The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 5. El terreno de la prueba
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Capítulo 5. El terreno de la prueba

P rimero, el frío me caló hasta los huesos. Luego llegó el olor, a piedra húmeda y a podredumbre.

Me doblé sobre el suelo, presa de arcadas. Mi cuerpo rechazaba el horror, aunque mi mente no pudiera eludirlo. Pero ya no me quedaba nada en el estómago, excepto bilis y un sabor a cobre.

«Es culpa mía».

El pensamiento me sacudió con tanta fuerza que jadeé y, al acurrucarme sobre mí misma, golpeé el suelo con la frente. Si hubiera sido más cuidadosa… Si no hubiera perdido el control aquella noche… Si me hubiera quedado en casa… Si les hubiera permitido llevarse a Marel…

Ha muerto. Ha muerto, y es por culpa mía.

«Mi padre ha muerto».

Las palabras no parecían reales. No podían ser reales. Sulien debería estar en casa en aquel momento, avivando el fuego de la mañana y preparando las nasas para el trabajo del día. Tendría que envejecer y peinar muchas más canas.

«Deberías haberte revelado al instante. —La voz de mi mente se negaba a callarse—. En cuanto lo pidieron. Dudaste. Eres una cobarde».

Demasiado tarde. Siempre era demasiado tarde.

Las últimas palabras de Sulien resonaron en la oscuridad. «Os adoro a los dos. Recordadlo siempre».

Pero ¿qué debía recordar? ¿Que amaba a una hija que hizo que lo mataran? ¿Que había pasado sus últimos momentos viendo a los sacerdotes llevarse a rastras a los hijos que había muerto por proteger? ¿Que lo último que vio en su vida fue cómo se hacía pedazos su familia?

Me froté los ojos hasta que vi lucecitas que me bailaban tras los párpados. Ese dolor no era nada comparado con la imagen grabada a fuego en mi memoria: Sulien, arrodillado junto a la hoguera. La expresión decidida de su rostro. Su sangre que ennegrecía la arena.

La sonrisa que nos dedicó, incluso en aquel momento. Mientras moría.

«Thatcher».

Traté de llegar a él a través de nuestro vínculo; busqué su presencia con desesperación.

Nada.

Supuse que me estaba bloqueando, que levantaba entre nosotros barreras que jamás habían existido.

Tal vez fuese lo mejor. Tal vez hubiera comprendido por fin lo que yo siempre supe: que era venenosa.

Pronto irían a buscar a Thatcher. Lo sacarían a rastras del agujero al que lo hubiesen arrojado y le exigirían que demostrara unos poderes que nunca había poseído.

¿Y si él también moría?

Por mi culpa.

Se me revolvió el estómago; me dio un calambre tan fuerte que volví a doblarme sobre mí misma.

No podía salvarlo. No podía hacer nada.

Como había pasado con Sulien.

No se sabía mucho del funcionamiento de la Prueba, pero aquellos a quienes se escogía para participar no volvían nunca a casa. ¿Qué pasaría cuando mi hermano no exhibiese ninguna habilidad?

No tenía nada que mostrarles. ¿Lo ejecutarían allí mismo?

Casi habría sido mejor que me hubieran matado en la cueva. Era preferible morir junto a Sulien que vivir con esa carga.

Así que me eché a llorar. Me acurruqué en posición fetal, cerré los ojos y supliqué a la oscuridad que me concediese la dulce misericordia de llevárseme de nuevo.

Desperté con el sonido de mi propia respiración, ronca e irregular, que rompía el silencio. No tenía modo de saber cuánto llevaba encerrada en aquella habitación. Me parecían días y, a la vez, semanas.

Pero, en aquella ocasión, algo creció en mi pecho, y no fue el peso aplastante de la culpa, sino una sensación ardiente, salvaje y desesperada.

Furia.

«Thatcher».

—¡Thatcher! —grité sin poderme contener. Me lancé hacia la puerta de la celda; cada movimiento de los músculos agarrotados arrancó una protesta a mi cuerpo—. ¡¡¡Thatcher!!!

Me agarré a los barrotes de hierro y los sacudí con todas mis fuerzas.

—¿Dónde está? ¿Dónde está mi hermano?

La furia era algo bueno, puro, mucho mejor que ahogarme en la desesperación. Podía servirme.

—¡Thatcher! —grité otra vez. Tiré de los barrotes hasta que me ardieron los hombros—. ¡Dejadme verlo! ¡Dejadme ver a mi hermano!

Sentía que la celda se hacía más pequeña, que las paredes se me echaban encima. Tenía que salir de allí. Tenía que encontrarlo, llevarlo a algún lugar seguro, dar con algún modo de salvarlo antes de que…

No. No quería pensar en eso. Solo importaba el momento actual. Y, en ese momento, lo que tenía que hacer era actuar.

Me aparté de los barrotes y levanté las manos para alcanzar las estrellas, aquel calor abrasador capaz de fundir metal y piedra por igual. El poder me cosquilleó en las yemas de los dedos un instante, y luego… nada.

Lo intenté de nuevo, me esforcé más e hice acopio de todo mi poder. Pero la conexión se había roto con tanta limpieza como si hubieran cortado una cuerda.

La celda. El material del que estaba hecha bloqueaba mis habilidades.

—No —susurré. Y, luego, más alto—: ¡No! —Me tiré contra los barrotes y con el golpe me magullé las costillas, pero no hice caso del dolor—. ¡Dejadme salir! ¡Dejadme salir!

