The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 2. Mar y tierra #2
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Capítulo 2. Mar y tierra #2

—Padre… —Thatcher se levantó de la silla. Hablaba con voz suave pero firme—. Yo la acompañaré mañana por la noche y me aseguraré de que todo vaya bien, de que no haga tonterías. —Me lanzó una elocuente mirada—. ¿Verdad que sí, Thais?

Asentí, no muy segura de poder hablar.

—Los dos sois buenos chicos —dijo Sulien al cabo de un momento, y se acomodó en la silla con un suspiro—.

Mejores de lo que me merezco. Es solo… —Levantó la mirada y vi lo agotado que estaba, y no era solo algo físico; se sumaba el profundo cansancio de un hombre que ya había enterrado a la mujer que amaba, que se había pasado años criando a unos hijos que no eran de su sangre, sumido en el miedo constante de que los dioses volvieran para reclamar lo que habían dejado atrás—.

Solo necesito que penséis con la cabeza, y más ahora. ¿Podéis hacerlo, por mí?

—Sí —conseguí decir, con la voz ronca—. Sí, podemos hacerlo.

Asintió y cogió el libro de nuevo, pero me fijé que le temblaban las manos al pasar las páginas.

Me quedé parada unos instantes viéndolo fingir que leía. Se me encogió el corazón. De repente, la cabaña se me quedó pequeña, las paredes se me echaron encima.

—¿Adónde vas? —me preguntó Thatcher al ver que me encaminaba a la puerta.

—A dar un paseo —respondí—. Necesito un poco de aire.

En el exterior, la brisa de la noche me refrescó la cara, pero no me sirvió de gran ayuda.

Todavía sentía el peso del miedo de Sulien, el modo en que me había mirado, como si fuera un arma cargada a punto de dispararse.

Y quizá lo fuera. Tal vez siempre había sido eso: un peligro para todos aquellos que me importaban.

Me froté los ojos con las manos mientras intentaba desentrañar la maraña de mis sentimientos. La necesidad de estar siempre vigilante, de mantener mis poderes ocultos, de proteger el secreto de la familia… Todo eso se me enroscaba en el pecho como una cuerda demasiado tensa.

A veces envidiaba la libertad de movimientos de Thatcher, su capacidad de actuar sin sostener sobre los hombros el peso aplastante de las consecuencias.

Eché a andar sin saber muy bien adónde iba. Necesitaba… ¿Qué necesitaba? Quedarme a solas con mis pensamientos, desde luego que no. Ni volver adentro y fingir que todo iba bien.

Necesitaba sentirme normal.

Encontré a Marel en su taller de carpintería.

Estaba allí fuera de las horas de atención al público, inclinado sobre un trozo de madera.

Las virutas se le acumulaban alrededor de los pies como flores pálidas, y el aire olía a cedro.

Cuando entré, levantó la vista y el rostro se le iluminó con ese placer sencillo al que ya me tenía acostumbrada.

Por egoísta que sonara, lo que había entre nosotros, aun pasajero y cargado de mentiras, era un consuelo.

—Thais. —Pronunció mi nombre con calidez. Dejó a un lado el cuchillo de talla y me miró—. Por tu aspecto, parece que has tenido un mal día.

Me senté en un taburete junto a su banco de trabajo; de repente me había quedado sin fuerzas.

—¿Estás trabajando fuera de horas?

Marel se sonrojó.

—Ya sabes que no. —Sonrió y me enseñó lo que estaba tallando: una delicada ave marina—. He venido a pensar.

Era una pieza exquisita; el detalle de cada pluma, las alas como si hubiese captado al pájaro mientras volaba…

—Es precioso.

—Es una bagatela —respondió, pero le capté el brillo de orgullo en los ojos—. Algo para tener las manos ocupadas.

Al igual que yo, Marel se había criado en Cresta Salada; trabajaba en las barcas desde que tenía edad suficiente para sostener una cuerda. Pero su auténtica pasión siempre había sido la talla.

—¿Quieres que hablemos de lo que te pasa? —me preguntó. Por una vez, sus manos no se movían.

Siempre había sido muy perspicaz; era una de las cosas que, a la vez, me atraían de él y lo volvían peligroso.

El pelo rubio, aclarado por el sol, le brillaba bajo la luz de la tarde que se colaba por las ventanas del taller, y sus ojos castaños parecían atravesar la máscara tras la que yo trataba de ocultarme.

—He oído que hoy te has hecho al mar con la tripulación de Jorik —siguió al ver que yo no respondía—. Seguro que es muy diferente de trabajar en los criaderos de ostras.

—Ha estado bien —respondí, y me di cuenta de que había esbozado una sonrisa—. Puede que haya presumido un poco.

Marel se echó a reír con un sonido vibrante y sincero, justo lo que yo necesitaba.

—Seguro que sí. Nunca te has podido resistir a un desafío. —Se echó hacia atrás y se recostó en el banco de trabajo, sin dejar de estudiar mi rostro—. Pero hay algo que te preocupa. Tienes esa cara que pones cuando intentas resolver algún problema.

«Qué perspicaz», pensé de nuevo. Demasiado para su propio bien.

—¿Damos un paseo? —le propuse. Necesitaba un ambiente menos cerrado.

Asintió sin dudarlo y apartó las herramientas.

—¿Adónde vamos?

—A los acantilados. Me apetece ver el mar.

—¿Un día de pesca y no has tenido suficiente? —se burló con una sonrisa pícara.

—Jamás.

