Terror en Cabo Rojo Chapter 14
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Chapter 14

DiLaurentis

—Lena —dijo.

—Detective DiLaurentis.

—Viene por el periodista.

Él dejó la cartera sobre el mostrador.

—¿También lee la mente?

—No. En este pueblo todavía hablamos entre nosotros.

—Necesito una habitación.

Lena tomó una llave.

—Cinco. Da al patio.

—Antes quiero hacerle unas preguntas.

—Mañana.

—Preferiría ahora.

Ella lo miró.

—Yo preferiría que mañana siguiera aquí.

DiLaurentis sonrió sin humor.

—¿Eso es una amenaza?

—Es experiencia.

—¿Con qué?

Lena no respondió. Le entregó la llave.

—No salga de noche.

—¿Por la tormenta?

—Por la noche.

Desapareció detrás de una puerta. DiLaurentis permaneció unos segundos mirando el espacio vacío.

—Encantadora.

***

Antes de subir salió a caminar el pueblo, porque veinte años le habían enseñado que un lugar dice más a las siete de la tarde que cualquier testigo a las diez de la mañana.

Cabo Rojo estaba cerrando. No cerraba con desgano, como cierra un pueblo de veraneo en temporada floja: cerraba con método.

Persianas metálicas, candados nuevos, un hombre arriba de una escalera atornillando tablas del lado interno de una vidriera.

Contó cuatro casas con la leña apilada bajo techo y ninguna chimenea encendida.

En la farmacia compró cigarrillos que no necesitaba.

—¿Trabaja hasta tarde? —preguntó.

—Hasta las ocho.

—¿Y después?

El farmacéutico le dio el cambio sin mirarlo y demasiado despacio.

—Después me voy a mi casa.

—Le pregunto por el pueblo. Parece que esperaran un huracán.

—Espera enero.

DiLaurentis dejó pasar el silencio. En su experiencia daba mejor resultado que la segunda pregunta.

—Hubo un periodista que preguntaba lo mismo —dijo el hombre—. Le contesté lo mismo. Después no volvió.

—¿Eso es una advertencia?

—Es lo que hay.

Afuera la luz se había ido más rápido de lo que correspondía a la hora.

DiLaurentis miró el reloj dos veces para asegurarse.

Volvió a la posada fumando el primer cigarrillo en once meses y pensando, con irritación profesional, que en veinte años nunca había trabajado en un lugar donde todos coincidieran tanto y nadie dijera nada.

***

La habitación cinco era limpia solo en comparación con el resto de la posada.

Antes de ducharse, DiLaurentis abrió el armario y encontró una percha con una chaqueta que no era suya.

Vieja. De hombre. Llamó a recepción. Nadie atendió.

Revisó los bolsillos por hábito. Vacíos, salvo por un papel doblado. Era un recorte de periódico.

FAMILIA DESAPARECE DURANTE TEMPORAL.

1987. DiLaurentis lo leyó dos veces. No sabía si Lena había olvidado la chaqueta allí o si alguien quería que la encontrara.

La dejó sobre la silla. Dejó el equipaje, se quitó la chaqueta y revisó las notas.

Distéfano había preguntado a Lena por Casius Shed.

Por Vera Branier. Por tormentas. Por un cementerio.

DiLaurentis había investigado desapariciones relacionadas con cultos, estafas espiritistas y familias capaces de convertir una herencia en un campo de batalla.

No creía en fantasmas. Había pasado veinte años viendo cómo las personas fabricaban explicaciones sobrenaturales para cosas muy humanas: dinero, culpa, miedo, deseo, violencia.

Un supuesto poltergeist había resultado ser un adolescente entrando por un falso techo.

Una posesión, un caso de intoxicación y abuso.

Una casa maldita, una disputa por una herencia.

Eso no le había quitado respeto al miedo.

Solo le había enseñado que el miedo casi siempre necesitaba un responsable. Creía en gente.

La gente era suficiente.

A las nueve menos cuarto llamó a su hija. Atendió el contestador, como casi siempre, y él dejó el mismo mensaje de todos los martes con dos palabras cambiadas.

—Soy yo. Estoy en la costa por trabajo. Nada peligroso. Llámame cuando puedas.

Colgó y se quedó un momento con el teléfono en la mano, calculando cuántos de esos mensajes llevaba grabados en el aparato de una chica de veintiséis años que no lo perdonaba por razones que él consideraba justas.

Después llamó al editor que le pagaba.

—¿Y?

—El pueblo sabe algo y no lo dice. Eso no significa nada sobrenatural. Significa que alguien tiene un problema legal.

—¿Cuánto más necesitas?

—Dos días. Si a Distéfano lo mataron, lo mataron aquí, y fue por dinero o por vergüenza. Siempre es una de las dos.

—¿Y si no lo mataron?

—Entonces se fue caminando y en algún momento va a usar una tarjeta de crédito.

Cortó convencido de lo que había dicho. Estaba equivocado en las dos cosas, y todavía le quedaban cuarenta minutos para no enterarse.

Se duchó. El primer golpe sonó mientras se enjuagaba el cabello. Cerró el agua. Nada. Volvió a abrir. Segundo golpe. Más fuerte. Salió y se envolvió con una toalla.

—¿Quién?

No hubo respuesta. Tomó el arma del escritorio. La luz del patio había cambiado. El atardecer era gris, casi nocturno. Algo rojo se movió detrás de la fuente. DiLaurentis se acercó a la ventana. No vio nada.

—Muy gracioso.

Golpearon la puerta. Esta vez vibró el marco. Levantó el arma.

—Policía. Identifíquese.

El picaporte giró. Muy despacio. DiLaurentis se colocó a un lado.

—Última advertencia.

La puerta se abrió unos centímetros. Un resplandor rojo apareció en la grieta. No era una linterna. No era fuego. No se proyectaba sobre el suelo. Flotaba. DiLaurentis apuntó.

—¿Qué demonios...?

La puerta se abrió de golpe. Disparó dos veces.

Los tiros atravesaron el resplandor y quebraron el vidrio del patio.

La luz lo alcanzó. Sintió el golpe sin impacto.

Primero calor en el pecho. Después detrás de los ojos.

El arma se le cayó. DiLaurentis retrocedió hasta golpear el borde de la cama.

Intentó respirar. El aire parecía arder.

Dentro del rojo apareció un rostro de mujer.

Pálido. Hermoso de una forma muerta. La boca se abrió.

La voz no coincidía con la cara. Era más profunda.

—Vuelve a casa.

DiLaurentis intentó gritar y no le salió aire, solo un chasquido húmedo, como si algo se le hubiera cerrado en el pecho.

El calor le subió por la garganta. Sintió los ojos hinchándose hasta la presión exacta que precede a la rotura, y después el estallido, breve, casi cortés.

El olor a carne quemada llenó la habitación y él tuvo tiempo de entender que era el suyo. Después dejó de ver.