Capítulo 3. La última luz #3
—Siempre me ha encantado ver cómo resuelves los problemas. —Extendió la mano y me recolocó un mechón detrás de la oreja—. Tienes una gran mente, Thais. Aguda, curiosa y amable. Nunca dejes que nadie te diga lo contrario.
—Padre…
—Y terca como una mula. Como ella. —Bajó la voz hasta que el jaleo la hizo casi inaudible—.
Cuando se concentraba en algo, hacía lo mismo que tú: se mordía la comisura del labio y se le formaba una arruga aquí.
—Me tocó el entrecejo con dulzura—. La primera vez que te vi hacerlo, cuando eras pequeña, casi se me para el corazón.
Disfruté de la caricia de aquel hombre que me había criado como si fuera su propia hija.
—Sabes que te quiero, ¿verdad?
—Sí, lo sé. —Me pasó el brazo por los hombros y me atrajo hacia sí—. Yo también te quiero, pececillo. A los dos. Más que a todas las estrellas del firmamento.
Era lo que solía decirnos cuando éramos niños, cuando las pesadillas nos despertaban o cuando tenía que curarnos las rodillas peladas con un beso. Hacía años que no lo decía, y al oírlo en aquel momento se me hizo un nudo en la garganta.
El peso de la situación se abatió sobre mí de repente.
Al día siguiente, los sacerdotes llamarían a los que tenían la edad adecuada para que dieran un paso al frente.
Cualquier persona de dieciséis años o más y dotada de algún poder estaba obligada a presentarse en el festival.
Algunos acudían por voluntad propia, empujados por los sueños de divinidad y poderes inmortales.
A otros los llevaban a rastras los vecinos que querían ganarse el favor de los sacerdotes, o los familiares que creían de verdad que los Juicios eran un honor que merecían sus seres queridos.
A otros les daba miedo que la gente con dones viviera entre ellos.
Ya habíamos pasado por todo ello. En el festival que tuvo lugar cuando yo era niña, mis poderes no se habían manifestado aún, pero a los dieciséis me pasé todo el tiempo casi sin respirar, temerosa de que cada mirada que se posaba en mí significara que me habían descubierto.
Habíamos conseguido evitar las sospechas durante mucho tiempo, pero eso no quería decir que estuviésemos a salvo.
Paseé la mirada por la cueva. Quería memorizarlo todo. A todos.
No tenían ni idea. No sabían que una de los suyos podría desencadenar la destrucción sobre todos. Que mi simple existencia era una amenaza para todo aquello: para Cresta Salada, para la Última Luz, para todas y cada una de las tradiciones y de las personas que alguna vez me hubieran importado.
Y Sulien… Dios, ¿qué le harían si descubrían la verdad?
—Eh… —Las palabras se negaban a salir. ¿Cómo podía decirle que estaba muerta de miedo, pero no por mí, sino por él? ¿Que me revolvía las tripas la idea de que él pagara el precio de mi secreto? ¿Que lo que más me asustaba eran las consecuencias que tendría para él que me descubrieran?
—Estoy asustada —conseguí decir por fin.
Me estrechó con más fuerza.
—¿Por lo de mañana?
Asentí, incapaz de responder.
—Escúchame. —Se volvió para mirarme y me apoyó las manos con suavidad en los hombros—. Pase lo que pase mañana, sea lo que sea lo que los sacerdotes hagan o dejen de hacer, nada…, nada cambiará lo mucho que significas para mí. Ni quién eres. Todo lo demás escapa a nuestro control.
Las lágrimas, cálidas y apremiantes, amenazaban con desbordarse.
—Pero ¿y si…?
—Nada de conjeturas —zanjó con firmeza—.
Eres mi hija, mía en todos los sentidos que importan.
Me siento muy orgulloso de la mujer en la que te has convertido, de tu coraje, de tu bondad, de tu ingenio.
—Sonrió pese a que él también estaba al borde de las lágrimas—.
Y tu madre también habría estado orgullosa. Muchísimo.
Ante de que pudiera responder, el sonido de los cascos contra la piedra se hizo un hueco sobre el jaleo de los borrachos que cantaban y el violín desafinado.
Las conversaciones se fueron acallando a medida que la gente percibía el golpeteo rítmico que llegaba desde la boca de la cueva, y las cabezas se volvieron hacia la entrada con expresiones de creciente confusión.
—Debe de ser alguien que se va a casa —gritó una voz desde el otro extremo de la cueva.
El ruido de cascos se acercó más y más, acompañado del tintineo suave de los arneses y el paso mesurado de los caballos.
Una luz iluminó la boca de la cueva: una antorcha. A medida que se acercaba, de las sombras fueron brotando siluetas. Jinetes con túnicas blancas.
La música y las canciones se apagaron del todo.
El jinete que iba en cabeza desmontó y sus botas pisaron el suelo arenoso sin hacer el menor ruido.
Cuando se echó atrás la capucha, la luz de la hoguera reveló unos rasgos hermosos, del mismo modo que son hermosos los bordes afilados: perfectos y fríos y, de alguna manera, extraños.
—Buenas noches —saludó, y su voz recorrió sin dificultad la cueva, sumida de pronto en el silencio—. Espero no haber interrumpido.
Tras él, otras figuras se movieron con la misma quietud antinatural y se repartieron por la boca de la gruta como piezas en un tablero.
El sacerdote sonrió y sus dientes blancos brillaron a la luz del fuego moribundo.