Capítulo 11. La elección
T antísimos ojos dorados…
Las Leyendas aesymar estaban sentadas frente a nosotros, y los siervos divinos de los diversos dominios se alineaban contra las paredes y susurraban entre ellos.
El aire vibraba de poder y me producía un hormigueo en la piel, quizá por la consciencia de mi mortalidad en aquella sala repleta de dioses.
Los treinta y siete bendecidos que habíamos sobrevivido a la Prueba formábamos una hilera frente a una mesa de amatista pulida.
Nos observaba un número equivalente de Leyendas, pero se les iban los ojos una y otra vez a un punto en concreto.
Aunque no hubiese podido sentir a Thatcher a través de nuestro vínculo, no me habría costado averiguar dónde estaba solo con fijarme en dónde aterrizaban sin cesar todos aquellos ojos brillantes.
Los tejedores de sueños tenían razón. Ninguno se mostraba enfadado ni temeroso. Parecían total y absolutamente intrigados.
Me arriesgué a mirar la fila de reojo y vi un hermano que no se parecía en nada al que había dejado por la mañana.
Su equipo lo había ataviado con un traje negro que le marcaba los anchos hombros, y le habían peinado a la perfección el cabello negro.
Sostenía las miradas doradas sin pestañear, con un esbozo de sonrisa asomado a los labios.
O estaba interpretando su papel de maravilla o disfrutaba de la atención.
Por un momento había temido que cambiara de opinión. ¿Y si el pacto que hicimos la noche anterior, sellado con sangre y dolor, se había derrumbado ante el peso de la situación?
Pero no. Por nuestro vínculo me llegó una tenaz resolución equiparable a la mía.
Hora de que yo también interpretara mi papel, pues.
Me volví hacia la mesa y me enfrenté a las miradas que cayeron sobre mí. Fingí lo que esperaba que fuese una sonrisa complaciente e intenté proyectar confianza, en vez del terror que me reconcomía por dentro.
Un escriba se abrió paso hasta la parte frontal de la sala y se detuvo al otro lado de la mesa de amatista. Cuando desenrolló el pergamino le temblaron un poco las manos, y, la verdad, no podría culparlo. Cualquiera se sentiría intimidado ante tanta atención divina.
—El tiempo de observación ha terminado —anunció con una voz que reverberó en las paredes de cristal—.
Podemos empezar con la Elección. Espero que, al terminar el día, todo el mundo haya podido elegir al candidato de su preferencia; pero eso, por supuesto, es muy improbable.
—Varias Leyendas rieron por lo bajo—. Según la tradición, las siete…
, perdón, las seis Leyendas que presidieron la Prueba tendrán el honor de ser las primeras en escoger.
Después tomarán su decisión las demás. Gracias a Aella, aesymar del caos, cada uno de vosotros encontrará bajo su asiento una ficha de oro con su número.
Las Leyendas cogieron las fichas y me esforcé por interpretar sus reacciones.
Algunos parecían complacidos por el número que les había tocado; otros, resignados.
Y luego mis ojos, como atraídos por algún inoportuno imán, recayeron en uno de ellos.
Xül. Llevaba un traje negro con adornos de cristal rojo y tenía sujetas detrás de la cabeza las trenzas del día anterior.
Vi que apretaba con fuerza la perfecta mandíbula y arrojaba la ficha a la mesa con gesto despectivo.
—¿Podría ponerse en pie el número uno? —pidió el escriba.
Miria se levantó de su asiento con un movimiento grácil. Iba envuelta en un reluciente vestido verde oscuro.
—Miria, felicidades por el puesto que te ha tocado. Escoger en primer lugar siempre es un honor —dijo el escriba—. Por favor, anuncia tu elección.
Hice todo lo posible por atraer la atención de Miria: cuadré los hombros y erguí la cabeza para tratar de ofrecer una imagen de tranquila confianza.
Ella era nuestra mejor opción, la única Leyenda que había demostrado compasión durante el carnaval de horrores del día anterior.
Recorrió la hilera con la mirada y se detuvo en varios competidores, pero no llegó a pararse en mí. Ni tampoco en Thatcher.
—Nicolai Themstrom —dijo por fin; su voz resonó por toda la sala.
Cerca de la mitad de la fila, un muchacho de pelo muy rubio dio un paso al frente. Parecía muy joven, de diecinueve o veinte años. Avanzó hasta colocarse detrás de la silla de Miria, con las manos a la espalda.
«Joder».
Acabábamos de empezar y ya habíamos perdido a nuestra favorita.
—¿Podría ponerse en pie el número dos?
Se me heló la sangre en las venas al ver que se levantaba Chavore.
Supuse que compartiría el dominio de su padre, pero no estaba segura.
Si los dioses basaban sus elecciones en las habilidades que habíamos mostrado, tal vez me escogiese a mí.
Los tejedores de sueños me habían dicho que era justo e imparcial.
La portadora de estrellas que había forjado un arma de luz celestial resultaba una elección obvia.
«Dioses». Iba a elegirme a mí, ¿verdad…?
—Thatcher Morvaren —dijo con una sonrisa digna de un guerrero, y señaló a mi hermano con la barbilla.
Se me paró el corazón. Demasiado próximo, demasiado peligroso. ¿Cómo íbamos a…?
El golpe de una silla al caer restalló en la sala antes de que Thatcher tuviera tiempo siquiera de salir de entre los demás. Xül estaba de pie, con las manos apoyadas en la mesa, y su mirada era aún más fría que antes.
