Capítulo 5. El terreno de la prueba #2
—Debería. Tu vida está en sus manos. Te resultará ventajoso tenerlos de tu parte y contar con su apoyo. —Ladeó la cabeza y me estudió a fondo—. Se ve que, debajo de toda esa… angustia, eres muy atractiva.
Me esforcé por sosegarme, al menos lo bastante para pensar con claridad. Era la primera oportunidad que se me ofrecía de salir de la celda. Podía aprovecharla para buscar a Thatcher; tal vez, fuera de aquellos muros, nuestro vínculo se hiciera más nítido.
—Si coopero —pregunté despacio—, ¿me ayudarás a averiguar algo más sobre mi hermano?
—Haré lo que pueda.
No era una promesa, pero sí un primer paso.
—¿En qué consiste esa preparación? —quise saber.
—Bañarte, acicalarte, vestirte del modo adecuado para la atención divina… —explicó otra tejedora de sueños—. Te daremos el aspecto de alguien digno de estar entre los dioses.
—No quiero estar entre los dioses.
—No —convino Lyralei con suavidad—. Pero eso no importa.
Era verdad, pero oírlo fue como un golpe. Tendría que seguirles el juego, obedecer sus reglas, convertirme en lo que esperaban de mí; lo que hiciera falta para tener la oportunidad, por minúscula y desesperada que fuera, de salvar a Thatcher.
—¿Nos vamos a portar bien? —pregunto Lyralei.
No dije nada, pero me alejé de los barrotes; eso fue respuesta suficiente.
La puerta de la celda se abrió con un chasquido suave y yo salí a su encuentro al pasillo.
La transición me dejó boquiabierta. Estaba en una prisión de piedra húmeda, y al instante siguiente caminaba por algo que solo podría calificarse como un palacio.
Techos altísimos sostenidos por columnas de luz cristalizada, suelos de mármol pulido, retratos de aesymar con marcos dorados del tamaño de edificios.
Bajé la vista y traté de llegar a Thatcher una vez más.
Y, por fin, conectó conmigo.
Casi se me escapó un sollozo de alivio. Vivo. Thatcher seguía vivo. Y, por primera vez desde que desperté en aquella celda, lo percibí con claridad: aterrorizado, furioso, muerto de preocupación por mí.
«Estoy aquí —intenté decirle a través de nuestro vínculo—. Estoy viva. Aguanta».
—Mi hermano no es un bendecido —le dije a Lyralei mientras recorríamos los pasillos.
—Comprendo tu preocupación —respondió; ahora que estábamos lejos de las celdas, su voz sonaba más amable—. Pero la situación es… complicada.
—¿Por qué es complicada? No tiene poderes. Si le hacen competir o algo así, morirá.
—Los que administran la Prueba no destacan por su compasión —intervino en voz baja otra tejedora de sueños.
—Además —añadió Lyralei, que alzó una mano—, por lo que sí destacan es por su… gusto por lo teatral. Les encantan el drama, los giros inesperados, las exhibiciones de poder y belleza que capturan la atención del público.
—¿Qué significa eso?
—Significa que la mejor forma de salvar a tu hermano es que tú sobrevivas a la Prueba. Que te ganes su favor, su interés. Que quieran que sigas con ellos.
—Para entonces ya será tarde —insistí desesperada.
—Lo máximo que puedo hacer es pedir que seas de las primeras en participar, y así tendrás una oportunidad de exponer tus argumentos antes de que… —No terminó la frase.
Antes de que le tocase el turno a Thatcher.
La idea de pedir favores a aquellos monstruos me ponía enferma.
—¿Y crees que me escucharán?
—Es posible —respondió Lyralei con cautela—. Las Leyendas son impredecibles. A algunos, la idea de salvar a un mellizo sin poderes les parecerá romántica. A otros puede que les resulte divertida. Y habrá quien se niegue solo por llevar la contraria.
—En definitiva, es una apuesta.
—Como casi todo, al final. —Me miró y sus labios esbozaron una sonrisa—. Pero tú cuentas con una ventaja. Tu historia es dramática, atractiva. Y cuando hayamos terminado de prepararte… —ladeó la cabeza y me examinó con atención— serás imposible de ignorar.
No era un gran plan, pero mejor que quedarme en la celda de brazos cruzados.
—¿Y si no funciona? —pregunté en voz baja—. ¿Y si se niegan?
El silencio de Lyralei se alargó de modo significativo.
—En ese caso, al menos lo habrás intentado.
No se la veía muy convencida, y yo tampoco lo estaba.
Pero era mi única posibilidad. Y, aunque todos mis instintos me gritaban que me olvidara de eso y buscase a Thatcher por mí misma, comprendí que sería inútil.
Había guardias de piel metálica en cada pasillo y en cada recoveco, y sus extraños ojos no se perdían ni un detalle.
Me llevaron a una sala tan opulenta que me quedé boquiabierta. Todo era de oro, seda y cristal; los muebles parecían tallados cada uno a partir de una única gema enorme.
En otra circunstancia habría sido impresionante.
—Siéntate —me ordenó una tejedora de sueños, y señaló algo que parecía un trono.
Me senté y se pusieron manos a la obra.
No me prepararon; me transformaron. Me lavaron el pelo, sucio y enredado, con sustancias que olían a cítricos, y luego me lo peinaron hasta que me cayó en ondas por la espalda. Me pintaron la piel con pigmentos relucientes que la hacían brillar y me delinearon los ojos con kohl.
El vestido que me llevaron era un espectáculo en sí mismo.
Un tejido de un profundo color negro que me recordó al terciopelo, pero más vivo y luminoso, salpicado de millares de diminutos cristales resplandecientes.
El diseño no se parecía a nada que hubiera visto en la aldea, ni siquiera a las viajeras ricas que veraneaban en la costa; el corpiño era ajustado, pero las mangas y la falda fluían como el agua.
Durante todo ese proceso me quedé allí sentada, algo aturdida, y las dejé hacer.
En mi mente solo había una preocupación: qué decir cuando tuviera la oportunidad de suplicar por la vida de Thatcher.
Cómo demostrar mi poder para ganarme la atención y el favor de los dioses.
Cómo salvarlo, me costara lo que me costase.
Que me vistieran como a una muñeca, si eso me ayudaba. Que me pintaran, me empolvaran y me dieran una hermosa apariencia para entretenerlos. Porque, cuando me plantase frente a los aesymar, les daría el espectáculo que buscaban. Sería poderosa. Sería todo lo que esperaban de mí y mucho más.
Y los obligaría a perdonar a mi hermano.