que la que había creado en la Prueba, pero no menos mortífera.
Miré a Xül con expectación y alcé la espada forjada de estrellas.
—¿Qué pasa? ¿Vas a luchar con las manos?
Su sonrisa fue como una promesa maliciosa.
—Si en algún momento necesito mover un dedo es que algo ha salido terriblemente mal.
El suelo empezó a temblar.
Y entonces los vi. Unos dedos pálidos, engarfiados, que se abrían paso por la arena negra como si brotasen flores grotescas. Detrás salieron los brazos, los hombros, cuerpos que se retorcían y se rehacían a medida que se arrastraban a la superficie.
Aquellos seres anónimos se movían con una gracia antinatural; sostenían armas que relucían con su propia luz oscura. Me rodearon formando un círculo perfecto. Eran al menos una docena, con los rostros sin ojos vueltos hacia mí.
—¿Qué…? ¿Qué son? —Intenté mostrar más confianza de la que sentía en realidad.
—Los condenados —respondió Xül con una sonrisa. Uno de ellos se lanzó a por mí.
La luz estelar chocó con el metal corrompido y el impacto me sacudió los brazos y los hombros.
Cuando las armas se tocaron, se oyeron el silbido y el chisporroteo de la energía al rojo vivo.
Aquella cosa presionó con su arma y mis pies resbalaron por la arena.
Dioses, qué fuerte era. Mi hoja vibraba contra el acero oscuro mientras yo me esforzaba para que no me alcanzara la garganta.
Un movimiento a mi izquierda. Me lancé de lado en el preciso momento en que otra hoja cortaba el espacio ocupado un instante antes por mi cráneo.
Xül ladeó la cabeza.
—Créeme, prefieres pelearte con estos que con los cadáveres enterrados en las profundidades de esta playa.
Desvié un golpe por poco.
—¿Hay diferencia?
—Ay, estrellita. —Suspiró—. Para empezar, el olor. Estos —señaló a aquellas apariciones— son mucho más tolerables.
—¡Pero eres necromante! —jadeé entre golpe y golpe—. ¿Los cadáveres no son lo tuyo?
—Soy el guardián de los condenados —me corrigió—. Las almas son elegantes, refinadas. Los cadáveres son… sucios. Solo alzo a los muertos en caso de absoluta necesidad. Cuando las cosas se ponen muy feas.
—¡Antes de esto me habría venido bien un poco de práctica con la espada! —le grité al tiempo que levantaba el arma y paraba otro golpe por los pelos.
—¿Y qué crees que estás haciendo?
Logré desviar otra estocada y luego giré para esquivar un tercero.
Las apariciones se movían con una coordinación desconcertante, como si fueran proyecciones de una única voluntad en vez de entidades individuales.
Le di un tajo a uno y la espada le rasgó el torso, pero no lo derribó.
Una energía oscura fluyó y reparó el daño, y el corte se selló.
—No es posible matarlos —jadeé. Avanzaron de nuevo y yo retrocedí.
Xül hizo un pequeño gesto con la mano y los seres oscuros se detuvieron al instante, congelados en sus posiciones.
—No. No se puede. —Pasó entre las figuras inmóviles como si fueran estatuas y se me acercó—. Te enfrentas a seres que no están vivos de verdad, así que no pueden morir de verdad.
—Entonces ¿qué son? —exigí saber, sin bajar la guardia.
—Cuando te he dicho que son los condenados, no me refería a espíritus errantes ni a almas tal como tú las imaginas.
—Tocó una figura, que se onduló bajo sus dedos como agua oscura—.
Cuando mueren las almas más malévolas y corruptas, su energía no viaja a la otra vida como es habitual.
Sigue… mancillada. Esa energía se queda atrapada en la prisión de Draknavor.
—¿Así que son personas…? —pregunté asqueada.