Terror en Cabo Rojo Chapter 23
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Chapter 23

La sangre

La casa parecía más pequeña desde que Paul había muerto.

No había cambiado nada. Seguían allí las mismas paredes, los mismos muebles, la misma escalera.

Pero los cuatro se mantenían agrupados en un extremo del salón, lejos del cuerpo cubierto, y esa concentración de miedo deformaba el espacio.

Serena había dejado de llorar. Andy no. Dan bebía de una botella sin probar realmente el alcohol.

Había dejado de mirar el cuerpo de Paul.

Cada vez que sus ojos se acercaban a la manta, los desviaba.

Paul había sido el primero de los tres en tener licencia de conducir, el primero en mudarse solo, el primero en conseguir un trabajo que parecía adulto.

También había sido el único capaz de aparecer a las tres de la mañana con una llave inglesa porque alguno de ellos había quedado varado en una carretera.

Su muerte no parecía pertenecer a una historia sobrenatural.

Parecía un error administrativo del mundo.

Una persona que debía seguir existiendo y que, sin embargo, ya no estaba.

Alex miró hacia arriba.

—Hay algo en el cuarto de Casius.

Serena levantó la cabeza.

—No digas eso.

—El cuaderno.

Dan lo miró.

—¿Qué mierda importa un cuaderno ahora?

—El periodista desaparecido investigaba a Casius. Lucien reaccionó cuando le dije que era su casa. Y Casius murió aquí.

—Se suicidó.

—Eso creemos.

Dan soltó una risa seca.

—Excelente momento para convertirte en detective.

Alex señaló a Paul.

—Después de eso no pienso descartar nada.

Nadie discutió. Serena se puso de pie.

—No te separes.

—No lo haré.

Andy también.

—Voy.

Dan terminó la botella.

—Todos juntos.

Subieron en fila, tan pegados que se pisaban los talones.

El pasillo estaba oscuro y la tormenta hacía crujir la estructura con sonidos profundos, casi corporales, ruidos de algo grande acomodándose.

La linterna del teléfono de Andy alcanzaba tres metros y ni uno más, y esos tres metros se movían con ellos: la casa iba apareciendo y desapareciendo por tramos, como si se rearmara a su paso.

Alex entró en el dormitorio y tomó el cuaderno.

Lo abrió bajo la luz de los móviles. 1927. 1957. 1987. 2017. Serena se acercó.

—Treinta años.

—Sí.

Pasaron páginas.

NO ES VERA.

MAXIMILIAM ES EL NUDO.

Dan negó.

—Eso no significa nada.

Andy señaló otra página.

—Aquí.

Casius había dibujado una figura rodeada por un círculo. En el margen:

«La sal contiene mientras la línea permanece completa.»

Más abajo:

«El hierro interrumpe la manifestación. No destruye.»

Andy pasó la página.

«Nada de esto sirve para terminarlo. Lo único que puede destruirse es materia: los restos y el objeto. Fuego. Destrucción total. No hay otra vía y a mí no me alcanza el valor.»

Andy levantó la vista.

—Tu tío sabía cómo pararlo.

—Sí.

—Y no lo hizo.

—No pudo llegar a la tumba —dijo Alex—. Lo escribe tres páginas antes.

Alex sintió el peso de la barra que llevaba.

—Paul.

—¿Qué? —preguntó Serena.

—Cuando cayó el cuadro. El hueco estaba detrás del retrato. Todo esto estaba escondido.

—¿Y?

—Quizá Casius no quería que alguien lo encontrara. Quizá quería que lo encontrara alguien de la familia.

Dan cerró el cuaderno de golpe.

—Basta.

—Dan.

—Mi mejor amigo está muerto abajo. Estamos encerrados por una tormenta. No voy a decidir lo que hago porque un viejo escribió sal e hierro en una libreta.

Un resplandor rojo apareció al final del pasillo.

Dan dejó de hablar en mitad de una palabra.

La luz salió de la oscuridad junto a la escalera, primero tenue, después compacta, y con ella llegó el calor: no calor de fuego, calor de horno cerrado, un aire que secaba la boca y hacía doler la raíz de los dientes.

El polvo del pasillo no se movía. Nada se movía, salvo eso. Andy retrocedió.

—Es la misma.

La voz le salió apenas.

—La de la casa de Branier.

Alex levantó el hierro.

—Atrás.

—¿Qué haces? —preguntó Serena.

—No sé.

La luz avanzó. Alex golpeó con las dos manos, de arriba hacia abajo, como se parte leña.

La barra atravesó el resplandor sin encontrar cuerpo —el brazo siguió de largo, el hierro rebotó contra las tablas y el golpe le subió por los codos hasta los hombros—, pero la luz se contrajo de golpe.

El chillido que llenó el pasillo no era un sonido de garganta: entraba por el hueso detrás de las orejas, y a Alex se le llenó la boca de sabor a moneda. Andy se tapó los oídos.

—¡Funcionó!

La luz se deshizo contra la pared. Durante un segundo desapareció. Entonces Serena cayó. Algo la había tomado por los tobillos. Dan reaccionó primero. Le agarró una muñeca.

—¡Serena!

Ella empezó a deslizarse hacia la escalera. Alex tomó el otro brazo. Andy sujetó a Alex por la cintura.

—¡No me suelten!

La fuerza aumentó de una manera que no admitía discusión: fuerza de máquina, no de animal.

No había nada visible, solo el cuerpo de Serena estirándose entre ellos y el vacío, la ropa subida, los tobillos juntos con una exactitud que no era de forcejeo.

