Terror en Cabo Rojo Chapter 19
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Chapter 19

La cámara

Lucien regresó a la comisaría mientras Cabo Rojo se apagaba manzana por manzana.

Las casas se iban rindiendo en orden, como si alguien caminara por la calle bajando interruptores: primero las de la costa, después las del cruce, después la suya.

Los relámpagos hacían el trabajo del alumbrado y lo hacían mal: entregaban el pueblo entero durante medio segundo, mojado y sin una sola persona dentro, y volvían a llevárselo.

En un porche de la calle Mayor una hamaca se movía sola y el chirrido de la cadena llegaba hasta la vereda de enfrente.

Martin lo esperaba con café y una cámara cubierta de barro seco. Lucien se detuvo.

—¿Qué es eso?

—La trajo uno de los voluntarios antes de que empezara la tormenta. La encontró cerca del río.

Lucien reconoció la correa.

—Distéfano.

—Eso pensé.

La cámara había sido enterrada junto a un pino. Había un recibo doblado encima. Una señal. Martin conectó la tarjeta a la computadora.

—No deberíamos tocarla sin la gente de la ciudad.

Lucien miró la lluvia.

—La gente de la ciudad no va a llegar.

Había cientos de archivos. Distéfano había trabajado como alguien que sabía que su investigación podía ser cuestionada.

Fotografió letreros de calles antes de cada localización.

Grabó fechas en voz alta. Conservó tomas largas del cielo, del mar y de termómetros digitales.

No buscaba solo una historia. Buscaba una prueba capaz de sobrevivirlo.

Lucien sintió una irritación absurda. El periodista había llegado a Cabo Rojo con menos miedo y más método que él después de treinta años viviendo allí.

Fotografías del pueblo. La posada. El cementerio. El bosque. La Casa de los Ingleses desde todos los ángulos. Después aparecieron páginas de un cuaderno.

C. S.

Lucien sintió un vacío en el estómago.

—Casius.

Martin amplió una imagen. Un árbol genealógico. Vera Branier. Dos hijas. Una línea que salía de Cabo Rojo y, varias generaciones después, terminaba en el apellido Shed.

—Jefe.

—Sigue.

1927. 1957. 1987. 2017. Treinta años. Había también años intermedios.

Pruebas negativas. Tormentas ordinarias.

Avistamientos que Casius había descartado personalmente.

Eso inquietó a Lucien más que las coincidencias.

Un fanático habría registrado solo aquello que confirmaba su creencia.

Casius había intentado refutarse. En varias páginas anotaba hipótesis descartadas.

Gas del subsuelo. Fenómenos eléctricos. Psicosis inducida por aislamiento.

Rayos globulares. Fraude. Lucien reconoció algo que no quería reconocer: durante años el viejo había sido más escéptico que el propio pueblo.

Solo dejó de buscar explicaciones ordinarias después de acumular demasiados datos que no encajaban. En otra fotografía, Casius había escrito en letras grandes:

NO ES VERA.

Martin se inclinó hacia la pantalla.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

Había vídeos. En el primero, Distéfano hablaba desde la habitación de la posada. Tenía la barba crecida y el rostro de alguien que había dormido poco.

«Casius Shed no investigaba una casa embrujada. Investigaba a su propia familia.»

Levantó una copia de una página.

«Shed descendía de una de las hijas de Vera Branier. Regresó a Cabo Rojo de adulto y compró la Casa de los Ingleses porque quería estudiar lo ocurrido aquí. La versión del pueblo es incorrecta. La luz no es Vera.»

El vídeo terminaba. Martin abrió el siguiente. Distéfano caminaba por el cementerio.

«Encontré la tumba de Maximiliam. Casius insiste en que todo empieza con él. Lo que aparece cada treinta años usa la voz y el aspecto de la primera víctima del ritual.»

Lucien miró a Martin.

—Ritual.

—Eso dijo.

Martin abrió otro archivo. Este era una entrevista: la cámara apoyada sobre un mostrador que Lucien reconoció —el de la posada— y Lena de perfil, secándose las manos con un repasador.

«¿Puedo grabar?»

«Grabe lo que quiera. No le va a servir.»

«¿Por qué?»

«Porque cuando pase, nadie va a querer verlo.»

Distéfano insistía. Lena contestaba cada vez más corto, sin dejar de secarse las manos, como si las manos fueran la conversación verdadera.

En el minuto seis se apoyaba en el mostrador y decía la única frase que Lucien anotó en el bloc mientras la escuchaba: «Mi madre ponía sal. Mi madre está muerta. Saque la cuenta.»

El video se cortaba ahí.

Martin no dijo nada. Se levantó, fue hasta la ventana y volvió, y Lucien lo dejó hacerlo porque él había hecho exactamente lo mismo treinta años antes, en esa misma oficina.

El último vídeo era distinto. Oscuro. Movido. Distéfano corría. El micrófono captaba su respiración y ramas quebrándose. La cámara giró. Entre los árboles apareció la luz. Martin se quedó inmóvil. No era un reflejo. No era un foco. Una voz de mujer atravesó la grabación.

—Vuelve a casa.

Distéfano siguió corriendo. Durante cuarenta segundos la imagen fue negro con manchas verdes y el sonido de un hombre grande respirando mal.

Después se cayó: la cámara golpeó el suelo, giró dos veces y quedó filmando de costado la base de un pino y, más allá, el resplandor acercándose a la altura del pecho de un hombre.