Salimos del pueblo y seguimos el camino serpenteante que llevaba a los promontorios de la costa. Hacia el oeste, el sol colgaba cerca del horizonte y pintaba el mar de púrpura y dorado. Al principio caminábamos sumidos en un agradable silencio, pero pronto sentí que Marel me observaba.

—Cuéntame algo de ti —le pedí de repente; tenía que concentrarme en algo que no fueran mis propios miedos.

Marel sonrió.

—¿Como qué?

—No lo sé. ¿Qué querías ser cuando eras pequeño, antes de hacerte pescador?

—Marino —respondió sin dudar—. Quería ver el mundo que había más allá de Cresta Salada. Explorar costas distantes, conocer a gente nueva.

—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?

Su rostro adoptó una expresión seria.

—Mi padre murió, y alguien se tenía que hacer cargo de mi madre. Ella necesitaba estabilidad más de lo que yo necesitaba aventura. Así que seguí pescando y aprendí el oficio como es debido.

—¿Lo lamentas?

—A veces —reconoció—. Pero luego medito sobre la vida que tengo aquí y las personas que me importan. —Me miró de reojo—. Y me da por pensar que quizá la aventura no consista siempre en ir a un sitio nuevo. Que a veces se trata de encontrar algo por lo que merezca la pena quedarse.

Me dejó sin palabras, como solía ocurrir.

—Marel…

—Sé que hay algo que te reconcome —añadió en voz baja—. Lo noto en cómo te comportas a veces. Como si te prepararas para lo peor.

Me detuvo y me volví hacia él.

—¿Cómo sabes…?

—Porque yo también me he sentido así. Tras la muerte de mi padre, me pasé meses a la espera del siguiente desastre; me preguntaba cuándo se irían las cosas a pique. —Me cogió la mano entre las suyas—. ¿Qué te preocupa tanto, Thais? ¿De qué tienes miedo?

Traté de cambiar de tema.

—A veces sueño con irme de aquí. —Marel me miró en silencio—. Pero mi familia es complicada. Me necesitan, y lo cierto es que yo también los necesito a ellos. Parte de mí quiere irse de este lugar y no mirar nunca atrás; pero me siento atrapada. En realidad, no sé si tengo elección —murmuré.

—Siempre hay opciones —respondió con firmeza—. Puede que no sean fáciles, y puede que no sean buenas, pero siempre hay donde escoger.

Habíamos llegado a la cima del acantilado, un recóndito rincón de hierba y flores silvestres donde había pasado muchísimas horas a solas. Unas piedras erectas se alzaban a nuestro alrededor, y, debajo, el mar interminable reflejaba el fuego del crepúsculo.

—Tienes razón —coincidí, y me senté en la hierba calentada por el sol—. Siempre se puede escoger. Pero, a veces, todas las opciones son terribles.

Marel se sentó a mi lado.

—Entonces, eliges la menos mala y buscas un modo de vivir con las consecuencias.

Lo miré, lo observé de verdad; contemplé el fuerte contorno de su mandíbula. Era hermoso, de un modo discreto y sin alardes; era sólido, real, sincero. Y mío, si me atrevía a dar el paso.

—¿Y si te dijera que tener una relación conmigo sería una idea espantosa? —le pregunté, y al instante me arrepentí. Demasiado cerca de la verdad.

Se quedó un momento callado mientras sopesaba mis palabras.

—Diría que parece que intentas asustarme para que me aleje. Y me preguntaría por qué.

—No intento que te alejes —respondí con una risa forzada—. Solo digo que… No sé. Quizá haya visto demasiadas compañías de comediantes. Todas esas historias tan dramáticas sobre amantes malditos y finales trágicos…

Marel sonrió y sus facciones se relajaron un poco.

—¿Te preocupan las tragedias? Thais, vivimos en un pueblo pesquero. La mitad de los hombres no regresan de alta mar. La vida ya es peligrosa.

—Supongo que tienes razón.

Me cogió la mano.

—Mira, sé que hay algo que te preocupa. Sea lo que sea, no tienes que enfrentarte a ello sola.

Tiré de él para atraerlo hacia mí y se dejó arrastrar de buena gana.

Me abrazó y hundí el rostro en su cuello.

Cuando me besó, lo hizo con una urgencia que nunca le había visto.

Me dejé llevar por la sensación, olvidando brevemente mis secretos.

Solo existía el momento. La boca de Marel en la mía, las manos en mi pelo, la conexión sencilla que yo anhelaba.

—¿Estás segura de que te apetece? —me susurró sin apartar los labios. Los ojos castaños escrutaron los míos bajo la luz cada vez más escasa—. No quiero traspasar ningún límite, y menos si no tienes la cabeza como deberías.

—Lo necesito —contesté, y era lo más sincero que había dicho en todo el día.

Con dulzura, me recorrió con las manos la línea de la mandíbula y las hizo descender hacia el hueco de mi garganta, donde el pulso latía contra la piel.

—Estás temblando —señaló en voz baja.

—Estoy bien —mentí; ambos sabíamos que no era cierto. Me estaba haciendo pedazos, y había sido así desde que salí de la cabaña.

—Ni hablar —dijo Marel mientras me acariciaba el labio inferior con el pulgar—. Pero no pasa nada. Conmigo no tienes que fingir.

Tiré de él y lo besé con un ansia desesperada; volqué en aquel contacto todo mi miedo y toda mi necesidad. Él respondió con el mismo fervor; enterró las manos en mi pelo y me besó con más fuerza.