The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 12. Draknavor
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Capítulo 12. Draknavor

L a última Leyenda tomó su decisión y, antes de que el competidor bendecido llegase siquiera hasta su tutor, Xül ya estaba de pie. Pasó junto a mí sin dedicarme ni una mirada, levantando la muñeca en un gesto sutil.

El aire… se partió. Di un paso atrás. El corazón me golpeaba las costillas mientras la realidad se desgarraba ante mí. Como si hubieran cortado con un cuchillo el mismísimo tejido del mundo.

La grieta quedó allí, suspendida en el aire vacío. Xül siguió caminando sin mirar atrás, y sus sirvientes entraron en hilera a continuación. Iban embozados en prendas de color negro y carmesí oscuro, con el rostro oculto bajo la capucha.

Supuse que debería seguirlo como una mascota obediente. Pero si él no se molestaba en hablarme, en reconocer mi existencia más allá de un gesto desdeñoso, yo no tenía por qué dejar pasar la que podría ser mi última oportunidad de ver a mi hermano.

Nunca habíamos estado muy lejos. Ni una sola vez en veintiséis años.

Incluso cuando uno de nosotros salía en una barca de pesca o viajaba a un pueblo vecino para comerciar, siempre nos encontrábamos cerca.

El máximo de tiempo que habíamos pasado separados era, quizá, un día.

No tenía ni idea de qué ocurriría con nuestro vínculo cuando estuviéramos a dominios de distancia.

¿Cómo iba a sobrevivir sin él? Había sido mi ancla durante toda mi vida. Mi otra mitad.

A través de nuestra conexión, sentí el mismo dolor desesperado en él.

Rodeé la mesa esquivando a los sirvientes, a los dioses y a los competidores remolones. Por el rabillo del ojo vi a Chavore, que se acercaba a hablar con Kavik. Era un momento tan bueno como cualquier otro, de modo que apreté el paso en dirección a Thatcher.

—Cómo le gusta el drama a tu tutor —comentó.

—Y que lo digas.

—Intenta no tocarle los cojones. —Sonrió con cansancio.

No pude evitar sonreír yo también. Los dos sabíamos que no era probable.

—Ni se me pasaría por la cabeza.

Envolví a Thatcher en un abrazo y tuve que contener un sollozo de alivio. Era sólido y cálido; seguía siendo mi hermano, hecho de sal, arena y corrientes marinas, igual que yo. A pesar de la ropa elegante que lo hacía parecer uno más de aquel reino de dioses y monstruos.

—No sé cuándo volveré a verte —le susurré contra el hombro, tan bajo que solo él podía oírme—. Pero te quiero. Y vamos a superar esto.

Me apretó tanto que me dolieron las costillas, como si de alguna forma pudiera insuflar su fuerza en mis huesos y hacerme invulnerable.

—Yo también te quiero. Intenta que no te dobleguen.

Quería reírme de eso. ¿Doblegarme? Xül no tenía ni idea de a qué se enfrentaba. Pero, pese a toda mi bravuconería, estaba aterrorizada. De quedarme sola, de fracasar, de lo que fuera que me esperase en el dominio de la muerte.

Me empapé de la sensación de seguridad, de estar completa, antes de que un carraspeo interrumpiese nuestro momento.

—Señorita Morvaren, tiene que venir conmigo ahora mismo.

Uno de los sirvientes de Xül se había quedado atrás, jugueteando con el dobladillo de su túnica mientras miraba nervioso hacia el portal.

La grieta parpadeaba como si fuera a desaparecer de un momento a otro, dejándonos varados en aquella cárcel resplandeciente.

No me habría sorprendido que fuera así, Xül tenía toda la pinta de ser de los que abandonaban lo que no les interesaba.

Thatcher y yo nos miramos por última vez. Los dos asentimos con solemnidad y luego me forcé a alejarme.

Cada paso que daba hacia ese portal parecía arrancarme un pedazo de alma. Me sentía como si dejase atrás todo lo que alguna vez me había importado para caminar por mi propio pie hacia la destrucción.

Hacia Draknavor. Un lugar del que solo había oído hablar entre susurros, el dominio al que iban todas las almas, donde los muertos moraban en la oscuridad eterna.

Pero, al llegar a la grieta entre los mundos, no vacilé. Crucé sin pensármelo.

El viento pasó silbando por mi lado, acompañado de un familiar aroma salino. Y entonces el portal se cerró de golpe a nuestra espalda, y de repente me encontré en un mundo que existía más allá de los límites de todo lo que había conocido.

Lo que se extendía ante mí no tenía nada que ver con las historias que me habían contado.

Un imponente castillo negro se alzaba en la arena oscura, con sus chapiteles apuntando a un cielo del color de la sangre fresca.

De la costa sobresalían rocas afiladas como los dientes de una bestia enorme, y, entre ellas, las olas rompían en una danza constante e hipnótica, dejando en la arena rastros de espuma brillante al retirarse.

