Chapter 13
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El archivo municipal funcionaba en una oficina de tres metros por cuatro, detrás del salón de actos, y lo atendía un hombre llamado Bordagá que tenía cuarenta años de antigüedad y once minutos de paciencia.
Alex le pidió el legajo de la propiedad.
Le trajeron dos carpetas y una tercera que Bordagá dejó sobre el escritorio con dos dedos, como si no correspondiera del todo.
En la primera estaban las escrituras: Branier, Branier, remate, un inglés apellidado Whitfield que la usó de casa de verano cuatro temporadas, dos décadas de sucesión trabada y, en 1979, Shed.
En la segunda, los planos aprobados de 1911 y una modificación de 1921 firmada por Maximiliam Branier: la apertura de las cuatro ventanas del piso alto de la casa granate, con memoria descriptiva de once líneas. La modificación había sido rechazada por el municipio y ejecutada igual.
Alex fotografió la página con el teléfono y se la mandó a Serena, que no tenía señal y la iba a recibir catorce horas después, cuando ya no importaba.
La tercera carpeta tenía cuatro notas del señor Casius Shed al municipio, entre 1996 y 2006, pidiendo autorización para intervenir en el sector antiguo del cementerio.
Las cuatro estaban rechazadas con el mismo sello.
La última tenía escrito a mano, en el margen, con birome azul y sin firma: «Insistir es empeorar. »
—¿Quién escribió esto? —preguntó Alex.
—Alguien que ya se jubiló.
—¿Y qué quería hacer mi tío en el cementerio?
Bordagá cerró la carpeta y se la corrió de nuevo hacia él, del otro lado del escritorio.
—Mire, yo tengo dos años para el retiro. Le saco fotocopia de las dos primeras y la tercera no la vi.
Salió a la calle a las cuatro de la tarde con seis fotocopias y una sensación que no supo nombrar hasta mucho más tarde: la de estar caminando por un pueblo donde todos los papeles habían sido revisados antes por gente que decidió no hacer nada.
En la esquina de la capilla sin terminar había dos hombres subidos a un andamio, atornillando tablas por el lado interno de un ventanal.
—¿Viene tormenta? —preguntó Alex.
El más viejo lo miró desde arriba.
—Viene lo de siempre.
***
Dan encontró a Serena a las cinco, en el murallón, sentada con el cuaderno cerrado sobre las piernas. Se sentó al lado. Estuvieron un rato sin hablar, mirando un mar demasiado quieto para la hora.
—Me voy en marzo —dijo ella.
Dan no preguntó adónde, porque entendió la frase completa a la primera.
—Ya lo hablamos en junio.
—Lo hablamos en junio y después no hicimos nada, que es lo que hacemos.
—¿Es por él?
Serena tardó en contestar, y esa demora fue lo peor de la conversación para los dos.
—Es por mí. Me anoté en una beca. Cierra el 15 de febrero y tengo cuatro carpetas de once años sin ordenar.
—Nunca me contaste eso.
—Te conté tres veces.
Dan miró el agua.
—No de esa manera.
—No —admitió ella—. No de esa manera.
Él asintió despacio, como quien acepta una cuenta. Ninguno de los dos gritó. En veinte años de vida adulta Dan había aprendido que las cosas graves se dicen bajito y que después la persona se queda sola con la parte que no dijo.
Esa noche iba a beber cuatro cervezas y a mirar a Alex de una manera nueva, y a las tres de la mañana iba a estar convencido de algo que Serena no había dicho.
***
A las siete menos veinte la temperatura del termómetro de la galería bajó cuatro grados en once minutos.
Alex lo notó porque había salido a fumar con Dan, que no fumaba, y porque el termómetro era de los antiguos, de columna, con la escala pintada, y esas cosas no se equivocan de a cuatro grados.
El mar seguía quieto. Sobre el horizonte, hacia el sudeste, había una línea baja de nubes del color del cobre viejo, tan recta que parecía dibujada con regla.
En el pueblo, a esa misma hora, un hombre con un impermeable prestado estaba bajando de un remise frente a la posada de Lena.