Capítulo 10. Tras la tormenta
A l menos no nos habían matado. Aún.
—Menudo jaleo habéis montado vosotros dos —dijo Lyralei, aunque parecía divertida.
Estuvimos toda la noche en una de aquellas salas anodinas. Ninguno de los dos había podido dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía implosionar a Drakor. Thatcher se pasó gran parte de la noche mirándose las manos como si pertenecieran a otra persona.
Cuando, por la mañana, los guardias fueron por fin a buscarnos, estaba convencida de que nos llevaban a nuestra ejecución.
Mientras nos arrastraban por un pasillo tras otro, agarrándonos con tanta fuerza que nos dejaron marcas, el corazón se me iba a salir del pecho.
Traté de mirar de reojo a Thatcher, pero nos mantenían separados, cada uno de nosotros flanqueado por un grupo distinto de guardias.
Hasta que llegamos a una puerta que reconocí, al otro lado de la cual esperaba Lyralei con una sonrisa cómplice.
A Thatcher se lo llevaron a su propio vestuario, situado un poco más allá en el mismo pasillo; pude atisbar varios seres etéreos con los mismos ojos estrellados que quienes me habían atendido a mí. Más tejedores de sueños.
Me esforcé por respirar con calma y concentrarme en lo que habíamos pactado Thatcher y yo.
Seguirles el juego. Averiguar todo lo que pudiéramos.
Sobrevivir el tiempo necesario para poder usar ese conocimiento contra ellos.
Si buscaba información, tenía que mostrarme cooperativa con aquella gente, e incluso agradecida.
—¿Estará…? ¿Lo van a cuidar bien? —Dejé que la preocupación que sentía en realidad me asomase a la voz.
—El equipo de Ember es excelente —me aseguró Lyralei mientras me conducía hasta la silla.
—Qué lástima. —Vesper apareció a mi lado y miró con evidente disgusto la ropa empapada de sangre—. Era uno de mis vestidos favoritos.
—Lo siento —respondí con mi tono más sincero—. Todo ocurrió muy deprisa.
—Al menos estás viva. —Se encogió de hombros con indiferencia.
—Entonces —señalé al acomodarme en la misma silla que antes—, me imagino que no habrá nadie en Voldaris que no tenga su propia opinión sobre lo que sucedió ayer.
Novalie casi daba saltitos y los ojos le brillaban de emoción.
—Y que lo digas. Todo el mundo está hablando de vosotros. Los mellizos de Cresta Salada que…
—… que mataron a Drakor —terminó Vesper con sequedad mientras me empezaba a desatar el vestido estropeado—. Y con muchísima eficacia, según tengo entendido. En un instante estaba allí, con el encanto natural que lo caracterizaba, y al siguiente… —Hizo un gesto vago—. Chof.
Me lo quedé mirando.
—No parece que te moleste mucho.
—¿Molestarle? —Lyralei se echó a reír—. Seguro que medio reino lo está celebrando.
—Pero era una Leyenda…
—Era un monstruo sádico que disfrutaba mostrando una crueldad innecesaria —atajó Vesper con naturalidad, y empezó a quitarme el vestido manchado—.
De haberse tratado de Miria o de Kavik, los aesymar estarían de luto.
Pero, ahora mismo, diría que más bien los impresiona que alguien haya conseguido cerrarle la bocaza de modo permanente.
Novalie suspiró y me frotó los brazos con un aceite limpiador.
—Tenía cierta tendencia a pasarse de la raya. En los últimos Juicios torturó a una competidora durante tres horas porque sus respuestas no le parecieron aceptables.
Me dio un vuelco el estómago.
—¿Sobrevivió?
—A duras penas. Los sanadores se pasaron varios días recomponiéndole la mente. A Drakor le pareció divertidísimo.
—Y las otras Leyendas… ¿se lo permitieron?
—Es complicado —explicó Vesper; había una advertencia implícita en sus palabras—.
Los tutores gozan de autoridad absoluta sobre sus pupilos.
Lo que ocurra en esas sesiones de entrenamiento se considera privado, incluso si a todos les parece mal.
Después de aquello, Xül le restringió el acceso a Draknavor, aunque en teoría no debería tomar represalias.
—Absorbí toda aquella información mientras Vesper rebuscaba en el guardarropa y extraía un vestido traslúcido de un intenso color azul.
Se volvió para mirarme—. Además, que tu hermano haya sido capaz de algo que les resulta difícil hasta a los dioses ascendidos ha provocado un buen revuelo.
Hacía siglos que no ocurría nada tan interesante.
—Mi hermano mató a alguien y eso es «interesante» —dije desconcertada.
—Tu hermano mató a alguien que llevaba tiempo buscándose que lo mataran —me corrigió Vesper—. No es lo mismo. Aunque debo reconocer que el método fue tajante y muy espectacular.
