Terror en Cabo Rojo Chapter 12
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Chapter 12

Cinco de enero

De día la casa era una casa.

Eso fue lo primero que pensó Alex cuando bajó a las siete y media y vio el salón con luz de verdad: tablas gastadas, humedad en un rincón del cielorraso, una araña de tres brazos a la que le faltaban dos.

Nada de lo de anoche resistía el sol. Hasta el olor se había ido, o él se había acostumbrado, que es la manera educada de decir lo mismo.

Hizo café en una pava que encontró en el estante de arriba, con las iniciales C. S. grabadas en el mango con punta de clavo.

Dan bajó a las ocho, con la cara de un hombre que había dormido cuatro horas y había decidido, en algún momento de la madrugada, comportarse.

—Buen día.

—Buen día.

Ninguno de los dos mencionó la discusión. Así funcionaba: veinte años de amistad se sostenían menos por lo que se hablaba que por lo que se aceptaba no volver a nombrar.

Trabajaron toda la mañana. Alex había traído dos cuadernos y un criterio simple: una lista de lo que tenía valor, una lista de lo que tenía valor únicamente para la familia, y una tercera de lo que iba a un contenedor. La tercera creció mucho más rápido que las otras dos.

En el escritorio del cuarto de Casius había cuarenta y un cuadernos más, todos iguales al que estaba en el hueco del retrato, todos con fechas en el lomo.

Alex los contó, los apiló, los miró un rato largo y no abrió ninguno.

Se dijo que era por el olor a humedad. Escribió en la segunda lista: «Cuadernos (41). Consultar.»

En el sótano encontró una caja de zapatos con seis frascos de vidrio vacíos, lavados, secos, con etiquetas arrancadas de las que quedaba el borde de goma.

Eso sí lo anotó en la tercera lista, y después tachó el renglón, y después lo volvió a escribir.

***

Andy consiguió señal en el tercer escalón de la galería y no en el cuarto, y ese fue su lugar de trabajo durante hora y media: sentada en un escalón, con el teléfono en alto, descalza, con la libreta apoyada en la rodilla.

Del otro lado había una crisis. Una cadena de farmacias había subido a redes una campaña de verano con una fotografía mal elegida, la campaña llevaba once horas online y el cliente quería saber si borrarla o defenderla.

—Ni una cosa ni la otra —dijo Andy—. La dejan hasta las seis, contestan tres comentarios, no los peores, y a las seis la reemplazan por la pieza dos sin explicar nada. Si la borran ahora parece culpa. Si la defienden, mañana hay nota.

Escuchó un rato.

—No. Yo estoy fuera hasta el lunes.

Otro rato.

—Puedo estar en la ciudad esta noche si hace falta.

Un rato más largo. Alex, que pasaba con una caja, la vio cerrar los ojos como si le doliera la mandíbula.

—Perfecto. Entonces lo resolvemos el lunes.

Cortó. Se quedó mirando el jardín.

—Podías irte —dijo Alex.

—Podía.

—¿Y?

Andy se puso las sandalias.

—Y Serena me pidió que me quedara.

Lo dijo sin darle importancia, como se dicen las cosas que después le arruinan la vida a alguien durante años.

***

Serena salió a las nueve con la cámara, la cinta métrica y el cuaderno de tapa dura, y a las diez ya tenía catorce fotografías, tres plantas dibujadas a mano alzada y la certeza de que Cabo Rojo era mejor caso de estudio de lo que había supuesto.

El pueblo tenía dos capas. Una portuguesa, de 1890, de casas bajas con techo a dos aguas. Otra de los años veinte, ambiciosa, con fachadas de dos plantas y ornamento de cemento, levantada por gente que esperaba un ferrocarril que llegó hasta San Blas y ahí se detuvo para siempre.

La casa granate pertenecía a la segunda capa y era, con diferencia, la mejor de las dos.

Serena la fotografió desde la vereda de enfrente, midió el frente en pasos y anotó el detalle que le interesaba: las cuatro ventanas del piso alto no estaban alineadas con las de abajo.

Alguien las había corrido casi medio metro hacia el este, y no por capricho de fachada, porque desde adentro eso arruinaba la habitación.

Las habían corrido para que miraran algo.

Desde ahí, con la cinta y el ojo, calculó la línea. Las cuatro ventanas apuntaban al noreste, por encima de los techos, hacia la punta donde estaba la Casa de los Ingleses.

O hacia el cementerio, que quedaba en el mismo eje.

En el almacén compró agua y preguntó de quién había sido la casa granate. La mujer del mostrador tenía sesenta y tantos y un delantal impecable.

—De los Branier. Después de nadie.

—¿Nadie la compró en noventa años?

—La compró el municipio dos veces y la devolvió dos veces.

Serena dejó el billete sobre el mostrador.

—¿Usted es de acá de toda la vida?

—Cuarta generación. Mi bisabuela tenía este mismo mostrador. Perpetua, se llamaba. Yo también.

—¿Y su bisabuela conoció a los Branier?

Perpetua acomodó dos latas que no necesitaban acomodarse.

—Mi bisabuela devolvía moldes.

—No entiendo.

—Ya sé —dijo Perpetua—. Nadie de afuera entiende esa parte.

Antes de que Serena saliera, la mujer agregó una cosa más, en el tono con el que se da un dato de catastro.

—La señora pintaba. Cuadros de su propia casa, todos iguales. Cuando murió los compró el señor de la punta, años después. Pagó de más.

Serena escribió eso en el cuaderno, en la página de la casa granate, y lo subrayó sin saber todavía por qué.