Debería haber sido una visión aterradora, una pesadilla de piedra negra y cielo carmesí. Sin embargo, me resultó atractiva.

Puede que fuera el mar. Incluso allí había agua que se movía, respiraba y cantaba la canción con la que había crecido.

Bajo mis pies, la arena era negra como el vidrio volcánico.

Seguía siendo arena. Seguía siendo una playa.

Seguía recordándome en cierto modo a mi hogar, por mucho que estuviera pintada con esos tonos de otro mundo.

A lo lejos, ya atravesando a zancadas un enorme portón doble de hierro que lucía el emblema de una llave negra cruzada por una guadaña plateada, estaba mi nuevo tutor. El príncipe de Draknavor, al parecer demasiado importante, o demasiado irritado, para esperar a su indeseada pupila.

No podía ignorarme tan fácilmente. Apreté el paso, aunque la falda del vestido se me enredaba en las piernas, y luego eché a correr a toda velocidad. El sirviente que iba detrás de mí soltó un grito de alarma, pero lo ignoré.

Me había pasado toda la vida dejándome subestimar, sin llamar la atención y extremando las precauciones. Pero se acabó.

Xül abrió de golpe las puertas del castillo, tan gruesas que parecían capaces de resistir un asedio.

Mi mano se estrelló contra la madera cuando empezaban a cerrarse.

El impacto me sacudió el hombro, pero aun así empujé para abrir, con la respiración entrecortada por la carrera y el aire enrarecido de aquel nuevo dominio.

—¡Disculpa! —jadeé, y, nada más entrar, lo rodeé y me antepuse para cortarle el paso.

El interior del castillo era tan imponente como el exterior, todo arcos altísimos y rincones oscuros, iluminado por lo que parecían orbes flotantes de fuego pálido. Pero apenas tuve tiempo de asimilarlo antes de que Xül se dignara por fin mirarme a la cara.

De cerca, su presencia era aún más abrumadora que en la pista. Aquellos ojos se entrecerraron para mirarme. Era tan alto que tuve que echar la cabeza hacia atrás, y vi en sus rasgos la belleza característica de los depredadores: esbelto, poderoso y peligroso.

—Eh…, esto… —comencé, y enseguida me maldije por hablar con voz entrecortada.

—Puedes apartarte de mi camino. —Su voz era refinada, precisa, cada palabra con el filo del desdén aristocrático.

Su displicencia hizo que me hirviera la sangre, y el vapor disipó mi nerviosismo. Bien. La ira me resultaba útil. También me hacía peligrosa a mí.

—¿Te importaría decirme qué se supone que debo hacer ahora? —Me planté en el sitio para dejar claro que no tenía intención de moverme.

—Para eso están los sirvientes. —Empezó a rodearme de nuevo, pero yo volví a dar un paso atrás para interponerme.

—¿Los sirvientes también me van a entrenar?

La mueca de desprecio de Xül era una obra de arte: hermosa, hiriente y totalmente desprovista de calidez. Se inclinó hasta que su aliento me hizo cosquillas en la oreja, y me esforcé por no estremecerme ante su proximidad.

— Esos sirvientes no —murmuró, y había algo letal en su forma de decirlo.

«¿Qué coño significa eso?».

El corazón me dio un vuelco, pero alcé el rostro de todos modos.

—Se supone que tienes que instruirme.

—Todo se andará. —Esta vez consiguió seguir caminando, y ya estaba quitándose la chaqueta de gala como si nuestra conversación hubiera terminado.

La prenda cayó al suelo, seguida inmediatamente por sus zapatos, que lanzó de dos patadas sin reducir la marcha—.

Mientras tanto, disfruta de las numerosas comodidades de la Aguja de Hueso.

Surgieron de la nada varios sirvientes que recogieron la ropa tirada, con movimientos tan ensayados que saltaba a la vista que se trataba de algo habitual. Me enfrentaba a un nuevo nivel de gilipollas.

—¿Y qué demonios hago ahora? —le grité con la voz cargada de desdén.

Se detuvo al pie de una majestuosa escalera que se curvaba hasta perderse en la penumbra de la planta superior y se giró lo justo para soltar su última pulla:

—No podría importarme menos.

Dicho aquello, emprendió la subida; poco después se oyó un portazo en las alturas del castillo, y el golpe resonó en el espacio cavernoso como un redoble fúnebre.

Maravilloso. Simplemente maravilloso.

Me quedé allí plantada, en medio de aquel enorme vestíbulo, rodeada de sirvientes que no se atrevían a mirarme a los ojos, sintiéndome como si me hubieran abofeteado. No, peor aún. Como si me hubieran borrado, invisibilizado.

—Puedo acompañarte a tus aposentos —dijo con timidez una sirvienta umbría, apretando contra el pecho uno de los zapatos que Xül había tirado por ahí.

Mientras miraba la escalera desierta, la rabia se agolpaba en mi interior como una marea.

No daba crédito. Que yo no fuera su primera opción, que hubiera preferido a mi hermano antes que a mí, no me hacía menos merecedora de su tiempo.

