The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 1. Sal y estrellas #2
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Capítulo 1. Sal y estrellas #2

—Pero si son los mellizos Morvaren —nos dijo Dorna, la esposa del panadero, que se acercaba con una cesta de panecillos calientes—. Os veo más ojerosos que de costumbre.

—Habla por ti, Dorna —respondí con una sonrisa fugaz—. Yo tengo mejor aspecto que nunca.

Se rio y se le arrugó toda la cara.

—He oído decir que, entre tu hermano y tú, anoche casi dejasteis seco el Banco de Arena.

—Medio seco —corrigió Thatcher, al tiempo que se plantaba a mi lado y cogía un panecillo de la cesta—. Hemos dejado el resto para esta noche.

—Tan amables como siempre —comentó Dorna, que sacudió la cabeza con gesto comprensivo—. Vuestro padre debe de estar muy orgulloso. —Se dirigió al siguiente tenderete, dejando a su paso el olor del pan recién horneado.

La mañana transcurrió en una agradable sucesión de ventas y cotilleos.

Una buena carga significaba ganar un buen dinero, y lo que habíamos llevado al mercado era lo mejor de lo mejor.

Thatcher, para sorpresa de nadie, se fue a dar una vuelta por ahí y me dejó a cargo de los últimos clientes.

Lo vislumbré al otro lado de la plaza, apoyado en una pared, mientras obsequiaba a la hija del herrero con una sonrisa encantadora.

Por fin hubo un momento de calma, que me ofreció la oportunidad que buscaba. Me agaché para ocultarme detrás del tenderete, en el estrecho hueco entre dos edificios, donde nadie podría verme. Miré de reojo para asegurarme de estar sola, volví las palmas de las manos hacia arriba y me concentré.

A la luz del día las estrellas no eran visibles, pero daba igual.

Siempre estaban allí, conectadas conmigo de una forma que no sabría explicar.

Un hormigueo familiar me entumeció las yemas de los dedos, y luego sentí una fría ráfaga de poder al tiempo que sobre las palmas me aparecían diminutos puntos de luz que se enroscaban formando constelaciones en miniatura.

Les di forma a las luces con la mente y las transformé en un pececillo que nadaba en el aire sobre mis palmas.

La luz proyectaba sombras azules en mi piel, hermosas, prohibidas y aterradoras, todo a la vez.

Aquel era el secreto que podía acabar con todo; el poder con el que había nacido, la razón de que nunca pudiésemos irnos de Cresta Salada.

Un pinchazo súbito en la nuca me hizo cerrar el puño y extinguir las luces. Salí de nuevo a la vista y, con expresión indiferente, recoloqué las pocas ostras que quedaban.

Thatcher apareció a los pocos instantes; ya se había olvidado de la hija del herrero.

—¿Otra vez practicando? —murmuró en un tono tan bajo que solo yo pude oírlo.

—Un poquito —reconocí—. Se había ido acumulando.

Asintió. Mi poder era como un pozo que siempre se volvía a llenar; si no lo liberaba poco a poco y de forma controlada, acabaría por desbordarse. Y, desde luego, no podíamos permitir que sucediera algo así.

—Ten cuidado —fue lo único que me dijo; pero me di cuenta de que estaba preocupado. Thatcher llevaba toda la vida siendo cuidadoso para protegerme, asegurándose de que nadie nos prestaba demasiada atención, desviando las miradas cargadas de sospecha, inventando excusas si era necesario.

—Siempre —respondí, y choqué el hombro contra el suyo—. Además, tú me cubres las espaldas.

Venía ocurriendo desde hacía generaciones: mortales que manifestaban poderes que antaño pertenecían en exclusiva a los dioses.

Empezó siglos atrás, cuando el velo que separaba los reinos mortal y divino se hizo más tenue y permitió que la energía cósmica fluyera a nuestro mundo como el agua de una presa agrietada.

Unas gotas, al principio. Pequeños dones, casi imperceptibles.

Sin embargo, con el tiempo, la grieta se ensanchó.

Cada vez más mortales empezaron a mostrar señales de la bendición divina.

La capacidad de manipular el fuego, de hablar con los animales, de curar las heridas con un simple contacto.

Pero ese poder nunca había estado destinado a las manos mortales.

Y los dioses se dieron cuenta, por supuesto. ¿Cómo no iban a notarlo?

Así que crearon los Juicios de Ascensión. Una vez por decenio, reunían a aquellos que tenían algún don, los ponían a prueba, los quebraban y los reconstruían a imagen de los dioses. Unos cuantos ascenderían y se unirían al panteón. Los demás morían, y los aesymar recuperaban sus poderes.

Eso era lo que contaban los sacerdotes: que los dioses, en su benevolencia, permitían que los mortales dignos de ello se unieran a sus filas.

Pero las historias no añadían que la participación no era opcional.

A los que renunciaban a ese «honor» se los llevaban a la fuerza.

Y daban caza a quienes escondían sus habilidades; a veces los ejecutaban para dar ejemplo.

Al terminar la tarde, nuestras cestas estaban vacías y los monederos habían adquirido un peso muy satisfactorio.

Andábamos recogiendo el tenderete cuando reparamos en que en el puerto había más actividad de lo normal.

