The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 2. Mar y tierra
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Capítulo 2. Mar y tierra

E l Resolución surcaba las olas dejando a su paso un rastro de espuma blanca.

El casco crujía bajo el peso de las capturas de la mañana.

Con los músculos tensos por el esfuerzo y la soga quemándome las palmas, tiré de otra red para subirla a bordo y sonreí al ver los cuerpos plateados que se agitaban en la malla.

Al verme soltar la carga en cubierta, los otros pescadores me miraron con receloso respeto.

—Maldita sea, Thais —dijo el viejo Henrik, entre resuellos, mientras se limpiaba el sudor de la arrugada frente—. Haces que parezcamos niños.

—Quizá deberías comer más de vuestra propia pesca —respondí, y mis palabras arrancaron carcajadas a la tripulación—. Así, esos brazos flacuchos ganarían algo de músculo.

El capitán, Jorik, sacudió la cabeza y sonrió.

—Eso es lo que pasa por apostar contra una Morvaren. Tu hermano ya me avisó de que nos ibas a desplumar.

Llevábamos en el mar desde antes del amanecer, siguiendo las corrientes profundas, donde estaba la mejor pesca. Me ofrecí para esa salida a petición de Sulien, pero también porque necesitaba hacer algo con las manos. El trabajo físico siempre había sido mi antídoto contra el exceso de energía.

—Una carga más —ordenó el capitán, y señaló una prometedora zona de aguas oscuras—. Y luego regresamos antes de que cambie la marea.

Me dirigí a la red; el agua del mar me salpicó y me refrescó la piel caliente por el sol.

El trabajo era agotador, pero, a la vez, sincero: sin excusas, sin peligros ocultos, solo músculos enfrentados al botín del mar.

Durante unas horas podía olvidar todo lo demás y perderme en el ritmo de lanzar la red y recogerla.

—Te lo estás pasando demasiado bien —señaló Henrik, que me observaba recoger soga mientras se secaba la frente.

—Es mejor que abrir ostras todo el día —respondí. Probé el peso de la red—. Aquí, al menos, lo único que intenta cortarme es la soga.

—Cierto, pero las ostras no se resisten cuando tiras de ellas —añadió Tam con una sonrisa—. Los peces tienen más ganas de pelea.

—Y yo también —respondí, lo que me granjeó otra ronda de risas.

La última red volvió cargada, como si quisiera arrastrarnos a todos al fondo. Agarré la parte de soga que me tocaba y, al tirar con fuerza, noté una quemazón conocida en los hombros. A mi alrededor, los pescadores tiraban también entre gruñidos y juramentos.

Sin pensar lo que hacía, tiré con más fuerza. La red escaló el costado del barco, atravesando el agua como si no pesara nada.

—Joder —dijo Tam al notar que lo que debería haber sido un trabajo agotador avanzaba muy deprisa—. O hemos tenido mucha suerte con la corriente o…

«Oh, mierda».

Solté la cuerda tan rápido que Henrik casi se cayó de bruces.

—¡Eh, cuidado! —ladró mientras la soga se sacudía y le daba tirones.

—Perdón. —La cogí de nuevo y dejé que el peso tirara de mí. Mis hombros protestaron, no por el esfuerzo, sino por tener que fingir de repente que era difícil. Thatcher y yo siempre habíamos sido más fuertes de lo normal. Otro efecto de nuestra ascendencia.

—Esto pesa más de lo que parece —comenté.

—Y que lo digas —gruñó Henrik, con el rostro enrojecido y empapado de sudor.

La red por fin salió del agua y los peces cayeron en cascada a la cubierta. Los hombres parecían complacidos.

—Un buen día de trabajo —dijo Jorik mientras inspeccionaba las capturas—. Lo has hecho muy bien, Thais. Pocos marineros de agua dulce aguantarían un día de trabajo como este.

Pese a sentirme preocupada, el cumplido me satisfizo.

—Me alegro de haber salido al mar —respondí—. Gracias por dejar que me uniera a la tripulación.

Cuando atracamos en el muelle, el puerto bullía de actividad. Los sacerdotes habían llegado, sin duda, y acompañados de sirvientes como para llenar la aldea.

—¡Thais! —Lira, la sanadora del pueblo, se me acercó con paso confiado. Llevaba el pelo canoso trenzado con conchas pequeñas. Desde que yo tenía uso de razón, ella había curado cada fiebre y cada rodilla arañada de Cresta Salada.

—Lira —saludé, más curiosa que inquieta—. ¿Qué te trae por los muelles? ¿Alguien necesita una cura?

Su risa fue vibrante y contagiosa.

—Solo estoy pendiente de nuestros ilustres visitantes, para asegurarme de que no asusten demasiado a los niños. —Miró de reojo los barcos de los sacerdotes y adoptó una expresión más seria—. Están haciendo más preguntas que de costumbre, Thais.

—¿Han…? —Tragué saliva con dificultad—. ¿Han mencionado a alguien en concreto?

La mano arrugada de Lira se me posó en el brazo.

—Aún no han mencionado ningún nombre. Pero muestran especial interés por los jóvenes, cualquiera entre los veinte y los treinta años. —Clavó la mirada, penetrante a pesar de su edad, en la mía—. Tened cuidado vosotros dos.

Lira nunca había preguntado, pero estuvo presente cuando nacimos, una de las pocas personas que fueron testigos de los últimos instantes de vida de mi madre.

