Chapter 24
Rescate
La Ranger avanzaba a golpes por el camino viejo. Lucien conducía inclinado sobre el volante. Martin sostenía la cámara de Distéfano dentro de una bolsa impermeable.
—¿Está seguro de que esto llega a la propiedad?
—Hace treinta años llegaba.
—No es una respuesta.
Lucien no contestó. El puente principal estaba bajo agua. La entrada oeste era la única posibilidad. Encontraron la portera después de varios minutos. Martin bajó y rompió el candado. Regresó empapado.
—Si sobrevivimos, quiero un aumento.
—Si sobrevivimos te dejo ser comisario.
—Eso es peor.
La broma murió allí. Mientras avanzaban, Martin abrió la bolsa y miró otra vez la cámara.
—Mi madre me contaba lo de Vera para que no saliera de noche.
Lucien mantuvo los ojos en el camino.
—La mía también.
—¿Y sabía que era real?
—No sé qué sabía nadie.
—Eso es lo que más me molesta.
—¿Qué?
—Que todo el pueblo tenía un pedazo y nadie tenía la historia.
Lucien pensó en eso. Quizá Cabo Rojo había sobrevivido noventa años precisamente así: distribuyendo el miedo hasta que ningún habitante pudiera cargar con suficiente información para convertirlo en certeza.
Cinco minutos después, los faros encontraron la Casa de los Ingleses al final del camino, negra y enorme, con el tejado brillando de agua como el lomo de un animal que respira.
Había velas en tres ventanas, temblando cada una a su propio ritmo, y una cuarta que se apagó justo cuando Lucien la miró. Lucien apagó el motor.
Escucharon. Con la lluvia sobre el techo de la cabina no se oía nada más que la lluvia, y después, en un hueco del ruido, un grito dentro de la casa. Agudo. Corto. De mujer.
Martin se soltó el cinturón con las dos manos.
—Detrás de mí —dijo Lucien, y fue la última orden que le dio.
Corrieron. El barro les llegaba a los tobillos y el pasto alto les frenaba las piernas. Martin iba medio paso por delante, porque tenía treinta y tres años y las rodillas buenas, y esa fue toda la diferencia.
La luz roja cruzó el jardín. No tuvo tiempo de reaccionar. Lo golpeó de costado y lo levantó.
—¡Martin!
Lucien sacó el arma. El cuerpo quedó suspendido.
Martin abrió la boca. La piel alrededor de los ojos empezó a oscurecerse.
Lucien disparó. Una vez. Dos. Las balas atravesaron la luz.
El resplandor se contrajo. Martin cayó. La cabeza golpeó el suelo.
Lucien llegó hasta él. No había nada que hacer.
Las cuencas eran negras, dos pozos de ceniza en la cara de un chico de treinta y tres años, y todavía siseaban cuando les entraba el agua.
La lluvia caía dentro de ellas y salía convertida en vapor.
El olor atravesaba la tormenta sin esfuerzo: pelo quemado, hierro caliente, y por debajo el fondo dulce que Lucien no había vuelto a oler desde 1987.
Lucien se quitó el impermeable y cubrió el cuerpo.
Martin había trabajado con él once años.
Había llegado a la comisaría con veintidós, demasiado entusiasmo y una libreta donde anotaba cosas que no necesitaban ser anotadas.
Lucien le había enseñado a redactar informes, a tratar con borrachos y a no estacionar la patrulla frente al único bar del pueblo si pretendía entrar sin que todo Cabo Rojo lo supiera.
Nunca le había enseñado qué hacer con una luz capaz de vaciarle los ojos a un hombre.
No rezó. Hacía cuarenta años que no rezaba y no iba a empezar arrodillado en el barro, negociando con alguien que había estado mirando todo el tiempo.
Tomó la cámara. La carpeta. La sal. El hacha. Entró.
La puerta estaba abierta y el vestíbulo tenía dos centímetros de agua que seguía entrando, con hojas. Lo primero fue el olor: el mismo de la habitación cinco, el mismo de las fotografías de 1957, el olor que había pasado treinta años sin conseguir describirle a un fiscal.
Vio a Paul primero, tapado con una manta en el salón, con los pies afuera y las zapatillas todavía atadas. Después a Serena, al pie de la escalera, en una postura que nadie elige. Después a Dan, más arriba, con la sien hundida y una barra de hierro a un metro de la mano.
Tres cuerpos. Los contó dos veces, porque en 1987 también había contado y le habían faltado personas.
Se agachó junto a Dan, le miró las manos y entendió lo que había pasado en esa escalera sin que nadie se lo explicara. Eso también lo había visto antes.
Lucien se quedó inmóvil. Había llegado tarde. La palabra que le vino a la cabeza no fue tarde, fue otra vez.
—¡Alexander!
Nada. Subió con el hacha en la izquierda y el arma en la derecha, apoyando el hombro en la pared, consciente de que si algo aparecía en ese pasillo ninguna de las dos cosas iba a servirle.
El pasillo tenía sangre en el zócalo y dos manos marcadas en el papel de la pared, una más arriba que la otra, como de alguien que se arrastró sin llegar a caerse. El cuaderno de Casius estaba abierto en el suelo, con las hojas hinchadas de humedad.
Un rastro de polvo rojo terminaba frente a una puerta cerrada. Lucien se agachó y lo tocó con dos dedos: era finísimo, estaba seco a pesar de toda el agua que tenía la casa, y estaba tibio. Se limpió la mano en el pantalón y no volvió a mirarse los dedos.
Lucien avanzó.
—¡Policía!
Silencio.
—¡Alexander! ¡Soy Lucien!
La puerta se abrió. Un hierro salió desde dentro. Lucien logró apartarse. Alex apareció pálido, con marcas violáceas en el cuello. Andy estaba detrás.
—¡Espera!
Alex se detuvo. Lucien bajó el arma.
—Tenemos que salir.
Alex vio la cámara.
—¿Qué es eso?
—Distéfano la escondió en el bosque.
Le mostró la pantalla.
—Y tu tío no estaba loco.
Alex miró el cuaderno que sostenía. No pareció sorprendido. Solo más cansado.