Unos pasos resonaron en el pasillo. Apreté la cara contra los barrotes para mirar.

El guardia que apareció era distinto de cualquier cosa que hubiera visto antes.

Era alto y ancho de hombros, pero su piel mostraba un extraño brillo metálico, como si se la hubieran pulido hasta dejarla reluciente como un espejo.

Tenía el rostro y los brazos cubiertos por unos dibujos toscos que se desplazaban y rotaban con sus movimientos.

Al mirarlo a los ojos vi unos iris como mecanismos de relojería giratorios que zumbaban con suavidad.

—Deja de gritar. —Su voz resonaba con una extraña cualidad armónica, como un metal que vibrara al recibir un golpe y emitiese una nota perfecta—. Estás perturbando la calma.

Me lo quedé mirando unos instantes, tratando de entender lo que estaba viendo, pero la rabia volvió a apoderarse de mí.

—Que le den a la calma —gruñí, aferrada a los barrotes—. ¿Dónde está mi hermano? ¡Llévame con él ahora mismo!

Los extraños ojos del guardia me enfocaron entre pequeños chasquidos.

—Eso no lo decido yo.

—¡Pues tráeme a alguien que pueda decidir! —Sacudí los barrotes de nuevo—. Os estáis equivocando. ¡Mi hermano no tiene poderes!

—No estaríais en esas celdas si os hubieseis ofrecido voluntariamente —respondió el guardia con una calma irritante—. Solo detenemos a quienes intentan ocultar sus bendiciones. Los competidores que se presentaron por sí mismos están esperando entre lujos y cuidados.

Me importaban una mierda los otros competidores y lo bien que los estuvieran tratando. Tenía que salvar a Thatcher. Ya no podía hacer nada por Sulien, pero iba a rescatar a mi mellizo, aunque fuera lo último que hiciese en la vida.

—Me da igual cómo estén —escupí—. Tengo que ver a mi hermano. Por mucho que se lo pidáis, no os puede mostrar ninguna puta habilidad. Es completamente normal. ¿Es que no lo entiendes?

El guardia no mudó de expresión.

—Puede que lo veas dentro de unas horas. Mientras tanto, baja la voz. Me estás dando dolor de cabeza.

—¡No tenemos unas horas! —Golpeé los barrotes con la palma de la mano—. Y me da igual que te duela la cabeza. Si no tienes autoridad para ayudarme, ¡tráeme a alguien que sí la tenga, joder!

El guardia soltó un resoplido como el vapor de un cazo de agua hirviendo y se volvió para marcharse.

—¡No te atrevas a irte! —Me tiré de nuevo contra los barrotes y el metal resonó con el impacto—. ¡Cuando salga de aquí te mataré! ¿Me oyes? ¡Te desmontaré pieza a pieza!

Seguí gritando hasta quedarme ronca y lanzándome contra las inamovibles rejas hasta quedar cubierta de moratones.

Por fin, agotada y afónica, me desplomé contra la pared del fondo de la celda. Me ardía la garganta y me dolía hasta el último rincón del cuerpo. Pero la cólera aún me ardía en el pecho, una llama firme que me ayudaba a mantener la entereza.

Thatcher seguía vivo. Era lo único que importaba. De un modo u otro, encontraría la manera de salvarlo.

Se oyeron pisadas en el pasillo, distintas de las anteriores. Más ligeras. Me levanté con un esfuerzo, lista para volver a gritar si era necesario.

Tres seres se acercaban a mi celda y, como el guardia, eran sin duda siervas del reino divino.

Siervas de Voldaris. Bajo su piel se agitaban gotitas luminosas, y sus cabellos ondeaban como agitados por un viento fantasmal; en sus ojos se atisbaba algo tan profundo que mirarlos me provocó un mareo, como si contemplase la mismísima noche estrellada.

—Por lo que tengo entendido, estás bastante agitada —dijo la líder con voz suave.

Era más alta que las otras, y tenía una melena plateada en la que titilaban unas diminutas estrellas que aparecían y desaparecían según se movía.

Sostenía en la mano aquellas cuerdas ardientes—.

Preferiría no tener que usar esto. Lo que ocurra a partir de ahora no depende de mí.

Si podemos colaborar de forma pacífica, nos ahorraremos tener que atarte de nuevo.

Contemplé las cuerdas; recordaba bien el dolor que causaban. Pero la necesidad de encontrar a Thatcher era más fuerte que el miedo al dolor. Fui a responder, pero ella se me adelantó.

—Me llamo Lyralei —dijo—. Somos tejedoras de sueños, siervas de Syrena, aesymar de los sueños.

—¿Dónde está mi hermano?

—No conozco con certeza su posición actual —dijo, lo que fue una respuesta más sincera de lo que me esperaba—. Los competidores están alojados en diversas áreas en función de las circunstancias.

Ya era más de lo que me había dicho el guardia. Le escruté el rostro para intentar adivinar sus intenciones. Aquellos ojos eran imposibles de descifrar, pero el tono de voz indicaba que decía la verdad.

—¿Adónde me lleváis?

—Los aesymar prefieren que los competidores estén listos para la ceremonia. Sería… inadecuado que te presentaras en tu estado actual. —Me recorrió con la mirada.

Bajé la vista para observarme: la ropa hecha jirones, las uñas ensangrentadas, hematomas por todo el cuerpo de tanto chocar con los barrotes. Debía de tener el aspecto de alguien que había peleado para salvar la vida.

—No podría importarme menos lo que los dioses piensen de mí.

Se puso seria.