Capítulo 9. El pacto #2
No podía ofrecerle una respuesta. Los dos sabíamos que no había ninguna opción buena.
Y, de pronto, se me ocurrió.
Fue como girar una llave en una cerradura y que todo encajase.
Olinthar.
El nombre me quemó la mente. El rey de los dioses. El que había puesto en marcha toda esa pesadilla, antes incluso de que naciéramos. Cada pérdida, cada muerte, cada momento de terror… Todo nos llevaba a él.
Me temblaban las manos.
Era muy probable que muriésemos. En los Juicios, ejecutados o en la ascensión… Daba igual. Nuestras muertes ya estaban escritas. Pero ¿y si…?
«¿Y si reescribía el final?».
Tuve que aferrarme al sofá para no caer de bruces. No era solo venganza ni justicia, sino equilibrio. Nos había creado mediante la violencia. Era muy apropiado que la violencia lo destruyese a él.
Entonces lo vi. Un propósito, una razón para hacer algo, aparte de soportar aquel dolor sin más.
«Voy a matarlo».
No vi aquella decisión como una elección, sino como la gravedad: inevitable e ineludible. Como si llevase agazapada en mi interior desde el momento que supe lo que le había hecho a nuestra madre.
Me quedé rígida. Ya no se trataba solo de nosotros, sino de todo. De cada niño bendecido al que llevaban a rastras a su muerte. De cada familia hecha pedazos. De cada oración a la que los dioses hacían oídos sordos.
Thatcher me clavó la vista.
—¿Qué?
—Nada —respondí, demasiado deprisa. Me volví y agarré de nuevo la botella.
—Thais. —Me cogió de la muñeca—. Conozco esa mirada.
—¿Qué mirada? No sé de qué me hablas.
Me observó con aquellos ojos que ya habían visto demasiado.
—¿De qué se trata?
Me liberé de un tirón.
—Déjalo, Thatcher.
—No. —Se movió para cortarme el paso—. No me dejes al margen.
—Hay cosas que es mejor no decir.
—Entre nosotros no —atajó con voz baja y peligrosa—. Dime en qué estás pensando.
Por fin lo miré a los ojos para que viera la resolución que crecía en mi interior.
—En la justicia.
—¿Justicia? —repitió.
—Sí.
—Thais…
—Voy a matarlo. —Inspiré hondo—. Voy a matar a Olinthar.
Thatcher se quedó inmóvil.
—Es un suicidio.
—Y cualquier otra opción también. —Me encogí de hombros con brusquedad—. Al menos, así mi muerte tendrá algún significado.
—No. —Negó con la cabeza y se apartó de mí—. No voy a perderte por una fantasía de venganza.
—No es una fantasía —rebatí, tratando de mostrarme razonable.
—¿Qué vas a intentar? ¿Desencadenar una revolución?
—No lo sé. —Bajé la cabeza—. Pero es mi elección, y tú no tienes voz ni voto.
—Y una mierda que no. —El dolor de sus ojos dio entonces paso a una cólera ardiente—. ¿Esperas que te deje encaminarte tú sola a la muerte?
—Espero que respetes mi decisión.
—¿Tu decisión de hacer que te maten?
—Mi decisión de hacérselo pagar. —El latido de mi corazón se había estabilizado—. Asesinaron a nuestro padre, Thatcher. Lo sacrificaron como a un animal delante de nosotros. ¿Qué quieres? ¿Que lo acepte? ¿Que siga adelante?
—Quiero que vivas.
—¿En su mundo? ¿Con sus reglas? —Se me escapó una risa áspera y amarga—. Eso no es vivir. Eso es morir poco a poco.
—No vas a intentarlo. —La voz de Thatcher sonaba fría y decidida—. No te dejaré.
—No puedes impedírmelo.
Nos quedamos mirándonos; ambos nos negábamos a ceder. El vínculo que nos unía vibraba como una madeja de miedo y furia.
—De acuerdo —dijo Thatcher por fin.
—¿De acuerdo? —me sorprendí.
—Si estás empeñada en embarcarte en una misión suicida… —Se calló y tragó saliva—. Yo te acompañaré.
—No.
—Sí. —Se cruzó de brazos y de pronto vi a Sulien en él, el mismo gesto tozudo con los dientes apretados y la mandíbula tensa—. No tienes derecho a tomar una decisión por los dos y luego decirme que yo no puedo elegir por mí mismo.
—Thatcher, por favor…
—Somos mellizos, Thais. Vinimos juntos al mundo. —Hablaba en voz baja—. Si vamos a dejarlo, que sea también juntos.
—Se supone que tú deberías sobrevivir, Thatcher.
—¿Por qué? ¿Porque tú lo digas? —Me cogió de las manos y no las soltó cuando intenté apartarme—. Si vas a ir a por Olinthar, voy contigo. Planeamos juntos, luchamos juntos, y, si morimos —me apretó las manos con más fuerza—, moriremos juntos.
La protesta se me atascó en la garganta, porque conocía aquella mirada. La había visto muchas veces en el espejo.
—Eres idiota —le susurré.
—Debe de ser cosa de familia.
Quería seguir discutiendo, disuadirlo de ir por el camino que yo había elegido. Pero al mirarlo vi en él el mismo fuego que ardía en mi interior. La misma necesidad de algo más allá de la mera supervivencia.
—¿Por Sulien? —pregunté con voz queda.
—Por Sulien —asintió—. Y por nosotros. En nuestros propios términos.
Asentí despacio.
—Entonces, más nos vale ser inteligentes. Que crean que han logrado quebrar nuestra resolución. Que piensen que han ganado.
—Que nos subestimen.
—Hasta el último momento.
—Vamos a sobrevivir a los Juicios. Vamos a averiguar todo lo que podamos sobre su mundo, sus debilidades, sus temores.
Vamos a permanecer vigilantes, a ser estudiantes perfectos y dispuestos a cooperar.
Y, cuando por fin conozcamos a Olinthar —el nombre me sabía a podrido en la lengua—, vamos a acabar con la fuerza que puso todo esto en marcha.
Thatcher dejó escapar el aliento poco a poco.
—¿Y si lo conseguimos?
Pensé en ello: un mundo sin tiranía, sin Juicios, sin una amenaza constante sobre aquellos que nacían con la más mínima brizna de poder, aunque no lo hubieran pedido.
—En ese caso, ninguna otra familia tendrá que pasar por lo que hemos pasado nosotros.
Thatcher asintió, pensativo.
—Merece la pena morir por eso.
—Sí, desde luego —convine.
Los aesymar creían que habían capturado a dos mortales aterrorizados.
No tenían ni idea de lo que habían desatado en realidad.