Chapter 22
Casius
Lucien puso la carpeta sobre el escritorio.
—Conoces la historia de Vera Branier.
Martin asintió.
—Maximiliam mató a su esposa.
—Conoces la versión que sobrevivió.
Sacó una fotografía. Vera era joven. Dos niñas a su lado. Maximiliam, delgado, barba oscura, estaba detrás.
—La mató delante de las hijas. Eso es cierto. Lo que no llegó a los periódicos fue lo que encontraron dentro de la casa.
—¿Qué?
—Un círculo de hierro clavado al suelo, del ancho de una habitación. Sal en las juntas de las tablas. Animales en cajones, secos, acomodados por tamaño. Frascos con sangre rotulados con fechas y con los nombres de las hijas. Cables. Imanes. Un altar, si quieres llamarlo así.
Martin frunció el ceño.
—¿Brujería?
—Maximiliam se llamaba alquimista. Leía espiritismo, medicina, electricidad, cualquier cosa que le permitiera creer que la muerte era un problema técnico.
Había estudiado en Europa antes de instalarse en Cabo Rojo.
Los documentos municipales lo describían como químico.
Los vecinos, décadas después, lo recordaban como médico, inventor, espiritista o demonólogo según quién contara la historia.
Casius había rastreado parte de su correspondencia.
Maximiliam escribía sobre «fijación de conciencia», «persistencia eléctrica» y «anclaje».
Palabras científicas utilizadas para preguntas que no lo eran.
—Vera descubrió lo que hacía porque utilizó objetos de las niñas —continuó Lucien—. Eso aparece en una carta de una hermana suya. Intentó llevárselas. La discusión terminó con Vera muerta.
Lucien sacó otra fotografía. Un cadáver carbonizado en la playa, boca arriba, con la arena limpia alrededor: ni un resto de fuego, ni un pasto quemado, nada. El torso negro y abierto; los pies intactos dentro de los zapatos.
—Dos noches después apareció así.
Martin miró la imagen.
—Rayo.
—Eso dijo el informe.
—¿Y usted?
—Los pescadores que lo encontraron vieron una luz roja persiguiéndolo.
—Estaban borrachos.
—Probablemente.
—Y escucharon a Vera.
—Eso dijeron.
Lucien sacó recortes. 1957. Cinco jóvenes desaparecidos. Dos cuerpos. Quemaduras sin incendio. 1987. Una pareja y dos muchachos.
—Yo tenía veintisiete —dijo.
Martin levantó la vista. Lucien encendió un cigarrillo.
—Era ayudante. Recibimos una llamada desde una casa cerca de la costa a las cuatro de la mañana.
Cuando llegamos había tres muertos en la cocina, dos de ellos todavía sentados a la mesa, y la casa entera olía a carne y a moneda.
La cuarta persona seguía viva. Estaba de rodillas en el pasillo y no podía cerrar los ojos: tenía los párpados quemados.
—Nunca habló de eso.
—No.
—¿Por qué?
—Porque vi algo en la carretera.
Martin esperó.
—Una luz roja.
El cigarrillo tembló apenas entre los dedos del comisario.
—Dos segundos. Tal vez menos. Pasé treinta años convencido de que había sido un faro, un relámpago, cualquier cosa.
—¿La superviviente?
—Nunca volvió a Cabo Rojo.
—¿Qué dijo?
—Que la luz entró en la casa. Que tenía cara de mujer. Que escuchó una voz.
Martin miró la computadora.
—Vera.
—Eso pensó.
Lucien amplió otra fotografía del cuaderno.
LA MUJER ES LA FORMA.
MAXIMILIAM ES EL NUDO.
—Casius escribió esto.
Lucien recordó al viejo. Durante años lo había considerado un hombre inteligente que había elegido desperdiciar su inteligencia.
Casius aparecía en el pueblo cada dos o tres semanas, compraba provisiones, hacía preguntas sobre archivos municipales y volvía a desaparecer en la casa.
Nunca se emborrachaba. Nunca peleaba. Nunca predicaba nada.
Eso, en Cabo Rojo, había sido suficiente para convertirlo en sospechoso.
Cuando un cazador se perdió en 2002, alguien dijo que Casius hacía rituales en el bosque.
Cuando encontraron un perro muerto en la playa, alguien dijo lo mismo.
Lucien había desestimado cada rumor. Ahora comprendía que quizá había cometido el error opuesto: asumir que porque el pueblo inventaba mentiras sobre Casius, todo lo que rodeaba a Casius debía ser mentira.
Las páginas siguientes estaban dañadas. En algunas se hablaba de pruebas realizadas durante años.
Temperatura. Campos magnéticos. Grabaciones.
Animales que evitaban ciertas zonas durante las tormentas.
En otra, Casius describía el relicario de Maximiliam.
«Hierro ovalado. Tres círculos. Enterrado con él por error o por miedo.»
Lucien siguió leyendo.
«La manifestación reacciona al hierro empleado en el ritual. La sal limita el tránsito cuando forma una línea completa. Ninguna medida rompe el vínculo.»
Más abajo:
«El vínculo parece residir en los restos de Maximiliam y en el relicario. Fuego. Destrucción total.»
Martin soltó aire.
—Esto suena a manual para cazar fantasmas.
—Suena a notas de un hombre obsesionado durante treinta años.
—¿Y si estaba loco?
—Puede.
Lucien tomó otra hoja.
—Pero la locura tampoco vuelve falso todo lo que toca.
Martin lo miró.
—Eso no suena a usted.
—Esta noche no me está dando muchas oportunidades de sonar a mí.
Lucien señaló el vídeo congelado de Distéfano.
—Pero alguien mató a DiLaurentis.
Otra página.
«No puedo acercarme a la tumba. Me encuentra antes.»
Debajo, con tinta distinta:
«La sangre de Vera la atrae.»
Martin se apoyó en el respaldo.
—Si el chico leyó esto, ya sabe qué hay que hacer.
—Si lo leyó, sabe la mitad. Le falta dónde.
—Y usted lo tiene.
—Lo tengo desde 1987 —dijo Lucien—. Nunca me alcanzó para ir solo.
Martin volvió al árbol genealógico.
—Casius.
—Sí.
—Y Alex Shed.
Lucien asintió.
—Sí.
Martin se levantó.
—Tenemos que ir.
Lucien cerró la carpeta.
—Ya.
—El puente estará bajo agua.
—Hay una entrada vieja por el oeste.
Fueron al garaje. La Ranger tardó cuatro intentos en encender.
Lucien cargó dos palas y un hacha, una lata de veinte litros de combustible y la caja de herramientas.
Al final, después de quedarse un momento parado frente al estante, agregó el saco de sal gruesa que usaban contra la humedad.
Un hombre que carga sal porque lo dice el cuaderno de un muerto ya perdió una discusión consigo mismo, y él lo sabía mientras lo hacía. Martin levantó la lata.
—¿De verdad piensa hacer lo que dice ese cuaderno?
Lucien miró la lluvia.
—Pienso llegar primero.
—¿Y después?
—Después decidiré qué cosas absurdas estoy dispuesto a creer para mantener vivos a esos muchachos.