Capítulo 3. La última luz
–S e te va a caer —dijo Thatcher al verme pelear con la botella de vino que Sulien me había puesto entre las manos en el último momento.
—No se me va… —La botella se me escurrió y la atrapé contra el pecho—. Cierra el pico.
El muy cabrón se echó a reír.
—¿Quieres que te la lleve?
—Lo tengo controlado. —Me cambié la cesta a la otra cadera, para tratar de sujetarla de algún modo que no me hiciera sentir como una mula de carga. A nuestro alrededor, otras personas descendían por el camino que llevaba a las cuevas.
—Jorik ha pillado una buena cogorza. —Thatcher señaló con la barbilla al pescador que caminaba tambaleándose.
—Bien por él.
Las dos últimas semanas se me habían pasado volando.
Había acompañado a Jorik y a su tripulación cada día que el tiempo lo permitió; me había zambullido en el trabajo, tan lejos de tierra firme como fuese posible.
Si los barcos no podían zarpar, en vez de pasearme por el pueblo, abría ostras y arreglaba redes en nuestro cobertizo.
Mejor estar agotada que arriesgarme a que me vieran.
El camino que conducía a las cuevas estaba abarrotado. No eran solo nuestros vecinos; los comerciantes que habían llegado pronto para el festival también caminaban con nosotros.
—Ahí está Marel —apuntó Thatcher, con un tono que me hizo levantar la cabeza de inmediato.
—¿Y?
—Y nada. Solo te lo decía.
Vislumbré el pelo rubio en la parte delantera del grupo.
—Déjate de insinuaciones.
—¿Qué? No he insinuado nada. —Pero sonreía de un modo que dejaba muy claro que, por supuesto, estaba insinuando algo—. Aunque ha vuelto a preguntar por ti.
—¿Cuándo?
—Por la mañana. Quería saber si ibas a venir esta noche.
Me ruboricé de golpe.
—¿Y qué le has dicho?
—Que estarías aquí, a menos que decidieras tirarte por el acantilado.
—Thatcher…
—¿Qué pasa? Es la verdad. —Enarcó una ceja—. Llevas toda la semana ida, como si se hubiera muerto alguien.
—No lo descartes aún.
Me di cuenta demasiado tarde de la frialdad de mis palabras. La expresión burlona de Thatcher se volvió seria. Caminamos unos momentos en silencio mientras el peso del día siguiente se asentaba entre nosotros como una niebla.
—Oye. —Ahora hablaba en voz baja—. No nos va a pasar nada.
Quería creerlo. Por los dioses, quería creerlo tanto que me dolía.
—Vale —dije—. De acuerdo.
Me miró un instante a la cara y asintió.
—Bien. Ahora vamos, antes de que Lira empiece sin nosotros.
Cuando llegamos, la cueva ya estaba medio llena.
Habían encendido las antorchas antes de que llegase la gente.
Las llamas se agitaban y chispeaban y proyectaban sombras fugaces en las paredes.
Me encantaba aquel sitio desde que era pequeña.
La oquedad se curvaba hacia dentro y creaba una acústica perfecta; si hablabas, la voz te volvía cambiada, más sonora.
Los del pueblo íbamos allí a celebrarlo todo: nacimientos, bodas, buenas cosechas, tormentas que habían pasado…
—¡Thais! —Lira nos hizo señas desde donde estaba, un sitio que se había reservado cerca del centro—. Justo a tiempo. Necesito que alguien me cuelgue esto.
Me pasó una guirnalda de vidrio de mar. Me quedé paralizada un instante al ver que parecía latir con su propio ritmo, y me pregunté si yo sería la causante. Pero no, solo era un reflejo de la luz. Thatcher me la arrebató de las manos.
—Yo me encargo —se ofreció—. A Thais le dan miedo las alturas.
—No me dan miedo las…
—La aterrorizan —continuó, de camino ya a la pared de la cueva. Y entonces lo comprendí: había intervenido para distraer a todos de lo que fuera que creyese que yo había hecho. Me salvaba, como siempre—. Se queda paralizada en cuanto ve el suelo un poco lejos.
—¿Vais a pasaros toda la noche riñendo? —interrumpió Lira sonriente—. Porque en ese caso voy a necesitar más vino.
Me senté en la manta que había extendido Lira y por fin conseguí dejar en el suelo la cesta y la botella. La gruta se iba llenando a buen ritmo; las familias ocupaban sus lugares habituales; los amigos se sentaban juntos; los niños corrían de grupo en grupo como cachorrillos emocionados.
—¿Vino? —ofreció Lira.
—Dioses, sí.
Me sirvió y di un trago agradecida. Era bueno, mejor que el que solíamos beber en casa.
—¿Dónde lo has conseguido?
—Lo trajo ayer un mercader. Dijo que venía del sur. —Bajó la voz—. Me ha costado la paga de medio mes, pero he pensado… Bueno, es una ocasión especial.
Asentí, sin atreverme a hablar. A nuestro alrededor, la celebración empezaba a cobrar forma. El anciano Keth se dirigía a la fogata cargado de leña mientras Henrik afinaba el violín. Me preparé para lo que, sin la menor duda, iba a ser una noche ruidosa de borrachos berreando canciones desafinadas.
Keth se agachó junto al brasero frío y, con manos envejecidas pero firmes, dispuso la yesca con cuidado. El pedernal y el acero habían pertenecido a su abuelo, y, antes, al abuelo de su abuelo.
