The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 7. La prueba
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Capítulo 7. La prueba

E l mundo se hizo pedazos bajo mis pies. La sensación fue como si unas garras invisibles me sujetaran y me arrojaran al espacio. Se me revolvió el estómago, y mi visión se fragmentó en luces y sombras; pero, antes de tener tiempo de gritar, volví de golpe a la realidad.

Me tambaleé y casi me caí de bruces sobre la piedra blanca. En vez de eso, choqué con una carne cálida y un tejido caro. Un joven con el pelo castaño claro.

—Cuidado —dijo; sus manos firmes me sujetaron por los hombros antes de que cayera.

Me invadió una oleada de poder. Días. Hacía días que no lo liberaba, y la magia que suprimía mis habilidades en aquel maldito palacio había desaparecido. Me corría por las venas y exigía salir, amenazaba con derramárseme de las manos.

Apreté los dientes hasta notar el sabor de la sangre y obligué a retroceder a aquella llamarada de poder. Ahora no. Todavía no.

—Gracias —logré decir.

Al levantar la cabeza y ver lo que me rodeaba me quedé sin aliento.

Estábamos en una pista, al lado de la cual, cualquier grandioso teatro que jamás me hubiera imaginado parecería un parque infantil.

El suelo era de mármol pulido, tan liso que casi veía mi reflejo.

Las paredes cristalinas se elevaban formando espirales y taladraban el crepúsculo de un profundo color violeta.

Pero lo que me puso el vello de punta fue el aire. Unos destellos creaban ondulaciones en el espacio que nos rodeaba, distorsiones que desviaban la luz de formas antinaturales. Los portales de visualización de los que me había hablado Lyralei.

Di media vuelta a toda prisa para buscar a Thatcher entre el puñado de figuras repartidas por el suelo de la pista. Al no verlo, el corazón me golpeó el pecho con fuerza.

—¿Sabes dónde están los otros? —le pregunté al hombre que había impedido que me cayera.

—Bueno, en la zona de espera hay muchos más —respondió mientras se sacudía el polvo imaginario de su traje—. Supongo que nos irán trayendo en grupos.

—¿Han llamado a alguien de la zona de espera antes de ti?

—No, creo que somos los primeros.

Miré a mi alrededor con cierto esfuerzo. Solo cinco competidores compartían la pista conmigo, todos ataviados con prendas tan ridículas como la mía.

El firmamento se oscureció aún más y las primeras estrellas empezaron a salir. Pero lo que me dejó sin aliento no fueron los cielos, sino lo que esperaba bajo ellos, en una plataforma.

Tronos.

Se encontraban dispuestos en un semicírculo perfecto. Casi todos estaban ocupados por seres que hacían que todos mis instintos gritasen alarmados. Solo había uno vacío.

En cuanto posé los ojos en ellos, sentí una opresión en el pecho.

No era miedo, no; eso era algo que había sentido muchas veces.

Aquello era distinto, una sensación que hizo que mi corazón se saltase varios latidos y que se me secara la boca.

Como si me hubiera tropezado de cara con un superdepredador.

Nunca había estado en presencia de un dios, pero empezaba a comprender por qué la gente les construía templos y les ofrecía sacrificios. No era devoción, sino instinto de conservación.

Eran las Leyendas. Los seres a quienes debía impresionar. A los que tenía que convencer para que le perdonasen la vida a mi hermano.

Eran todos de una belleza arrolladora, pero a la vez extraña.

Demasiado perfectos, demasiado penetrantes.

Demasiado apartados de cualquier semblanza de mortalidad.

Era ese tipo de belleza que te hacía querer mirarlos de cerca, aunque los instintos te gritaran que ese sería el último error que cometieses jamás.

Hablaban entre ellos en voz baja, con ese tono desenvuelto de quienes debaten los planes para la cena.

Ninguno de ellos nos miraba. Una que tenía flores entretejidas en el vestido respondió con un gesto lánguido a algo que había dicho su acompañante y disimuló la risa tras unos dedos cargados de joyas.

Otro se había recostado en el trono, con los ojos cerrados, como si se fuera a quedar dormido.

Por supuesto. Para ellos no éramos nada. Ni siquiera se molestaban en reconocer que existíamos.

Encantadores.

—¿A que son increíbles? —me preguntó el competidor de antes, que me arrancó de mi contemplación. Su voz reflejaba un asombro puro y nauseabundo—. Algún día, esos de ahí podríamos ser nosotros.

No se me ocurría nada más espantoso que convertirme en uno de aquellos seres hermosos y desalmados. Pero no podía decirlo en voz alta, claro.

—Es posible —respondí, con la sequedad suficiente para que cualquiera con un poco de sesera pudiese entender lo que insinuaba.

Por desgracia, el tipo no parecía tener gran cosa entre las orejas.

—¿Con qué don has sido bendecida? —me preguntó con ojos ávidos y brillantes.

Ni siquiera tuve tiempo de abrir la boca y ya se había lanzado a un monólogo entusiasta sobre sus propias habilidades, algo relacionado con el veneno y las plantas.

