The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 8. Sangre y piedra
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Capítulo 8. Sangre y piedra

E n un abrir y cerrar de ojos, Thatcher se materializó a mi lado.

Trastabilló, pero logró recuperar el equilibrio a unos pasos de mí.

Su respiración era muy agitada, y miraba a un lado y a otro, alterado, tratando de entender la situación en la que nos encontrábamos: sirvientes que limpiaban la sangre con trapos, manchas rojas en el suelo de mármol y, por último, cadáveres desperdigados, cada uno acorde a su forma de morir.

Sin pensarlo siquiera, me lancé sobre Thatcher y lo abracé con tanta fuerza que le habría podido romper las costillas. Era firme y cálido y estaba vivo; en aquel momento no importaba nada más. Ni los aesymar ni los horrores ocurridos hacía apenas unos instantes.

—Todo va a salir bien —le susurré contra el hombro—. Todo va a salir bien.

Cuando me aparté de él, Thatcher tenía la mirada clavada en los tronos. Palideció poco a poco, hasta adquirir el color grisáceo de un pergamino.

Dio un paso atrás.

Varias Leyendas sonrieron con sorna.

—Qué conmovedor —dijo Drakor—. Los devotos mellizos, reunidos por fin.

Elysia se adelantó un poco en su trono.

—Así que este es el hermano con el que tanto ansía que hablemos nuestra portadora de estrellas. —Recorrió a Thatcher con la mirada.

—¿Alguno de vuestros padres era un bendecido? —preguntó Miria, con una voz más amable que los otros, pero no menos incisiva.

Thatcher me lanzó una mirada de confusión que contenía una clara pregunta: «¿Qué cojones está pasando aquí?».

—No —respondí enseguida, antes de que él pudiera decir nada—. Ninguno de los dos estaba bendecido.

No era mentira, en realidad. No nos había preguntado si alguno de ellos era un dios…

La risa con la que Nyvora acogió mis palabras no tuvo nada de musical.

—Dado tu nivel de habilidad, es difícil creerlo.

La furia me quemó la garganta.

—Pues no sé qué quieres que te diga. —Se me quebró la voz. Joder. Calma. Tenía que calmarme—. Lo que quiero decir es que no sabemos mucho sobre la bendición.

Xül se movió. Fue casi imperceptible, apenas los dedos que se recolocaron sobre el brazo del trono, pero se me helaron los huesos.

Nadie pareció fijarse. Nyvora había centrado su atención en Thatcher.

—Tu hermana asegura que no compartes sus dones.

—Es cierto —respondió Thatcher, con una voz mucho más calmada que la mía—. Yo no fui bendecido.

Kavik ladeó la cabeza.

—Lástima. Tu hermana ha sido impresionante.

—Los dos sois muy atractivos a la vista —observó Elysia—. Así que, al menos, eso sí lo compartís.

—A veces los dones pueden estar latentes —sugirió Drakor con un deje amenazador.

Di un paso al frente. La desesperación me estaba volviendo temeraria.

—Tenemos veintiséis años. Si tuviera poderes, ya se habrían manifestado.

—No sería la primera vez —replicó Drakor con una sonrisa inquietante—. ¿O crees que sabes más que yo sobre las bendiciones divinas?

Me dieron ganas de escupirle a la cara y decirle con perfecta claridad lo que pensaba de su bendición divina, pero me mordí la lengua.

—Por supuesto que no —logré decir con voz inexpresiva.

Drakor se levantó del trono con un movimiento grácil y fluido y descendió por los escalones como una pesadilla encarnada. Dio una vuelta alrededor de nosotros, caminando despacio, y se detuvo frente a Thatcher.

—Dime, muchacho. ¿Alguna vez te has sentido… distinto? ¿Has experimentado momentos en los que el mundo parecía responder a tu voluntad?

—No —respondió Thatcher con firmeza—. Nunca.

—Curioso. —Drakor siguió rodeándonos—. Mellizos, nacidos de la misma sangre, criados en las mismas circunstancias… y, sin embargo, tan disparejos en sus dones.

—Haz lo que tengas que hacer —intervino Xül aburrido.

Drakor se volvió hacia él con gesto sombrío.

—La investigación se debe desarrollar en condiciones. Algo de lo que tú sabes muy poco.

Xül tensó los hombros, pero no añadió nada.

