Capítulo 7. La prueba #2
El poder que llevaba tanto tiempo conteniendo me estalló en el pecho con tal ferocidad que casi se me escapó un grito. No era suficiente. Necesitaba más; necesitaba todo lo que las estrellas pudieran darme. Tiré con más fuerza, desesperada, hasta que algo empezó a romperse en mi interior.
Era una sensación aterradora. Mi control, la disciplina a la que me había aferrado durante tanto tiempo, se agrietaba. Todos mis instintos me gritaban que me detuviese, que reforzase las barreras, que mantuviera los límites con los que había vivido desde siempre.
Pero los dejé caer.
En cuanto las barreras internas se hicieron pedazos, el poder fluyó a través de mí como un torrente, tan sobrecogedor que no habría podido contenerlo por mucho que lo hubiese intentado.
Eché la cabeza hacia atrás y de los labios me salió un sonido a medio camino entre una carcajada y un grito mientras los años de contención se desvanecían en la nada.
La liberación fue un éxtasis inesperado.
Mi poder hizo jirones el velo insustancial que separaba nuestro mundo de los cielos, y las estrellas…
Dioses, las estrellas cantaron mientras caían.
Se desplomaron sobre mí, cada una de ellas, un latido de poder puro e ilimitado. Desde lo alto, salvajes, se precipitaron contra mi palma extendida. Percibí el sabor del fuego estelar y de la eternidad, el olor del humo y del polvo del cosmos…, antiguo y terrible. Mío.
Aquella acometida amenazaba con hacerme pedazos, con recomponerme en algo distinto.
Y un pensamiento traicionero y culpable se me abrió paso por la mente: «Para esto he nacido. Esto es lo que soy».
Debería haberme incinerado, haberme convertido en cenizas, en un recuerdo. En cambio, su luz se derramó sobre mí como oro fundido y se mezcló con la magia que ya me corría por las venas.
Dirigí la mirada hacia los aesymar y sonreí con cada brizna de arrogancia que poseía.
El silencio subsiguiente fue absoluto. Las propias Leyendas se habían quedado inmóviles en sus tronos y, durante un instante perfecto, me permití creer que había ganado.
Que con aquello bastaría.
Drakor dio un paso al frente y aplaudió. Un aplauso lento y deliberado que consiguió hacer sonar como una burla.
—Qué heroica demostración de poder —gritó con el tono con que se alabaría el dibujo de un crío.
La sonrisa de Drakor se amplió, y su expresión hizo trizas mi alivio. Era una de esas sonrisas que presagiaban algo espantoso.
—Sin embargo —continuó, y las palabras quedaron colgando en el aire—, sigue sin haber sangre en la pista.
De pronto lo comprendí, y fue como si me destripasen con un cuchillo mellado.
Aquello no era solo una exhibición de poderes.
Era una poda.
Y yo, como una idiota arrogante, me acababa de pintar en la espalda la mayor diana imaginable.
«Joder, lo que faltaba».
El dios hizo un gesto desdeñoso, como invitándonos a seguir con nuestra pequeña matanza para entretenerlo.
Los otros competidores se quedaron inmóviles unos instantes mientras procesaban lo que acababan de oír.
Lo que significaba. Luego, de modo lento e inevitable, varios pares de ojos se volvieron hacia mí.
El primer ataque llegó antes de que tuviera tiempo de procesar la nueva realidad.
Del suelo de la pista brotaron lianas que se enroscaron en las piernas de la competidora más cercana y la tiraron al suelo.
Apenas gritó una vez antes de que la vegetación se cubriera de espinas que le rasgaron la carne y la callaron para siempre.
Una savia negra y espesa fluyó de sus heridas mientras la sangre se acumulaba en el suelo y manchaba de carmesí la piedra blanca.
El que la había matado se volvió hacia mí con el rostro torcido en un gesto de determinación.
—Lo siento —me dijo—, pero no pienso morir aquí.
«Joder. Necesito algo. Necesito…».
El poder me estalló en las palmas, salvaje y violento, con tanta fuerza que me dolieron los huesos.
Una luz, demasiado intensa, demasiado caliente, se derramó de entre mis dedos.
Traté de apartarlo, protegerme de él, proyectarlo, lo que fuera, pero el poder se aferró a mis manos como queriendo anclarse en ellas.
Se retorció, se agitó y se condensó; y algo sólido se materializó.
Una espada.
La luz pura de las estrellas había adquirido una forma asesina.
Las lianas se abalanzaron sobre mí, armadas con espinas como puñales. Retrocedí tambaleándome y levanté la espada en un gesto instintivo. La hoja cortó las plantas como si fueran de papel, pero detrás venían más.
Mientras las enredaderas me rodeaban, la portadora de fuego lo atacó por el costado, con el rugido de las llamas en las manos. El hombre gritó cuando lo consumió el fuego, y el olor de la carne quemada se extendió por el aire.
