Chapter 11
La Casa de los Ingleses
La Casa de los Ingleses estaba más aislada de lo que Serena imaginaba.
El camino abandonaba el asfalto, atravesaba un puente estrecho y se internaba entre árboles antes de llegar a una portera de madera.
Desde allí, la propiedad descendía suavemente hasta la playa.
La casa aparecía al final del terreno. Dos plantas.
Galería profunda. Tejado alto. Madera ennegrecida por décadas de sal, humedad y abandono.
No era hermosa de ninguna manera convencional.
Era demasiado grande para el lugar —como si la hubieran traído entera desde otro país y otro clima y la hubieran dejado ahí a ver cuánto aguantaba— y tenía el aire de las cosas que saben exactamente cuántos años llevan de pie.
Todas las ventanas del piso alto daban al mar.
Todas. Serena tardó un momento en entender qué la inquietaba: ninguna casa costera de esa época se construía así, con el frente entero entregado al viento salado.
Esa casa no había sido pensada para vivir cómoda. Había sido pensada para mirar.
Serena se quedó mirándola. Después sacó la cámara del bolso.
—¿En serio? —dijo Dan.
—En serio.
Fotografió la fachada completa, después las ventanas del piso alto una por una, después el encuentro del techo con el muro lateral, donde la madera había sido reemplazada por alguien que no sabía lo que hacía. Anotó la fecha en el cuaderno y el nombre que el pueblo le daba a la casa.
—Esto necesita mucho más que una inspección.
Alex sonrió sin ganas.
—Mi madre esperaba que dijera lo contrario.
—Cuando la vendan, ¿me dejas documentarla antes? Planta, cortes, fotos. Dos días de trabajo.
—Va a ir a demolición, Serena.
—Por eso.
Alex se quedó pensando que en once años nunca le había preguntado en qué trabajaba de verdad.
—Te dejo las llaves el tiempo que quieras.
Serena escribió algo más en el cuaderno. Alex no alcanzó a leerlo y no preguntó. Era una lista de mediciones y, al final, sin relación aparente con nada, una fecha: 15 de febrero.
—¿Cuánto terreno tiene?
—No sé.
—¿Cómo no sabes?
—He pasado diez años evitando saber.
Paul estacionó. Dan abrió la puerta lateral.
—Me gusta.
Andy lo miró.
—Tú vivirías en un depósito si tuviera bar.
—Si tiene bar, deja de ser depósito.
La broma se perdió rápido. Alex tardó varios minutos en encontrar la llave correcta.
Cuando abrió la puerta, el interior exhaló: una bocanada de aire frío y cerrado que les dio en la cara y olía a madera mojada, a metal y a diez años de nada.
Salía, no entraba. Alex sintió el aire de la casa pasándole por los brazos hacia el jardín, como si hubiera estado esperando todo ese tiempo con los pulmones llenos.
El vestíbulo conservaba muebles cubiertos, retratos oscurecidos y un olor a madera húmeda. Serena pasó la mano por una columna.
—La estructura parece buena.
—¿Eso significa que no puedo demolerla? —preguntó Alex.
—Significa que si la demueles, probablemente estés destruyendo algo que vale más que tú.
—Eso no es difícil.
Abrieron ventanas. Paul revisó agua y electricidad.
La corriente volvió después de varios intentos desde una caja exterior.
Las lámparas parpadearon y quedaron encendidas.
Durante el segundo anterior a que la luz se estabilizara, Alex vio una figura en el rellano de la planta alta.
No una sombra: una forma con hombros, quieta, orientada hacia abajo, hacia él.
La luz se afirmó y no había nada. Le quedó en la boca un gusto metálico que no supo de dónde venía.
No dijo nada. La casa cambió. No dejó de ser vieja, pero la luz reveló una arquitectura más cuidada de lo que el polvo permitía imaginar: pisos de madera oscura, molduras talladas, una escalera ancha, vitrales opacos junto al rellano.
Serena observó las proporciones.
—Finales del dieciocho. Tal vez principios del diecinueve con reformas posteriores.
Dan levantó una ceja.
—¿Acabas de fechar una casa mirando la escalera?
—Alguien tiene que aportar algo útil.
La tarde se repartió entre limpieza y exploración.
A medida que retiraban polvo, la casa dejaba de parecer abandonada y empezaba a parecer interrumpida.
Era una diferencia pequeña. Una casa abandonada se vacía.
Aquella conservaba decisiones en pausa. Libros abiertos con el lomo hacia arriba.
Papeles guardados a medias. Una chaqueta detrás de una puerta, con la forma de los hombros de un hombre todavía puesta en la tela.
Un vaso dentro de un armario, con un dedo de algo seco en el fondo y la marca de un labio en el borde.
Casius no parecía haber preparado su muerte.
Alex no dijo eso en voz alta. Encontraron rastros de una vida interrumpida sin haber sido recogida.
Una taza desportillada detrás de libros.
Un abrigo de Casius aún colgado en un armario.
Facturas de electricidad. Un calendario detenido en enero de 2007.
