Chapter 25
La herencia
Lucien habló en el pasillo porque bajar implicaba volver a mirar los cuerpos. No tenía tiempo para delicadeza. Alex tampoco. La pantalla de la cámara mostraba el mismo cuaderno. Las mismas fechas. El árbol genealógico. Lucien señaló una rama.
—Vera Branier tuvo dos hijas. La menor salió del pueblo. Su descendencia terminó en los Shed.
Alex miró su apellido.
—Casius.
—Sí.
—Y yo.
—Sí.
Andy se apoyó contra la pared.
—La mujer que me llamó.
Lucien negó.
—No creo que fuera Vera.
—Tenía su nombre.
—Casius escribió que la forma es Vera. No la cosa.
—¿Qué significa?
—Maximiliam intentó hacer algo en 1927. Un ritual, un experimento, llámalo como quieras. Usó objetos de Vera. Sangre. Hierro. Sal. Electricidad. Ella murió durante aquello o inmediatamente después.
Lucien pasó una página.
—Casius no creía que Maximiliam estuviera tratando de invocar un muerto.
Creía que intentaba demostrar que una conciencia podía permanecer después de la muerte si se fijaba a un objeto.
Algo entre espiritismo y una versión primitiva de teoría eléctrica.
No importa si tenía sentido. Importa que hizo algo que nadie de nosotros sabe deshacer del todo.
Alex miró a Lucien.
—La asesinó.
—Sí.
—Entonces ¿por qué vuelve ella?
—No vuelve.
Lucien mostró una página fotografiada.
LA MUJER ES LA FORMA.
MAXIMILIAM ES EL NUDO.
—Lo que sea que aparece usa a Vera como máscara. Tal vez porque fue la primera víctima. Tal vez porque Maximiliam la convirtió en parte del mecanismo.
Andy cerró los ojos.
—Me habló por teléfono.
—Sí.
—Sabía mi nombre.
Lucien no tuvo respuesta. Alex pasó a otra fotografía.
—¿Cómo se detiene?
—Casius no estaba seguro.
—Pero escribió algo.
—Creía que el vínculo estaba en los restos de Maximiliam y en un relicario enterrado con él.
—¿Dónde?
—Cementerio antiguo.
Andy miró la tormenta a través de una ventana.
—Entonces vamos.
Lucien la observó.
—No entiendes.
—Entiendo que si nos quedamos, nos mata.
Alex levantó el frasco casi vacío.
—La sal funciona.
—Por poco tiempo.
—El hierro también.
—Por menos.
Alex sostuvo el cuaderno.
—Casius pasó años aquí sabiendo que era parte de la familia de Vera.
—Sí.
—¿Mi madre sabe esto?
Lucien vaciló.
—No sé cuánto sabía tu familia.
La respuesta fue peor que un sí. Alex pensó en la carpeta que su madre había dejado sobre la mesa esa mañana, con las escrituras arriba y la tasación abajo, ordenada como se ordena algo que se preparó con tiempo.
Pensó en su insistencia en que fuera él y no un tasador.
Él, el único de la generación siguiente sin hijos.
En la facilidad con que todos habían aceptado que Casius estaba loco.
No era momento de resolverlo. La pregunta quedó.
—¿Y el fuego?
Lucien lo miró.
—Casius creía que destruía el vínculo.
—Creía.
—Sí.
—¿Qué otra cosa tenemos?
Nada. Lucien no necesitó decirlo. Bajaron. Andy se detuvo junto a Dan. El hierro seguía en su mano. Lucien la tocó en el brazo.
—Después.
Ella asintió. La puerta principal se abrió sola, despacio, con la cortesía de algo que ya estuvo antes en esa casa.
El viento entró y apagó las velas de la mesa una por una, de izquierda a derecha, en el orden exacto en que estaban puestas.
Después la luz roja llenó el umbral de lado a lado, y por un instante el vestíbulo entero quedó del color del interior de un párpado cerrado. Lucien empujó a los jóvenes.
—¡Cocina!
La luz avanzó sin tocar el suelo, a la altura del pecho de un hombre, y se deformaba al pasar junto a los muebles como si el aire tuviera espesor.
Lucien disparó tres veces. Los casquillos cayeron sobre las tablas y ese fue el único efecto visible.
Alex lanzó la poca sal que quedaba. El resplandor retrocedió con un sonido agudo.
—¡Ahora!
Corrieron. Andy salió por la puerta lateral. Alex estaba detrás. Lucien fue el último. La luz volvió. Lo alcanzó en el pasillo.
—¡Váyanse!
Alex giró.
—¡Lucien!
—¡Váyanse!
El comisario quedó envuelto y el rojo lo tomó entero, como agua.
Su cuerpo se arqueó hacia atrás con la fuerza de un calambre que no cede; los dedos buscaron apoyo en el marco y dejaron cuatro rayas en la pintura.
La piel alrededor de los ojos se oscureció de adentro hacia afuera, y Alex vio, con una claridad que no le hacía ninguna falta, el momento exacto en que empezó a salirle vapor de la boca abierta. Andy tomó a Alex del brazo.
—No podemos ayudarlo.
Lucien cayó de rodillas, todavía mirándolos, todavía haciéndoles con la mano el gesto de que se fueran.
Alex cerró la puerta. El grito duró menos de un segundo, y después hubo un silencio con el que Alex iba a convivir el resto de su vida.
Afuera, la Ranger seguía con las llaves.
Martin estaba cubierto por el impermeable. Andy se detuvo.
—Dios.
—Sube.
Alex guardó la cámara y el cuaderno. Arrancó. La portera principal estaba bloqueada por un árbol.
—No —dijo Andy.
En el retrovisor, la luz apareció en la galería. Alex giró hacia el campo.
—Nos vamos por donde vinieron.
La Ranger saltó sobre barro y zanjas con la suspensión llegando al fondo en cada golpe; el volante le pegaba en las palmas y una rama arrancó el espejo derecho.
Alex siguió las marcas de sus propias ruedas porque era lo único que se distinguía debajo del agua.
La luz los seguía. A veces desaparecía diez, quince segundos —y esos segundos eran peores— y después estaba más cerca.
Llegaron a la carretera junto a la posada.
La puerta de Lena estaba abierta. No había luz. Alex redujo. Andy miró atrás.
—No.
El resplandor cruzó el camino y golpeó la luneta.
El vidrio explotó hacia dentro y les cubrió los hombros de granos de cristal templado; el aire de la cabina se calentó de golpe, con un calor seco que les tensó la piel de la cara, y del pelo de Andy salió un olor a quemado que ninguno de los dos nombró.
Alex perdió el control, sintió las dos ruedas izquierdas subirse al cordón y lo recuperó a treinta centímetros de una pared.
—Lucien dijo que no entraba al pueblo.
—Lucien se equivocó.
La luz golpeó el parabrisas. Una red de grietas cubrió el cristal. Alex frenó junto a la plaza.
—¿Qué haces?
Tomó la cámara. Buscó las fotos. Encontró el croquis del cementerio.
MAXIMILIAM ES EL NUDO.
—Si seguimos huyendo, nos alcanza.
Andy miró la luz al final de la calle.
—¿Y si Casius se equivocó?
Alex abrió la cajuela. Palas. Hacha. Combustible. Una bolsa de sal.
—Entonces nos equivocamos haciendo algo.