The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 4. El ajuste de cuentas
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Capítulo 4. El ajuste de cuentas

–D ebo decir que la Última Luz es más… animada de lo que me esperaba en una aldea sencilla como esta.

Nadie se movió ni habló.

—Teníamos planeado esperar hasta la ceremonia oficial de mañana para llevar a cabo nuestro trabajo, desde luego —explicó el sacerdote con tono coloquial—. Pero al oír la música y las risas que procedían de estas cuevas… —Sonrió—. Bueno, no nos hemos podido resistir a unirnos a vuestra celebración.

En mi estómago, el vino se había convertido en ácido. Notaba la tensión que se extendía entre la multitud.

—Veréis —siguió el sacerdote, y recorrió la cueva con la mirada—.

La estancia en vuestra encantadora aldea ha resultado de lo más educativa.

La hospitalidad ha sido… adecuada. —Se detuvo al lado de Henrik, que sostenía el violín como si fuera un escudo—.

La semana pasada —continuó— fuimos testigos de un espectáculo celestial sobre los acantilados.

Sulien, a mi lado, se quedó inmóvil. No me atreví a mirarlo. La punzada de pánico de Thatcher me llegó a través de nuestro vínculo.

La sonrisa del sacerdote se hizo más amplia.

—Un bendecido camina entre vosotros esta noche.

Las palabras cayeron en la cueva como una losa, y las oleadas de miedo se propagaron desde el punto de impacto. Rostros que conocía de toda la vida se transformaron; los vecinos se miraban entre ellos con repentina sospecha.

—Ahora bien… —El sacerdote juntó las manos a la espalda y empezó a trazar un lento círculo alrededor del fuego—.

La ley divina exige que todos los bendecidos se presenten para los sagrados Juicios de Ascensión.

Es, como supongo que comprenderéis, el mayor honor que se puede otorgar a un alma mortal.

«Mentiroso». La palabra me ardió en la mente con tanta intensidad que me sorprendió que no se me escapara de los labios.

—Sin embargo —siguió, con una voz a la que asomaba una compasión fingida—, somos hombres razonables.

No carecemos de piedad. Comprendemos que algunos bendecidos pueden sentir cierta…

reticencia a asumir su destino. Es natural que tengan miedo.

—Sus ojos pálidos recorrieron la multitud y se detuvieron en un rostro tras otro—.

Por tanto, ofrecemos a esa alma bendecida la oportunidad de entregarse por voluntad propia. No haremos preguntas.

El silencio se alargó, espeso y sofocante. El corazón se me quería salir del pecho. Sentía que cada inspiración podía traicionarme, cada movimiento atraer su atención.

El sacerdote dejó que el silencio se hiciera más intenso; era evidente que disfrutaba del miedo que provocaba.

Pasó junto a Lira, que se había quedado pálida.

Junto al anciano Keth, a quien le temblaban las manos que sostenían el vaso.

Junto a niños que se apretujaron contra las piernas de sus padres.

—Vamos —dijo el sacerdote—. Seguro que quien realizase aquella magnífica exhibición tendrá el valor de atribuirse el mérito de su arte.

«Habla —me dije desesperada—. Da un paso al frente».

Pero no podía ni tragar saliva. El miedo me mantenía tan inerte como si me hubiera quedado petrificada.

«Muévete. Di algo. Haz algo».

Abrí la boca, pero no salió ningún sonido. Sulien jadeaba, con la respiración entrecortada. Me sujetó de la muñeca.

—Lástima. —El sacerdote suspiró—. Supongo que lo tendremos que hacer del modo más desagradable, después de todo.

Volvió a pasear la mirada por toda la cueva, pero su expresión ya no era desenfadada. Ahora estaba cazando.

Los ojos del sacerdote se detuvieron en algún punto de detrás de mí. La sonrisa, fría y satisfecha, reapareció.

—Tú. —Señaló—. El joven de ahí. Da un paso al frente.

Me volví para ver a quién señalaba, y se me paró el corazón.

Marel.

Dos sacerdotes pasaron a mi lado y lo cogieron por los brazos antes de que tuviera tiempo de reaccionar. Se quedó pálido de sorpresa y confusión mientras lo arrastraban hacia el fuego y él trataba de hacer pie en el suelo arenoso.

—No. —La palabra fue apenas un susurro—. No, yo no… No soy…

—Qué vergüenza. —El sacerdote chasqueó los dientes y dio una vuelta en tono a Marel—.

Podrías haberles facilitado las cosas a todos y, en vez de eso, has optado por el engaño.