No había fotografías familiares en los dormitorios, pero sí decenas de imágenes del terreno: árboles, dunas, postes de luz, el cementerio a diferentes horas.
Serena encontró marcas de tiza bajo la alfombra del salón: tres círculos concéntricos trazados con regla y compás, y en el aro exterior una serie de marcas cortas repetidas a intervalos exactos.
Las contó antes de darse cuenta de que las estaba contando. Treinta.
—¿Esto estaba aquí? —preguntó.
Alex se agachó. La tiza casi había desaparecido.
—No sé.
Paul la observó.
—Parece una marca de obra.
Serena negó.
—No es para construcción.
Andy miró hacia la escalera.
—No me encanta.
Alex pasó la mano por encima sin tocarla.
—Casius hacía experimentos.
—¿Qué clase?
—Todavía no sé.
Nadie insistió. Andy y Serena se instalaron en un dormitorio con baño privado.
Dan hizo un comentario que Serena ignoró.
Paul encontró un cobertizo con herramientas viejas y pasó media hora revisándolas.
Alex subió al cuarto que había pertenecido a Casius.
Lo supo antes de entrar. Los otros dormitorios habían sido vaciados casi por completo.
Aquel conservaba estantes llenos. Historia local.
Meteorología. Espiritismo. Electromagnetismo.
Religiones comparadas. Tratados médicos.
Viejos manuales de radio. Libros con páginas marcadas y anotaciones en tres colores distintos.
El escritorio estaba orientado hacia el mar.
A un lado había una caja de fichas. Alex abrió una.
1957 — Costa norte. Temperatura: descenso de 11 grados en 3 h.
Electricidad: fallas simultáneas. Cuatro testigos.
Otra: 1987 — Ruta vieja. Misma luminosidad.
No proyecta sombra. Reacción animal previa.
Otra: 1996 — prueba negativa. Alex volvió a guardar las fichas.
Aquello no se parecía a un diario delirante.
Se parecía a una investigación. No sabía si eso lo tranquilizaba.
Sobre la pared había una fotografía en blanco y negro. Casius, joven, de pie frente a la casa. Alex se acercó. No recordaba haber visto una imagen suya de esa edad. En la fotografía debía tener treinta y pocos. Se parecía a su abuelo, pero también, de una forma incómoda, a él.
—¿Es Casius?
Andy estaba en la puerta. Alex asintió.
—Sí.
Ella entró. Había cambiado el vestido del viaje por pantalones cortos y una camiseta amplia. Sin el cuidado habitual de su imagen parecía otra persona, o quizá simplemente una menos protegida.
—No tiene cara de loco.
Alex miró la foto.
—No sé qué cara tienen los locos.
—Tienes razón.
Andy recorrió los estantes.
—¿Tu familia nunca vino a buscar sus cosas?
—Mi madre no quiso.
—¿Por qué?
—No sé.
—Eso dices mucho.
Alex la miró.
—¿Qué?
—No sé.
Sonrió apenas. Un golpe en el rellano los hizo salir. Paul estaba agachado junto a un retrato caído.
—No lo tiré.
Dan apareció desde abajo.
—Claro.
—La cuerda se rompió.
Paul levantó el marco. Detrás, la pared tenía una tabla distinta al resto.
—Esto se mueve.
Metió los dedos por el borde. La madera cedió. Había un hueco pequeño. Dentro descansaba un cuaderno de cuero. Alex lo tomó.
C. S.
Las iniciales estaban grabadas a mano. Abrió la primera página. Cuentas. Fechas. Nombres. Diagramas. La letra de Casius era apretada y difícil.
—Diario secreto —dijo Dan.
—No parece un diario.
Pasó varias hojas. Había recortes de periódicos pegados con cinta ya amarillenta, un mapa de Cabo Rojo con marcas sobre la costa norte y una lista de tormentas con fechas, presiones y horas de inicio, anotadas con la prolijidad de alguien a quien le pagan por eso.
En el margen de una página, sin ninguna explicación, Casius había dibujado tres círculos concéntricos con compás. En el aro exterior había marcas cortas repetidas a intervalos iguales.
—Serena vio esto —dijo Alex.
—¿Dónde?
—Debajo de la alfombra del salón.
Nadie contestó durante unos segundos, y en esos segundos la casa hizo el ruido que hacen las casas.
Alex no quiso detenerse.
—Lo leeré después.
—¿No tienes curiosidad? —preguntó Andy.
—Tengo hambre.
Era mentira. Lo llevó al dormitorio y lo dejó sobre el escritorio.
***
La limpieza ocupó el resto de la tarde. Serena encontró un piano cubierto.
Paul consiguió hacer funcionar una radio durante treinta segundos antes de que muriera para siempre.
Dan descubrió una caja de botellas antiguas que Alex prohibió abrir.
Andy apareció en la cocina con un juego de copas intacto.
Durante un rato, la casa pareció lo que habían ido a buscar: un lugar viejo, incómodo y suficientemente extraño para justificar una semana de historias.
La tormenta todavía estaba lejos. Bebieron en la galería. Paul abrió una botella y se quedó mirando el terreno.
—Podría arreglarse.
