Capítulo 14. Estrellita #2
Dejé a un lado el primer libro y cogí otro de la misma sección. Más anotaciones en los márgenes. Lo hojeé frenética.
Ahí estaba: todo un pasaje dedicado al Cataclismo Encarnado.
Vivros poseía la capacidad de manipular toda la materia viva en su nivel más fundamental. Según los testigos, el Primigenio podía volver la sangre de un guerrero en su contra, haciendo que sus huesos se tornaran frágiles como el cristal.
Dioses.
Seguí pasando páginas.
… una fuerza capaz de doblegar la materia a su voluntad con tan solo un pensamiento. Las montañas de carne se volvían fluidas; las plantas se convertían en polvo.
«Las montañas de carne se volvían fluidas».
Se me cortó la respiración.
Pensé en el cuerpo de Drakor colapsando sobre sí mismo. El espantoso sonido húmedo de un dios aniquilado en un abrir y cerrar de ojos. El grito de rabia y dolor de Thatcher, y luego… nada. Drakor había dejado de existir.
Así, sin más. Justo como lo que podía hacer Vivros.
El libro se me resbaló de entre las manos, que de repente estaban sudorosas. Me obligué a seguir leyendo, buscando con temor creciente otros pasajes marcados.
Tras la derrota de Moros, Vivros quedó transformado para siempre.
No existía defensa alguna contra el poder del último Primigenio y, al final, hizo falta el poder combinado de los doce aesymar fundadores para acabar con él.
Poseía un gran poder, sí, tanto que resultaba peligroso dejarlo sin control.
Doce dioses. Se había necesitado la colaboración de doce dioses para poner freno a aquel poder.
Me dejé caer en un sillón cercano, tratando de asimilar lo que leía. ¿Era por eso en realidad por lo que Xül quería hacerse con Thatcher? Por los dioses, ¿pensarían lo mismo las otras Leyendas? ¿Y los Doce?
Cerré el libro de golpe y volví a colocarlo en su sitio.
No sabía qué hacer con esa información. Me la guardé en un rincón de la mente, aunque me carcomía.
Thatcher poseía el poder de los Primigenios, y Xül lo sabía.
Y yo no tenía ni idea de qué planeaba hacer con ese conocimiento ni de qué significaría para nosotros.
Cuando volví a la zona habitada del castillo, la sobrecogedora luz que atravesaba las ventanas había adquirido un tono de rojo más intenso. Anochecía.
A medida que me acercaba oía voces procedentes del salón principal; risas quedas de hombre y el tintineo del cristal.
Seguí el sonido y me encontré frente a una escena que plasmaba el lujo erudito a la perfección.
Las paredes estaban recubiertas, de suelo a techo, de paneles de madera oscura.
Había sillones de cuero dispuestos alrededor de una enorme chimenea, y desde las altas ventanas se podían contemplar las aguas negras del océano.
El aire estaba cargado del denso aroma de los pergaminos antiguos y el licor oscuro.
Xül estaba allí, recostado en uno de los sillones con una copa de cristal en la mano, y por primera vez pude verlo sin la ropa formal.
Vestía una sencilla camisa negra que se ceñía a su estilizado tórax, con las mangas remangadas para revelar unos antebrazos fibrosos.
Se había recogido las trenzas hacia atrás, con cuentas y aros que brillaban a la luz del fuego.
Llevaba adornos el pelo, en los dedos y en la nariz. Prácticamente rezumaba oro.
Reconocí al otro hombre de inmediato; lo recodaba de la Elección.
Se trataba de Aelix, una Leyenda que había ocupado un puesto al fondo de la mesa.
Era llamativo a su manera, con rasgos puntiagudos y una piel pálida marcada por intrincadas cicatrices que parecían creadas deliberadamente.
Llevaba el pelo oscuro y muy corto, y, cuando se rio de algo que decía Xül, sus dientes brillaron con un blanco resplandeciente.