Ayudó a Sulien en aquellas primeras y terribles semanas, cuando éramos demasiado pequeños y frágiles, y él estaba demasiado destrozado para cuidarnos como era debido.

Si alguien tenía motivos para sospechar era ella. Pero jamás había hecho preguntas.

—Lo tendremos —prometí, pero las palabras sonaban inadecuadas ante una amenaza de ese calibre.

Lira me apretó el brazo otra vez y se marchó; pero su aviso no se me fue de la mente mientras cargaba con mi parte de las ganancias del día y me dirigía a casa por las calles de la aldea.

Pasé junto al templo de la colina y vi un grupo de figuras con inmaculadas túnicas blancas que hablaban con el anciano Keth. Incluso de lejos, me fijé en que se comportaban como lo harían los sirvientes de Voldaris, el reino divino.

Uno de ellos levantó la mirada cuando pasé y nuestros ojos se cruzaron en la distancia.

Por un instante me sentí desnuda, como si aquellos ojos vacíos pudiesen atravesarme y ver el secreto que me ardía en el pecho.

Luego el momento pasó, el sacerdote reanudó la conversación y yo me alejé a toda prisa, con paso inseguro.

«Cálmate —me dije—. No te puede leer la mente».

Pero, mientras apretaba el paso, me temblaban las manos.

Cuando llegué a la cabaña, Thatcher estaba recostado en su silla habitual, junto al fuego, y tallaba un trozo de madera.

—A ver si lo adivino: has vencido a todos los pescadores en su propio juego y todavía no saben cómo lo has hecho.

—Más o menos. —Me hundí en la silla que había frente a la suya y acepté la taza de té que Sulien me trajo de la cocina.

Permanecimos un rato en silencio, relajados, mientras nos acomodábamos a las rutinas de la tarde. Sulien leía un viejo libro, Thatcher seguía tallando y yo dejé que mis hombros por fin se relajasen de la tensión acumulada del día.

—Hoy me voy a acostar pronto —anuncié al acabarme el té. Me puse en pie y me estiré—. Mañana será otro largo día en el mar, si Jorik me acepta de nuevo.

—Sería tonto si no —señaló Thatcher sin levantar la vista de su talla—. Le has hecho ganar más dinero hoy de lo que consigue con su tripulación habitual en una semana.

Me dirigí hacia mi cuarto.

—Mañana por la noche, si se hace tarde, no me esperéis. Puede que me deje caer por la taberna después del trabajo. Es el cumpleaños de Jorik y, si me paso el día en alta mar con ellos, van a querer que me una a la celebración.

—Thais… —La voz de Sulien me detuvo en seco; tenía un tono de aviso que no le había oído en años, esa autoridad que usaba cuando éramos unos críos y nos pasábamos de la raya—. Puede que ahora mismo no sea buena idea.

Me volví hacia él con las cejas enarcadas.

—¿Qué? ¿Tomar un trago? ¿Desde cuándo te importa que vaya a la taberna?

—Desde que te parece buena idea ir a emborracharte justo cuando tienes que ser más cuidadosa.

—Sulien dejó el libro a un lado. El rostro avejentado mostraba una expresión seria.

Los años de tirar de las redes y de recoger ostras en los criaderos le habían dejado huella: los hombros caídos por las décadas de trabajar agachado, las manos nudosas y llenas de cicatrices, producto de incontables cortes con sogas y con conchas.

El pelo se había vuelto canoso por completo, y las patas de gallo delataban demasiados años entornando los ojos azul claro para protegerlos del sol y del salitre.

—Oh, por favor… —Me reí, pero incluso a mí me sonó forzado—. Puedo aguantar la cerveza sin problemas. No voy a cometer ninguna estupidez.

Sulien se levantó despacio; tras un duro día de trabajo, le dolían las articulaciones. Al estirarse parecía más alto, más imponente, que el hombre amable que nos había criado.

—El alcohol no lo hace a uno más cuidadoso, Thais. Lo hace más descuidado. Y si hay algo que no puedes permitirte es ser descuidada.

—No voy a perder el control por unos cuantos tragos…

—Tu poder se hace más fuerte cada día. A veces te veo frotarte las manos, como si te quemaran.

Desapareces por la noche más a menudo que antes.

—Se me acercó y me taladró con sus ojos claros—.

¿Qué pasará si estás borracha en la taberna y alguien dice algo que te cabrea?

¿Qué pasará si pierdes los estribos y empiezas a derramar estrellas por las manos?

Aquellas palabras fueron como una bofetada. Me ardieron las mejillas.

—Yo jamás…

—Te estás volviendo imprudente. —Se le quebró un poco la voz y la desesperación le asomó un instante a las facciones—. Los muros que has construido para contener tu poder empiezan a agrietarse. Y el alcohol no refuerza esos muros, Thais. Los derriba.

—Creo que ya basta —intervino Thatcher sin alzar la voz, pero ninguno de los dos le hizo caso.

—He sido cuidadosa —protesté. Me fastidiaba ver que me había puesto a la defensiva—. Todo este tiempo he tenido mucho cuidado. He ocultado lo que soy, he guardado silencio, he hecho todo lo que me has pedido…

Sacudió la cabeza y dejó caer los hombros.

—No puedo dejar que te atrapen. No puedo perderte.