Capítulo 3. La última luz #2
—Sé que a tu hermano no le importa pasarse la vida así, pero ¿es eso lo que tú quieres de verdad?
Me detuve y di un paso atrás.
—No vamos a hablar de eso aquí y ahora. —Porque no podía soportar la idea de ver su mirada herida cuando descubriese la verdad: que le tenía muchísimo cariño, pero no como él quería, como se merecía. Suspiró y, con los ojos nublados, me atrajo de nuevo hacia sí.
—Prométeme que en algún momento hablaremos. Con eso me basta.
—Te lo prometo —le contesté. Lo decía en serio, aunque quizá no pudiera mantener la promesa, y aunque la conversación que necesitábamos no fuera la que él se imaginaba.
—Bien. Genial. —Sonrió, y fue una sonrisa auténtica, de las que le cambiaban la cara por completo.
Me había acostumbrado a tomar la tranquilidad, la normalidad, el afecto que me ofrecía y darle a cambio solo lo que podía fingir de modo convincente.
Y, aun así, me miraba como si yo lo fuera todo para él.
Las canciones se sucedieron sin interrupción y el baile se prolongó una hora más.
Bailé con Marel, y luego con Henrik cuando le pasó el violín a otro, y después con Jorik, que estaba tan borracho que resultaba muy entretenido.
En cierto momento apareció Thatcher para exigir un baile, y me hizo dar vueltas hasta que consiguió marearme y hacerme reír.
—¿Cuánto has ganado? —le pregunté cuando por fin me soltó.
—Bastante. —Parecía muy satisfecho de sí mismo—. Al de Rebalse de Molinos se le dan fatal las cartas, pero no dejaba de apostar. Es como ver a alguien tirar dinero al mar.
—Ten cuidado.
—He sido muy razonable. Solo les he sacado lo suficiente para que la cosa fuera interesante.
La música se ralentizó y las parejas se fueron deshaciendo. Algunos volvieron a sus mantas y sus vinos; otros se reunieron en torno al fuego, donde Dorna se preparaba para relatar una de sus famosas historias.
—¿Un cuento de fantasmas? —pregunté mientras me sentaba de nuevo en la manta de Lira.
—Algo más adecuado para esta noche —anunció Dorna. Se acomodó cerca del fuego—. La vieja historia de Morthus y su prometida.
Se oyeron algunos gruñidos bienhumorados.
—¿Otra vez? —gritó alguien.
Se me encogió el estómago. Esa no. Esta noche no.
—Es la mejor —atajó Dorna—. Además, los más jóvenes no la habéis oído contar en condiciones.
Busqué la mirada de Thatcher, en el otro extremo de la cueva, y vi en sus ojos un reflejo de mi propia incomodidad. Sulien se había quedado muy callado junto al fuego, y los nudillos que apretaban el vaso estaban pálidos.
Dorna carraspeó y comenzó a narrar, con aquella cadencia en la voz que reservaba para las historias más dramáticas.
—Todos sabéis cómo empezó. Morthus, aesymar de la muerte y rey de Draknavor. Frío como la piedra en invierno, implacable como la marea. Durante milenios gobernó su dominio sin pasión, sin piedad, sin amor.
»Pero no es fácil mandar en el corazón, ni siquiera en el de un aesymar —siguió Dorna—.
En su gran templo había una sacerdotisa mortal llamada Osythe.
Hermosa, sí, pero también sagaz. Gestionaba el templo mortal con tal reverencia que incluso Morthus reparó en ella.
Una mujer que no temía ni a dioses ni a mortales, que hablaba con sinceridad incluso a aquellos que podrían destruirla con un simple pensamiento. Y se quedó prendado.
Alrededor del fuego se oyeron unos cuantos murmullos apreciativos.
—Ahora bien, cuando Olinthar se enteró de esa relación —prosiguió Dorna, y la mención de aquel nombre me heló la sangre—, el rey de los dioses le recordó a Morthus la ley divina.
Ningún dios podía yacer con una mortal, y mucho menos tomarla por esposa.
Tales uniones estaban prohibidas, eran una abominación e iban en contra del orden natural.
«Hipócrita», pensé con amargura.
—Pero Morthus estaba muy enamorado. —La voz de Dorna se elevó con gran dramatismo—. Se plantó frente al gran consejo de los Doce y declaró su intención de casarse con Osythe como era debido.
Sulien apretó los dientes y Thatcher, incómodo, se alisó las arrugas de la camisa.
—Axora exigió un juicio por combate —siguió Dorna—. Si Morthus podía derrotar a cualquier adalid que ellos eligieran, la ley se plegaría a sus deseos. Pero, si perdía, renunciaría para siempre a aquella locura.
—¿A quién eligieron? —preguntó un niño.
—A Pyralia —afirmó Dorna complacida—. Aesymar del fuego y de la pasión. Salió a la arena de combate envuelta en llamas capaces de fundir la piedra, blandiendo un fuego que podía consumir a los mismísimos dioses.
