The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 9. El pacto
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Capítulo 9. El pacto

E l mundo se distorsionó, y de pronto estábamos en otro lugar.

Caí al suelo con fuerza. La soga mágica me mordió las muñecas y cortó el flujo de poder antes incluso de que tuviese tiempo de pensar en usarlo. Thatcher se tambaleaba a mi lado.

Jadeos. Susurros. Voces que se alzaban presas del asombro y la repulsa.

Levanté la mirada y me encontré en una gran sala: techos altos, suelos pulidos, bancos atestados de otros competidores. Todos nos miraban con la boca abierta y los ojos como platos.

Claro. Estábamos empapados en sangre, de la cabeza a los pies. La sangre de Drakor. No quería ni pensar qué otras partes de él llevaríamos pegadas. Dioses. ¿Qué le había hecho Thatcher?

—Moveos —gruñó el guardia que tenía detrás, y me dio un empujón. Otro guardia cogió del brazo a Thatcher y tiró de él en dirección opuesta.

«Ni de puta coña».

—No —dije con un gruñido ronco. Planté los pies y me eché hacia atrás—. No nos vais a separar.

La presión de la mano del guardia en mi brazo se incrementó, pero me resistí con más fuerza.

—Mataré a todos los presentes si me volvéis a apartar de él.

Más murmullos procedentes de la multitud de bendecidos. «Mejor».

—Con esa cuerda en las muñecas, lo dudo —dijo el guardia, y tiró de mí para hacerme andar.

La soga. Como la celda, mantenía mis poderes a raya, inutilizados. Pero se equivocaba si creía que eso me volvía inofensiva.

—¿Crees que no puedo encontrar formas más creativas de acabar contigo? —gruñí, y a continuación le clavé el codo en las costillas. Gimió y aflojó la presión lo justo para que yo pudiera liberarme de un tirón y acercarme a Thatcher a trompicones.

—Ponlos en la misma celda —bufó el guardia que retenía a mi hermano—. Total, no pueden usar sus poderes.

—Eso, hazle caso a tu amigo —le escupí al otro guardia, que se disponía a volver a sujetarme.

Nos arrastraron a través de una puerta y el guardia que yo tenía detrás me apretó las cuerdas de las muñecas hasta que lo maldije; luego, por fin me soltaron, y la puerta se cerró de un portazo.

Me volví a mirar a Thatcher y se me cayó el alma a los pies.

Se lo veía… consumido. La sangre le manchaba el pelo y le caía por la cara dejando huellas de color óxido. Pero los ojos… estaban muertos, con la mirada perdida; como si se hubiera ido a algún lugar remoto y no hubiese encontrado aún el camino de regreso.

Me froté las muñecas y vi que las quemaduras de la soga desaparecían.

Aquel lugar era muy distinto de la mazmorra donde desperté la primera vez.

Estaba limpio y era cómodo. Vi varios cálices de cristal dispuestos sobre una mesa reluciente.

En las estanterías se alineaban botellas de líquidos diversos.

Había una pequeña zona de descanso, y ninguna vía de escape excepto la puerta que habían cerrado tras nuestra entrada.

Me fui directa a las botellas y, tras quitarle el corcho a una, la olisqueé. Alcohol, lo bastante fuerte como para quemar. Eso me serviría.

Di un buen trago y el fuego líquido se deslizó garganta abajo. Después me volví hacia Thatcher y le ofrecí la botella.

No la cogió. Ni siquiera era consciente de mi presencia.

—Thatcher. —Me salió una voz áspera—. Tenemos que trazar un plan.

Parpadeó despacio, como si intentase enfocar la habitación.

—¿No estás preocupada?

Casi me eché a reír.

—Creo que podríamos decir que estoy muy preocupada. Por eso bebo. —Le volví a ofrecer la botella—. Y, por tu aspecto, a ti también te vendría bien.

La cogió, pero le temblaban tanto las manos que pensé que se le iba a caer. No bebió.

—No entiendo lo que ha ocurrido —dijo por fin—. Sentía mucho dolor, y entonces… —Se calló, con la mirada perdida.

—Bueno, está claro que sí tienes poderes, después de todo.

—¿Cómo es posible? ¿Qué poder hace algo así?

El alcohol empezaba a desgastar las aristas afiladas del pánico.

—Míralo por el lado positivo: al menos no se manifestó mientras estábamos en Cresta Salada. Eso sí que habría sido un buen follón.

El humor negro me pareció fuera de lugar incluso a mí, pero necesitaba algo para apartarlo del precipicio al que se estaba asomando.

—Thais…

—Y, total, nadie va a echar de menos a ese cabrón. —Me encogí de hombros.

—Por favor, vamos a hablar en serio.

La desolación que se filtró por nuestro vínculo fue como un latigazo. Le tiré del brazo y me senté con él en el pequeño sofá.

—Ya veremos qué hacemos —dije en voz baja—. Por lo menos, seguimos vivos.

—¿No crees que nos matarán por lo que he hecho?

Me mordí el labio inferior, sin saber muy bien qué responderle. La verdad, no tenía ni idea. Era imposible saber cómo reaccionarían los aesymar a un poder como el suyo. Un pensamiento, y Drakor había… dejado de existir, tal cual.

—Creo que, si quisieran, nos habrían matado allí mismo. ¿Para qué esperar?

Sin embargo, al decirlo comprendí que me engañaba.

No había ninguna historia que hablara de un mortal que hubiese matado a un dios.

Solo los aesymar plenamente ascendidos podían acabar con uno de los suyos, e incluso, en esos casos, las narraciones sobre dioses que luchaban entre ellos describían batallas catastróficas que se prolongaban durante días.

