The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 13. Thatcher
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Capítulo 13. Thatcher

U na vez más, se había repetido la pesadilla sangrienta. La de la Leyenda que estallaba.

Al otro lado de las ventanas seguía siendo de noche. En Cresta Salada, a estas horas estaría ya en los muelles, tirando de las redes, y me arderían los músculos debido al ejercicio, en vez de estar tumbada en una cama demasiado mullida a la espera de que el sol asomase tras el horizonte.

¿Se presentarían de pronto los sirvientes del palacio para vestirme, como habían hecho antes de la Elección? Los tejedores de sueños se obsesionaban con cada detalle, empeñados en enderezarme el cuello del traje y alisar hasta la última arruga.

Suspiré y me levanté de la cama. Seguro que, tras veintiséis años de vestirme yo solo, me las apañaría.

La ropa del armario valía más que todo nuestro pueblo: túnicas bordadas de colores que las hacían parecer joyas, camisas de tejidos que alimentarían a una familia durante meses. Cogí lo más sencillo que encontré. El peso de la riqueza me resultaba ajeno sobre la piel.

Me acudió a la mente el rostro curtido de Sulien, las patas de gallo cuando sonreía, los callos de las manos tras pasarse años enseñándonos a pescar. ¿Qué pensaría si me viera en aquel momento?

«Merece la pena morir por eso». La promesa que nos habíamos hecho Thais y yo. Si destruir el reinado de Olinthar requería que me portase como un estudiante entusiasta, me convertiría en el mejor mentiroso de Voldaris.

Al otro lado de las ventanas se extendía Bellarium, una monstruosidad de pistas de entrenamiento y salones de juicio. A lo lejos se alzaba, imponente, un estadio de color blanco hueso.

Una llamada a la puerta interrumpió mis pensamientos.

—Adelante —dije mientras adoptaba la máscara que esperaban de mí: los hombros relajados y los ojos abiertos y maravillados.

Los anchos hombros de Chavore llenaron el marco de la puerta.

—Buenos días, chaval. —Sonrió y los dientes blancos destacaron sobre la piel tostada—. ¿Has dormido bien?

Respondí con otra sonrisa.

—Como un tronco —mentí con toda naturalidad.

Su risa resonó en el techo.

—¿Estás disfrutando tu estancia en Bellarium? ¿Te has ido adaptando estos días?

—¿Días? —Fruncí el ceño—. Llegué anoche.

Se apoyó en la jamba y frunció el ceño.

—Cuando eres inmortal, pierdes un poco la noción del tiempo. Lo comprenderás cuando asciendas.

Aquella suposición implícita de que me uniría a sus filas me molestó un poco. Asentí, pero me guardé la información. No su lapso de memoria, sino la certeza con que hablaba de mi futuro.

—Sígueme —ordenó—. Es hora de saber de qué estás hecho.

«De sangre y venganza», pensé, pero supuse que mejor me reservaba eso para mí.

Los pasillos de color gris pizarra estaban entreverados de plata. Seres de rasgos alargados, engalanados con uniformes militares azules, pasaban a nuestros lados con la cabeza gacha. Se movían al unísono, como si los controlase una única mente.

Me fijé en que Chavore los saludaba; un ligero asentimiento aquí, un esbozo de sonrisa allá. El poder lo envolvía como un manto, invisible pero evidente en cada paso reposado. El mundo se ajustaba a su ritmo, no al revés.

—¿Quiénes son? —me interesé.

—Los syrenari. La élite de Bellarium, medio soldados y medio jueces, incapaces de mentir. —Adoptó una mueca burlona—. En una fiesta son lo peor.

Descendimos por una escalera de caracol que se retorcía entre guerreros inmovilizados en plena batalla, con expresiones que conjuntaban el triunfo y la agonía.

—Debo reconocer —dije, y dejé que la confusión se me trasluciera en la voz— que sigo sorprendido de que me eligieras a mí.

Chavore me miró de soslayo.

—Ah, ¿sí? ¿Y por qué?

—Por toda la situación. En un momento estoy a la espera de que me ejecuten por carecer de poderes, y, al siguiente, he eliminado a Drakor y, en vez de recibir un castigo, me tutela un príncipe.

Adoptó una expresión seria, sin rastro del humor anterior.

—No hay muchos en Draknavor a quienes se echaría de menos si faltasen.

Se me aceleró el pulso al notar el desliz. Había fracturas entre los dioses, grietas que podría explotar más adelante.

Cruzamos una galería en cuyas paredes se libraban batallas. La belleza y la destrucción, entretejidas en inacabables monumentos a su propia gloria.