Me aparté de la puerta antes de que me vieran y escuché, pero no pude evitar echar un vistazo al interior; los sillones estaban girados en el ángulo idóneo.
—Bueno, es evidente que lo mejor habría sido hacerse con el asesino de dioses —decía Aelix, dando vueltas al líquido ambarino de su copa—. Sin duda, este es su sitio.
—Y ahora está con Chavore —respondió Xül con ese tono de aburrimiento aristocrático que empezaba a reconocer como habitual en él—. Lo que significa que, antes de que acabe el mes, estará ganándose el favor de Olinthar.
—Desde luego. Pero no me digas que no había otros bendecidos más adecuados para Draknavor. ¿Por qué elegiste precisamente a una portadora de estrellas?
—Ya sabes que me encanta complicar las cosas en Sundralis —respondió Xül con una sonrisa afilada.
« Sundralis » . El dominio de Olinthar.
Aelix se echó a reír.
—Deduzco que no piensas guiarla hacia la ascensión.
—¿Y proporcionarles otra aliada? Ni hablar. Prefiero quitársela.
La sangre se me heló en las venas y a continuación empezó a hervir.
Así que era eso. Yo no era más que una herramienta política, elegida con el único fin de privar a otra deidad de la ventaja que suponían mis habilidades.
Xül no tenía la menor intención de entrenarme ni el menor interés en mi supervivencia más allá de la satisfacción de frustrar a sus rivales.
Pues eso estaba a punto de cambiar.
Entré en el salón como si fuera mío, cogí el decantador de cristal y me serví una generosa copa del líquido que contenía.
Ninguno de los dos hombres pareció sorprenderse por mi aparición.
—Mira quién ha decidido vestirse hoy —ronroneó Xül.
No le concedí la satisfacción de mirarlo, aunque podía sentir sus ojos sobre mí. Igual que la noche anterior, recorriendo minuciosamente toda la piel que quedaba descubierta.
—Sí, bueno, me temo que hoy no tienes espectáculo. —Apreté los dientes.
—Me preguntaba cuándo nos honrarías con tu presencia —dijo Xül arrastrando las palabras.
—No iba a dejar que te divirtieras solo tú. —Me dejé caer en un sillón de cuero y mi sonrisa se hizo cortante como una navaja—. Pero no quería interrumpir.
El rostro cicatrizado de su acompañante fue cambiando de expresión mientras me estudiaba.
—Aelix —se presentó—. Aesymar de la sangre maldita. Vivo al otro lado de la isla. —Su sonrisa se había vuelto cálida—. Es un placer conocer por fin a la nueva protegida de Xül.
—Thais Morvaren. —Apuré el vaso de un trago ardiente y lo dejé en la mesa—. Ahora, me encantaría saber más sobre cómo pensáis dejarme morir.
—Tus posibilidades de sobrevivir son ridículas —dijo Xül, y ladeó la cabeza para examinarme como a un animalillo ligeramente entretenido—. Por mucho entrenamiento que pudiera proporcionarte.
—Qué tranquilizador. —Mi voz rezumaba un veneno dulce como la miel—. Pero, si vas a ver cómo muero, al menos ten los huevos de reconocer que es porque no eres capaz de instruirme y no porque, por el motivo que sea, no merezco tu atención.
Aelix se echó a reír antes de captar la expresión de Xül y pensárselo mejor.
—Tu poder no está en tela de juicio. —Xül agitó su copa con aire amenazador—. Alguien capaz de arrancar las estrellas del cielo y forjar armas podría reducir imperios a polvo.
—Entonces ¿dónde coño está el problema?
—Tenías una espada de puro fuego estelar y la usaste de escudo. Y, cuando tuviste que elegir entre matar y morir, vacilaste. —Su ojo dorado se me quedó adherido como una mariposa al cristal—. Ni todo el poder del mundo tiene valor si te falta entereza para ejercerlo cuando importa.
—Sobreviví.