Terror en Cabo Rojo Chapter 26
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Chapter 26

Maximiliam

El cementerio estaba en la parte alta de Cabo Rojo, sobre el pueblo, en el único terreno que nunca se inundaba.

La Ranger arrancó una columna de piedra al entrar y siguió con el paragolpes colgando.

Alex no frenó hasta el sector antiguo, donde las lápidas eran tan finas que parecían dientes gastados y estaban torcidas todas hacia el mismo lado, empujadas por noventa años de viento.

La luz roja apareció detrás de la verja.

—Tenemos minutos —dijo.

Andy tomó una pala y la lata de combustible.

Alex cargó la otra pala, el hacha, la sal, el cuaderno y la cámara.

Corrieron. La lluvia había convertido la tierra en barro.

Las lápidas aparecían y desaparecían con cada relámpago.

Alex protegía el cuaderno bajo la chaqueta.

Casius había dibujado una cruz inclinada en el límite del cementerio viejo.

La encontraron. Detrás había tres tumbas.

MAXIMILIAM brANIER

1861-1927

Andy apuntó con la linterna.

—Noventa años.

Alex clavó la pala.

—Empieza.

Excavaron. No hablaban. Las palas entraban en la tierra con un chasquido húmedo de fruta pasada y salían pesando el doble; el agua llenaba el pozo casi tan rápido como lo vaciaban.

A Alex se le levantó una ampolla en la base del pulgar a los cuatro minutos, y un rato después se le rompió.

Cada tanto Andy perdía pie y apoyaba una mano en el barro.

Sus dedos temblaban. Alex quiso preguntarle si podía seguir y no lo hizo.

No por dureza. Porque sabía que si alguno de los dos se permitía responder con sinceridad, tal vez se sentarían allí y no volverían a levantarse.

La tierra cedía con facilidad, pero volvía a caer dentro.

La luz avanzaba entre las lápidas. Alex trazó una línea de sal alrededor de la tumba.

—No la cruces.

—No pensaba hacerlo.

La pala golpeó madera con un sonido hueco que les subió por los brazos.

Se arrodillaron y siguieron con las manos.

El ataúd estaba casi deshecho, con las tablas hundidas hacia dentro por el peso de noventa inviernos.

Alex abrió la tapa con el hacha y el olor que salió no era de podredumbre —eso había terminado décadas antes— sino de tierra fría y mineral, de sótano.

Dentro había huesos acomodados sin ninguna dignidad, tela negra convertida en telaraña y fragmentos de metal repartidos entre las costillas.

—¿Qué buscamos?

Alex revisó las fotografías.

«Relicario ovalado. Hierro. Tres círculos.»

Metió la mano. Tocó metal. Lo sacó. Una caja negra, corroída, del tamaño de una mano. Tres círculos concéntricos en la tapa. La luz se detuvo frente a la sal. Andy la vio.

—Alex.

El resplandor se comprimió y adquirió forma humana con la torpeza de algo que copia de memoria.

Una mujer apareció dentro, no del todo: el rostro se deshacía y volvía a armarse, y cada vez volvía un poco distinto, como si estuviera probando cuál le servía.

Cabello oscuro. Piel del color de la cera.

Los ojos eran negros de lado a lado, sin blanco, y no se movían juntos.

—Vera —susurró Andy.

Alex sostuvo el relicario.

—No.

La mujer sonrió.

—Alexander.

—No eres ella.

Por primera vez, la forma pareció dudar.

—La herencia es maldita.

Alex miró el relicario. Después el nombre en la lápida.

La frase dejó de parecer una amenaza. Casius había heredado la historia.

Su abuelo había heredado el silencio. Su madre había heredado la casa.

Él había heredado todo lo que nadie había querido resolver.

Pero la sangre no era una orden. Arrojó el relicario dentro del ataúd.

—Combustible.

Andy abrió la lata. La luz golpeó la barrera. La sal empezó a oscurecerse.

—Ahora.

Andy vació combustible. La lluvia arrastró parte, pero el olor se impuso. Alex sacó el encendedor de Lucien. Nada. Otra vez. Nada. La línea de sal se abrió en un extremo.

—Alex.

Tercer intento. Una llama. Había llevado de la Ranger un trozo de tela seca dentro de una bolsa de herramientas.

Lo encendió. Lo arrojó. El fuego prendió.

La mujer abrió la boca. El sonido no era humano.

