Capítulo 14. Estrellita
M e desperté enredada en unas sábanas de seda que probablemente costaban más que nuestra cabaña de Cresta Salada. La luz entraba por las altas ventanas tiñendo todo de rojos y dorados.
Era un dormitorio enorme, con suelos de piedra negra y paredes cubiertas de cuadros impresionantes.
El baño había sido la auténtica sorpresa de la noche anterior: aguas termales que atravesaban la habitación, procedentes de un manantial de verdad, humeantes y perfectas. Me quedé sumergida hasta que se me arrugaron los dedos.
Por la mañana, al mirar a mi alrededor a la luz del día, tuve que reconocer que todo el lugar era imponente. Aceites y jabones se alineaban en estantes excavados en las paredes, y todo olía a flores y espuma de mar. Era un lujo que superaba cualquier cosa que hubiera imaginado jamás.
Una parte de mí quería sentirse culpable por disfrutarlo, pero ¿cuándo tendría otra oportunidad? Si iba a morir, aprovecharía la situación hasta entonces. ¿Por qué no?
Me comuniqué con Thatcher a través de nuestro vínculo, ese hilo invisible que nos había conectado desde el nacimiento. Seguía ahí, tenue pero constante. Estaba vivo y, por lo que podía percibir, parecía casi… ¿satisfecho? Al menos uno de nosotros llevaba aquello más o menos bien.
Era probable que mi hermano ya estuviera cautivando a Chavore. Mientras tanto, yo estaba sola en un castillo con un tutor que preferiría estar en cualquier otro sitio.
Thatcher y yo nos habíamos prometido desempeñar nuestros papeles, ser los alumnos perfectos, aprender todo lo que pudiéramos.
Pero ¿cómo se suponía que iba a instruirme si mi tutor ni siquiera quería estar en la misma habitación que yo?
El plan solo funcionaría si conseguía acercarme a él, ganarme su confianza o su respeto, cosa bastante difícil cuando me trataba como si fuera un mueble.
Mi estómago eligió ese momento para rugir, interrumpiendo mis cavilaciones. Claro. Lo primero era la comida; ya pensaría más adelante en la forma de salir del embrollo.
Me obligué a abandonar la pecaminosa comodidad de la cama y me acerqué al armario. Dentro encontré toda una colección de prendas de tonos rojos, negros y antracita. Los tejidos eran exquisitos: sedas vaporosas, terciopelos con cuerpo, cuero tan flexible como el agua.
Me decidí por un vestido ligero gris oscuro que caía en suaves pliegues desde un grueso tirante anudado sobre un hombro.
El escote me cruzaba el esternón en diagonal, dejando la clavícula al aire, mientras que una estrecha abertura bajaba por el centro.
No resultaba provocativa, pero sí que llamaba la atención.
La espalda estaba abierta por completo, y la falda tenía un corte que llegaba hasta el muslo y dejaba al descubierto mi pierna bronceada.
Era tan bonito como poco práctico, y no parecía diseñado para lo que se considerase entrenamiento en el dominio de la muerte.
Las sandalias de tiras a juego parecían instrumentos de tortura. Las dejé en su sitio y salí descalza de mis aposentos, siguiendo el aroma del pan recién horneado y el leve tintineo del cristal por los sinuosos pasillos.
El comedor que encontré era tan elegante como todo lo demás: una larga mesa de madera oscura pulida, rodeada de sillas de respaldo alto y ventanales con vistas al negro mar.
La mesa estaba puesta con fuentes de bordes dorados cargadas de fruta fresca que brillaba con el rocío, pan aún caliente y tarros de vidrio llenos de miel dorada.
Pero no había nadie.
Una umbría que pareció salir de la nada hizo una profunda reverencia al ver que me acercaba a la mesa.
—Buenos días, mi señora. Su alteza tiene asuntos que atender en la capital. Te pide disculpas.
—Cómo no —dije entre dientes—. ¿La capital?
—La Ciudad Eterna —aclaró mientras me servía una taza de té—. Tiene previsto volver esta noche. Puedes explorar el recinto como desees, aunque te rogamos que permanezcas dentro de los límites por tu seguridad.
Pues vaya entrenamiento. Cogí un bollo y me acomodé en una silla, intentando acallar la decepción.
—¿Necesitas algo más, mi señora? —preguntó la sirvienta.
—No, gracias. —Le hice un gesto para que se marchara.
Decidí adoptar otra perspectiva. Él iba a pasarse todo el día fuera, lo que me daba carta blanca en su castillo.
Tal vez fuese el momento de investigar un poco.
Una cosa era segura: aquel palacio era gigantesco.
Pasé horas deambulando por pasillos que parecían interminables, vagando por habitaciones cuyas finalidades no podía siquiera imaginar. Cámaras que vibraban con una energía tan intensa que me daba dolor de cabeza.
El aislamiento resultaba abrumador. A lo largo de mi recorrido me habría cruzado como mucho con una docena de sirvientes, figuras fantasmales vestidas de negro y rojo oscuro que se inclinaban al verme, pero que nunca hablaban.
