Chapter 17
Treinta años
Lena oyó los disparos desde la recepción.
Dos. Después el vidrio. Se quedó inmóvil detrás del mostrador con la lapicera todavía en la mano, y notó que no se había sobresaltado: el cuerpo se le había puesto quieto en lugar de saltar, como el de un animal que ya conoce el ruido.
Había esperado treinta años ese sonido sin saber que lo esperaba.
Después la ciudad envió investigadores, meteorólogos y peritos.
Cada uno llegó con un lenguaje diferente para explicar los mismos muertos.
Quemaduras por descarga. Rayos globulares.
Incendio eléctrico. Histeria colectiva. El tiempo hizo el resto.
La explicación dejó de ser convincente, pero se volvió suficiente.
Eso era lo que la gente necesitaba para seguir viviendo.
No exactamente los disparos. La interrupción.
Ese momento preciso en que una noche corriente deja de pertenecer al orden habitual de las cosas.
El hombre que sobrevivió lo suficiente para contar que una mujer había entrado en la casa sin abrir la puerta.
Pero el color seguía intacto. Rojo oscuro en el centro.
Más tenue en los bordes. Como una herida suspendida.
La luz desapareció detrás del muro. Lena retrocedió.
No entró en la habitación. Vieja no significaba estúpida.
Volvió a la recepción y marcó la comisaría. Gladys atendió.
—Comisaría.
—Necesito a Lucien.
—¿Quién habla?
—Lena.
—¿Qué ocurrió?
—Pásamelo.
—Pero—
—Ahora.
El cambio en su voz bastó. Lucien atendió unos segundos después.
—¿Qué pasa?
Lena miró hacia el patio.
—Ha vuelto.
Hubo silencio.
—¿Qué has visto?
—La luz.
Lucien no preguntó cuál.
—Voy.
***
Llegó antes de que empezara la lluvia. Entró con el arma desenfundada.
DiLaurentis estaba en el centro de la habitación.
No parecía un hombre muerto en un incendio.
No había incendio. La cama seguía intacta.
Las cortinas no se habían quemado. El suelo tampoco.
Solo el cuerpo. El pecho y el rostro carbonizados hasta el hueso en el centro y apenas rosados en el borde, con una frontera tan neta que parecía recortada con plantilla.
La camisa seguía entera alrededor del agujero negro, sin una chispa en la tela.
Las cuencas vacías y limpias, cocidas desde dentro.
La mano derecha intacta, con el reloj todavía andando.
El arma junto a una pared. Dos impactos en el marco.
Lucien permaneció unos segundos sin moverse.
Treinta años antes había visto quemaduras iguales.
—Ahora me crees —dijo Lena.
Lucien no respondió.
—¿Distéfano habló contigo de esto?
—Preguntó demasiado.
—¿Sobre Vera?
—Sobre Vera. Maximiliam. Casius.
Lucien se volvió.
—¿Casius?
—Decía que el viejo había encontrado algo antes de morir.
—¿Qué?
—No lo sé. Papeles. Un registro. El periodista estaba convencido de que Casius no se había suicidado.
Lucien pensó en Alex. En la Casa de los Ingleses. En el calendario.
—Mierda.
Llamó a Martin por radio.
—Ven a la posada.
—¿Qué pasó?
Lucien miró el cadáver.
—Tenemos un muerto.
***
Martin llegó cuando la tormenta empezaba. Ayudaron a cubrir el cuerpo. Lucien dejó la habitación tal como estaba.
—La ciudad querrá verla.
Martin miró las cuencas vacías.
—La ciudad va a querer muchas cosas.
Lucien le indicó que regresara a la comisaría. Martin dudó.
—No debería quedarse solo.
—No voy a quedarme.
Lena estaba detrás.
—Está conmigo.
Martin miró a ambos y pareció entender algo que ninguno había dicho.
Lena y Lucien se conocían desde antes de que él fuera policía.
No habían sido amantes. Tampoco exactamente amigos.
Eran dos personas que habían envejecido dentro del mismo pueblo y compartían recuerdos que ya no podía verificar casi nadie más.
Eso generaba una intimidad menos visible que el afecto y, en ciertos momentos, más difícil de ignorar. Antes de salir, dejó una radio a Lena.
—Cierra puertas y ventanas.
—Sé cerrar una casa.
—Hazlo.
La anciana tomó la radio.
—Los chicos.
Lucien la miró.
—Voy a buscarlos.
—No sabes si está allí.
—No.
—Entonces sabes menos que hace treinta años.
Lucien apretó la mandíbula.
—Hace treinta años no sabía nada.
Lena bajó la mirada.
—Eso fue lo que nos salvó de volvernos locos.
***
Después de que se fueron, Lena cerró todo.
Subió a su dormitorio. Sacó dos recortes de un cajón.
1957. Cinco jóvenes desaparecidos durante una tormenta.
1987. Una familia y dos muchachos. La versión periodística había cambiado con los años.
Accidentes. Rayos. Ahogamientos. Desprendimientos.
Las fotografías no. Quemaduras sin incendio, siempre iguales: el centro negro, el borde rosado, la ropa sana.
En una de 1957 se veía a una chica con el pelo intacto y la cara ausente; Lena tenía doce años entonces y le llevaba los cuadernos a la escuela, y todavía podía nombrar el vestido.
Puso un rosario sobre la mesa. Después hizo algo que llevaba décadas considerando superstición de su madre.
Trazó una línea de sal frente a la puerta.
La electricidad se cortó. Lena encendió una vela y la puso del lado interno de la línea de sal, con el cuidado de una mujer que ya dejó de discutir con lo que cree.
Esperó sentada, las manos sobre la falda.
El olor llegó primero: quemado, dulce, con ese fondo metálico que había pasado treinta años sin volver a sentir y reconoció en menos de un segundo.
La llama de la vela se inclinó hacia la puerta. Cerró los ojos.
—Vera.
Una voz respondió desde el otro lado.
—No.
Lena abrió los ojos. La habitación se volvió roja de una sola vez, sin transición, como si alguien hubiera cambiado el mundo por una copia idéntica pintada de rojo. La sal seguía en su lugar. No había servido de nada.