—Señaló con un gesto la boca de la cueva, donde las antorchas parpadeaban frente a la oscuridad—.

Te vimos bajar de los acantilados menos de una hora después.

Los mismos acantilados donde se originó la perturbación.

«Oh, dioses». Al comprenderlo se me heló la sangre en las venas. Lo habían visto cuando volvía del mirador en el que habíamos estado juntos.

—No sé de qué estáis hablando —protestó Marel—. Solo estaba dando un paseo. No he hecho nada. No soy… ¡Yo no tengo ningún poder!

Los aldeanos que nos rodeaban retrocedieron de modo instintivo para ponerse a cierta distancia de lo que estuviera a punto de suceder.

Vi miedo en sus ojos, pero también algo más.

Detrás se escondía un alivio terrible y vergonzoso.

Alivio porque no era a ellos ni a sus hijos a quienes estaban arrastrando.

—Por supuesto que no —respondió el sacerdote. Otro de ellos llevó un trozo de cuerda; pero no era una cuerda corriente, aquella absorbía la luz a su alrededor—. Extiende las manos.

—¡Por favor! —A Marel se le quebró la voz y ese sonido me carcomió por dentro—. Por favor, es la verdad. No sé nada de estrellas ni de poderes ni…

—Se trata de un honor —dijo el sacerdote mientras le ataban las muñecas. Cuando la cuerda le tocó la piel, el rostro se le retorció de dolor. Fuera lo que fuese, aquello quemaba.

«Haz algo».

—Soy yo.

Las palabras se me escaparon entre los labios antes de que pudiera detenerlas. De que pudiera pensar.

Todas las cabezas de la cueva se volvieron a mirarme. El sacerdote sonrió aún más.

—Soy yo —repetí en voz más alta, y di un paso al frente, aunque las piernas no me sostenían—. Me buscáis a mí. Soltadlo.

—Thais, no —me susurró Sulien. Se le quebró la voz al pronunciar mi nombre.

Pero yo ya me abría paso entre la multitud en dirección al fuego. Hacia Marel, los sacerdotes y el final de todo lo que había conocido. Oí detrás de mí que Sulien trataba de seguirme, y el grito de alarma de Thatcher desde el otro lado de la gruta.

—Qué noble —murmuró el sacerdote cuando me acerqué a él—. Pero me temo que no podemos aceptar tu palabra sin más. Tenemos pruebas bastante convincentes de que se trata de él. —Los ojos pálidos brillaban al pasar una y otra vez entre Marel y yo.

—Entonces, lo demostraré. —Me sorprendió la firmeza de mi propia voz.

—No, Thais —suplicó Marel—. No sé de qué va esto, pero no…

—Lo demostraré —repetí sin apartar los ojos del sacerdote.

Inclinó la cabeza hacia un lado, con una expresión de curiosidad en el rostro.

—Excelente. Por favor, muéstrame ese don que tienes.

Oí que Sulien inspiraba a fondo, y que Thatcher avanzaba entre la multitud mientras me llamaba. Pero ya era tarde. Lo era desde el momento en que el sacerdote señaló a Marel.

Alcé las manos en dirección a la boca de la cueva y el cielo nocturno que se veía más allá.

—Thais, por favor. —La angustia enronquecía la voz de Sulien—. Por favor, no hagas eso. Podemos buscar otra manera. Podemos…

—No hay otra manera —susurré, y me estiré para tocar el cielo.

El poder fluyó a través de mí. Sobre nosotros, una única estrella latió con un resplandor más intenso que las otras, más de lo que debería ser posible.

Luego empezó a moverse.

Resonaron jadeos por toda la cueva cuando la estrella se descolgó de su constelación y ardió como un pequeño sol al descender hacia nosotros. Yo la sentía parpadear, notaba su peso, su antiguo fuego que respondía a mi llamada.

«Para. —La voz de Thatcher me retumbó en la cabeza, a la vez exigente y desesperada. Se había abierto camino hasta mí y me sujetaba por las muñecas—. Thais, para, por favor».

Pero no podía parar. No estaba dispuesta. No si Marel iba a pagar con su vida el precio de mi cobardía.

La estrella se detuvo entre mis manos ahuecadas. Los habitantes de Cresta Salada, mi gente, mis vecinos, mi familia en todo menos en la sangre, me miraban, y en sus rostros leí el miedo, el asombro y la traición.

Ya no era una de ellos, y no lo volvería a ser jamás.

—Fascinante —jadeó el sacerdote con la mirada fija en el orbe luminoso—.

Manipulación estelar. Algo muy poco frecuente y muy poderoso.

