Capítulo 1. Sal y estrellas #3
Según Sulien, ella jamás habló de lo que pasó aquellos tres días, ni siquiera con él. Pero cuando regresó a Cresta Salada, callada y con la mirada perdida, cuando los mareos matinales empezaron unos meses después, él mismo pudo deducirlo.
Para una mujer que llevase en su seno a un hijo semidivino, solo había un destino posible: la muerte. Al menos en Elaren.
Solo una madre había sobrevivido al parto, que se produjo en el reino divino.
Un pesado silencio se adueñó de la mesa, roto tan solo por el suave chisporroteo del fuego. Podía percibir el peso de los temores sobreentendidos, de aquella conversación que habíamos soslayado durante años y que por fin exigía salir a la luz.
—Te acuerdas de lo que me prometiste —dijo Sulien en voz baja. Me buscó con los ojos. No era una pregunta.
—Me acuerdo —dije con un nudo en la garganta.
—Nunca muestres lo que eres. —Se le quebró la voz—. No podría soportarlo. Y menos después de lo mucho que le costó a tu madre traerte al mundo.
Le hice la promesa años atrás, cuando mis poderes se manifestaron por primera vez.
Sulien me había hecho jurar por la memoria de mi madre que nunca acudiría a los sacerdotes, que nunca revelaría lo que podía hacer.
El hombre que nos había criado como si fuésemos sus propios hijos, que había amado a nuestra madre más que a nada y a nadie… No podía romperle el corazón.
—Lo sé —susurré—. No lo haré.
Thatcher nos miraba a uno y a otro. Comprendía el peso que me ataba, aunque no lo compartiese del todo.
Siempre habíamos supuesto que Thatcher también desarrollaría algún don.
La sangre divina corría por sus venas tanto como por las mías, y los poderes solían manifestarse en la adolescencia, con los primeros atisbos de madurez.
Pero habían pasado los años y, mientras yo aprendía a ocultar constelaciones entre los dedos, Thatcher se mantuvo dentro de la más tozuda y segura normalidad.
Para cuando cumplimos veinte años, Sulien había dejado de vigilarlo con la misma atención inquieta que me dedicaba a mí. Todos habíamos acabado por aceptar que la tómbola cósmica que me había otorgado mis habilidades se había saltado a Thatcher.
Sin embargo, la bendición acarreaba su propia maldición. Thatcher era libre de llevar una vida normal, de hacer amigos de verdad, de establecer relaciones duraderas. Pero se abstenía de ello, igual que yo. Mi secreto se había convertido en el de toda la familia.
Sulien no se había vuelto a casar y ni siquiera cortejó a nadie en serio, aunque yo había visto las miradas que le echaban algunas mujeres del pueblo.
¿Cómo podía arriesgarse? ¿Cómo establecer una relación estrecha con una persona, y que se diera cuenta de la cautela con la que vivíamos?
¿Y cómo iba a someterla al mismo peligro al que nos enfrentábamos nosotros?
Y Thatcher… Se reía, coqueteaba y entretenía a todo el mundo, pero yo a veces veía la soledad asomarle a los ojos, y el modo en que se apartaba cuando las cosas empezaban a volverse serias.
Ambos estaban atrapados por lo que yo era. Vivían a medias por mi culpa.
Y ninguno de los dos me lo echaba en cara. Deberían… Bien sabían los dioses que yo me culpaba por los tres. A veces, por la noche, me quedaba despierta en la cama pensando en lo diferentes que serían sus vidas si yo… no estuviera. Si me entregase de forma voluntaria y los librase de esa carga.
Ese pensamiento siempre me llevaba de vuelta a la promesa hecha a Sulien, la cadena que me ataba a aquella vida. Pero, a veces, en mis momentos más sombríos, me preguntaba si honrar aquella promesa sería un acto de amor o de supremo egoísmo.
—¿Thais? —Sulien interrumpió el hilo de mis pensamientos—. Hazme un favor: esta semana, sal con la tripulación de Jorik. Sé que está buscando un poco de ayuda. Thatcher y yo nos encargaremos de los criaderos.
Asentí despacio. Con los sacerdotes acechando, estaría más a salvo en el mar que en tierra.
Tras la cena me escabullí para ir a la playa. El cielo nocturno se extendía sobre mí a medida que el crepúsculo se transformaba en oscuridad completa. Caminé por la orilla hasta encontrar una cala apartada, oculta de la vista del pueblo por un promontorio rocoso.
Allí por fin pude dejarme llevar. Levanté las manos y sentí la conexión con las energías celestiales que latían a millones de leguas y que, sin embargo, moraban en mi interior. La luz se me acumuló alrededor de los dedos.