—¿Cómo os lo podéis tomar tan a la ligera? —quise saber—. ¿No comprendéis lo que significa? Ahora verán a Thatcher como una amenaza. Se van…
—Se van a sentir fascinados —me interrumpió Lyralei con suavidad—. Los aesymar no están asustados, querida, sino intrigados.
Eso empeoraba las cosas más aún.
—¿Cuántos sobrevivieron a la Prueba? —pregunté; necesitaba cambiar de tema y dejar de pensar en las implicaciones de lo que me habían dicho.
—Treinta y siete —respondió Lyralei. Me hundió un peine en el cabello.
—¿Y cuántos participaron?
—Casi trescientos.
«Dioses». Sabía que sería horrible, pero… ¿trescientos?
—Eso es… —Tragué saliva—. Es mucha gente.
—A veces hay más y a veces hay menos. Depende de la calidad de los candidatos y lo creativas que se sientan las Leyendas. —La voz de Novalie ya no sonaba tan jovial.
—¿Cómo deciden las Leyendas a quién escoger?
—Según la tradición, deben elegir a un competidor que se pueda asimilar a su dominio con facilidad, alguien cuyas habilidades complementen las del tutor —explicó Lyralei.
—A veces respetan esa tradición. —Vesper se encogió de hombros—. A veces no.
—¿Y qué pasa después?
—Tu tutor te lo explicará todo —dijo Novalie, que me empolvaba los pómulos con brillo dorado—. Os entrenarán, os aconsejarán, y con suerte lograrán prepararos para que sobreviváis.
—¿Cómo nos entrenarán?
—Vuestras habilidades —intervino Lyralei—. Os ayudarán a afinarlas, a usarlas de modo creativo, a explotarlas al máximo.
—Pero tendrás que prepararte para otras cosas —añadió Vesper, y levantó en el aire el vestido azul—. Habilidades básicas de supervivencia. Combate. Estrategia. Rastreo. Y, por supuesto, cómo comportarse en la sociedad divina.
—¿En serio? —Casi puse los ojos en blanco, pero me contuve.
—Política, alianzas, presentación… —me explicó mientras me ayudaba a ponerme el vestido—. El proceso no depende tan solo del poder en bruto; también tienes que demostrar que, en caso de ascender, podrás encajar aquí.
—Genial. —De nuevo intenté no poner los ojos en blanco, pero fracasé.
—La verdad, querida, es que te vendría bien pulirte un poco. —Vesper se rio—. Pero con nosotros puedes ser tan tosca y grosera como quieras. Nos encanta.
—¿Os he parecido grosera? Pues no habéis visto nada. —Me encogí de hombros y esbocé una sonrisa—. Peleas de bar, duelos de bebida, competiciones de pulso con pescadores malolientes…
—Qué delicia —interrumpió Lyralei con ternura—. Ahora, quédate quieta mientras decido qué hacer con todo esto. —Obedecí y ella se puso manos a la obra.
Mientras Vesper le hacía los últimos ajustes al vestido azul oscuro, me miré de reojo en el espejo.
El corpiño estaba reforzado con unas delgadas tiras metálicas que me cubrían el torso como una armadura, pero la falda estaba formada por capas traslúcidas a través de cuyos pliegues oscuros se me atisbaban las piernas.
Pronto estaría de nuevo frente a las Leyendas, a la espera de averiguar cuál de ellas sería mi dueña mientras durase aquella pesadilla.
Miria parecía mi mejor opción. Ya que me tenía que tutelar alguno de ellos, Miria al menos parecía guardar cierto recuerdo de haber sido mortal. Y que hubiera tratado de impedir que Drakor torturase a Thatcher hablaba bien de ella.
Pero mis preferencias daban igual. La decisión, en cualquier caso, no dependía de mí. Y no solo eso; había muchísimas otras Leyendas que, hasta el momento, solo nos habían visto de lejos. Tendrían que estar presentes treinta y siete tutores, no solo las Leyendas que habían presidido la Prueba.
—Entonces… —dejé caer mientras me ajustaba las vaporosas mangas del vestido—. ¿Alguna hipótesis sobre quién querrá tutelar a unos mellizos cubiertos de sangre?
—Oh, vamos —respondió Novalie con evidente satisfacción—. Todos los tutores os querrán a vosotros.
—Eso me temía.
—Por favor, querida, recuerda que el tutelaje no es como un aprendizaje entre los mortales —indicó Lyralei—. Los dioses esperan obediencia absoluta y dedicación completa. Te moldearán como les parezca para que puedas sobrevivir, al margen de lo que tú desees.
—Suena de lo más razonable…
—Comprendo cómo te sientes —me confió Vesper—. Pero negarse a seguir los consejos de un tutor se considera una actitud casi suicida. Y, de hecho, suele serlo.
En el espejo vi que Lyralei me enrollaba mechas de pelo en rulos calientes.
La idea de ser la posesión de alguien, de cualquiera, pero sobre todo de uno de ellos, despertaba dentro de mí una llamarada de miedo. Sin embargo, la sofoqué y la enterré bajo la máscara de obediencia que estaba aprendiendo a adoptar.