Se oyó a Distéfano decir algo que no era una palabra.

La imagen se movió otra vez. Una mano tapó parte del objetivo. Se oyó tierra, mucha tierra, y golpes de palma abierta contra el suelo mojado: alguien enterrando algo rápido y mal.

El último cuadro fue un pedazo de cielo entre las ramas, todavía sin lluvia.

Después negro. El archivo tenía marca de hora: 2 de enero, 04:11.

Durante un rato solo se oyó la tormenta. Martin apartó las manos del teclado como si el teclado se hubiera calentado.

—Eso no puede ser real.

Lucien abrió el archivador. Sacó una carpeta sin nombre. En la tapa había una X roja.

—Hace treinta años dije lo mismo.

No la abrió todavía. Adentro había cuatro cosas y las podía enumerar de memoria: dieciséis fotografías que nunca entraron al expediente, la declaración de un sobreviviente que después se retractó por escrito, un informe forense con dos párrafos tachados por alguien que no era el forense, y una hoja de cuaderno con su letra de entonces, donde había anotado lo que vio y lo que decidió callar.

Martin miró la carpeta y después lo miró a él, y Lucien vio el momento exacto en que su ayudante entendía que llevaba once años trabajando con un hombre que le había ocultado algo.

—¿Qué es eso, jefe?

—Es la parte del trabajo que no hice.

Afuera estalló un transformador en la esquina de la escuela y se apagó la última manzana de Cabo Rojo que todavía tenía electricidad. La computadora siguió encendida con la batería, mostrando el cuadro congelado de un pedazo de cielo entre las ramas.

Lucien tiró de la cinta elástica que cerraba la carpeta. Se rompió.

Adentro, en la declaración retractada, había una dirección de San Blas escrita a máquina en 1987 y corregida a mano en 1991 por alguien de la comisaría que había hecho el trabajo de actualizar un domicilio que a nadie le importaba.

Lucien llamó a informes con el teléfono fijo, porque el celular no tenía señal, y consiguió un número a nombre de una mujer con el mismo apellido. Atendió ella. Escuchó la palabra Cabo Rojo, se quedó callada seis segundos y después dijo, sin preguntar nada, que iba a buscar a su hermano.

Ariel Ibarra tenía cuarenta y nueve años y trabajaba de noche en un depósito de pescado, porque de noche no hay que explicarle a nadie por qué uno usa anteojos oscuros bajo techo.

—Comisario —dijo.

No había hablado con Lucien en treinta años y lo reconoció por el silencio.

—Está pasando otra vez —dijo Lucien.

—Sí. Es enero.

—Necesito preguntarle algo que no le pregunté entonces.

—Pregunte lo que quiera. Yo contesto todo desde el 87. El problema nunca fue que yo no contestara.

Martin, del otro lado del escritorio, dejó de escribir.

—¿Por qué está vivo usted? —preguntó Lucien.

Ariel se rió sin ninguna alegría, como se ríe alguien a quien por fin le hacen la pregunta correcta treinta años tarde.

—Por la sal. Mi mamá ponía una línea en la puerta de mi cuarto todos los eneros desde que yo tenía seis años. Mi papá se reía de eso. Yo también me reía. Esa noche yo estaba parado justo del lado de adentro de la línea, mirando el pasillo.

—¿Y?

—Y me alcanzó la cara y no me alcanzó el resto. Me tomó los párpados y ahí se paró, como cuando uno mete la mano en agua muy caliente y la saca. Yo estaba a diez centímetros de estar como mi papá.

Lucien anotó. Le tembló la mano y anotó igual.

—Otra cosa —dijo Ariel—. Todos dicen Vera. En el pueblo siempre dijeron Vera. Yo la oí hablar a un metro y medio.

—¿Y?

—Y era voz de hombre, comisario. La cara era de mujer y la voz era de hombre, y no era una voz rara, era una voz educada. Le habló a mi papá como se le habla a un chico que se portó mal.

Lucien cerró los ojos. En la pantalla, detrás de Martin, seguía congelado el último cuadro del video de Distéfano.

—Le dijo que volviera a casa —dijo Lucien.

—Estando en la casa. Sí.

—¿Usted sabe qué significa eso?

—Significa que la frase no es de ella —dijo Ariel—. Yo tuve treinta años para pensarlo y es lo único que saqué en limpio. Esa mujer no habla. La usan para hablar.

Se hizo un silencio con lluvia de fondo.

—Voy a ir a la casa —dijo Lucien.

—Yo no vuelvo. Se lo digo de una vez para que no lo pregunte.

—No se lo iba a pedir.

—Sí se lo iba a pedir. —Ariel respiró—. Escuche una cosa útil, entonces. Con la sal usted gana media hora y nada más: se corre con el pie, se corre con el agua, se corre con el viento. Lo que buscaba el señor de la casa de la punta no era sal.

—¿Qué buscaba?

—Una pala. Me escribió cuatro veces para decirme eso y yo no le contesté nunca, porque en ese momento no podía ni dormir con la luz apagada.

Antes de cortar, Ariel preguntó una sola cosa, y la preguntó con el tono de alguien que ya sabe la respuesta y la hace igual.

—¿A quién mandó la familia esta vez?

—A un sobrino nieto —dijo Lucien—. Veintinueve años. Está en la casa ahora.

—Entonces váyase ya.