Moldeé la luz para formar una esfera que flotaba frente a mí y proyectaba un fulgor blanco azulado sobre el agua y la arena. Dar rienda suelta al poder era vivificante y atenuaba por fin la presión constante que sentía en el pecho.
Pero, en medio de ese placer, se coló un odio que conocía bien; aquel don, aquella maldición, le pertenecía a él.
La habilidad me recorría las venas junto con su sangre, lo que me convertía en un arma y una herida.
Yo era la prueba viviente de la tiranía; mi mismísima existencia era el resultado de la violencia.
A veces me gustaría haber nacido bendecida, como los mortales que, en ocasiones, de forma aleatoria, manifestaban habilidades.
Así, al menos mi poder me pertenecería solo a mí, en vez de ser un recordatorio constante y enfermizo de él.
—Impresionante —se oyó una voz a mis espaldas.
No me sobresalté. Lo había percibido a través de nuestro vínculo.
—¿Otra vez revoloteando a mi alrededor? —le pregunté sin volverme.
Thatcher se puso a mi lado; mi esfera de luz le iluminó el rostro.
—Cada vez eres más fuerte.
Era cierto. Año tras año, el poder se hacía más insistente, más difícil de contener.
—¿Te asusta? —le pregunté, más vulnerable de lo que solía permitirme.
—No —respondió—. Es hermoso. —Permanecimos en silencio, contemplando la luz que me bailaba entre las manos. Al cabo de un rato, Thatcher siguió hablando—. Los sacerdotes no te encontrarán. Hemos logrado ocultarlo todo este tiempo… Dos semanas más y se irán.
Dejé que la luz se extinguiera y nos sumimos de nuevo en la oscuridad.
—Y, después, diez años más hasta los siguientes Juicios. Y luego otros diez. Siempre ocultos, siempre cuidadosos. Siempre asustados.
—¿Preferirías que te capturasen? —No había condena en su voz, solo curiosidad.
Sopesé la pregunta, con la vista clavada en el cielo nocturno.
—A veces me gustaría tener la libertad de usar este poder. Ver de qué soy capaz realmente.
En realidad, me lo había imaginado incontables veces.
De pie, en algún gran estadio, alcanzaba las estrellas y con su luz daba forma a mis propias armas.
En mi fantasía, nunca tenía miedo, no me entorpecían ni el secreto ni los límites de mi propia comprensión.
Solo me sentía… libre. Poderosa. Completa.
El autodesprecio que me provocaba atreverme a imaginar algo así siempre acababa por agriar aquellos sueños de liberación.
A veces fantaseaba con entrar en los Juicios, no para ascender, sino para destruir.
Con usar lo que fluía a través de mí, no para complacer a los dioses, sino para dañarlos.
Para hacerles pagar lo que les habían hecho a mi madre y a tantos otros.
La parte más oscura de mí susurraba que sería una justicia irónica y merecida volver contra él el mismo poder cuya existencia había provocado.
Pero eso significaría dejar atrás a mi hermano, a mi padre. Traicionar a Sulien.
—Matan a muchos más de los que elevan —me recordó Thatcher—. Que te lleven a la fuerza no es libertad; es una muerte casi segura.
—Lo sé. —Suspiré y dejé que la realidad se reasentase en mis hombros—. Es solo que… ¿Nunca te preguntas qué hay más allá, fuera de Cresta Salada?
Thatcher guardó silencio un instante.
—Nunca me ha hecho falta preguntármelo —dijo por fin—. Aquí siempre he tenido todo lo que necesitaba. —Me dio un golpecito con el hombro—. Además, si no te tuviera cerca para controlarme, me aburriría mucho.
No pude evitar reírme.
—Como si alguien pudiera controlarte.
El perfil de Thatcher se recortaba contra la noche; su expresión era relajada y tranquila.
De nosotros dos, él siempre había sido el optimista, convencido de que la suerte nos acompañaría y podríamos seguir con nuestra vida, restringida pero cómoda, para siempre.
Nunca tuve valor para decirle que no sabía qué temía más, si que me descubrieran o pasarme toda la vida escondida.
—¿Piensas en él alguna vez? —La pregunta se me escapó sin pensarlo.
—¿En quién?
—En él. En Olinthar. —Me sentí rara al oír ese nombre salir de mis labios. Era la primera vez que lo pronunciaba en años. El propio rey de los dioses, señor de los Doce aesymar, amo de la luz celestial. El ser que nos había engendrado.
Detrás de nosotros, una estrella atravesó el cielo como una centella brillante hasta desvanecerse en la oscuridad. Fui consciente de su caída sin necesidad de darme la vuelta.