Chapter 18
La huida
Dan condujo la Combi demasiado rápido. La lluvia borraba el camino.
—¡Baja la velocidad! —gritó Alex.
—¡Quiero salir de aquí!
Paul era el único que conocía bien el vehículo.
Paul estaba muerto. Las ruedas patinaron y el volante se volvió liviano —esa liviandad horrible de cuando el vehículo deja de pertenecerle a nadie—.
La Combi se fue hacia la derecha, cayó en la zanja y golpeó un árbol con un ruido de chapa abollándose en tres lugares a la vez.
El cinturón le clavó el pecho a Alex y le sacó todo el aire; se oyó gritar con retraso, desde afuera de sí mismo.
Los faros quedaron apuntando al barro. El motor se apagó.
Durante unos segundos solo oyeron la lluvia y algo caliente goteando debajo del capó.
—¿Todos bien? —preguntó Dan.
Serena asintió. Andy estaba llorando en silencio.
Alex bajó y la lluvia lo empapó hasta la piel en dos segundos, con un frío que no parecía agua sino metal.
La rueda delantera derecha había quedado vencida hacia dentro y el eje asomaba desplazado; debajo, en el barro, se juntaba un charco irisado de aceite.
No hacía falta entender de mecánica. Dan intentó arrancar.
El motor respondió. La Combi no se movió.
—Mierda.
Volvieron a entrar. Nadie cerró bien las puertas y ninguno lo notó.
El aire helado entraba por la luneta rota junto con la lluvia, que ya había calado los asientos, y el olor a nafta se metía en todo.
Andy temblaba con un temblor que no era de frío: le castañeteaban los dientes y no conseguía sostener el teléfono ni con las dos manos.
Serena le quitó el aparato y le frotó las manos.
—Mírame.
Andy negó.
—Mírame.
Lo hizo.
—Respira.
Dan golpeó el volante.
—No sirve.
Serena giró.
—¿Qué?
—Quedarnos aquí. No sirve.
—Estamos pensando.
—Paul está muerto y estamos pensando.
—Precisamente por eso.
Dan se volvió hacia ella.
—No puedo volver a esa casa.
Serena bajó la voz.
—Yo tampoco.
El agua golpeaba el techo.
—Emergencias —dijo Serena.
No había señal. Ninguno consiguió cobertura. Andy miró hacia la carretera.
—Caminemos.
Dan negó.
—El pueblo está a tres kilómetros.
—Tres kilómetros no son nada.
Una ráfaga golpeó el costado del vehículo. Un árbol cayó cerca.
—Ahora sí —dijo Alex.
La luneta trasera estalló hacia dentro y les llovieron astillas de vidrio en la nuca y en el pelo.
El viento entró de golpe, con fuerza suficiente para empujar la puerta contra la rodilla de Andy.
Serena gritó, y el ruido se comió el grito antes de que terminara de salir.
Dan miró la casa. Las velas eran apenas puntos amarillos a través del agua.
—Tenemos que volver.
Andy negó.
—No.
—Aquí nos vamos a morir de frío.
—Paul está ahí.
Dan cerró los ojos.
—Paul está muerto.
La frase quebró algo. Andy se cubrió la cara. Serena la abrazó. Alex miró la casa. La odiaba. Pero seguía siendo el único techo.
—Volvemos.
Corrieron. La distancia hasta la casa era de apenas unos cientos de metros y, sin embargo, el trayecto perdió escala dentro de la tormenta.
El viento borraba las huellas. Un relámpago convirtió la Casa de los Ingleses en una silueta blanca y plana, recortada como un negativo, y durante ese instante Alex vio dos figuras junto a la galería: la de Andy, adelantada, y otra a su izquierda, más alta, que no corría.
Desapareció antes de que pudiera señalarla.
Corrieron. El barro les llegaba a los tobillos.
Entraron empapados. El cuerpo de Paul seguía en el salón.
Serena lo cubrió con una manta.
—Teléfono —dijo Andy.
—¿Qué?
—Vi uno en la cocina.
Alex tomó el hierro de la estufa. Dan lo miró.
—¿Qué vas a hacer con eso?
—Nada inteligente.
Fue a la cocina. El teléfono tenía tono.
Marcó emergencias. Un silbido largo y agudo, sostenido, como el que queda en los oídos después de un golpe.
Otra vez. El mismo silbido, en la misma nota exacta.
Su madre. Fuera de servicio. Su padre. Fuera de servicio.
La línea estaba viva y no iba a ninguna parte, y Alex se quedó con el tubo en la mano entendiendo que alguien había dejado ese teléfono funcionando a propósito.
Un relámpago iluminó la ventana. Rojo. Alex retrocedió.
En la despensa vio un frasco de sal. Lo tomó.
No sabía por qué. Tal vez por la conversación con Lucien.
Tal vez por el cuaderno que todavía no había leído.
Tal vez porque cuando la lógica desaparece cualquier objeto concreto adquiere valor.
Regresó.
—No funciona.
Serena se dejó caer en el sofá.
—Estamos atrapados.
Alex miró la escalera. Arriba estaba el cuaderno de Casius. Por primera vez, no le pareció una curiosidad familiar.