Chapter 21
No era un hombre crédulo. Era algo bastante peor para su propia salud: un hombre metódico sin nadie que le revisara el método.
La casa le sirvió tres cosas. Estaba a mil doscientos metros del cementerio viejo.
Tenía cuatro ventanas en el piso alto orientadas al mar, de modo que podía registrar el frente de tormenta antes que el municipio.
Y era la única propiedad de Cabo Rojo que nadie del pueblo quiso comprarle nunca, ni cuando bajó el precio.
Durante veintiocho años llenó cuadernos.
La mayor parte de ese trabajo consistió en refutarse.
Anotó cada tormenta de enero, incluidas las ciento treinta y siete que no produjeron nada.
Descartó, con fecha y firma, gas del subsuelo, rayos globulares, psicosis por aislamiento, intoxicación con centeno, fraude inmobiliario y —durante un año entero, con honestidad admirable— su propia enfermedad mental.
Se hizo revisar dos veces en la ciudad. Guardó los informes en la misma caja que el resto.
Lo que no consiguió descartar fue la aritmética. 1927. 1957. 1987. Intervalos exactos. Y una regla que aparecía en los tres: el reloj más cercano al cuerpo se detiene.
En 1993 encontró la partida de nacimiento que lo cambió todo y que hubiera preferido no encontrar.
Su bisabuela era Eliana Branier, la hija mayor de Vera.
Casius no estaba estudiando un pueblo: estaba estudiando su propia sangre, y llevaba catorce años viviendo a mil doscientos metros de la tumba de su tatarabuelo sin saberlo.
Esa noche escribió en el cuaderno una sola línea, con la letra más grande que usó en veintiocho años:
ENTONCES ME ESTABA ESPERANDO A MÍ.
A partir de 1996 dejó de intentar entenderlo y empezó a intentar terminarlo.
Probó la sal: funcionaba mientras la línea estuviera completa, y una línea de sal es lo más fácil de romper que existe.
Probó el hierro: interrumpía, no destruía.
Probó con el archivo, con el municipio, con dos universidades y con un cura, y aprendió que la palabra fenómeno abre puertas que la palabra luz cierra.
En el verano de 1999 llegó hasta el cementerio con una pala y una lata de nafta, de día, con el cielo limpio y sin ninguna tormenta a la vista, y no pudo pasar del portoncito de hierro.
Lo escribió esa misma noche, y es la única anotación del cuaderno donde le tembló la mano:
«No puedo acercarme a la tumba. Me encuentra antes.»
Probó seis veces más en ocho años. La sexta fue en 2005 y volvió caminando desde el cementerio con una quemadura en el dorso de la mano izquierda que el médico del pueblo anotó como accidente doméstico.
Después de esa vez entendió el problema completo, y el problema completo era él.
La sangre de Vera la atrae. Mientras hubiera un descendiente dentro de Cabo Rojo, la cosa tenía a quién venir a buscar, y él era el único que se había mudado voluntariamente al lado de la tumba. No podía destruir el nudo porque el nudo no lo dejaba llegar. Pero podía sacar el señuelo del tablero.
Escribió once cartas entre 1998 y 2007. Todas a la misma casa de la ciudad, a la rama de la familia que había salido de Cabo Rojo dos generaciones antes.
En las primeras explicaba. En las últimas se limitaba a pedir que nadie de la familia entrara en esa propiedad en enero de 2017, con esa formulación exacta, subrayada.
Recibió una sola respuesta, en 2001, escrita a máquina, sin encabezado y sin firma completa. Decía una línea:
«No vuelva a escribir a esta casa.»
Abajo, dos iniciales.
Casius guardó esa carta en el cuaderno, entre la genealogía y las páginas de la sal, que fue su manera de decir que la consideraba evidencia.
El 11 de octubre de 2007 desarmó la silla del comedor y empezó a trabajar en el cuarto de arriba.
Tardó tres días. Caño de cobre de media pulgada, dobleces a mano, cuarenta y dos grampas, dos derivaciones tomadas directamente del tablero de la casa, sin llave térmica en el medio.
Probó el circuito con una lámpara y después la sacó.
Bajó a la cocina, lavó los platos del almuerzo y los dejó en el escurridor.
Puso el cuaderno en el hueco detrás del retrato porque los papeles se conservan mejor en la madera que en el fuego, y él tenía una idea muy clara de lo que iba a pasar en esa habitación.
En la última página escrita del cuaderno hay tres líneas de esa tarde. No son las de un hombre desesperado. Son las de un hombre que revisa una hipótesis:
«Si el vínculo necesita sangre de ella para tener a quién venir, sin sangre disponible el ciclo tiene que fallar.»
«No puedo llegar a la tumba. Puedo llegar a mí.»
«Si esto termina, que no quede como legado.»
Subió. Se ató las muñecas a los apoyabrazos con alambre de fardo, mal, con una sola mano útil, porque para cerrar el circuito necesitaba estar quieto y sabía que el cuerpo no colabora con esas decisiones. Estiró la pierna. Alcanzó la llave con el pie.
Se equivocaba.
Se equivocaba en lo único que importó: el vínculo no residía en la sangre de los vivos, residía en los restos y en el relicario, y la sangre únicamente servía de convocatoria.
Al morir, Casius Shed no rompió nada. Sacó del pueblo al único descendiente que estaba cerca, y la cosa, treinta años después, hizo lo que había hecho siempre: esperó a que la familia mandara a alguien.
El interruptor general de esa casa nunca funcionó bien. Tardó en saltar.
Lo encontraron nueve días más tarde. El municipio anotó suicidio, el pueblo anotó locura y la familia, que tenía dos generaciones de práctica, no anotó nada.
Diez años después, un sobrino nieto que nunca lo había tratado abrió esa misma puerta con una llave que le dio su madre dentro de un sobre.