Chapter 20
Del otro lado había una mujer que no dijo su nombre.
—Vengan a la casa de los Ibarra.
—¿Qué pasa en la casa de los Ibarra?
—Vengan ahora y vengan de a dos.
Cortó. Lucien anotó la hora en el libro de guardia con esa letra grande que después iba a corregirle Martin sin querer, treinta años más tarde, y se quedó diez segundos mirando el aparato. Diez segundos: eso fue todo lo que dudó en su vida antes de esa noche.
Llovía como llueve una sola vez cada tanto. El comisario Ordoñez vivía a doce cuadras y no atendió. Lucien salió solo, en la camioneta de la comisaría, con una linterna de mano y el arma reglamentaria que hasta entonces había usado únicamente para matar un perro atropellado.
En el kilómetro cuatro de la ruta 77 tuvo que frenar porque el agua tapaba la banquina. Bajó a mirar el nivel de la cuneta.
Entonces vio la luz.
Estaba a unos sesenta metros, entre los pinos, del otro lado del alambrado.
Roja. Del tamaño de una persona. No iluminaba el pasto, no iluminaba los troncos, y no se reflejaba en el agua que tenía Lucien a los pies, y eso fue lo que le hizo entender, con el cuerpo antes que con la cabeza, que no estaba mirando una linterna.
Dos segundos. Después el frío en la nuca. Después la luz se corrió detrás de un tronco y no volvió a aparecer del otro lado.
Lucien subió a la camioneta y manejó los tres kilómetros que faltaban a cuarenta por hora, mirando el espejo cada cinco segundos, hablando en voz alta consigo mismo.
Es un reflejo. Es una moto. Es alguien pescando.
Cuando llegó a la casa ya había armado tres explicaciones y ninguna le duraba más de un minuto.
***
La casa de los Ibarra estaba a doscientos metros de la playa norte, con la puerta abierta y todas las luces prendidas.
Adentro olía a carne y a moneda.
Esa fue la primera frase que Lucien escribió en su libreta y la única que después no aparecería en ningún informe. La escribió de pie en el recibidor, antes de entrar a la cocina, porque una parte de él ya sabía que iba a necesitar pruebas contra su propia memoria.
En la cocina había tres personas.
Dos estaban sentadas a la mesa. Un hombre de unos cincuenta y una mujer de la misma edad, uno frente al otro, con los platos servidos y los cubiertos en la mano derecha, y las caras carbonizadas desde el centro hacia afuera, con el borde apenas rosado y una frontera tan limpia que parecía dibujada con plantilla.
La ropa estaba intacta. El mantel estaba intacto.
La comida se había enfriado en los platos sin quemarse.
El tercero estaba en el piso, junto a la heladera, con una mano todavía sobre el picaporte de abajo.
Lucien salió al patio y vomitó contra la pared, y después volvió a entrar, porque tenía veintisiete años y era la única autoridad presente en varios kilómetros.
Fue en el pasillo donde escuchó la respiración.
El chico estaba de rodillas contra la pared, con la espalda recta y las manos sobre los muslos, en una postura casi de misa.
Diecinueve años. Se llamaba Ariel Ibarra y era el hijo menor.
Tenía los párpados quemados —no los ojos: los párpados— y por eso no podía cerrarlos, y estuvo con los ojos abiertos, mirando a Lucien, todo el tiempo que tardó en decirle lo que le dijo.
—Se llevaron la voz de mi madre.
—Quiénes.
—No quiénes.
Lucien se arrodilló frente a él. En la formación le habían enseñado a hablarle a un herido de cosas concretas: nombres, direcciones, el nombre de un familiar.
—¿Qué hora era?
—La una y veinte. Paró el reloj de la cocina.
—¿Qué viste?
Ariel tardó en contestar. Cuando lo hizo, habló con una precisión que Lucien no le había escuchado nunca a un testigo, ni antes ni en los treinta años siguientes.
—Una mujer hecha de luz que no alumbraba nada, y hablaba con voz de hombre, y le dijo a mi papá que volviera a casa cuando mi papá ya estaba en la casa.
La ambulancia llegó a las seis. El comisario Ordoñez, a las seis y cuarto.
***
Amaneció sin lluvia y con el mar liso, y a esa hora había catorce personas dentro del alambrado y ninguna hablando en voz alta.
Lucien estaba sacando fotos con la cámara de la comisaría —dieciséis en total, las únicas que se tomaron— cuando vio al hombre parado del otro lado del portoncito.
Alto, flaco, de barba gris, con un impermeable que le quedaba grande y una libreta en la mano.
Cincuenta y pocos años. No tenía cara de curioso. Tenía cara de haber llegado tarde.
—¿Cuántos? —preguntó.
—No puedo darle esa información.
—Tres, entonces. ¿Hay un sobreviviente?
Lucien no contestó, y el hombre anotó algo, y esa fue la primera vez que Lucien Ferrari sintió ganas de pegarle a alguien por escribir.
—Me llamo Casius Shed. Vivo en la casa de la punta. Tengo material de 1957 y de 1927 y necesito ver el reloj de la cocina.
—Señor, retroceda.
—El reloj se para. Siempre se para. Si se paró, tengo razón en todo lo demás.
Lucien le dijo que se fuera. Casius se fue caminando por el medio del camino, sin apuro, como se va alguien que ya sabe que va a volver.
Volvió dos noches después, a la comisaría, con una carpeta y una propuesta concreta: ir juntos al cementerio viejo, abrir una tumba de 1927 y quemar lo que hubiera adentro. Lo dijo sin dramatismo, como se propone arreglar una bomba de agua.
Lucien tenía veintisiete años, doce días de novio con la mujer con la que se iba a casar, y una carrera de dos años en una comisaría de pueblo.
—No —dijo.
—Va a volver a pasar.
—En treinta años. Según usted.
—Sí.
—Entonces alguien va a tener treinta años para pensarlo.
Casius se quedó mirándolo un momento y después dijo la única cosa cruel que le dijo en su vida.
—Usted lo vio en la ruta. Se le nota en la manera de mirar la puerta.
Esa noche Lucien redactó el informe con Ordoñez sentado al lado, dictándole las palabras: descarga eléctrica atmosférica, instalación en mal estado, ausencia de terceros. Cuando Lucien escribió la frase del olor, Ordoñez le apoyó dos dedos en la hoja.
—Eso no.
—Es lo que había.
—Escribime lo que se puede probar, pibe, o va a haber dos familias arruinadas y un pueblo entero sin temporada.
Ariel Ibarra firmó una declaración el 9 de enero y la retractó por escrito el 4 de febrero, con la letra temblorosa de alguien que todavía no podía cerrar los ojos para dormir. El informe forense volvió de la ciudad con dos párrafos tachados por una mano que no era la del forense.
Lucien guardó las dieciséis fotografías, la declaración retractada, el informe tachado y una hoja de cuaderno con su propia letra, donde escribió la verdad completa en once líneas y firmó abajo, para alguna vez.
Compró una carpeta nueva. No supo qué poner en la etiqueta y terminó marcando la tapa con una X roja de marcador de obra.
Después se casó, tuvo dos ascensos, enterró a su mujer, dejó de fumar, y todos los eneros soñó con la misma luz entrando por el borde del ojo.
Ariel Ibarra se fue de Cabo Rojo en marzo de 1987 y no volvió nunca.
Lucien no lo buscó. Era, hasta esa noche de 2017, la única persona viva que había visto lo mismo que él, y en treinta años Lucien no levantó el teléfono una sola vez, porque para hacerlo habría tenido que decir en voz alta lo que estaba escrito en las once líneas.