—¿Nunca habías sentido nada parecido? —quise saber—. ¿Estás seguro?

—Jamás. —Clavó la vista en el suelo—. Y ahora mismo no lo siento. Ya… no está.

No lograba entenderlo, pero no lo presioné. De momento.

—Si no te vas a beber eso… —Le cogí la botella y di otro buen trago.

—No sé cómo puedes beber ahora mismo. Yo tengo ganas de vomitar.

Miré la sangre seca que le cubría la cara y el cuello, cogí un trapo de una mesa y me puse a limpiarlo.

—Tenemos que decidir qué vamos a hacer a continuación —dije, concentrada en desprender un reguero tozudo de cerca de la sien.

Asintió, pero seguía con la vista perdida en el vacío.

Le giré la cara y lo obligué a mirarme a los ojos.

—Thatcher, necesito que te centres. Ya te caerás luego a pedazos. Ahora mismo tenemos que hablar.

—No podemos trazar ningún plan, Thais. —Su voz sonaba apagada y abatida—. Nuestro destino depende del capricho de los aesymar. En algún momento nos separarán. Y entonces nos matarán, o yo moriré en los Juicios.

El derrotismo se adueñó de sus rasgos y comprendí que ya se había rendido. Había aceptado que no saldríamos vivos de allí.

Suspiré y paseé la vista por aquella sala anodina. Parte de mí creía que no le faltaba razón.

Nos quedamos un rato en silencio; el peso de lo ocurrido caía sobre nosotros como un sudario. La sangre, la muerte, el poder imposible que había atravesado a mi hermano como una avalancha.

Y entonces me di cuenta de que ni siquiera habíamos hablado de…

—Sulien.

El nombre colgó en el aire entre nosotros. El dolor de Thatcher me golpeó a través de nuestro vínculo. Arrugó las facciones, y de pronto tenía el mismo aspecto perdido que cuando era un crío.

—Se ha ido para siempre, ¿verdad? —susurró.

El sollozo que llevaba un tiempo anidando en mi garganta se liberó por fin.

—Sí. Se ha ido.

—No dejo de pensar en que me voy a despertar. —Se le quebró la voz—. Que esto es una pesadilla, abriré los ojos y él estará ahí, preparando el desayuno y quejándose de que llenamos la casa de arena.

Lo abracé y se recostó sobre mí como cuando éramos niños.

—No dejo de ver la imagen —me susurró sin apartar la cara de mi hombro—. El modo en que lo mataron.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—No se resistió.

—Podría haber hecho algo. Era fuerte. Podría haber intentado huir o… —Su voz sonaba tensa y abatida—. Pero se quedó allí, arrodillado.

—Incluso en sus últimos momentos, solo pensaba en protegernos.

—Yo tendría que haber actuado, tendría que…

—No podíamos hacer nada. —Mis palabras sabían a mentiras—. Nos tenían atados. Estábamos impotentes.

—¿De verdad? —Thatcher se apartó con los ojos rojos y una expresión salvaje—. Tú tenías tu poder. Yo tenía… lo que sea eso que vive en mi interior. Podríamos haberlo intentado.

—Y entonces, junto con él, habrían matado a todos los demás que estaban en la cueva.

—¿Y qué?

—Los aesymar habrían descendido en masa sobre Cresta Salada.

Apartó la vista mientras sacudía la cabeza.

—Thatcher…

—Nos crio. Nos quería. Y se lo hemos pagado dejando que muriera frente a toda la gente que le importaba. —Thatcher se frotó la cara y se embadurnó de lágrimas y restos de sangre—. Dioses. —Se dobló como si hubiera recibido un puñetazo—. Dioses, Thais, se ha ido de verdad. Nunca volverá a casa.

—Ni nosotros tampoco. —Mi dolor se hizo más intenso.

Las palabras flotaron en el aire, afiladas y brutales, y también ciertas.

Era algo que había sentido cada vez más en el transcurso de los últimos días.

Estaba convencida hasta la médula de que todo era culpa mía, de que mis secretos habían sido el catalizador de su muerte.

Pero ya no me parecía tan cierto. Sí, murió por mi secreto.

Pero no había ninguna justicia en ello. No era correcto.

No había nada acertado en todo aquel suceso brutal que nos había absorbido para luego escupirnos.

—Son ellos —señalé con voz grave y fría—. Ellos son los responsables de su muerte. Los dioses. Los sacerdotes. Todo este sistema pervertido que trata a los mortales como si fueran desechables.

Thatcher apartó la mirada, con los dientes tan apretados que veía cómo se le tensaban los músculos bajo la piel.

—Pero ahora nos tienen atrapados, ¿no es cierto? —Hablaba con un susurro casi imperceptible—. Morir en los Juicios o convertirnos en seres como ellos. Esas son nuestras opciones.

—Lo sé —respondí.

—Y si, de algún modo, conseguimos sobrevivir… —me clavó unos ojos perdidos y vacíos—, entonces ¿qué? ¿Seremos como ellos? —Se pasó la mano por el pelo, un gesto tan familiar que me dolió el corazón al verlo—. Quizá lo mejor sería dejar…

No terminó la frase, ni falta que hacía.

—¿Es lo que querría Sulien? ¿Que nos rindiéramos?

—Sulien querría que viviésemos —replicó Thatcher; casi no pudo pronunciar el nombre de nuestro padre—. Pero ¿a qué precio, Thais? ¿Para formar parte de su panteón? ¿Para convertirnos en monstruos nosotros también?