Terror en Cabo Rojo Chapter 15
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Chapter 15

La tormenta

Dan salió a la galería con una cerveza porque no quería seguir mirando a Serena.

Había pasado la última hora leyendo significados en cada gesto de ella.

Una respuesta corta se convertía en distancia.

Una risa con Andy, en alivio porque él no estaba presente.

Una conversación con Alex, en prueba de algo que todavía no podía nombrar sin escucharse a sí mismo como un hombre que detestaba.

Sabía que los celos podían convertirse en una enfermedad de interpretación.

Había visto a clientes destruir matrimonios pagando por acceder a correos, mensajes y cuentas privadas.

Hombres convencidos de que la verdad estaba escondida en algún dispositivo.

Él mismo les había dado esa verdad más de una vez.

A veces encontraban una infidelidad. A veces solo descubrían que ya no confiaban en la persona con la que dormían.

No sabía cuál de las dos cosas era peor.

Ella había hablado con él lo imprescindible durante la cena.

No era una pelea espectacular. Habría preferido una.

Las relaciones podían sobrevivir a los gritos.

Lo que lo inquietaba era la distancia. Encendió un cigarrillo y se sentó.

El mar casi no se veía. Las nubes habían borrado las estrellas y la temperatura había caído tanto que empezó a lamentar no haber llevado una chaqueta.

Miró el teléfono. Sin mensajes. Abrió la conversación con Serena.

El último intercambio tenía cuatro horas.

No escribió nada. Una luz roja apareció detrás de una duna.

Dan pensó que era una fogata y alcanzó a imaginar adolescentes con cerveza, porque el cerebro entrega primero la explicación más barata.

Después se movió. No osciló. No parpadeó.

Se corrió varios metros conservando el borde exacto, sin deformarse en el desplazamiento, como una figura recortada que alguien arrastra por detrás del paisaje.

Eso fue lo que le desacomodó algo en el estómago: el borde.

Dan se levantó.

—¿Hola?

Nada. La luz desapareció detrás de la duna.

Dudó. Entrar habría sido lo sensato y lo sabía con la parte del cerebro que nunca gana esas discusiones.

Bajó los escalones. La arena estaba fría como el fondo de una pileta y el viento levantaba ráfagas cortas que le tiraban granos contra las pantorrillas.

A veinte metros de la galería dejó de oír el mar.

No bajó de volumen: se apagó, como si alguien hubiera puesto una manta encima del agua.

Volvió a ver el resplandor cerca de la línea del agua.

—¿Hay alguien?

La luz se contrajo, y al contraerse dio la impresión de estar prestando atención.

Dan se detuvo. No era una persona con linterna.

No era nada que hubiera visto antes, y sin embargo el cuerpo lo reconoció primero: se le cerró la garganta y le subió calor a la cara mucho antes de tener un motivo, el calor de estar demasiado cerca de un horno abierto.

—¡Dan!

La voz de Paul llegó desde la casa. Dan giró.

—¡Aquí!

—¡Vuelve! ¡Va a caer el mundo!

Un trueno sonó sobre el mar. Dan volvió la cabeza medio segundo, no más, y cuando volvió a mirar la luz estaba a menos de diez metros.

No la había visto avanzar. Retrocedió, y la arena que hasta ahí había sido firme se volvió blanda y profunda, de esa en la que cada paso cuesta el doble.

La lluvia empezó de golpe, toda junta, como si hubieran dado vuelta un balde.

Corrió. Corrió mal, con las piernas de alguien que sueña que corre, y en los últimos metros hasta los escalones lo gobernó una certeza sin origen: que no tenía que dejar que eso lo tocara.

***

—¿Dónde estabas? —preguntó Serena.

Dan entró empapado.

—En las dunas.

—¿Haciendo qué?

—Vi algo.

Andy levantó la vista.

—¿Qué?

Dan se quitó la camiseta mojada.

—Una luz.

Alex dejó el vaso.

—¿De qué color?

Dan lo miró.

—Roja.

Andy se incorporó.

—Yo vi algo rojo en la casa de Branier.

Serena giró.

—No dijiste eso.

—Pensé que era un reflejo.

—Esto no era un reflejo —dijo Dan.

Paul se acomodó en el sofá.

—¿Qué era?

—No sé.

Un relámpago iluminó las ventanas y por un instante la casa entera quedó en blanco y negro, con las caras de todos detenidas a mitad de un gesto.

Después la electricidad se cortó con el chasquido seco de los cortes de verdad, y la casa quedó negra y más grande de lo que había sido con la luz puesta.

Andy soltó un grito corto y se tapó la boca ella misma.

—Tranquilos —dijo Alex.

Encendieron teléfonos. Paul tomó una linterna de herramientas y salió con Alex a revisar el tablero. La llave general seguía activada. Desde la galería vieron luces lejanas en el pueblo. Pocas. Pero había.

—No es el tendido —dijo Paul.

—Puede ser la instalación.

—Puede.

No parecía convencido. Dentro, encendieron velas. Serena estaba envuelta en una manta. Dan se sentó junto a ella.

—¿Podemos hablar?

—Ahora no.

—¿Cuándo?

Serena lo miró.

—Después.

—Siempre después.

—Paul está revisando si podemos quedarnos aislados por una tormenta y tú quieres hablar de nosotros.

—Porque estamos aislados en una casa con Alex.

El silencio que siguió fue peor que cualquier respuesta. Serena se puso de pie.