Su tono adquirió esa cadencia característica de la gente que jamás ha encontrado un silencio que no pueda llenar con el sonido de su propia voz.

Perfecto. Una conversación menos de la que preocuparme. Dejé de prestar atención a sus palabras, que se convirtieron en ruido de fondo.

De pronto se me puso la piel de gallina. Algo había cambiado; un peligro nuevo y distinto flotaba en el aire. Me volví sin pensar; mi cuerpo reaccionó antes de que la mente se diera cuenta de lo que pasaba.

De pronto… estaba allí. Un momento antes solo había espacio vacío, y al siguiente estaba él, como si llevase todo ese tiempo en la pista y yo no me hubiera dado cuenta. Pero eso era imposible, claro, porque no había nada en él que permitiese apartar la vista.

Era alto y esbelto, como un arma envuelta en carne divina.

La piel de bronce se estiraba sobre unos pómulos afilados y una mandíbula que podría cortar el cristal.

Llevaba el cabello trenzado y adornado con cuentas doradas.

Pero fueron sus ojos los que me dejaron sin aliento.

Uno ardía como el oro puro, brillante y amenazador como el de un halcón; el otro era negro por completo.

Y sobre sus labios carnosos reposaba un aro dorado que le atravesaba la nariz.

Se dirigió hacia el trono vacío sin apresurarse; pero, en cuanto llegó, las conversaciones cambiaron de tono.

—Vaya —dijo una Leyenda. Vestía un traje de flores, y el pelo, rubio claro, le caía por la espalda—. Empezaba a pensar que al final habías decidido no agraciarnos con tu presencia.

—Nyvora —respondió con tono cortés—, jamás soñaría con decepcionarte.

Una Leyenda de armadura negra soltó una risita.

—Vamos, Xül. Todos sabemos que la puntualidad no es tu fuerte. ¿Recuerdas la última vez que tuviste al consejo esperándote?

—Recuerdo que lo cronometraste, Drakor. Qué… concienzudo por tu parte. —Xül se sentó en su trono—. Espero que hayas encontrado algo para mantenerte ocupado mientras esperabas.

—Ah, siempre encuentro algo.

Otra voz, fría y distante, los interrumpió.

—Algunos nos tomamos en serio nuestras responsabilidades.

Los ojos disparejos de Xül buscaron al que había hablado sin demasiado interés.

—Y algunos de nosotros somos tan eficientes que no tenemos que llegar temprano para compensar, Chavore.

Chavore. Mi medio hermano. «Joder». Se parecía mucho a Thatcher. Y a mí. El mismo pelo negro recogido a la espalda y la misma mandíbula bien definida.

La risa de Nyvora resonó por toda la pista.

—Chicos, por favor. Ya estamos todos aquí, ¿verdad? Eso es lo que importa. —Cuando paseó la vista sobre Xül, reconocí aquella mirada. Si aún no se acostaban juntos, ella, desde luego, lo estaba deseando…

—Empezad.

La voz, procedente de todas partes y de ninguna, sacudió las paredes y me hizo vibrar los huesos. Los seis nos miramos, confusos, a la espera de nuevas instrucciones que no llegaron.

«¿Y ahora?». El pánico me encogió el corazón. ¿Lo… hacía, sin más?

Los aesymar por fin nos miraron; incontables ojos dorados que nos examinaban como si fuéramos insectos.

Oí unos pasos a mi derecha; una competidora vestida de plata líquida dio unos pasos al frente.

¿Me había perdido algo? Como si hubiese recibido una instrucción que los demás no habíamos oído, levantó las manos y sumió el espacio que nos rodeaba en una oleada de calor.

Ladeó la cabeza y le brotó fuego de las palmas.

La danza de la portadora de fuego la llevó junto a un segundo competidor, que jadeaba y del cual emanaban oleadas de energía que le cubrían el cuerpo de destellos.

El hombre de antes, el del pelo castaño claro, hacía brotar del suelo detalladas esculturas, lianas cubiertas de espinas afiladas que se enroscaban para formar masas retorcidas.

Retrocedí un poco para apartarme de ellos y alcé el rostro hacia el crepúsculo que lo cubría todo.

El poder me lamía los brazos, me suplicaba que lo dejase salir tras días de mantenerlo bien sujeto. Lo liberé con un jadeo entrecortado y sentí que aquella chispa de magia salvaje y antigua me fluía por las venas.

Como respuesta, una estrella parpadeó, un único latido sobre la luz moribunda del anochecer.

Luego otra. Y otra.

Como soldados que respondieran a un grito de guerra, docenas y docenas de estrellas ardieron de repente. La pista se llenó de su luz mientras yo convertía la noche en día sin nada más que mi voluntad y aquella fuerza salvaje de mi interior que siempre había pertenecido más al cielo que a la tierra.

Se hizo un silencio profundo y aterrador.

Todos los competidores se quedaron inmóviles. En aquella maldita pista, nadie respiraba. Sentía en la lengua el sabor de su asombro, el peso de las miradas que se me clavaban en la piel. La atención de las Leyendas era como un ente vivo que ejerciese presión sobre mí.

Enseñé los dientes en un gesto que podría ser una sonrisa… y tiré.