Terror en Cabo Rojo Chapter 16
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Chapter 16

La luz

Paul no dormía en casas ajenas. Nunca había podido. A los treinta y uno lo aceptaba como se acepta una alergia: se quedaba abajo, ponía la radio bajita si había radio, y esperaba que amaneciera leyendo cualquier cosa.

Esa noche no había radio ni señal. Tenía el velón que le habían dejado sobre la mesa, media cerveza tibia y un cuaderno de facturas del taller que se había traído por costumbre, porque las cuentas lo tranquilizaban.

Había comprado el taller en septiembre, con doce años de sueldo y la firma de un hombre que le había dicho toda la vida que no iba a poder.

Todavía se despertaba algunas noches haciendo la cuenta de lo que debía.

La casa crujía. Eso no le molestaba: las casas viejas trabajan, se acomodan, tienen articulaciones como cualquier cosa que aguanta peso.

Lo que le molestó fue el frío.

Llegó de golpe, sin corriente de aire, como si alguien hubiera abierto una puerta en otra parte del mundo. Paul miró la llama del velón. Estaba recta. Ni un temblor. Con ese frío entrando, la llama tenía que haberse movido.

Se levantó y se puso el buzo.

Arriba, alguien caminó.

—¿Alex?

Pasos otra vez. Dos, tres, lentos, sobre las tablas del pasillo del primer piso. Paul los reconoció como pasos porque llevaba cuatro horas escuchando la casa y ya sabía diferenciar el viento de un peso.

Pensó, con el alivio inmediato del que prefiere una explicación mala antes que ninguna, que eran Dan y Serena discutiendo otra vez.

—¡Dejen de joder!

***

La voz de Paul despertó a Alex. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Luego recordó la casa, la tormenta y el cuaderno abierto sobre el escritorio.

—¡He dicho que no jueguen!

Alex salió al pasillo. Serena apareció casi al mismo tiempo, envuelta en una manta.

—¿Qué pasa?

—Paul.

Dan abrió su puerta. Andy apareció detrás.

Desde abajo llegó un grito. No una protesta.

Un grito de alguien que había visto algo que no podía aceptar.

Dan corrió hacia la escalera. Paul estaba en el suelo del salón.

A un metro de él, el velón que le habían dejado seguía encendido.

La mesa estaba volcada. Una silla había caído contra la pared.

Paul no miraba a sus amigos. Miraba algo encima de su pecho con la expresión de un hombre que todavía esperaba despertar.

—No se acerquen —dijo.

La voz le tembló.

—No...

La luz roja flotaba sobre él. Alex se quedó inmóvil. El resplandor se expandía y se contraía con un ritmo orgánico. No era una esfera. No era humo. Parecía intentar decidir qué forma adoptar. Paul se arrastró hacia atrás.

—¡Ayúdenme!

Dan bajó.

—¡Paul!

—¡No! —gritó Alex.

Demasiado tarde. La luz descendió sobre Paul.

Su cuerpo se arqueó. Las manos golpearon las tablas.

El olor llegó enseguida: carne quemada, grasa cayendo sobre una plancha, y por debajo algo dulzón, casi comestible, que fue lo peor de todo.

Dan se detuvo a pocos pasos. Paul abrió los ojos.

Durante un instante fueron completamente blancos.

Después el rojo apareció detrás de ellos.

No reflejado. Dentro. El grito de Paul se quebró.

Todas las lámparas apagadas de la casa destellaron al mismo tiempo.

Una presión invisible atravesó el salón. Alex cayó contra la baranda.

Los vidrios vibraron. La luz desapareció. Paul golpeó el piso. Quedó inmóvil. Dan llegó hasta él.

—Paul.

Lo sacudió.

—Paul.

Nada. Serena empezó a llorar. Andy bajó un escalón y se detuvo.

Alex se acercó. No necesitó buscar pulso.

Los ojos de Paul estaban abiertos. La piel alrededor de las cuencas se había ennegrecido y retraída hacia dentro, arrugada como cuero puesto al fuego.

Los ojos habían reventado y se habían secado en su propio líquido; quedaba una costra brillante bajándole por los pómulos.

De las fosas nasales salían dos hilos de humo tan finos que Alex creyó estar imaginándolos, hasta que los olió.

La lengua asomaba entre los dientes, cocida y gris. Dan retrocedió.

—¿Qué le hizo?

Nadie respondió. Serena se arrodilló a varios pasos, en el límite donde el olor todavía era soportable, como si aún pudiera existir una distancia segura entre ella y el cuerpo de alguien con quien había cenado seis horas antes.

—Tenemos que llamar a alguien.

—No hay señal —dijo Andy.

—El teléfono.

—Está en la cocina.

Dan se pasó ambas manos por la cabeza.

—No podemos dejarlo así.

Alex entendió que hablaba de Paul.

—No lo vamos a dejar.

—Está muerto.

—Lo sé.

Dan lo miró.

—No, no sabes. Te fuiste hace diez años. Nosotros nos quedamos.

Alex aceptó el golpe sin responder. Era injusto y era cierto, y esas dos cosas nunca se habían molestado en excluirse.

Andy vomitó en el rincón, junto a la chimenea, con una mano apoyada en la pared, y nadie hizo el gesto de acercarse porque nadie tenía nada para dar.

Serena trajo una manta del sofá. La sostuvo un momento sin decidirse: extenderla era aceptar. La extendió. Cuando la tela tocó la cara de Paul se hundió un poco donde no tenía que hundirse, y Serena retiró las manos rápido.

El olor no se iba. Alex abrió una ventana y la lluvia entró de costado, y el olor siguió ahí, ahora mezclado con agua, y comprendió que iba a quedarse en la casa, en la ropa y probablemente bastante más.

—Las llaves —dijo.

Nadie lo escuchó.

—Las llaves de la Combi. Las tenía él.

Fue Dan el que se agachó. Levantó la manta lo mínimo, buscó en el bolsillo del pantalón con dos dedos y sacó el llavero con el aro de plástico rojo del taller. Se quedó mirándolo.

—Veinte años que lo conozco —dijo.

—Veintiuno.

Dan le dio las llaves a Alex sin mirarlo. No tenía sangre en las manos y se las limpió igual en el jean, dos veces, con fuerza.

Arriba, en alguna parte del pasillo, una puerta se cerró despacio. Ninguno lo comentó. Serena se puso los zapatos sin desatar los cordones.

—Tenemos que irnos.

Esta vez nadie discutió. Corrieron hacia la puerta.

Del otro lado no había mundo: la tormenta se había comido el jardín, los pinos, el camión, el camino, y devolvía solamente ruido, un rugido plano y sin dirección, y agua que llegaba de costado como si el mar hubiera decidido subir a buscarlos.

La luz de la casa terminaba a un metro del umbral. Salieron igual.