La luz atravesó la línea rota. Alex golpeó con el hierro.

El resplandor se contrajo. Andy tomó el hacha.

—El relicario.

La caja seguía intacta. Alex la arrastró con la barra hasta el borde del fuego, y ahí entendió el problema: la luz no estaba mirando el relicario. Lo estaba mirando a él. Y se estaba yendo del pozo, hacia el camino, hacia Andy.

El cuaderno tenía una frase que había leído sin querer entenderla: la sangre de Vera la atrae.

Tuvo dos segundos para decidir y no los usó pensando. Se pasó la palma abierta por el filo del hacha —un movimiento torpe, de arriba hacia abajo, que le abrió la mano de lado a lado— y metió el brazo dentro del pozo, sobre el ataúd encendido.

—Estoy aquí —dijo—. Soy el último.

La luz volvió. Volvió toda junta y por el brazo, y Alex sintió el calor entrarle por la mano abierta y subir hasta el hombro como agua hirviendo dentro de una manga. No se soltó. Contó, porque necesitaba contar algo: uno, dos, tres.

—¡Andy!

Andy golpeó. Una vez. El metal se abolló. Alex golpeó otra vez con la izquierda, sin sacar el brazo derecho.

—¡De nuevo!

Andy descargó el hacha con todo el cuerpo y la tapa se abrió como una nuez.

Dentro había un mechón de cabello atado con hilo, una medalla y un papel enrollado, todo tan conservado que parecía guardado la semana anterior.

El fuego los alcanzó. La medalla se puso negra en un segundo.

El cabello se encendió con esa llama baja y rápida que hace el pelo humano, y el olor —dulce, sucio, inmediato— fue el mismo que había tenido la casa toda la noche.

El papel se abrió por el calor antes de consumirse.

Alex alcanzó a ver una palabra escrita a mano.

VERA.

Nada más. La luz se detuvo. La forma perdió el rostro.

Después los brazos. Después cualquier parecido humano.

Quedó una esfera roja suspendida sobre la tumba.

Pulsó. Una vez. Dos. Tres. Cada pulsación iluminó el cementerio.

Después se comprimió. Más. Más. Hasta ser un punto.

El punto desapareció. La lluvia siguió cayendo unos segundos.

Entonces se detuvo. No disminuyó: se detuvo de una vez, como se cierra una canilla.

El viento cayó con ella. Alex oyó gotear el ataúd que se quemaba y, más lejos, el mar volviendo a existir, y entendió que llevaba horas sin escucharlo.

El silencio fue peor que la tormenta. Andy soltó el hacha.

Alex sacó el brazo del pozo cuando ya no había nada que retener.

La manga se le había pegado a la piel del antebrazo y la mano abierta no cerraba; sentía el corte solo como un dato, un frío raro en medio de todo ese calor.

Dejó caer el hierro. El ataúd ardía. Ninguno dijo que hubiera terminado.

Esperaron. Un minuto. Cinco. Diez. No volvió a aparecer nada.

El cielo empezó a aclararse sobre el mar.

Andy se sentó junto a una lápida. Se cubrió la cara.

Alex se sentó a varios metros. No intentó abrazarla.

Paul. Serena. Dan. Lucien. Martin. No había consuelo suficiente para convertir esos nombres en una victoria. Andy habló sin levantar la cabeza.

—Cuando tenía diecisiete pensaba que lo peor que podía pasarme era que alguien me viera débil.

Alex no respondió.

—Pasé años construyendo una versión de mí que no necesitara a nadie. Es ridículo.

—No.

—Sí.

Se limpió la cara con la manga.

—Esta noche necesité a todo el mundo.

Miró el fuego.

—Y casi todos están muertos.

Alex dejó que la frase permaneciera. No había nada que corregir. Después Andy dijo:

—Maté a Dan.

Alex miró el barro.

—Te estaba matando.

—Lo maté.

—Sí.

Ella empezó a llorar. Alex no volvió a corregirla. Después de un rato dijo:

—Yo los traje.

Andy levantó la cara.

—No.

—La casa era mía.

—No sabías.

—Dan dijo lo mismo.

—Dan acababa de ver morir a Serena.

Alex cerró los ojos. El amanecer reveló el cementerio con una claridad obscena.

—No sé qué hacemos después.

Andy miró el fuego.

—Sobrevivir hoy.

Era poco. Era lo único.