Yo había arrancado las estrellas, literalmente, y había forjado con ellas una puta espada.

Y él me trataba como a un estorbo. Como a algo que se había visto obligado a aceptar en contra de su voluntad.

No importaba. Si tenía que aprender por mi cuenta, que así fuera.

Si tenía que averiguar cómo sobrevivir en aquel reino por mí misma, que así fuera.

Al menos allí, por primera vez en mi vida, podía usar mis poderes sin restricciones.

No tenía motivos para esconderme ni para contenerme.

A saber de qué podría ser capaz si no me pasaba todo el tiempo tragándome mi propio fuego.

De repente, el vestido me resultaba asfixiante; gasa vaporosa y placas metálicas, todo creado para hacerme parecer algo que no era. Algo delicado.

A la mierda.

Sin hacer ni caso de los ofrecimientos cada vez más frenéticos de la sirvienta de acompañarme a mis aposentos, giré en redondo y empujé las gruesas puertas para salir.

¿Disfrutar de las comodidades? De acuerdo.

El portón de hierro seguía abierto; lo crucé sin dudar y caminé de nuevo hacia la orilla.

Me tironeé los cierres del vestido hasta que cayó formando un montón a mis pies. Las piezas metálicas golpearon la arena con pequeños sonidos musicales, y la gasa se hinchó con el extraño viento que silbaba a mi alrededor. Me quedé allí con solo la ropa interior de seda.

Entonces también me la arranqué.

Y me introduje directamente en el mar.

El agua me recibió con un frío que me calaba hasta los huesos.

Sabía a sal, a metal y a lo que quizá fuera magia.

Acogí de buen grado la conmoción, la forma en que me sacaba el aire de los pulmones y me aceleraba el corazón.

Me sumergí bajo la ola siguiente y dejé que el silencio submarino aplacara lo peor de mi furia.

Ahí abajo no había voces. No había expectativas ni ojos dorados que juzgasen mi valía.

No había dioses que decidiesen mi destino sin tomarse la molestia de consultarme.

Solo el sonido amortiguado de mis propios latidos y la presión del agua contra la piel, arrancándome los últimos restos de perfume y de las pinturas que me habían untado por toda la cara, hasta que solo quedé yo, Thais, de Cresta Salada, que había crecido buceando en busca de perlas y compitiendo con su hermano entre las olas que intentaban arrastrarlos a ambos hacia el fondo.

Me quedé bajo el oleaje hasta que me ardieron los pulmones, y salí a la superficie solo para volver a sumergirme. Una y otra vez.

Una libertad indómita me vibraba en el pecho. Floté bocarriba, contemplando los lejanos puntos de luz, y, por una vez, no luché contra el poder que bullía bajo mi piel. En vez de reprimirlo o encerrarlo, lo alcancé.

Las estrellas respondieron. Se iluminaron una por una, con una luz cada vez más intensa, hasta que el cielo oscuro se inundó de su resplandor. Extendí los brazos en el agua, sintiendo la conexión con esos destellos lejanos.

Cuando por fin volví a la orilla, con el pelo en mechones pegados a la espalda y gotas de agua adheridas a la piel, la lejana luna proyectaba reflejos plateados sobre la arena negra. Cuando me agachaba a recoger mi ropa abandonada, un movimiento me llamó la atención.

Una silueta, enmarcada en una de las altas ventanas del castillo.

Me recorrió un escalofrío. Me enderecé con lentitud, con el pelo aún chorreando, y miré directamente hacia esa ventana. Hacia él.

Porque era él. A pesar de la distancia, a pesar de las sombras que ocultaban sus rasgos, supe que era Xül.

Podría haberme tapado. Podría haber cogido el vestido y haberme escondido detrás.

Pero me quedé allí y dejé que me mirara.

Que viera exactamente lo que había elegido: no a una chica dócil que le hiciera reverencias y se arrastrara por su atención, sino a alguien que podía devolverle la mirada sin pestañear.

Al final emprendí la marcha de vuelta al castillo. Mis pies descalzos dejaban huellas en la arena oscura, y podía sentir sus ojos siguiendo mis movimientos a cada paso.

La sirvienta de antes esperaba junto al portón de hierro, retorciéndose las manos. Apartó la mirada de inmediato al ver que estaba desnuda, y sus pálidas mejillas se sonrojaron.

—Supongo que ya puedes llevarme a mi habitación —dije sorprendida por lo firme que sonaba mi voz. Me sentía desinhibida.

Ella asintió frenética y me condujo a través de los sinuosos pasillos del castillo, pasando junto a estatuas de piedra y puertas que conducían a estancias sumidas en las sombras.

Pero no presté atención a nada de eso. Estaba centrada en el camino que tenía por delante.

Yo era Thais Morvaren, la portadora de estrellas, y había ido hasta allí para aprender cómo matar a un dios.

Si el príncipe pensaba que podía hacer como si no existiera, pronto descubriría hasta qué punto se equivocaba.