—¿Debo suponer que es una broma? —preguntó con voz grave y amenazadora. Miró a Chavore con los ojos entornados, pero este, que no parecía intimidado en absoluto, solo se encogió de hombros como si el estallido de Xül no fuese más que una molestia insignificante.
—¿Cuál es el problema, viejo amigo?
La palabra «amigo» rezumaba sarcasmo.
—No pinta nada en Bellarium, so idiota —saltó Xül—. Sus habilidades encajan mejor en Draknavor.
Me estrujé el cerebro para tratar de recordar los nombres de los dominios divinos. Dioses, ¿por qué no había prestado más atención a las historias?
—Yo diría que encaja a la perfección en el dominio de la guerra —replicó Chavore con una calma exasperante—. Un poder como el suyo podría reconfigurar por completo un campo de batalla.
Así que, después de todo, Chavore no compartía dominio con su padre. Interesante.
—Un poder como el suyo —respondió Xül con los dientes apretados— procede de la misma fuente que el mío. La vida y la muerte, el crecimiento y el deterioro… Esas cosas pertenecen únicamente a mi dominio.
—Ah, ¿sí? —Chavore ladeó la cabeza y a su voz asomó una nota de auténtica curiosidad—. A mí me pareció muy similar a la guerra. Fue algo rápido, decisivo, eficaz. —La sonrisa se volvió más incisiva—. En realidad, una buena estrategia.
La temperatura de la sala descendió varios grados.
Las demás Leyendas observaban la discusión con interés.
Algunos parecían divertidos, y otros, preocupados.
En la fila de competidores reinaba un absoluto silencio, por miedo de atraer la atención, supuse, mientras dos dioses se peleaban por Thatcher como si fuera un arma de especial interés.
—Absurdo —contestó Xül con voz baja y letal—. Crees que, por ser capaz de mover piezas en un tablero, entiendes las fuerzas que las impulsan.
—Y tú crees que, como te relacionas con cadáveres, tienes el monopolio de las fuerzas destructivas. —Chavore le lanzó a Xül una mirada satisfecha.
Las manos de Xül se cerraron en puños sobre la mesa.
—Arrogante hi…
—Caballeros —interrumpió una nueva voz. Elysia—. Tal vez deberíamos reservar los debates filosóficos para después de la Elección, ¿no os parece? Seguro que muchos de nosotros tenemos criterios más sólidos que una mezquina rivalidad.
La expresión de Chavore no se alteró.
—Por supuesto, Elysia. Qué poco considerado por mi parte. —Se acomodó en la silla—. Thatcher Morvaren, por favor.
Thatcher dio un paso al frente con la más absoluta neutralidad dibujada en sus facciones. El escriba paseó la mirada de uno a otro, no del todo seguro de que la confrontación hubiese concluido.
—¿Podría ponerse en pie el número tres? —casi sollozó por fin.
Xül suspiró, pero no se dignó moverse.
—De acuerdo —dijo con voz irritada—. Yo me quedo con la otra.
Me clavó la mirada. No vi en sus facciones ni el más mínimo rastro de calidez o bienvenida, solo una fría valoración teñida de resentimiento. Tuve que hacer un esfuerzo para contener un escalofrío.
—Te pido disculpas, guardián —dijo el escriba con voz temblorosa—. ¿Podrías aclarar tu elección, por favor?
—La otra Morvaren.
¿En serio? ¿Ni siquiera iba a ser capaz de pronunciar mi nombre? Me envaré y la rabia me corrió por las venas.
—Vaya —intervino una mujer vestida de blanco y dorado, sin duda los colores de algún domino de luz y orden—.
Qué elección tan hipócrita, teniendo en cuenta que acabas de argumentar que los competidores deberían asignarse a puestos en los que encajen —siguió con voz dulce y venenosa—.
¿Qué hará una forjadora de estrellas en las profundidades de Draknavor?
Xül se sentó por fin y me hizo un gesto displicente para que me uniera a él.
—Al parecer, hoy no estamos siguiendo el protocolo adecuado, Meriela. —No trató de disimular el sarcasmo—. Supongo que tendrás que conformarte con lo que quede.
Meriela apretó los labios, pero no insistió.
Al menos me había librado de ella, porque su forma de mirarme me había dejado muy claro todo lo que necesitaba saber.
Yo era su primera elección. Y el lugar al que habría querido llevarme era el último al que yo querría ir. El dominio del mismísimo Olinthar.
Caminé y me coloqué detrás de la silla de Xül. La cólera y la angustia pugnaban en mi pecho. Estar tan cerca de él me resultaba abrumador… Irradiaba una energía que se me derramaba por la piel.
Hice lo posible por prestar atención a las demás elecciones, pero la cabeza me daba vueltas.
La cosa no iba bien, en absoluto. Ni para mí ni para Thatcher.
Se suponía que íbamos a trabajar juntos para reunir información.
Tenía la esperanza de que nos tocasen tutores que compartiesen alguna conexión; pero habíamos acabado con dos Leyendas que se odiaban mutuamente.
Espié de soslayo a Thatcher y nuestras miradas se cruzaron un instante. No parecía preocupado en absoluto; si acaso, complacido. Incluso satisfecho. Como si hubiera conseguido justo lo que deseaba.
Entorné los ojos, confusa; no entendía su reacción. ¿Por qué no estaba preocupado?
Y entonces oí un susurro en el vínculo que nos unía, tan débil que me costó percibirlo.
«¿Quién conoce a un padre mejor que su hijo?».