Capítulo 2. Mar y tierra #3
Nos ayudamos a desvestirnos mutuamente, con movimientos impacientes pero familiares.
Ya lo habíamos hecho antes, innumerables veces durante los últimos años, pero aquella noche era distinta.
Estábamos al borde de un precipicio, de una verdad que yo no podía revelar, pero que él percibía de todos modos.
Las manos de Marel ya conocían bien mi cuerpo; sabía dónde tocarme para arrancarme un jadeo y que mi cuerpo se arqueara bajo el suyo. Pero en aquel momento me exploraba con una nueva ternura, como si tratase de recordar toda mi piel.
—¿Por qué eres tan hermosa? —murmuró con la boca en mi hombro; el asombro de su voz era inconfundible.
Quería decirle que no era natural, que había algo malo en mí que no podía explicar. Pero entonces su boca alcanzó el punto sensible de la base de mi cuello y las palabras se me atascaron en la garganta.
Se detuvo y rebuscó entre la ropa arrojada a un lado.
—Espera un momento —dijo. Sacó de un bolsillo un pequeño envoltorio y se preparó con movimientos eficientes.
La hierba era suave, como un colchón en el que nos tendimos juntos.
Sobre nosotros, en el cielo que se oscurecía, empezaban a asomar las primeras estrellas, desperdigadas como diamantes por un tapete de terciopelo.
Traté de concentrarme en ellas, de mantener la mente anclada en algo que no fueran las sensaciones que me inundaban.
—Déjame hacer —me dijo con dulzura—. Deja que te cuide.
En nuestros encuentros previos yo siempre había sido quien tomaba el control, quien marcaba el ritmo. Pero aquella noche me rendí a su amable insistencia.
Sus manos estaban en todas partes, como adorando cada rincón de piel desnuda. Cuando me recorrió con la boca el camino que habían trazado las manos, gemí con suavidad y arqueé la espalda sin poder evitarlo.
—Marel… —susurré.
—Lo sé —dijo contra mi piel—. Lo sé, amor. Tranquila.
Esa muestra de cariño me caló hondo. «Amor». Nadie me había llamado así antes, con tanta ternura, con esa seguridad. Y menos durante un momento como aquel, con nuestros cuerpos entrelazados.
Por un instante me permití soñar con ser una mujer a la que alguien pudiese amar sin reservas; que no tuviera secretos, que pudiera entregar su corazón con libertad en vez de afilarlo como un arma.
La fantasía duró tres latidos de corazón exactos, y a continuación llegó el choque con la realidad.
Él no sabía lo que yo era. No sabía que amarme era lo más peligroso que podría hacer.
Y yo era demasiado egoísta, o estaba demasiado necesitada de la paz que me ofrecía esa conexión, como para apartarme.
Sentía que me ahogaba en la culpa. Marel se merecía a una persona que lo amase por completo, y no a alguien que lo usara de ancla para sentirse normal.
Y lo peor, la terrible verdad, era que, aunque yo no fuese semidivina, aunque pudiera contárselo todo…
, no estaba segura de sentir por él lo que era evidente que él sentía por mí.
Cuando unimos nuestros cuerpos, el poder que yo sujetaba con tanto cuidado empezó a agitarse. Intenté ignorarlo y concentrarme solo en Marel.
Al principio se movió poco a poco, sin apartar los ojos de los míos. Pero, a medida que yo respondía a su contacto y mi cuerpo lo recibía más y más adentro, la dulzura dio paso a la urgencia. A la desesperación. Al deseo.
—Dioses, Thais —jadeó, con la frente pegada a la mía—. Sientes…
No podía articular palabras para responderle, solo estrecharlo más. Se me fue la mirada hacia los rutilantes puntos de luz y vi, con creciente alarma, que empezaban a latir.
La intensidad iba en aumento y me desgarraba el pecho. Clavé las uñas en los hombros de Marel. Sobre nosotros, otras cuentas de luz se unían a las primeras; a cada momento que pasaba, su esencia se hacía más brillante.
—Mírame —me susurró Marel, que me notó distraída—. Céntrate en el momento, Thais.
Intenté concentrarme en su rostro, en cómo le caía el pelo rubio por la frente, en el deseo escrito con claridad en sus pupilas. Pero el poder de mi interior se hacía cada vez más fuerte y me di cuenta de que, pese a todos mis esfuerzos, empezaba a escaparse. Me iba a consumir.
Cuando el placer me arrastró al clímax y me atravesó en oleadas que me dejaron temblorosa y jadeante bajo Marel, perdí el control. Las estrellas del cielo cobraron vida, llenas de esplendor.
Me sobrecogió el horror, aunque mi cuerpo seguía sacudiéndose de placer. Las constelaciones se estaban reorganizando, formando espirales y curvas sinuosas en sincronía con el ritmo que habíamos compartido.
Hice un intento desesperado por recuperar toda aquella energía, por devolver las estrellas a sus posiciones habituales, pero era como tratar de parar un río con las manos.
Cuanto más me resistía, más resplandecían, hasta que todo el cielo palpitó al unísono.
Dioses, todos los habitantes del pueblo lo iban a ver.
«Joder».
Me quedé inmóvil.
—¿Thais? —Marel, sin aliento, se detuvo—. ¿Qué pasa? ¿Te he hecho daño?
—Nada —mentí, con voz temblorosa—. No pasa nada.
Marel me miró con atención, en absoluto convencido por mis palabras tranquilizadoras. Me acarició la mejilla y, con el pulgar, me secó unas lágrimas que no era consciente de haber derramado.
—Lo siento —susurré.
—No te disculpes —respondió firme—. Sigue aquí conmigo.
—No puedo. —Giré la cabeza.
Pero seguía sintiendo sus ojos clavados en mi rostro; buscaban, trataban de entender.
La culpa me invadió; tiré de él para atraerlo hacia mí y contuve el sollozo que se me quería escapar.
Porque no era el deseo lo que me hacía sujetarlo, sino impedir que viera lo que ocurría por encima de nosotros.
Poco a poco, el fulgor del cielo empezó a disiparse, y, cuando por fin me atreví a mirar hacia arriba, las estrellas volvían poco a poco a la normalidad.
Si él se dio cuenta, no dijo nada.
—Debería irme —murmuré.
—Ojalá supiera qué decir. Quiero ayudarte, Thais. Quiero apoyarte de cualquier forma que necesites, pero estoy perdido. —Me abrazó con más fuerza—. Sabes que me puedes contar lo que quieras.
Dioses, no podía seguir con aquello a costa de Marel. No podía ser tan egoísta.
—Gracias por esta noche —dije cuando por fin me aparté y me vestí para irme.
Me marché sin esperar sus preguntas ni su dulzura, que solo haría que la culpa que me ardía en el pecho fuera aún más intensa. Dejé fluir las lágrimas, sola y a salvo, llena de remordimientos.