Capítulo 6. La convocatoria
– Y a está —anunció Lyralei, y se apartó un poco para admirar su obra—. Perfecto.
Me observé en el espejo y casi no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Se me veía poderosa. Peligrosa. Hermosa, de un modo que reclamaba atención.
Que era justo lo que necesitaba.
Pero, aunque trataba de concentrarme en ese único propósito, otros pensamientos se me abrían paso en la mente. Sulien nunca me vería así. Esa idea amenazaba con destrozarme, así que me la tragué.
«Céntrate —me dije—. Todo esto es por Thatcher».
Sonaron pisadas en el pasillo, y otra tejedora de sueños entró en la sala. Parecía más joven que Lyralei, con un cabello que oscilaba entre el plateado y el morado oscuro.
—Novalie —Lyralei se volvió hacia ella—, ¿les has dicho que a nuestra candidata le gustaría presentarse pronto?
—Sí, se ha transmitido la solicitud —suspiró Novalie.
—¿Y el veredicto?
—Que… se tendrá en cuenta.
—Se tendrá en cuenta —repetí con voz tensa, luchando por aplacar mi ira—. ¿Y qué cojones significa eso?
—Que se lo están pensando —respondió Lyralei con amabilidad—.
Que es preferible a que lo rechacen de plano.
Las primeras rondas suelen reservarse para los que se han presentado voluntarios.
Muchos llevan toda la vida entrenándose.
Y tú… —Esbozó una sonrisa—. Bueno, a ti te han tenido que obligar.
Tal vez no les apetezca concederte lo que pides.
Me dieron ganas de gritar, hacer pedazos aquel ridículo vestido y salir de allí como una tromba para buscar a Thatcher. Pero me obligué a respirar hondo y recordar que aquella era la única posibilidad de la que disponía. La única forma de ayudarlo.
«Sé más lista —me dije—. Usa la rabia; no dejes que te controle».
Me esforcé por hacer acopio de aquella ardiente competitividad que me había pasado años suprimiendo para mantener la cabeza agachada y no llamar la atención.
Era extraño dejarla salir a la superficie, aceptar esa parte de mí misma que siempre había querido demostrar que yo era mejor de lo que nadie pudiera esperar.
Mientras crecía, derrotaba al pulso a todos los chicos del pueblo, superaba en la pesca a marineros que me doblaban la edad, tumbaba a hombres crecidos en duelos de bebida.
Pero siempre con cuidado, para que pareciera que se trataba de suerte o de una afortunada coincidencia.
Nunca dejé que vieran lo mucho que disfrutaba ese momento en el que les demostraba que era más fuerte, más rápida, más inteligente de lo que suponían.
Y ahora, por fin, podía darle rienda suelta.
Debería resultar liberador, pero me sentía vacía. Porque la persona que lo había sacrificado todo para evitar ese preciso momento había muerto.
«Basta —me ordené—. Deja de pensar en él». Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas. No podía caer de nuevo en esa espiral de dolor. No era el momento. Me negaba a perder a nadie más.
—¿Qué puedo esperar? —pregunté con más serenidad de la que sentía en realidad. Todos los mortales habían oído hablar de los Juicios, pero los detalles se mantenían vagos a propósito.
—Cuando entres —empezó a explicar Lyralei—, solo verás a un grupo de competidores y, por supuesto, a las siete Leyendas que presiden el acontecimiento.
Las Leyendas. Hijos de la primera generación de aesymar, nacidos de la divinidad, junto con aquellos que ascendían durante los Juicios.
—¿Solo estarán ellos? Creía que sería un espectáculo a gran escala. —No pude ocultar del todo mi desdén.
—Oh, querida, todos los dominios tendrán los ojos clavados en ti, pero desde la comodidad de sus lujosos palacios. —Lyralei hizo un gesto grácil—. Puede que notes un ligero brillo en el aire o algo que parece una onda en el tejido de la realidad. Son portales de visualización.
No estaba segura de lo que prefería. Sin la distracción de una multitud enfervorecida, la Prueba sería más íntima, pero, hasta cierto punto, saber que un número incontable de seres me observaban desde lejos empeoraba las cosas. Como si fuera un espécimen bajo una lupa.
—¿Y qué pasará cuando esté allí? —insistí.
—No se nos permite dar detalles por adelantado.
Se me debió de notar en la cara la frustración, porque alzó la mano.
—Sé que es desesperante, pero hay ciertas reglas que incluso nosotras debemos seguir.
Lo que sí puedo decirte es que la Prueba está ideada para evaluar tu poder, sí, pero también tu control y tu creatividad.
—Los ojos llenos de estrellas buscaron los míos—.
Dales el mejor espectáculo que hayan visto nunca.
—¿Y si no puedo?
—Entonces te unirás a la lista de los que lo intentaron y fracasaron. Pero dudo mucho que sea tu destino.
Ojalá compartiera su confianza. Aunque lo que necesitaba en aquel momento era rabia.
«Lo mataron —pensé, y dejé que la cólera se acumulase—. Lo mataron delante de todas las personas que conozco, y ahora quieren que actúe para ellos».