Estaban llegando otros navíos, más grandes que las barcas de pesca habituales.

Se me revolvió el estómago al contemplar los elegantes barcos con sus velas impolutas.

Los sacerdotes de los aesymar siempre aparecían en barcos así, hermosos y terribles en su perfección.

Venían para los Juicios, sí, pero también para cumplir sus tareas trimestrales, recoger ofrendas y asegurarse de que los altares de la costa estuvieran bien cuidados.

Eran sirvientes mortales de los amos divinos y exhibían una autoridad prestada que los hacía casi tan temidos como a los propios dioses.

Thatcher siguió mi mirada y entornó los ojos.

—Llegan pronto para el festival.

A pesar del cálido sol de la tarde, la palabra me produjo un escalofrío. Había conseguido no pensar en la fecha cada vez más cercana, sacármela de la mente en cuanto asomaba. Todavía faltaban dos semanas para el festival que señalaba el comienzo de los Juicios.

El hijo del tonelero pasó corriendo y casi se llevó por delante nuestro tenderete.

—¡Perdón! —gritó sin mirar atrás ni frenar el paso—. ¡Tengo que decirle a Keth que hay que empezar con los preparativos!

—No pasa nada —dijo Thatcher sin alzar la voz; percibía la tensión que me embargaba a través de aquel vínculo que nos había unido desde que nacimos.

Cuando estábamos muy cerca, nuestras voces podían recorrer el hilo que nos conectaba.

En otros casos, solo eran sensaciones, ecos de nuestros pensamientos.

No era cierto que no pasara nada, y ambos lo sabíamos. Antes del festival, los sacerdotes buscaban a aquellos dotados de dones. Los llamaban «los bendecidos».

Aquella noche, la ansiedad se adueñó de la cena.

Era evidente que nuestro padre, Sulien, había oído la noticia de la llegada de los sacerdotes.

No lo dijo en voz alta, pero se le notaba en que bebía más de lo habitual, en las arrugas que se le formaban alrededor de los ojos cada vez que nos lanzaba un vistazo a Thatcher y a mí.

—Buena captura hoy —comentó. Jugueteaba con la comida del plato.

—Lo hemos vendido todo —confirmé—. He conseguido que Breen pague más por el pedido de la boda.

Sulien sonrió con esfuerzo.

—Una dura negociadora. Esa es mi chica.

Thatcher me dio una patada suave bajo la mesa, como una señal silenciosa entre nosotros.

Negué con la cabeza de modo casi imperceptible.

Sabía lo que quería que dijera, pero yo no tenía la más mínima intención de sacarlo a colación, así que me lancé a contar una historia sobre los chismorreos de Dorna en el mercado, hasta que logré arrancarle a mi padre una risita.

—Entonces, los sacerdotes… —intervino Thatcher de repente mientras me miraba.

La mano de Sulien se cerró con tanta fuerza sobre el vaso que creí que iba a estallar en pedazos.

—Este año han llegado pronto —comenté al ver que no decía nada.

—Era inevitable —respondió por fin, tenso y en voz baja. Rellenó el vaso y al hacerlo derramó unas gotas de vino tinto que parecían de sangre sobre la mesa de madera—. El festival se acerca. Siempre acaba por llegar el momento.

—Dos semanas antes de tiempo —insistí sin poder evitarlo—. Eso no es normal.

Sulien apuró medio vaso de un solo trago.

—Esa gente no tiene nada de normal. Nada de bueno.

La amargura de su voz nos sumió a todos en el silencio durante unos instantes. Era muy infrecuente que habláramos de los dioses, de lo que le ocurrió a nuestra madre.

—¿Y si nos marchamos? —sugerí, no por primera vez—. Podríamos ir a algún otro sitio.

—¿Adónde? —Sulien rio sin ganas—. ¿A las ciudades, donde hay sacerdotes en cada calle? ¿A las montañas, donde escudriñan a cada viajero? Aquí, al menos, solo somos criadores de ostras; nadie nos mira dos veces. —Negó con la cabeza—. Esta aldea es el sitio más seguro que vais a encontrar.

Las palabras flotaron en el aire como una sentencia de muerte. Me quedé mirando el plato, pero había perdido el apetito. Thatcher me cogió la mano bajo la mesa y me dio un apretón en solidaridad.

—Después de lo que le hizo a ella —susurré, con una furia que solía mantener muy controlada ardiéndome en el pecho—, no se merece seguir teniendo ese poder sobre nosotros.

Los ojos de Sulien se clavaron en los míos, pero al ver mi expresión se dulcificaron.

—No —coincidió en voz baja—. No se lo merece.

Mi madre había viajado al interior durante el solsticio, veintisiete años antes.

El gran templo atraía a millares de personas que acudían al descenso del dios.

Ella fue con otros jóvenes del pueblo, que buscaban bendiciones para casarse y tener hijos sanos; jamás imaginó que atraería el interés de un miembro de los Doce.

Solo era una fiel devota más cuando él llegó envuelto en su gloria dorada, cuando una joven podía desaparecer durante tres días y a sus compañeros de viaje se les decía que había caído enferma y la estaban cuidando los sanadores del templo.