The Ascended (Aesymarean 1) Capítulo 1. Sal y estrellas
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Capítulo 1. Sal y estrellas

E l cuchillo de las ostras se me escurrió y, en vez de introducirse entre las valvas de la obstinada concha, me hizo un corte en el pulgar.

—Mierda —murmuré al ver la sangre que se acumulaba en el corte.

Me dolía la cabeza, con ese martilleo típico del exceso de cerveza y la falta de sueño—.

Thatcher, idiota —le susurré al cobertizo vacío mientras me chupaba la sangre del pulgar.

El sabor metálico se mezcló con el hedor de la marea baja: algas podridas, lodos salinos y el olor penetrante del pescado dejado demasiado tiempo al sol.

Una peste que le provocaría arcadas a casi cualquiera.

Pero los criaderos de ostras no esperaban a nadie, ni siquiera a los que sufríamos las consecuencias de las malas decisiones de la noche anterior. Seguro que mi mellizo estaba en alguna cama, bien acompañado, con la misma resaca que yo, pero sin la carga de la responsabilidad.

El agua salada de la siguiente ostra me escoció en la herida y me hizo dar un respingo.

¿Cuándo me había convertido yo en alguien responsable?

Desde luego, no era mi instinto natural.

La noche anterior me acudió a la mente como una sucesión de fogonazos.

Bailar en las mesas del Banco de Arena, la única taberna de nuestra diminuta aldea.

Animar a la multitud a cantar canciones marineras subidas de tono, tan obscenas que harían sonrojarse a un capitán.

Retar a tres marineros a un concurso de bebidas y ganarlo mientras Thatcher vitoreaba y recogía las ganancias de la apuesta.

Los igualé vaso a vaso, y el último lo estampé en la mesa, sin perder el equilibrio, mientras a mi alrededor estallaba un estruendoso aplauso.

Y, aun así, había logrado salir a rastras de la cama al amanecer mientras mi hermano dormía la mona.

El peso de asegurarme de que todo fuera bien me había caído sobre los hombros años atrás, como un manto que no pedí, pero del que no conseguía librarme.

Cada decisión, cada elección, exigía examinar las consecuencias con todo cuidado.

¿Y si no se clasificaban las ostras correctamente?

¿Y si no ganábamos lo suficiente en el mercado?

¿Y si fracasaba en lo único que Sulien esperaba de mí, esa sencilla fiabilidad, esa tranquila eficiencia que parecía ser la única moneda de cambio que aún podía ofrecerle?

Los cálculos mentales continuos me agotaban más que cualquier trabajo físico.

Cogí otra ostra. Se rindió ante mi cuchillo y me mostró la carne reluciente escondida bajo la concha nacarada.

La arrojé a la cesta destinada al mercado y cogí otra de la pila, para establecer un ritmo de trabajo pese a la jaqueca.

Briden siempre reservaba dos cestas de ostras sin cáscara para sus primeros clientes.

Era lo primero que preparábamos; las empaquetábamos con hielo y algas y las entregábamos antes incluso de que abriera el mercado.

Las demás las llevábamos vivas y las íbamos abriendo a medida que nos las pedían.

Era muy pesado, pero así las ostras estaban frescas y obteníamos mejor precio.

La puerta se abrió por fin con un crujido y derramó la dura luz matinal sobre las gastadas tablas del suelo.

—Pareces una mierda recalentada —dije, sin molestarme en mirar—. Recalentada dos veces, de hecho.

Thatcher se echó a reír, y el sonido me rebotó entre las sienes y contribuyó al dolor de cabeza.

—Y a ti se te ve radiante, hermanita, con ese brillo especial que solo brota del rencor reconcentrado.

Entró contoneándose, con una hora de retraso y muy pero que muy satisfecho de sí mismo.

Llevaba la camisa de lino arrugada y mal abotonada, con el tejido de color verde oscuro torcido sobre los hombros, y el pelo despeinado y apuntando en varias direcciones muy creativas, una señal inconfundible de dedos que no eran los suyos.

Yo vestía ropa práctica y gastada: una blusa de color crema metida en unos pantalones marrón oscuro con más parches de los que podría contar, gruesas botas de cuero rozadas de tantos años de caminar por la playa y un viejo chaleco de pesca que había pertenecido a Sulien y en cuyos bolsillos aún quedaban restos de redes y trozos de cáscara.

Tenía el pelo tan negro como el de Thatcher, pero el mío se ondulaba y caía hasta los hombros, mientras que él lo llevaba muy corto.

Ambos teníamos la misma mandíbula cuadrada, los mismos hoyuelos y las mismas pecas dispersas sobre una piel clara, aunque bronceada por años de costas soleadas.

Los ojos añiles eran un rasgo heredado de nuestra madre, como también la tozudez y la tendencia a meternos en líos, o eso decía Sulien.

—Qué amable por tu parte agraciarme con tu presencia —dije tras tirar una concha vacía a la pila de desechos y ajustarme un mechón detrás de la oreja—. ¿Tu nueva conquista te ha echado a patadas por fin o te has largado antes de que te descubriera su padre?

Thatcher cogió un cuchillo, se sentó a mi lado en la mesa de clasificación y extendió la mano para coger una ostra.