Y tendría que seguirles el juego.
—¿Qué pasa después si sobrevivo?
—Hoy competirás en la Prueba, y, mañana, las Leyendas escogerán a quiénes quieren tutelar.
Por mucho que lo hubiera intentado durante mis veintiséis años de vida, era imposible no oír anécdotas sobre los dioses. Los Doce que gobernaban, los aesymar, y las Leyendas. La jerarquía de las divinidades.
—¿Cuántos bendecidos se presentaron en la última Prueba? —pregunté, no muy convencida de querer saberlo.
—Doscientos. Pero solo cincuenta llegaron a los Juicios.
Se me revolvieron las tripas. Ciento cincuenta muertos. Ciento cincuenta familias destruidas, ciento cincuenta futuros extinguidos.
—Y, como supongo que ya sabrás, el Forjado terminó con cinco nuevos ascendidos.
—Que ahora serán tutores —señalé con asco mal disimulado.
Novalie y un tercer tejedor de sueños, un ser esbelto al que llamaban Vesper, cruzaron una mirada.
—Sí —murmuró Lyralei—. Pero no solo ellos. Todas las Leyendas tienen la oportunidad de tutelar, incluso las que nacieron divinas.
—El hijo de Olinthar estará entre ellos —añadió Lyralei—. Chavore.
Se me heló la sangre al oír mencionar a Olinthar. A Chavore. «Mi medio hermano. Dioses». Nadie sabía quién era yo en realidad ni la relación que tenía con el rey de los dioses, y pretendía que siguiera siendo así.
—Pero no sirve de nada que te preocupes por quién será tu tutor —intervino Vesper—. Las Leyendas eligen a sus tutelados, no al revés. Sobre eso no tienes ningún control.
Ni sobre eso ni sobre nada más en aquel maldito lugar.
La expresión del rostro de Novalie cambió y sus ojos estrellados reflejaron compasión.
—Debe de ser muy extraño que te arranquen de repente de Elaren.
Me tensé.
—Digamos que sí.
—No puedo ni imaginarme cómo debes de sentirte. Estar de pronto en Voldaris, al borde del precipicio, sabiendo que nunca volverás al mundo mortal a menos que… —No terminó la frase; era evidente que no quería decir «a menos que asciendas».
—E incluso así, casi nunca —añadió Vesper en un susurro.
Lyralei les lanzó a ambas una mirada de advertencia y luego se giró hacia mí.
—Para los Juicios viajarás entre dominios. Cada uno de los Doce gobierna el suyo.
—¿Y son… sitios distintos?
—Imagina Voldaris como un reino que contiene doce territorios —explicó Lyralei con tono didáctico—. Es muy distinto de Elaren, donde vivías.
—Exacto. Vuestros reinos están todos mezclados. Aquí, cada dominio es un mundo distinto —añadió Novalie con voz queda—. No se puede ir andando de uno a otro. Solo a través de los portales, y con permiso.
Asentí y se hizo el silencio.
Lyralei me estudió unos instantes.
—Eres de la costa oriental, ¿verdad?
Me tensé.
—¿Cómo lo sabes?
—Por tu acento. Y por la piel tostada por el sol. Ya he conocido a otros mortales de esa zona. —Se inclinó un poco hacia mí—. ¿Cómo era tu vida allí?
La pregunta me carcomió por dentro. Casi podía sentir el aire salado en la cara, el viento constante que me hacía lagrimear y me pegaba el pelo a la piel.
Cresta Salada no era un pueblo bonito; era un sitio áspero, erosionado, y la mitad de los edificios necesitaban arreglos que no nos podíamos permitir.
Pero era mi hogar. Un lugar donde lo peor que podía ocurrir era una tormenta o una mala cosecha.
Sentía aquella vida como si perteneciese a otra persona. Una vida que jamás podría recuperar.
—Tranquila —dije por fin—. Sencilla. Criábamos ostras y las vendíamos en el mercado. Nada especial.
—¿Y tu familia?
La pregunta me atravesó como una puñalada en las costillas. Durante unos breves instantes me quedé sin respiración. Era incapaz de pensar. Solo podía recordar a Sulien, que se arrodilló junto al fuego sin resistirse y aceptó la muerte con más elegancia de la que merecían sus asesinos.
—Nos crio mi padre —fue todo lo que me salió.
La expresión de Lyralei se dulcificó.
—No tenemos por qué hablar de ello.
Asentí sorprendida.
—No comprendo por qué eres tan amable conmigo.
Lyralei guardó silencio un instante, como si pudiese ver mi interior.
—Tal vez porque algunos recordamos lo que es tener esperanza de algo mejor. —La voz se convirtió en un susurro—. Que sirvamos al reino divino no significa que todos estemos de acuerdo con cada tradición que se nos exige respetar.
Antes de poderle preguntar a qué se refería, del corredor llegó el sonido de unos pasos pesados. Un guardia de piel metálica se asomó a la puerta.
—Thais Morvaren —anunció—, has sido convocada.
El corazón me dio un vuelco, pero las piernas no me fallaron. Era la hora.
Estaba preparada.
Tenía que estarlo.