—Hizo un gesto desdeñoso y los otros sacerdotes liberaron a Marel, que retrocedió tambaleándose con el asombro escrito en las facciones—.

Puedes irte, joven. Te pido disculpas por las molestias.

No me resistí cuando me ataron las muñecas, aunque la cuerda me quemó la piel como si fuera ácido.

—Lo siento —le susurré a Sulien mientras me arrastraban hacia la boca de la cueva.

—¡No! —Sulien se lanzó hacia delante y trató de llegar hasta mí, pero dos aldeanos lo sujetaron por los brazos—. ¡Cabrones! ¡Soltadla!

—Lo siento —le dije a Thatcher, que se debatía contra las manos que trataban de retenerlo—. Lo siento por todo.

Casi habíamos llegado a la boca de la cueva cuando el sacerdote volvió a hablar.

—Un momento. —Estudió a Thatcher con la misma intensidad con la que se había concentrado en mí—. Sois mellizos, ¿verdad?

Se me heló la sangre. Thatcher no dijo nada; su rostro era una máscara de obstinado desafío.

—Qué interesante —musitó el sacerdote mientras daba vueltas alrededor de Thatcher—. Si un mellizo está bendecido… —Sonrió, con aquella expresión tan fría y hermosa—. Bueno, supongo que tendremos que poner a prueba la teoría.

—No —grité. Me debatí contra las cuerdas que me retenían—. ¡No, él no tiene poderes! ¡Soy solo yo! ¡Solo yo!

—Prendedlo —ordenó el sacerdote.

—¡Él es normal! —aullé al ver que otros dos sacerdotes avanzaban hacia mi hermano—. ¡No tiene nada especial!

El sacerdote ladeó la cabeza, pensativo.

—Supongo que lo averiguaremos durante la Prueba, ¿no es así?

Ataron a Thatcher con la misma cuerda ardiente, pero adoptó una expresión impasible y se negó a emitir el menor sonido. En nuestro vínculo, hervía de furia.

«Encontraremos un modo de salir de esto. —Las palabras volaron de mi mente a la suya—. Thatcher, no te enfrentes a ellos. ¡Solo vas a empeorar las cosas!».

—Y tú. —El sacerdote se había vuelto hacia Sulien, solo y de pie junto a los rescoldos de la hoguera—. El padre que ha escondido no a uno, sino a dos hijos bendecidos. Que los ha ayudado a escapar de su deber sagrado y los ha mantenido apartados de su destino.

—Hice lo que haría cualquier padre —respondió Sulien con voz queda—. Protegí a mis hijos.

—Sí —convino el sacerdote con amabilidad—. Y la ley divina deja muy claro el castigo por ocultar a los bendecidos.

Aquellas palabras fueron como un mazazo.

—No. No, por favor, él no sabía…

—Claro que lo sabía. —El sacerdote hizo un gesto, y uno de los otros desenvainó una hoja curva que relucía como un fuego plateado.

—Por favor —supliqué. Me debatí contra mis ataduras hasta que las cuerdas me hicieron sangre—. Por favor. Haré lo que sea, os acompañaré de buena gana…

—De un modo u otro, vas a acompañarnos —señaló el sacerdote con calma.

Sulien se arrodilló junto a la hoguera. Nos miró a Thatcher y a mí, con ojos plenos de amor y orgullo y un terrible terrible sosiego.

—Os adoro a los dos —nos dijo. La voz resonó con claridad en la cueva sumida en el silencio—. Recordadlo siempre.

—¡No, padre! —grité—. ¡No te atrevas! ¡No te…!

El mundo se ladeó. Se me nubló la vista y los bordes de mi campo visual se volvieron oscuros y extraños. Me pitaron los oídos con un sonido agudo y chirriante que ahogó todo lo demás.

A través de la neblina vi que la hoja empezaba a descender. Vi la expresión serena de Sulien a la luz de los rescoldos. Vi que Thatcher luchaba por liberarse de sus ataduras y que abría la boca en un grito que no pude oír.

Intenté alcanzar las estrellas del cielo, derribarlas sobre nosotros, pero no me quedaba ni una chispa de poder. Me fallaba la vista, y el silbido de los oídos se había transformado en un rugido que lo tragaba todo.

Lo último que vi fue la espada que reflejaba la luz de la hoguera mientras descendía hacia el hombre que me había criado, que me había amado y protegido durante veintiséis años.

Luego, la oscuridad misericordiosa se apoderó por completo de mí y me robó la visión de la sangre de mi padre y el sonido de los gritos de mi hermano.