La narración continuó. Tres días con sus noches de fuego contra sombra, pasión frente a muerte, hasta que por fin Morthus emergió victorioso.
—La boda sacudió los dos reinos —explicó Dorna—. Los dioses se vieron obligados a escoger bando. Y todos, tanto dioses como mortales, sufrieron las consecuencias. Esas grietas dividen los cielos hasta el día de hoy.
»Pero he aquí lo más extraordinario. —La voz de Dorna se redujo a un susurro que, sin embargo, se oía por toda la cueva—. Cuando llegó el momento de los votos, Osythe rechazó el ofrecimiento de ascensión de Morthus. “Escojo seguir siendo mortal —declaró—. Porque de una mortal te enamoraste”.
—¿Y qué hizo él? —pregunto Lira, aunque conocía la respuesta.
—Algo que nadie había hecho hasta entonces —respondió Dorna—.
Como dios de la muerte, Morthus tenía poder sobre la frontera que separa esta vida de la otra.
Tocó la misma naturaleza de Osythe y… la congeló en el tiempo.
No era auténtica inmortalidad, ni divinidad.
Solo una interrupción. Ahora, ella existe en el espacio que separa la vida de la muerte.
Envejece con mucha lentitud, pero sigue siendo, en esencia, mortal.
«Al menos sobrevivió —pensé mientras la furia crecía en mi pecho—. Al menos tiene acceso a sanadores divinos, a magia que podría arreglarlo todo, curarlo todo». No como mi madre, a la que habían arrojado a Elaren, el reino mortal, para que muriera.
—Osythe vive ahora con su amante en Draknavor —terminó Dorna—. Su hijo ascendió en los últimos Juicios. Xül, guardián de los condenados. Y, cada día, Morthus demuestra que hasta los dioses pueden elegir el amor antes que la ley, la compasión antes que la imposición…
—Muy romántico —gritó Thatcher—. Ahora, cuéntanos algo que no hayamos oído cincuenta veces.
—Muchacho desagradecido —bufó Dorna, aunque con una sonrisa.
Me fijé en que Sulien estaba un poco apartado del caos y contemplaba el festejo con una expresión suave que rara vez veía en su rostro curtido.
—¿Te importa si te acompaño? —le pregunté, pero me senté sin esperar su respuesta.
—Adelante. —Se movió para hacerme sitio y un hombro cálido rozó el mío—. Una buena noche, ¿verdad?
—La verdad es que sí. —Seguí su mirada, que vagaba por la cueva, y vi los grupos dispersos, a la gente que se movía al ritmo de la música, a Dorna, intentando convencer a Tam, que llevaba una cogorza de campeonato, para que se sentara antes de acabar tirado por los suelos—.
¿Te acuerdas de cuando Thatcher y yo éramos pequeños para beber vino?
—Nunca fuisteis tan modositos como para no beber a escondidas. —Torció los labios en una mueca burlona—. Me aguabais la cerveza creyendo que no me daría cuenta.
—Éramos muy sutiles y sigilosos.
—Una vez os emborrachasteis tanto que quisisteis convencerme de que las sirenas existían porque habíais visto una entre las charcas de la marea.
Gemí.
—Y me reafirmo en lo que dije.
—No lo dudo. Os pasasteis una hora describiéndola hasta el más mínimo detalle. —Bebió un traguito de vino—. Incluso las canciones que cantaba y cómo le relucía la cola a la luz de la luna.
—En nuestra defensa diré que teníamos una imaginación muy activa.
—Sí, desde luego. Una vez convencisteis a la mitad de los niños del pueblo para jugar a los piratas y secuestrasteis la cabra del anciano Keth para pedir un rescate.
—Lo dijo con aquel tono cariñoso que usaba para hablar de nuestra niñez—.
Lo tuvisteis una hora negociando antes de devolverle a la pobre Botón de Oro.
Thatcher insistió en que lo llamasen «capitán Terror», si no recuerdo mal.
—Y tú nos seguiste el juego. Hasta nos diste mapas del tesoro y todo. —Sonreí.
Me miró de soslayo.
—Tú siempre fuiste la estratega, ¿sabes? Incluso entonces. Thatcher ponía el encanto, pero los planes eran tuyos.
La celebración seguía a todo volumen. Alguien había iniciado otra ronda de acertijos cada vez más subidos de tono, y por encima del ruido del gentío me llegaba la risa de Thatcher, que seguro que estaba dejando sin blanca a más mercaderes.
—¿Sabes lo que más recuerdo de cuando os criaba? —preguntó Sulien de repente.
—¿Qué?
—Las preguntas. Por los dioses, las preguntas incesantes. —Sacudió la cabeza—. ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué los peces viven en el agua? ¿Por qué no podemos volar? Y, cuando yo no sabía la respuesta, preguntabais a otros hasta que la encontrabais.
—Por supuesto.