Unos gritos de agonía atravesaron la pista: otro competidor se estrelló contra el suelo de mármol y bajo él se formó un nuevo charco escarlata.
Me agaché con la garganta llena de bilis. Tanta sangre, tantas muertes… Igual que en la cueva, igual que…
No. Me obligué a incorporarme y, con manos temblorosas, empuñé la espada estelar. La mujer bendecida con el fuego estaba junto a un cadáver calcinado, y las llamas todavía le bailaban alrededor de los dedos. Se giró hacia mí, con la más absoluta determinación dibujada en sus rasgos.
Nos miramos a través de la pista empapada de sangre y ella dio un paso en mi dirección.
El rayo de energía llegó de ninguna parte, un chorro concentrado de fuerza pura que golpeó el pecho de la portadora de fuego con un sonido húmedo y terrible. Se derrumbó al instante y, cuando golpeó el suelo de mármol, las llamas se extinguieron.
Giré en redondo, empuñando la espada estelar, y me encontré frente a frente con el último competidor. La energía le chisporroteaba en las manos.
—No es nada personal —dijo, y se puso en movimiento.
El primer ataque fue inmediato. Alcé la espada justo a tiempo y la hoja absorbió el impacto, pero el choque me hizo resbalar hacia atrás. Me dolieron los brazos a causa del golpe.
Otro rayo, otro bloqueo desesperado.
Iba a morir allí, a menos que antes lo matase yo a él.
Esa idea fue como un jarro de agua fría. Nunca había matado a nadie, ni lo había deseado. Pero, mientras otra ráfaga de energía se me acumulaba entre las palmas, se activó el instinto de supervivencia.
Tenía que moverme. Tenía que…
Vaciló. Puede que estuviera recargando su ataque, o tal vez solo recuperase el aliento. Me daba igual. Era mi oportunidad.
Me lancé adelante enarbolando la espada, con todos los músculos del cuerpo en tensión, y cubrí la distancia que nos separaba. Me vio llegar y trató de levantar las manos. Demasiado tarde.
La hoja estaba a un dedo de su cuello cuando sonó un clarín. Mi adversario y yo nos quedamos inmóviles, y se nos fueron los ojos a las Leyendas.
Una de ellas alzó la mano.
—Ambos habéis demostrado ser excepcionales —anunció con voz meliflua—. Felicidades, Thais y Vance. Siguiente grupo.
Respiraba con dificultad y me temblaba el cuerpo entero por la adrenalina y el terror. Las Leyendas parecían divertirse, aunque ya empezaban a perder interés.
No. No podía dejar pasar aquella oportunidad.
—¡Esperad! —grité, aterrorizada al pensar que la misma magia que me había llevado hasta allí estaba a punto de sacarme de nuevo—. ¡Por favor!
Todos se volvieron a mirarme.
—¡Por favor, debo hablar con vosotros! —supliqué. Caminé hacia los tronos con paso tembloroso; trataba de mantener cierta semblanza de dignidad pese a los cadáveres que iba dejando atrás.
Los ojos de las Leyendas seguían mis movimientos, y mientras caminaba establecí un breve contacto visual con Xül.
La intensidad de sus ojos me produjo una descarga eléctrica en las venas; era la presencia más intimidante que me hubiera encontrado jamás.
Me sentí incapaz de sostenerle la mirada, así que desvié la atención hacia la mujer que había detenido el combate.
Ella arqueó una ceja perfecta.
—Ha habido un error al llamar a los bendecidos. —Me esforcé por hablar con voz serena—. Han traído a mi hermano basándose en suposiciones, pero debo pediros que lo liberéis. No tiene ningún poder.
Se propagaron murmullos entre ellos.
—Estoy segura de que los aesymar no permitirían el asesinato de alguien incapaz de defenderse. —Dejé que la sinceridad y la desesperación me tiñeran la voz—. No se debería hacer competir a alguien que no haya sido bendecido. Se trata de un malentendido.
—Qué conmovedor —dijo otra Leyenda, arrastrando las palabras, sin dejar de mirarse las uñas—. Una chica que lo arriesga todo para defender a su amado hermano.
—Oh, Elysia —respondió Nyvora con una carcajada—. Ese sentimiento me reconforta el corazón. Que dulce puede llegar a ser el amor fraternal.
La esperanza me anidó en el pecho. Si les gustaban esas cosas, quizá funcionase. Perdonar una vida inocente los presentaría bajo una luz más justa y misericordiosa.
—¿Y tú qué piensas, Miria? —preguntó Drakor, cuya vista recayó sobre la mujer que había detenido la pelea—. ¿Tienes algo que decir sobre esa muestra de devoción?
Miria frunció sus perfectos labios, pero no respondió.
Drakor me clavó la mirada. Cuando sonrió, fue como ver a un leopardo enseñar los colmillos.
—¿Y si conocemos a tu hermano? —propuso con el tono aburrido de quien sugiere tomar un té—. Traedlo.