El fuego prendió y las llamitas lamieron los troncos. A la luz creciente de la hoguera, los rostros emergieron entre las sombras. A algunos los conocía de siempre; otros eran nuevos en Cresta Salada, pero no por ello menos bienvenidos.
—Por los que vinieron antes. —Keith alzó el vaso—. Y por los que vendrán después. Y por esta noche, que es lo único de lo que tenemos certeza.
—Por esta noche —repitieron todos, y bebieron.
Eso fue todo. Nada de grandes discursos ni de complejas ceremonias. Solo se trataba de reconocer el paso del tiempo, nuestra mortalidad y el hecho sencillo de que estábamos juntos.
—¿Cartas? —Thatcher apareció a mi lado. No les quitaba ojo a unos comerciantes que se habían reunido a un lado, cerca de una hornacina.
—Desplúmalos —dije—. Pero intenta que no se note demasiado.
—Nunca se me nota. Soy sutil como una brisa pasajera. —Según se alejaba, su rostro iba adquiriendo una expresión fiable y encantadora.
—Eres sutil como un ladrillo que atraviesa una ventana —le grité. Se rio y siguió caminando.
—Los va a dejar sin blanca —señaló Lira.
—Es muy probable. —Vi cómo se integraba en el grupo y empezaba a repartir cartas con la facilidad de quien llevaba organizando partidas desde los dieciséis años—. Por su pinta, creo que pueden permitírselo.
El violín de Henrik se hizo oír entre el parloteo de la gente con las notas de una canción. La primera era siempre El amanecer del pescador , y se esperaba que todos se unieran, tanto si cantaban bien como si no.
Las voces se alzaron al unísono y se fundieron en algo mayor que la suma de sus partes. Yo también me puse a cantar.
«Viento salado y marea matutina, redes lanzadas sobre la espuma, todo marino sabe que el mar lo llamará a casa».
Era una canción de trabajo, que ayudaba a mantener el ritmo mientras se tiraba de la red o se reparaba un sedal. Pero allí, en las cuevas, con las voces que reverberaban en las paredes de piedra, era el sonido de la solidaridad.
—¿Bailamos?
Levanté la vista y vi a Marel de pie, a mi lado, con la mano extendida. Sonreía, pero con una expresión cautelosa.
—Aquí estoy bien —respondí, y no era del todo falso.
—Vamos. Es la tradición.
—¿Desde cuándo?
—Desde este mismo momento. —Su sonrisa se hizo más amplia—. Estoy creando una nueva tradición: bailar con mujeres cabezotas que fingen que no les apetece.
—Una curiosa combinación de circunstancias, ¿no?
Lira, que estaba bebiendo vino, resopló.
—Sal a bailar con él, Thais, antes de que tanta gazmoñería me haga vomitar.
Le lancé una mirada penetrante, pero dejé que Marel tirase de mí para levantarme. Ya había varias parejas alrededor del fuego, y el violín de Henrik atacó una melodía lenta.
Y muy íntima. Demasiado.
Marel era un buen bailarín. Me cogía de la cintura con firmeza y me guiaba sin forzar.
Nos movimos y giramos el uno en torno al otro, siguiendo los pasos y la coreografía que todos los de Cresta Salada aprendíamos de niños.
Mientras tanto, estudiaba su rostro y trataba de conjurar esos sentimientos que cabría esperar después de tanto tiempo juntos.
Sentía afecto por él, desde luego, e incluso deseo, pero ese algo más profundo que debería brotar de mí brillaba por su ausencia.
—Me has estado evitando —comentó cuando llegó la parte en que bailábamos cogidos.
—De eso nada.
—Ah, ¿no? Porque esta semana he ido tres veces a los criaderos de ostras y no he logrado verte ni una vez.
Le di un pisotón, quizá con algo más de fuerza de la necesaria.
—Lo siento.
—Mucha gente consideraría descortés pisar a alguien y luego mentir al disculparse, ¿sabes?
—Mucha gente consideraría descortés interrogar a alguien con quien estás bailando.
—No te interrogo; estoy charlando.
—¿Cuál es la diferencia?
—En uno de los dos casos se usan empulgueras.
Se me escapó una carcajada… y, cuando empecé, no podía parar.
Puede que fuera el vino o la tensión de la semana, o tan solo lo absurdo de hablar de instrumentos de tortura mientras bailábamos al son del violín de Henrik.
El caso es que me reí hasta que me dolieron los costados y tuve que apoyarme en el pecho de Marel para mantener el equilibrio.
—¿Te encuentras mejor? —me preguntó cuando por fin recuperé el control.
—Mucho mejor —reconocí.
La canción estaba terminando y otras parejas se habían separado y aplaudían, pero Marel no me soltó la cintura y me di cuenta de que yo tampoco quería apartarme aún.
—Thais… —empezó en voz baja.
—No.
—No sabes lo que iba a decir.
—Conozco ese tono. Es el de las conversaciones serias, y no estoy lo bastante borracha para eso.
Se quedó callado unos instantes, con las manos cálidas en mi espalda. En torno a nosotros, la fiesta continuaba: más música, más risas, más historias narradas junto al fuego. Pero lo percibía como algo remoto, como si una burbuja de quietud nos envolviera.
—En algún momento —siguió por fin—, en el futuro…, ¿hablarás conmigo? Me refiero a si vamos a tener esa conversación alguna vez, Thais. Tienes veintiséis años; yo, casi treinta. No siento por nadie lo mismo que por ti. ¿Vamos a seguir esquivando el tema eternamente?
—Marel… —Se me hizo un nudo en la garganta.