Las uñas rasparon la madera y dos quedaron ahí, medias lunas blancas clavadas en el barniz.

Dan perdió apoyo. Serena salió despedida hacia el rellano con un tirón seco.

Alex alcanzó a tocarle los dedos y nada más.

El cuerpo cayó por la escalera. Un golpe.

Otro. Otro. Silencio. Dan corrió. Alex detrás.

Serena estaba boca abajo en el primer tramo, con un brazo debajo del cuerpo y el otro extendido hacia arriba, como si todavía estuviera pidiendo la mano.

La sangre había marcado cuatro escalones en salpicaduras cortas, una por golpe, y seguía bajando por el canto de la madera con una lentitud obscena.

Dan la levantó y la cabeza se le fue hacia atrás más de lo que una cabeza puede irse.

El cuello tenía un ángulo que hacía innecesaria cualquier comprobación.

—No.

La sostuvo.

—No.

Andy empezó a llorar detrás. Alex se quedó sin aire. Paul bajo la manta. Serena en brazos de Dan. Dos personas muertas en una hora. Dan levantó la cabeza. Miró a Alex. El dolor cambió de forma.

—Tú.

Alex tardó en comprender.

—¿Qué?

Dan dejó el cuerpo con cuidado.

—Tu puta casa.

—Dan.

—Tú nos trajiste.

—No sabíamos.

—Tú querías venir.

—Sí. Para revisar una propiedad.

Dan se acercó.

—Y querías estar con ella.

Alex sintió un golpe en el pecho.

—No hagas esto.

—Siempre la quisiste.

—No tiene nada que ver.

—Todo tiene que ver.

El puñetazo llegó sin aviso, sin ese gesto previo que los hombres se hacen entre sí para anunciar que va a haber pelea.

Le entró en el pómulo con un ruido sordo y Alex cayó de espaldas contra los escalones, con el canto de un peldaño clavándosele entre los omóplatos.

Dan se le vino encima, todo peso y ninguna técnica, y las manos le rodearon el cuello.

—¡Dan! —gritó Andy.

—¡Cállate!

Alex intentó apartarlo. Dan era más fuerte de lo que recordaba y estaba, además, en ese estado en que el dolor ajeno deja de contar.

La presión aumentó hasta que el aire dejó de ser una opción: le zumbó la cabeza, la lengua se le fue hacia atrás, y en el borde de la visión aparecieron puntos blancos y después una oscuridad que subía desde abajo, tranquila, casi cómoda.

Lo que más lo asustó fue lo poco que dolía.

—Para...

—¡Ella está muerta!

Andy tiró de Dan. Él la empujó. Ella golpeó la baranda. Alex perdió fuerza. Oyó el impacto antes de entenderlo. Dan se inclinó. Andy estaba detrás con la barra de hierro.

—Dan...

Él intentó girarse. Andy golpeó otra vez, con los dos brazos y los ojos cerrados.

El hierro le entró en la sien con un sonido que Alex no iba a poder describir nunca —algo entre una fruta y una tabla— y el hueso cedió lo suficiente para que la barra quedara un instante trabada antes de salir.

Dan cayó de costado. La cabeza golpeó el borde del escalón y quedó ahí acomodada, con un ojo abierto y el otro ya lleno de sangre.

No volvió a moverse. Andy soltó la barra, que rodó dos escalones y se detuvo.

—Yo...

Alex se incorporó tosiendo.

—Andy.

Ella miró sus manos.

—Yo no quería.

—Te estaba matando.

—No quería matarlo.

—Lo sé.

—No quería.

Alex la tomó por los hombros.

—Mírame.

Andy lo hizo. Respiraba demasiado rápido.

—Tenemos que movernos.

—No puedo.

—Sí puedes.

Abajo, junto a una ventana, la luz roja volvió a aparecer.

Alex recogió el cuaderno. Corrieron al baño del pasillo.

Alex cerró la puerta y buscó la traba: un pasador de bronce de cuatro centímetros, pensado para que nadie entre mientras uno se lava la cara, no para esto.

Sacó el frasco de sal que había tomado de la cocina y trazó una línea continua frente al umbral, de zócalo a zócalo, arrodillado, cuidando que no quedara un solo hueco, con la concentración imbécil y absoluta del que hace lo único que puede hacer. Andy estaba sentada en el suelo.

—¿Crees que va a funcionar?

—No.

Algo golpeó la puerta. No con los nudillos: con la palma abierta, plano, dos veces, como se golpea la puerta de un chico que se encerró.

La madera tembló y el pasador saltó en su alojamiento.

Alex sostuvo el hierro con las dos manos.

Pasaron varios segundos, los suficientes para oír el goteo de la cisterna y la respiración de Andy.

Después una voz de mujer habló desde fuera.

—Alexander.

Andy levantó la vista. La voz volvió.

—Alexander Shed.

El picaporte giró. Se detuvo. La línea de sal permanecía intacta.

La voz cambió. Ya no era la de una mujer anciana: era más joven, más cercana, y tenía la cadencia exacta con la que su madre lo llamaba desde la cocina cuando era chico, el nombre entero y el tono en descenso. De toda la noche, eso fue lo peor.

—La herencia siempre vuelve a casa.

Alex abrió el cuaderno. Buscó las páginas de Casius con manos que todavía temblaban. Por primera vez no pensó en él como un loco muerto. Pensó en un hombre que había estado exactamente allí, tratando de entender lo mismo.