Capítulo 14. Estrellita #3
—Por los pelos. —Se reclinó con una elegancia insufrible—. Los Juicios no se plegarán a tus gustos. No se detendrán mientras luchas con tu conciencia o con tu patética aversión al derramamiento de sangre.
Aelix se agitó.
—Igual deberíamos…
—No. —Mi voz había adquirido una delicadeza letal—. Déjalo terminar. Quiero saber qué piensa exactamente.
La sonrisa de Xül se amplió.
—Tienes suficiente poder para ser peligrosa, pero no agallas para sobrevivir. Sigues creyéndote la heroína de esta historia. —Se inclinó hacia delante—. Los héroes mueren entre gritos. Solo los asesinos ascienden.
El silencio se extendió entre nosotros.
—Pues enséñame a ser una asesina —dije sosteniéndole esa mirada bicolor sin pestañear.
—¿Y por qué iba a perder el tiempo intentando forjar algo a partir de un material tan… blando?
Mis venas estallaron en llamas.
—Ponme a prueba. Puede que te sorprenda.
Aelix se levantó con apresuración palpable.
—Debería ir a buscar a Marx para… —dijo mientras se retiraba—. Sí, bueno, espero veros muy pronto.
Ninguno de los dos hizo caso de su fuga.
Pero el instinto de supervivencia acabó por imponerse y me levanté de golpe.
—Mañana. —No miré atrás—. Entréname y decide por ti mismo lo útil que puedo ser.
Tres pasos. Fueron todos los que conseguí dar antes de que él se materializara frente a mí, con esa velocidad imposible de los aesymar. Retrocedí tambaleándome hasta chocar contra la piedra, y de inmediato sentí unas manos frías y muertas que salían de la pared y me agarraban las muñecas.
—Tu mente mortal no alcanza siquiera a imaginar lo que te espera si de verdad quieres mi tutelaje. —Hablaba con voz grave, autoritaria. Aquellos ojos se clavaron en los míos con una intensidad gélida—. No creo que estés preparada ni de lejos para lo que pueda exigirte.
Sus palabras entrañaban una amenaza, y sentí un escalofrío de incertidumbre. Aquella versión de él, centrada, depredadora y letal, era muchísimo más atractiva que el cabrón desdeñoso con el que había estado tratando.
—Puedo con más de lo que crees. —Mi voz se mantuvo firme.
Un atisbo de sonrisa se dibujó en su rostro.
—Menuda bravuconería para alguien a quien nunca han puesto a prueba de verdad. —Dio un paso adelante—. Dime, señorita Morvaren, ¿qué pasa cuando se te empuja más allá de todos los límites? ¿Cuando todos tus instintos te gritan que te sometas?
—Yo no me someto a nadie. —Levanté la cabeza.
—Todo el mundo acaba dándose por vencido. —Examinó el líquido de su vaso—. Algunos requieren… una persuasión suave. Otros necesitan una mano más firme.
—¿Y a qué grupo pertenezco? —pregunté antes de poder contenerme.
Me miró con los ojos entrecerrados.
—Estoy seguro de que me combatirías con uñas y dientes. Tendría que empeñarme a fondo para logar cualquier pequeño avance. —Dejó la copa en un estante, a mi izquierda—. Presionarías y presionarías hasta que no me quedara más remedio que demostrarte qué les pasa a quienes fuerzan sus límites.
—¿Crees que podrías quebrantarme?
—¿Quebrantarte? —Una risa helada—. Sería un desperdicio. Me gustaría mucho más doblegarte .
Cada sílaba rezumaba una promesa oscura.
El fuego me inundó las mejillas y su sonrisa se volvió salvaje.
Quería apartarlo de un empujón, hacer cualquier cosa que no fuera quedarme allí plantada. Pero jamás me habían hablado así, con una confianza tan devastadora y depravada. Había despertado en mí algo que estaba desesperada por enterrar.
Se me puso justo delante; su presencia dominaba el espacio que nos separaba. Su ojo negro parecía devorar la luz, creando sombras que danzaban por aquellos rasgos tan marcados.
—Si vuelves a escuchar conversaciones privadas a escondidas —afirmó—, no llegarás viva a los Juicios.
Sonó a despedida; pero, en vez de dar media vuelta, se acercó más. Las manos de la pared se apretaron alrededor de mis muñecas mientras el aliento de Xül me rozaba los labios.
—Tienes un problema con los límites —dijo con una voz de terciopelo sobre acero—. Puede que haya que darte una lección sobre las consecuencias.
—Eres bastante observador para no tener el menor interés por mí —dije.
—Te gusta jugar con fuego, ¿eh? Ver cuánto puedes acercarte antes de quemarte… —Me rozó con el pulgar la comisura de los labios—. Antes de que yo te haga arder.
Por los dioses.
Un destello repentino atravesó el cristal, seguido de un impacto sordo que levantó polvo de las estanterías.
La mirada de Xül se desvió hacia la ventana, y enarcó una ceja con curiosidad distante.
—Curioso —murmuró antes de volver a dirigirme su atención.
El corazón me martilleaba el pecho. ¿Había sido yo? Sentí que me recorría el cuerpo un calor indómito, desenfrenado, como algo que intentara abrirse paso a zarpazos.
«Contrólate, Thais».
—Mañana —susurró contra mi oído.
Me sostuvo la mirada durante un momento que se hizo eterno, y después se apartó y me dejó en el sitio mientras las manos que me retenían se disolvían lentamente.
—Al amanecer —añadió desde la puerta—. No te retrases.
Me quedé allí mucho después de que se hubiera ido. El corazón intentaba salírseme del pecho, y me ardía hasta la última terminación nerviosa. Al final me deslicé pared abajo, tratando de recoger del suelo los pedazos dispersos de mi dignidad.