Ningún otro pupilo, ninguna otra Leyenda, nadie que pudiera servirme de distracción ni de aliado.
Solo yo, en un castillo construido para la gente que vivía en él multiplicada por diez.
Desde luego, era precioso. Cada habitación en la que entraba era una obra maestra de la arquitectura y la decoración, con líneas fluidas y curvas orgánicas que parecían formaciones naturales.
Pero también era profundamente solitario, de una forma que hacía que me doliera el pecho de nostalgia por la calidez, atestada y caótica, de Cresta Salada.
La biblioteca se encontraba en el ala opuesta del castillo, y estuve a punto de pasarla por alto en mi inspección.
Cuando por fin empujé las enormes puertas de roble, mis ojos recorrieron las estanterías con asombro.
Era un espacio inmenso, con libros que se elevaban hasta un techo abovedado con un fresco de constelaciones que no reconocí.
Orbes de luz flotaban entre las estanterías como luciérnagas perezosas.
Un sirviente estaba colocando libros en los estantes, cerca de un ventanal, con movimientos cuidadosos y precisos. Cuando entré, levantó la vista y se inclinó ligeramente.
—Mi señora —dijo en voz baja—, ¿buscas algo en concreto?
—Solo estoy echando un vistazo —respondí, y me acerqué a examinar los títulos de la estantería más cercana.
El sirviente siguió poniendo cada volumen en su sitio y me sorprendí observándolo. Trabajaba con una atención reverente. Un grueso libro de cuero negro con sujeciones de plata me llamó la atención cuando lo levantó.
—Menuda colección —dije tratando de sonar despreocupada.
—En efecto. El rey Morthus pasó casi un siglo recopilando textos de todos los dominios. Gran parte del conocimiento que se guarda aquí no existe ya en ningún otro sitio.
—Si son tan valiosos para Morthus, ¿por qué están aquí y no… donde sea que viva?
—Esto era, en un principio, un pabellón de caza.
Dado que queda lejos de la capital y cerca de los territorios de los sabuesos del dolor, estaba destinado a albergar colecciones importantes en los confines más remotos y de más difícil acceso de Draknavor.
—El sirviente colocó con cuidado otro libro en la estantería—.
No estaba concebido como residencia permanente, sino como depósito de objetos valiosos que necesitaban protección.
Cuando el príncipe Xül ascendió al trono, lord Morthus se lo ofreció como sede.
—¿Sabuesos del dolor? —pregunté. Había muchas más incógnitas, pero nunca había oído aquellas palabras.
El umbrío apretó los labios y bajó la vista.
—Son unas criaturas muy grandes, de pelaje oscuro y ojos incandescentes.
Son… seres complicados. Aunque su misión es consolar a las almas que tienen problemas con la transición a la muerte, son fieros protectores de sus guaridas y, si perciben una amenaza, son tan peligrosos para los mortales como para los divinos.
—Me lanzó una mirada significativa—. Por eso insistimos en que los invitados no abandonen los terrenos del castillo.
A la hora de defender lo suyo, los sabuesos no distinguen entre amigos y enemigos.
Eso lo explicaba todo. El aislamiento, el lujo mezclado con la sensación de haber quedado al margen de todo. Aquel lugar era, en esencia, una bonita cárcel en los confines del mundo.
Seguí echando un vistazo a los libros, fingiendo desinterés mientras me fijaba en dónde colocaba cada uno.
—Debe de ser una lectura fascinante —dije.
—No es para cualquiera. Trata un asunto bastante oscuro. Pero nuestro príncipe tiene intereses muy particulares —añadió señalando la sección en la que trabajaba.
—¿Yo puedo… leer cosas así? Por eso de que soy mortal.
El sirviente se volvió a mirarme con la lástima grabada en el rostro.
—Tampoco nos preocupa demasiado que este conocimiento salga del reino divino.
—Ah, claro —dije al caer en la cuenta—. Porque o asciendo o muero.
El sirviente se limitó a asentir y prosiguió con su trabajo.
Esperé a que terminara antes de dirigirme a esa sección. Allí estaba el libro de cuero negro que le había visto colocar.
Crónica del último conflicto entre los Primigenios .
Lo cogí y lo abrí por una página al azar.
Eran de pergamino grueso, cubiertas de un texto denso sobre seres y poderes que ya no existían.
De pequeña había oído rumores sobre los Primigenios, anécdotas transmitidas de generación en generación, piezas que nunca encajaban del todo.
Pero los mortales no tenían libros de aquella época, solo fragmentos de historias que se habían narrado una y otra vez hasta que la verdad y la leyenda quedaron entremezcladas.
Aquello era distinto. Era detallado. Aséptico.
El poder de Vivros había crecido más allá de todos los límites naturales y se erigía como la última barrera contra la corrupción que asolaba los reinos divinos.
El conflicto fue tan catastrófico que fracturó la mismísima realidad.
Lo que había sido una sola existencia se dividió en cuatro sistemas independientes, dispersos por todo el Abismo, cada uno aislado de lo que en otro tiempo habían compartido.