Drakor se colocó detrás de Thatcher y todos mis instintos se pusieron en alerta.

—A veces —siguió indiferente— solo hace falta el catalizador adecuado.

Me dispuse a protestar, a suplicar, a hacer algo, pero unas sombras brotaron del suelo de la pista. Me rodearon, tiraron de mí hacia atrás y me sujetaron las manos a la espalda, inmovilizada por la oscuridad.

—¡No! —grité sin poder evitarlo al ver que Drakor ponía la mano en el hombro de Thatcher—. ¡No lo toques!

Las facciones de Thatcher se retorcieron de dolor. Cayó de rodillas, con la espalda arqueada mientras el sufrimiento le azotaba el cuerpo.

Me debatí con todas mis fuerzas para liberarme de las sombras que me retenían. Intenté invocar mi poder, pero no quedaba nada; se había agotado en la demostración de antes. El pozo que solía arderme en el pecho se notaba frío y distante.

—¡Para! —grité.

Pero Drakor no se detuvo. En verdad parecía pasárselo bien mientras, con expresión indiferente, contemplaba a Thatcher retorcerse en el suelo empapado de sangre.

—Ya basta, Drakor —intervino Miria—. Ya has demostrado lo que querías.

—No —insistió Drakor, y se agachó junto a Thatcher—. Todavía no.

Thatcher sangraba por la nariz y los oídos, y sus gritos se habían vuelto gemidos roncos e irregulares que me rompían el corazón con cada jadeo.

—¡Lo vas a matar! —Luché contra las ataduras hasta que las sombras se me clavaron en las muñecas y sentí que la sangre me corría por los brazos—. ¡Detente!

La tortura continuó. Minutos que parecieron horas viendo retorcerse a Thatcher sin poder hacer nada para evitarlo. Su dolor era mío, transmitido por nuestro vínculo. Sentía cómo lo devoraba, cómo lo iba consumiendo desde dentro.

—Qué lástima —concluyó Drakor con un suspiro. Una última oleada de dolor atravesó el cuerpo de mi hermano y sus ojos se abrieron de par en par.

En la pista, la presión del aire cambió como si de pronto nos hubieran arrastrado al fondo del mar. Sentí un chasquido en los oídos. El olor de la lluvia, de las tormentas y la tierra me inundó los sentidos, tan espeso que casi podía saborearlo en la lengua.

La cabeza de Thatcher se giró hacia Drakor, y vi un fogonazo de plata que le cruzó los ojos. Eran antiguos y terribles, por completo salvajes. Una bestia con el rostro de mi hermano.

Gritó.

Fue como comprimir la propia esencia de la cólera en una única nota devastadora que venía de todas partes a la vez.

—¿Qué tenemos aquí? —Drakor arqueó una ceja y fingió sentirse intrigado—. ¿Alguien se ha decidido por fin a seguirme el juego? Empezaba a pensar que…

Entonces, el cuerpo de Drakor se colapsó sobre sí mismo.

Lo primero que me llegó fue el sonido húmedo, como de algo que se desgarrase, que reverberó por toda la pista. Su cuerpo implosionó y volaron trozos en todas direcciones. La sangre salió proyectada en grandes chorros y salpicó la piedra blanca, y un olor metálico me inundó la nariz.

No podía respirar ni pensar. Solo podía mirar el espacio donde un momento antes había una Leyenda, y ya no estaba allí.

Las sombras que me retenían se evaporaron. Me tambaleé y, en mi prisa por llegar hasta Thatcher, estuve a punto de caerme. Seguía de rodillas y tosía sangre; todo el cuerpo le temblaba como resultado de lo que fuese que lo había atravesado.

—Thatcher —susurré mientras lo abrazaba—. Thatcher, mírame.

—¿Qué he hecho? —graznó.

No supe qué decirle. No tenía palabras con que expresar lo que acababa de suceder.

Así que me volví hacia los tronos, temblorosa a causa de los nervios, el terror y, quizá, una oscura satisfacción.

Hasta la última de las Leyendas estaba de pie, y sus expresiones variaban entre la seriedad y el asombro. Incluso Xül se había levantado del trono y tenía la vista clavada en el punto que ocupaba Drakor poco antes.

El dios había desaparecido, del todo, por completo, como si nunca hubiera existido.

Y mi hermano desprovisto de poderes lo había matado.