—¿Y qué pasa con Thais? —pregunté. La preocupación que asomó a mi voz en esa ocasión era genuina—. Está en Draknavor. —La distancia tensaba y debilitaba el vínculo que nos unía; me bastaba para saber que seguía viva, pero no cómo estaba.

Chavore tragó saliva.

—Xül y yo fuimos amigos.

—¿Qué pasó?

—La realidad eclipsó nuestros lazos infantiles. —Se encogió de hombros—. Era difícil que mantuviéramos la amistad cuando los valores con los que nos habían criado eran opuestos.

—¿Valores opuestos? —insistí, procurando no traspasar el límite entre la curiosidad y la precaución.

—El señor de la muerte y el rey del orden se han enfrentado desde el principio de los tiempos. —Me condujo más allá de unos campos de entrenamiento en los que los syrenari se entregaban a coreografías mortales.

—Tu hermana lo superará —añadió; tal vez me había notado tenso—. Xül es muy listo y no deja que nadie lo olvide. No te preocupes; sobrevivirá.

Sobrevivir. El mínimo imprescindible. Pero sobrevivir representaba tener una oportunidad, y Thais sabía cuidarse mejor que ninguna otra persona que yo conociera.

—Ya hemos llegado —anunció Chavore cuando alcanzamos la linde del bosque.

Los árboles se cernían sobre nosotros; las cortezas destellaban con vetas doradas y las hojas relucían en tonos verdes y amarillos. El poder hacía vibrar el aire y me ponía los pelos de punta.

—Veamos. —Chavore desentumeció los hombros—.

Redujiste huesos a astillas con un simple pensamiento.

Eso es… —Calló unos instantes, con la mirada perdida, pero enseguida se concentró de nuevo—.

Es increíble de cojones, la verdad. —Se empezó a pasear de un lado a otro, pero no fue una explosión de energía nerviosa; más bien parecía que moverse lo ayudara a pensar—.

Explícamelo con detalle. En aquel preciso momento, ¿qué experimentaste?

Vacilé, pero su mirada expectante exigía una respuesta.

—Pues… podía ver los huesos, las venas. A través de la piel, a través de todo.

—Podías verlos. —Se detuvo en medio de un paso y se volvió a mirarme—. No los sentiste, no los percibiste… ¿Viste, en realidad, la estructura?

Asentí despacio.

—¿Y luego?

—Y, luego…, quise que aquello parase. Y se hizo pedazos.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Así que no es solo destrucción; primero hay percepción, y, después, manipulación. Necesitas ver lo que vas a afectar. —Se dio un golpecito en la sien—. Esa es la clave.

Se me acercó con los brazos abiertos.

—Eso significa —siguió— que, antes de entrenarte el poder, tenemos que entrenarte la vista. A ver si puedes hacerlo de nuevo, si puedes mirar debajo de la superficie. Pero ahora no rompas nada, solo mira.

El miedo me produjo un escalofrío.

—¿Y si no puedo controlarlo? ¿Y si…?

Se encogió de hombros.

—Entonces me ganaré unas cicatrices muy interesantes. Empieza conmigo. Intenta ver lo que hay debajo.

Me lo quedé mirando en silencio.

—Tranquilo —me indicó Chavore—. Drakor no estaba preparado para lo que le hiciste, pero yo sí. Y que no pueda prenderte fuego con la mente ni cegarte con una luz celestial no quiere decir que sea frágil.

Cogió una espada de prácticas del armero y la dobló con las manos desnudas hasta formar un círculo perfecto mientras el metal chirriaba.

Me picó la curiosidad.

—¿Cuál es tu poder?

Chavore desvió la mirada; luego la bajó hacia el suelo y chasqueó los dientes.

—Algunos estamos dotados de habilidades que no se muestran hacia el exterior.

Menos impresionantes a la vista, quizá, pero a menudo más útiles.

Al fin y al cabo, soy el aesymar de la estrategia.

Si me dieron ese título fue por una buena razón.

—Se detuvo y se alisó el pelo con la mano—.

Pero, incluso dejando eso de lado, podría oír los latidos de tu corazón de una punta a otra del campo de entrenamiento.

Si hiciera falta, podría seguirte la pista por el bosque solo con el olfato.

Los huesos no se me quiebran con facilidad, y las heridas se me curan en minutos, no en semanas.

—Me miró a los ojos—. La verdad es que pocos de nosotros tienen grandes poderes ofensivos; son muy infrecuentes entre los nacidos en Voldaris.

Fíjate en Elysia, por ejemplo. Es capaz de hacer encantamientos e ilusiones, y de infundirlos en otras personas, pero eso no la ayudaría en una pelea cuerpo a cuerpo.