—Lo segundo —respondió con una irritante sonrisa—. Por cierto, la hija de Keth te manda saludos.

—¿Cuál de ellas? —pregunté, aunque conocía la respuesta. La hija menor del anciano llevaba todo el verano haciéndole ojitos a mi hermano, la muy idiota.

—La guapa —respondió con una sonrisa aún más amplia mientras abría una ostra sin esfuerzo.

Era frustrante ver lo bien que se le daba el trabajo, aunque estuviera medio dormido y algo borracho.

Todo le resultaba fácil; la suya era una vida privilegiada en la que todo salía bien, las puertas se abrían sin empujarlas, las sonrisas brotaban sin esfuerzo—. Ya sabes que me gustan más las rubias.

—Son guapas las dos. —Tiré otra ostra a la cesta para el mercado—. Y ambas son demasiado buenas para ti. Espero que ella sepa que no la consideras más que otra muesca en el cinturón.

—Ah, sabía muy bien lo que iba a obtener. —Thatcher sacudió las cejas, con un gesto tan ridículo que casi le perdoné dejarme sola toda la mañana—. Y lo ha obtenido, de forma repetida, hasta hace una hora o así. Aunque se ha expresado con otras partes del cuerpo.

Le di un buen codazo en las costillas.

—Qué debilucha —se burló.

Con una sacudida del cuchillo le rocié la cara con el agua salada de una ostra. Escupió y tosió con fingidos aspavientos.

—¿Qué intentas? ¿Ahogarme? Creía que estarías de mejor humor después de bañarte a medianoche con tu enamorado.

—Al salir de la taberna me di un paseo por la bahía. Sola. —Me encogí de hombros.

—Sola, ¿eh? —La palabra iba cargada de insinuaciones.

—A diferencia de otros, yo no necesito compañía cada hora del día.

Mi hermano me golpeó el hombro con el suyo.

—Mentirosa. Estuviste con Marel. Cuando has estado con él te lo noto; tienes esa mirada ufana, como de alguien que se sale con la suya. —Se me acercó más y bajó la voz—. Además, detrás de la oreja tienes una marca de mordisco que se te ha pasado por alto al vestirte.

Enrojecí y me llevé la mano al cuello de inmediato. Thatcher estalló en carcajadas.

—Imbécil presuntuoso —siseé, y le lancé más agua de las ostras, pero no pude evitar esbozar una sonrisa—. ¿Por qué me ha tenido que tocar un hermano como tú?

—Porque sin mí te morirías de aburrimiento —respondió, y abrió tres ostras seguidas con habilidad. Presumido. Me miró de reojo, y su voz adoptó un tono sincero—. ¿Cuándo te vas a rendir y le vas a dejar cortejarte en condiciones? Marel lleva persiguiéndote… ¿dos años, ya?

Mantuve los ojos fijos en el trabajo, sin perder el ritmo.

—No es lo que piensas.

—Podría.

—No lo será —respondí con seriedad—. Y lo sabes.

Thatcher suspiró, pero dejó de insistir.

Me conocía bien y sabía que, si ya había tomado una decisión, no merecía la pena discutir.

Además, era muy consciente de lo que yo pensaba sobre ese tema.

Era mejor que la cosa no fuera a mayores.

Que Marel me viera tan solo como un placer ocasional, un espíritu salvaje imposible de domesticar, aunque él buscase algo más. Con el tiempo, seguiría adelante.

La mano de Thatcher se posó un instante sobre la mía y detuvo mi cuchillo. Cuando levanté la vista para mirarlo, no vi ninguna burla en sus rasgos, solo comprensión. Aunque persiguiese a todas las mujeres disponibles del pueblo, en lo más profundo llevaba la misma carga que yo. A mí.

Para nosotros, algunas puertas permanecerían cerradas para siempre.

—Sabes que te apoyo por completo, Thais. Siempre.

Asentí con un gesto y volví a concentrarme en el trabajo. Por la razón que fuese, nunca había dudado de esas sencillas palabras.

Terminamos la primera tanda justo cuando el sol asomaba por el horizonte y pintaba de oro el agua que se extendía más allá de las ventanas del cobertizo.

Salimos al fresco aire matutino. El pueblo de Cresta Salada se extendía frente a nosotros.

Los barcos de pesca salpicaban el puerto; los más madrugadores ya descargaban las capturas de la mañana.

Nuestra cabaña se hallaba a corta distancia de la costa, y de la chimenea brotaba un hilo de humo.

Me detuve para apreciar el mismo paisaje que había visto cada día de mis veintiséis años de existencia.

Sencillas casas de gastados tablones grises, el templo de piedra en la colina, las redes de pesca colgadas a secar entre postes.

Allí nunca cambiaba nada, y eso era justo lo que necesitábamos.

Quizá por esa razón no rechazaba nunca los retos de taberna, los chapuzones en aguas bravas, las citas nocturnas.

Porque no me lograba sacudir de encima la sensación de que, en un momento u otro, todo aquello terminaría.

Cuando llegamos con las cestas de ostras frescas, la plaza del mercado estaba sumida en el bullicio y ajetreo de todas las mañanas.

Thatcher empezó enseguida a montar nuestro tenderete mientras yo llevaba las ostras del día a la parte frontal y las disponía en filas bien ordenadas sobre lechos de algas.