—No vuelvas a decir algo así.

—¿Qué dije?

—Sabes qué.

—Solo digo que—

—No. Estás acusándome de algo para no mirar lo que te pasa a ti.

Dan también se levantó.

—¿Y qué me pasa?

—Estás asustado.

Él rió.

—¿De Alex?

—De perderme.

Dan dejó de sonreír. Serena bajó la voz.

—Y lo estás convirtiendo en la razón por la que podría ocurrir.

Se alejó. Alex había escuchado parte desde el pasillo. No intervino. Paul apareció detrás.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—¿Por qué todos creen que necesito instrucciones?

—Porque tienes la cara de alguien que hace cosas inteligentes en momentos estúpidos.

Alex lo miró.

—No sé si eso fue un insulto.

—Fue cariño.

A las diez, los teléfonos perdieron cobertura. Paul intentó mantener el ambiente en algo parecido a la normalidad. Hizo café. Revisó por segunda vez la caja eléctrica. Encontró una linterna mejor. Ese era su modo de responder al miedo: convertirlo en mantenimiento. Alex lo acompañó al cobertizo.

—¿Crees que Dan vio algo?

Paul cerró una caja de herramientas.

—Creo que Dan cree que vio algo.

—No es lo mismo.

—Es lo único que puedo afirmar.

Alex miró hacia las dunas.

—Andy también vio luz.

—Sí.

—Y el cuadro.

Paul suspiró.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

—Entonces sigue.

Regresaron a la casa sin mirar atrás. A las diez y cuarto, la tormenta ya hacía imposible ver el camino. Paul salió a revisar la Combi y regresó empapado.

—El puente se va a inundar.

—¿Podemos irnos? —preguntó Andy.

—Ahora, no.

—¿Mañana?

—Si para.

El viento golpeó un postigo. La casa crujió.

No como una construcción asentándose. El sonido avanzó desde el extremo occidental hasta la escalera, tabla tras tabla, con la cadencia regular de un peso que se apoya y se levanta, como si algo grande recorriera el exterior de la casa a la altura de las ventanas del primer piso sin tocar el suelo.

Alex siguió el recorrido con la cabeza sin darse cuenta de que lo estaba siguiendo.

Terminó a un metro y medio de donde él estaba parado, del otro lado de la pared.

Paul alzó la cabeza. Alex esperó. Nada siguió.

—Madera vieja —dijo Dan.

Nadie le respondió. Un cuadro cayó en el rellano. Los cinco saltaron. Dan soltó una risa nerviosa.

—Viento.

Alex y Paul levantaron el marco. Era una pintura de un bosque. En el centro, una casa granate. Andy palideció.

—Esa casa.

Serena la tomó del brazo.

—Hay miles iguales.

—No.

Andy se acercó.

—Es esa.

Alex miró la pintura. El óleo estaba craquelado y oscurecido por el tiempo, pero las ventanas del piso alto de la casa granate estaban pintadas con una precisión que el resto del cuadro no se había molestado en tener, como si al que lo pintó solo le hubieran importado esas ventanas.

No había firma visible. En la esquina inferior, casi tapada por el marco, había una inscripción.

V. B. 1927.

Nadie dijo nada.

***

Se fueron a dormir poco antes de las once. Paul decidió quedarse abajo.

—No pienso subir.

—Son dos pisos —dijo Alex.

—Esta noche son demasiados.

Le dejaron un velón. Alex llevó el cuaderno de Casius a su dormitorio. Durante media hora intentó no abrirlo. Lo hizo. Las primeras páginas no tenían sentido. Listas de fechas. Lecturas de temperatura. Direcciones del viento. Mapas. Más adelante encontró los nombres.

brANIER, VERA.

brANIER, MAXIMILIAM.

1957. 1987. 2017. Una frase estaba subrayada.

EL DESCENSO DE TEMPERATURA PRECEDE A LA MANIFESTACIÓN.

Alex miró la ventana. Pasó la página.

LA TORMENTA NO LA ACOMPAÑA. LA TORMENTA FORMA PARTE DEL MISMO FENÓMENO.

Pasó tres páginas más. Había un apartado entero dedicado a un hombre.

MAXIMILIAM. 1861-1927. LO QUE EMPIEZA CON ÉL NO TERMINA CON ÉL.

Debajo, en letra más grande, con otra tinta y evidentemente en otro momento, como una corrección hecha años después:

NO ES VERA.

Alex leyó eso tres veces y no le encontró sentido. En la página siguiente había una lista de apellidos unidos por flechas, y en el extremo de una de las flechas estaba el suyo, escrito con la misma letra apretada.

Debajo, subrayado dos veces:

LA SANGRE DE VERA LA ATRAE.

Cerró el cuaderno y lo dejó en el piso boca abajo, un gesto de chico, y se despreció un poco por eso.

No quería seguir leyendo. Se acostó sin apagar el teléfono, con la pantalla contra el pecho, y escuchó la casa hasta que dejó de poder distinguir la tormenta de su propia sangre en los oídos.

Abajo, Paul abrió los ojos. Había oído pasos en la galería.

—Dan.

Nada. Se incorporó despacio, con la manta todavía sobre las piernas.

Los pasos cruzaron la galería sin apuro y se detuvieron frente a la puerta, y Paul oyó la madera aceptando un peso que se quedaba quieto.

Miró el vidrio. Del otro lado apareció una luz roja, a la altura exacta de la cara de un hombre de pie.