Serena lo miró.
—¿La casa?
—Todo. El tejado necesita trabajo. Algunas tablas del porche. Instalación eléctrica completa. Pero la estructura aguanta.
Alex apoyó la botella en el suelo.
—No quiero arreglarla.
—No he dicho que debas.
—Mi madre quiere vender.
—Entonces véndela.
—Nadie compra algo así sin saber qué compra.
Serena recorrió la fachada con la mirada.
—Una casa histórica frente al mar. La venderías.
—Con un hombre que se electrocutó arriba, en una silla que se armó él mismo.
—Eso no figura en la ficha inmobiliaria.
Dan levantó la botella.
—Yo la compraría más cara por ese dato.
Andy lo miró.
—Tú comprarías un ataúd si tuviera vista al mar.
La conversación se apagó con una naturalidad que Alex agradeció.
El mar era una franja oscura y brillante más allá de las dunas.
Paul habló del taller. Andy contó una anécdota absurda sobre un cliente que quería lanzar una marca de agua embotellada con nombres de constelaciones.
Incluso Serena y Dan dejaron de discutir.
Alex observó a sus amigos. Habían envejecido juntos sin hacerlo realmente juntos.
A los dieciocho conocía la vida de cada uno con detalle.
A los veintinueve había meses enteros de los que no sabía nada.
Sabía que Paul se había separado de Laura, pero no cuánto le había costado.
Sabía que Dan y Serena estaban mal, pero no cuándo habían dejado de imaginar un futuro común.
Sabía que Andy había pasado seis meses trabajando en otra ciudad y vuelto sin contar demasiado.
Ellos sabían que Alex vivía solo y trabajaba desde casa.
Quizá creían saber más. Eso era lo inquietante de las amistades largas: el archivo era enorme, pero una parte considerable estaba desactualizada.
Eso era lo que se perdía primero. No la amistad. La continuidad. Serena entró a buscar otra botella. Alex la siguió unos minutos después. La encontró junto a una ventana de la cocina.
—¿Todo bien?
—Sí.
—No parece.
Serena miró afuera.
—Dan está convencido de que quiero dejarlo.
—¿Quieres?
Ella tardó en responder.
—No sé.
Alex apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces quizá tiene razón en estar preocupado.
—No en estar celoso.
—No.
—De ti.
Alex dejó de moverse. Serena lo miró.
—No hagas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que preferiría que no hubiera dicho nada.
—Probablemente porque preferiría que no hubieras dicho nada.
—No está pasando nada.
—Lo sé.
—Y no va a pasar.
Alex sostuvo su mirada.
—También lo sé.
Serena pareció querer añadir algo. Dan entró. Vio a ambos.
—¿Interrumpo?
—Sí —dijo Serena—. Una conversación.
Dan dejó una caja sobre la mesa.
—Alex, ¿puedo hablar contigo?
Serena soltó aire por la nariz y salió. Dan esperó.
—No te metas.
—¿En qué?
—No hagas esto.
—No sé qué es esto.
—Sabes perfectamente.
Alex se irguió.
—Serena es amiga mía desde antes de que saliera contigo.
—Y llevas interesado en ella desde antes de que saliera conmigo.
—Eso fue hace diez años.
—No me jodas, Alex.
—No estoy haciendo nada.
Dan se acercó lo suficiente para que Alex le oliera la cerveza y viera, con incomodidad, que no estaba borracho. Eso era peor. Un hombre borracho dice cualquier cosa; un hombre sobrio ya lo pensó.
—Entonces sigue así.
Paul apareció en el pasillo.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijeron ambos.
Paul miró uno y otro.
—Qué alivio.
Abrió una cerveza.
—Siempre me tranquiliza cuando dos hombres adultos dicen nada con esa cara.
Dan se alejó. Alex salió a la galería. El aire había cambiado.
La temperatura no bajaba de a poco: bajaba a saltos, y se sentía en los antebrazos, como cuando se abre la puerta de una cámara frigorífica.
Sobre el mar las nubes avanzaban a una velocidad que no correspondía al viento que había en tierra, y ese desajuste —el cielo apurado y el jardín quieto— fue lo que a Alex le puso la piel de gallina antes que cualquier ruido.
En las dunas no cantaba un solo bicho. Serena sacó el teléfono.
—El pronóstico cambió.
—¿A qué? —preguntó Paul.
—A tormenta severa.
—Hace dos horas decía lluvias aisladas.
—Ahora dice descenso de temperatura de doce grados.
Paul dejó de beber.
—En enero.
—Eso dice.
Alex pensó en las fichas del escritorio de Casius. 1957 — descenso de 11 grados en 3 h. No dijo nada. Andy levantó la vista.
—¿No estaba despejado hace una hora?
Paul miró el horizonte.
—Sí.
Un trueno sonó lejos. En el dormitorio de Casius, una ráfaga que ninguna ventana abierta podía explicar levantó las páginas del cuaderno y las fue dejando caer una por una, sin apuro, como las hojea alguien que ya sabe dónde va a parar. Se detuvieron en una hoja.
5 DE ENERO DE 2017.