Terror en Cabo Rojo Chapter 27
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Chapter 27

Epílogo

***

La policía localizó a Paul, Serena y Daniel en la Casa de los Ingleses.

A Lucien dentro. A Martin en el jardín. A DiLaurentis en la posada.

Lena también había muerto. Su habitación estaba cerrada desde dentro.

Los informes médicos hablaron de quemaduras de origen desconocido, traumatismos, electrocución posible y lesiones agravadas por el temporal.

La muerte de Daniel fue la única que admitió una explicación inmediata.

Andy declaró que lo había golpeado cuando estrangulaba a Alex.

Las marcas en el cuello, la posición del cuerpo y las lesiones de ambos sostuvieron el relato.

No hubo cargos. La declaración de Andy fue tomada tres veces.

La de Alex, cuatro. En ninguna coincidieron del todo en los detalles.

No porque mintieran. Porque la memoria había empezado a defenderse desde la misma mañana.

En una versión, la luz emitía sonido. En otra, no.

Alex recordaba a Vera con cabello negro. Andy juraba que era castaño.

Ambos coincidían en el olor. Coincidían en las cuencas. Coincidían en la voz. Eso fue suficiente para que los investigadores dejaran de hacer ciertas preguntas delante de ellos. No hubo alivio.

***

La cámara de Distéfano apareció en la Ranger.

También el cuaderno de Casius. La policía de la ciudad confiscó ambos.

Durante semanas circularon rumores sobre el contenido.

Un agente afirmó que los vídeos estaban corruptos.

Otro dijo que no. Un técnico aseguró que la cámara había registrado interferencias electromagnéticas imposibles de reproducir.

La versión nunca llegó a un documento público.

Por primera vez, la historia de Cabo Rojo tuvo algo más que rumores. Fotografías. Vídeos.

Fechas. Una luz roja moviéndose entre árboles.

Una voz. Ningún informe oficial utilizó la palabra sobrenatural.

La expresión elegida fue fenómeno luminoso no identificado.

A Alex le pareció una frase casi elegante para nombrar algo que había matado a siete personas.

Ocho, si alguien se hubiera molestado en contar a Distéfano, cuyo cuerpo nunca apareció y cuyo expediente quedó abierto por una cuestión administrativa.

***

Permaneció cinco días internado. La muerte de los amigos no llegó de una sola vez.

Llegó por turnos. Paul cuando alguien preguntó quién era el propietario de la Combi.

Serena cuando su teléfono empezó a sonar dentro de una bolsa de evidencias.

Dan cuando un policía pidió a Alex que describiera el momento de la agresión.

Lucien y Martin eran más fáciles porque pertenecían a Cabo Rojo y a una noche que todavía parecía separada de su vida anterior.

Los otros no. Los otros tenían llaves de departamentos, cuentas pendientes, padres que esperaban llamadas y mensajes sin responder. Eso era la muerte adulta, descubrió Alex. No una ausencia. Una cantidad obscena de cosas que seguían esperando a alguien.

En marzo, una mujer del estudio donde trabajaba Serena le escribió a Alex para preguntar si entre sus cosas había aparecido una carpeta de relevamiento.

Dijo que Serena la venía mencionando desde noviembre y que nadie sabía en qué estado estaba.

Alex contestó que no. La convocatoria había cerrado el 15 de febrero.

Nadie presentó nada. El diagnóstico fue una conmoción leve.

Hematomas en el cuello. Quemaduras de segundo grado en el antebrazo derecho y catorce puntos en la palma de la misma mano, que en la ficha figuraban como autoinfligidos, porque técnicamente lo eran.

Andy necesitó puntos y permaneció bajo observación por una crisis aguda de estrés.

Su madre llegó el segundo día. No entendió la historia.

Nadie esperaba que lo hiciera. Andy dejó de intentar explicarla después de la primera conversación.

Dijo que había habido una tormenta. Un accidente.

Muertes. Todo era cierto. A veces una verdad incompleta resultaba más soportable que una completa.

Durante meses no volvió a trabajar. Alex se enteró por otros.

Serena no podía contárselo, y esa ausencia se volvió una de las cosas más difíciles: había perdido también a la persona que solía unir al grupo.

Después del hospital, él y Andy se escribieron dos veces.

Ninguno supo cómo continuar. Hablaron una sola vez antes de salir. Ella entró en la habitación con el cuaderno de Casius.

—La policía me lo devolvió.

Alex lo miró.

—¿Por qué?

—Dicen que fotografiaron todo.

Dejó el cuaderno sobre la mesa.

—No lo quiero.

—Yo tampoco.

Silencio.

—¿Crees que terminó? —preguntó Andy.

Alex miró la ventana. El cielo estaba limpio.

—No sé.

Andy pareció preferir esa respuesta.

—Yo tampoco.

No se abrazaron. Ella se fue.

***

La Casa de los Ingleses permaneció cerrada.

Su madre viajó a verlo dos semanas después.