Ni falta que le hace; si quisiera, podría desmembrar a alguien con las manos desnudas.

—Bueno es saberlo —murmuré.

Su confianza me tranquilizaba y me decepcionaba a la vez.

Una parte de mí, la que se había forjado durante años de odio y ocultación, se preguntaba si podría terminar con aquello allí mismo.

Permitirme perder el control una vez más y acabar con Chavore.

Y luego seguir con el resto del panteón, un dios muerto tras otro, hasta llegar al propio Olinthar.

—En fin, basta de perder el tiempo. —Chavore hizo crujir el cuello—. ¿Qué ves?

Me concentré en él, tratando de recuperar la conexión que se había activado durante el ataque de Drakor. Al principio no pasó nada; Chavore estaba frente a mí y me miraba, expectante.

Luego, el mundo cambió.

La piel se volvió transparente y dejó a la vista la red de vasos que había debajo y que latían al ritmo de su corazón. Los órganos brillaban, formas familiares que solo había visto en los textos anatómicos de Lira.

—Puedo verte —murmuré, más fascinado que precavido.

Chavore sonrió.

—Estupendo. Ahora, prueba con ese árbol de ahí.

Señaló un enorme roble cuyas raíces se arrastraban por el suelo como dedos engarfiados. Me concentré en él e intenté atravesar la corteza con la vista.

Nada. Madera, savia, hojas. La conexión que fluía de forma tan natural con la carne se negaba a ampliarse al árbol.

Fruncí el ceño y me concentré con todas mis fuerzas hasta que se me perló la frente de sudor. No hubo ningún cambio en el árbol, que se mantuvo indiferente a mis esfuerzos.

—No puedo —reconocí. La frustración me quemaba la garganta.

—Me lo esperaba —respondió Chavore, pensativo y sin rastro de fanfarronería—. Tu poder se despertó cuando te sentiste amenazado. Se manifestó para destruir un cuerpo que te atacaba. Ese canal sigue abierto, pero hay otros que aún están cerrados para ti.

Se agachó y acarició con los dedos la hierba del suelo.

—Empieza por algo más pequeño. Hasta los grandes ríos nacen siendo arroyos.

Me arrodillé a su lado y posé la palma sobre el césped perfecto. Cada brizna era inmaculada, sin rastro de sequía o enfermedad. Cerré los ojos y traté de buscar la conexión que había sentido con la carne y la sangre.

Al principio, nada. Después, una chispa, diminuta pero innegable. Una única brizna me llamaba, resonaba con la fuerza que me corría por las venas. A diferencia de la violenta tormenta que consumía a Drakor, esa nueva conexión era un susurro.

Seguí el flujo de nutrientes a través de aquel tallo, el agua que ascendía de la raíz a la punta. Luego, con un pensamiento sutil, lo interrumpí. La brizna se agostó al instante, se curvó sobre sí misma como un insecto moribundo.

—Vaya, vaya —murmuró Chavore—. Parece que tus talentos, después de todo, no se limitan a matar dioses.

Me miré las manos, encallecidas tras años de tirar de las redes y remendar velas, que ahora eran instrumentos mortales.

¿Qué más sería capaz de conseguir? ¿Dónde estarían los límites?

¿Y cómo podría blandir ese poder contra Olinthar?

Las posibilidades, oscuras y poderosas, se me abrían paso en la mente a zarpazos. Si lograba dominar ese poder, afinarlo y fortalecerlo, se convertiría en un arma que no se esperaban. Yo sería su perdición, y no su instrumento.

—Entrenaremos a diario —declaró Chavore.

Me dio una palmada tan fuerte en la espalda que me hizo tambalearme hacia delante.

Su sonrisa era afilada y retadora—. Mañana pasaremos a las flores; luego, a los arbustos, hasta llegar a los árboles.

Quizá, tras eso, a los animales. Pero no mis syrenari; los necesito a plena capacidad.

Su agitación resultaba tan contagiosa que le sonreí a mi vez, con una expresión sincera y no la máscara que había adoptado desde mi llegada. Durante un instante casi olvidé que era el hijo del dios que había destruido todo lo que yo amaba.

En el camino de vuelta a las brillantes torres de Bellarium catalogué cada detalle, cada debilidad, cada fragmento de información que pudiese resultarme útil llegado el momento.

Dominaría ese poder. Aprendería los secretos de Bellarium. Descubriría los puntos flacos de Olinthar.

Por Thais. Por Sulien. Por la familia que habíamos perdido y por la venganza que habíamos jurado.

«Merece la pena morir por eso».

Que me instruyeran. Que me entrenaran. Que creyeran que servía a sus propósitos.

Descubrirían demasiado tarde qué habían creado en realidad.