Alex le preguntó por Casius. Ella dijo que sabía que había investigado a los Branier.

Nada más. Alex no supo si creerle. No insistió.

Había aprendido en Cabo Rojo que una familia podía guardar un secreto tanto tiempo que, al final, nadie recordaba quién había decidido ocultarlo.

La familia de Alex decidió vender el terreno. Nadie hizo una oferta por la casa.

Meses después, el municipio declaró que la estructura era insegura. La demolición se realizó en noviembre. Alex no estuvo allí. Tampoco regresó al cementerio. En abril viajó a San Blas.

La dirección la tenía de la carpeta de Lucien, que la policía de la ciudad devolvió incompleta y con dos hojas menos. Ariel Ibarra lo recibió en la puerta de un depósito de pescado, a las seis de la mañana, terminando el turno, con anteojos oscuros y un termo bajo el brazo.

Se sentaron en el cordón. No se dieron la mano.

—Usted es el sobrino nieto —dijo Ariel.

—Sí.

—¿Cuántos?

—Siete. Ocho con el periodista.

Ariel asintió despacio, como si estuviera comparando con una cifra propia.

—Nosotros fuimos tres.

Después se sacó los anteojos, sin advertencia y sin dramatismo, porque a los cuarenta y nueve años ya había entendido que era más rápido mostrarlo que explicarlo.

Alex se obligó a no desviar la vista. Los párpados no estaban, no del todo: quedaba un borde retraído, brillante, que no llegaba a cubrir, y por eso Ariel dormía con antifaz de tela húmeda y tenía gotas en los cuatro bolsillos.

—Treinta años así —dijo—. No es lo peor. Lo peor es que soy el único al que le creyeron los médicos y nadie más.

Hablaron una hora. Alex le contó la noche entera, sin ordenarla, y Ariel no lo interrumpió ni una vez, que fue la primera cosa amable que le hizo alguien desde enero.

Al final Ariel sacó del bolso una carpeta de tapa dura, gastada en los bordes, y la puso sobre el cordón, entre los dos.

—Cuarenta y un nombres —dijo—. Descendientes de las dos hijas. Está armado por rama y por edad, con las direcciones que pude confirmar. Lo empecé en el 91, cuando pude volver a leer.

—¿Para qué?

—Para escribir una carta por año. Una sola, corta, sin explicar nada raro: que no vayan a Cabo Rojo en enero de 2047. Nada más. La gente tira las cartas largas.

Alex miró la carpeta y no la tocó.

—Mi tío hizo eso. Mandó once cartas. No sirvió de nada.

—Su tío mandó once cartas a una sola casa —dijo Ariel—. Yo mandé doscientas seis a cuarenta y un casas. Este año me contestaron cuatro. En el 91 no me contestaba nadie.

—¿Y por qué me lo da a mí?

Ariel volvió a ponerse los anteojos y miró la calle, donde empezaba a haber camión y gente.

—Porque en 2047 yo voy a tener setenta y nueve años y usted cincuenta y nueve. Y porque hay algo que no le va a gustar y prefiero decirlo ahora: en la lista también está su madre. Está desde el 91.

Alex se quedó un rato largo sin decir nada.

—¿Le contestó alguna vez?

—Una —dijo Ariel—. En el 2001. Dos renglones. Me pidió que no volviera a escribir a esa casa.

El camión del depósito arrancó. Ariel se levantó y dejó la carpeta donde estaba, que era su manera de no pedir nada dos veces.

—Yo no creo en herencias —dijo Alex.

—Yo tampoco. Esto es una lista.

Alex la llevó en el auto todo el camino de vuelta, en el asiento del acompañante, y esa noche la dejó arriba de la mesa sin abrirla, que no era lo mismo que decir que sí pero tampoco era decir que no.

***

Antes de abandonar Cabo Rojo, volvió una sola vez a la playa. Llevó el cuaderno de Casius. Leyó páginas que durante la noche apenas había mirado. Había obsesión. Miedo. Cálculos absurdos. Observaciones lúcidas. También una culpa que se repetía durante años.

«Comprender no equivale a controlar.»

Más adelante:

«La familia confundió el silencio con protección.»

Y en la última página escrita:

«Si esto termina, que no quede como legado.»

Alex cerró el cuaderno. Lo quemó. No arrancó ninguna hoja. No guardó nada. Se quedó hasta que las tapas se deformaron y la escritura desapareció. El humo olía a papel y a nada más, y eso fue lo más parecido a un alivio que sintió en meses. Cuando regresó al camino, el mar estaba tranquilo.

La tranquilidad no le pareció una promesa.

Era ausencia de tormenta, que es una cosa distinta y bastante más barata.

Alex se quedó un rato mirándolo, con las manos oliendo a ceniza, pensando que ninguna de las cinco personas que habían entrado a esa casa iba a poder explicar nunca lo que pasó, y que dos de ellas no iban a tener que intentarlo.

Por el momento, era suficiente.