Terror en Cabo Rojo Chapter 10
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Chapter 10

Vera Branier

Dan intentó besar a Serena cuando bajó de la Combi. Ella puso una mano sobre su pecho.

—No.

—Hola para ti también.

—Te llamé nueve veces.

—Dejé el teléfono en la casa.

—Eso no mejora nada.

Paul cargó dos maletas sin intervenir. Alex tomó otra. Andy señaló a Dan.

—Tu amigo es un imbécil.

—Eso ya lo sabemos —dijo Alex.

Dan lo miró.

—Gracias.

La tensión habría sido casi doméstica —de las que se arreglan con una cerveza y dos horas de silencio— si no hubiera estado la casa detrás de ellas, mirándolos con las ventanas ciegas por encima del hombro de Serena.

Dan bajó la mano que había levantado. Nadie hizo el chiste que correspondía.

Serena explicó lo ocurrido durante el trayecto al centro.

Daniel intentó ofrecer explicaciones. Una línea vieja.

Una propietaria excéntrica. Un número enmascarado.

Un reflejo en el espejo. Todo razonable por separado. El problema era la suma.

—¿Entraron en una casa abandonada porque una desconocida les dijo por teléfono que podían? —preguntó Paul.

Andy lo miró.

—Dicho así suena peor.

—Porque fue peor.

—Gracias.

En el centro preguntaron en dos tiendas y en una farmacia.

El apellido Branier funcionaba como un interruptor: el hombre del almacén dejó de acomodar latas, la chica de la ferretería miró hacia la calle antes de contestar y el farmacéutico, un tipo de sesenta años con las manos manchadas de yodo, se puso a ordenar cajas que ya estaban ordenadas.

Todos conocían el apellido. Nadie conocía a una Vera Branier viva.

El farmacéutico les recomendó hablar con la policía y lo dijo mirando el mostrador.

La comisaría quedaba frente a la plaza. Lucien los recibió con la expresión cansada de quien había pasado el día atendiendo asuntos más serios que turistas confundidos.

—¿En qué puedo ayudarlos?

Paul habló primero.

—Buscamos a Vera Branier.

La taza del comisario se detuvo a mitad de camino.

—¿Vera Branier?

Andy se adelantó.

—Nos alquiló una casa.

Lucien dejó el café.

—No.

—¿No qué?

—No les alquiló una casa.

Andy cruzó los brazos.

—Hablé con ella dos veces.

—Entonces habló con otra persona.

—Dijo llamarse Vera Branier.

Lucien la observó.

—Vera Branier murió en 1927.

Nadie respondió. El ventilador de techo daba vueltas con un clic en cada vuelta y Alex descubrió que las estaba contando. Dan soltó una risa corta, del tamaño exacto de un hombre que necesita ruido.

—Muy gracioso.

Lucien no sonrió.

—No estoy bromeando.

Serena dio un paso adelante.

—¿Hace noventa años?

—Exactamente.

Andy sacó el teléfono.

—Tengo el contacto.

Abrió la pantalla.

VERA brANIER.

No había número. Por primera vez desde que Alex la conocía, Andy no tuvo respuesta inmediata.

—Esto no estaba así.

Serena miró el historial. Dos llamadas. Sin número. Lucien se levantó.

—¿Dónde está la casa?

Andy describió la pendiente y el color. El comisario perdió parte de la indiferencia.

—Esa fue la casa de los Branier.

—¿La casa donde murió? —preguntó Serena.

Lucien la miró.

—Sí.

Dan dejó de sonreír.

—¿Murió ahí?

—Fue asesinada ahí.

El silencio cambió de material. Ya no era incomodidad: era esa quietud animal de cinco personas calculando al mismo tiempo, sin decirlo, a qué distancia está la puerta.

Alex se descubrió pensando en la casa familiar, en las cortinas puestas y la vajilla en los estantes, y no supo por qué. Lucien señaló el teléfono de Andy.

—Probablemente alguien del pueblo encontró una forma de usar el nombre. Una broma de mal gusto.

Mientras lo decía, Lucien recordó que la línea de la casa de los Branier había sido dada de baja décadas atrás. No lo mencionó. Podía haber sido reconectada. Podía existir una explicación. El problema era que, a medida que avanzaba el día, cada explicación necesitaba una explicación adicional.

—El teléfono sonó dentro —dijo Serena.

—Las líneas viejas hacen cosas raras.

—¿Y las llamadas sin número?

Lucien apretó los labios.

—No lo sé.

No era una respuesta policial. Era la respuesta de un hombre que quería terminar la conversación.

—Busquen otro lugar —dijo.

Alex carraspeó.

—Nosotros tenemos casa.

—¿En el pueblo?

—En la playa. Era de mi tío abuelo.

—¿Nombre?

—Casius Shed.

Lucien lo miró con tanta atención que Alex sintió un malestar inmediato.

—La Casa de los Ingleses.

—Sí.

Martin, que estaba ordenando expedientes en un escritorio lateral, levantó la cabeza.

—¿Eres familia de Casius?

—Sí.

Lucien apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Hace diez años que nadie duerme allí.

—Eso me dijo mi madre.

—Tu tío murió en esa casa.

—Lo sé.

—¿Sabes cómo?

Alex dudó.

—Electrocución.

—Oficialmente.

La palabra quedó suspendida. Martin miró a Lucien.

—Jefe.

El comisario pareció darse cuenta de que había dicho demasiado.

—La instalación es vieja. Eso es lo que quiero decir. Revisen todo antes de usarlo.

—Ya encendimos luz y agua —dijo Paul.

—Entonces no toquen nada que no conozcan.

Andy estaba todavía mirando su teléfono.

—¿Quién era Vera Branier?

Lucien se tomó unos segundos.

—Una mujer asesinada por su marido. Tenía dos hijas y veintiséis años.

Él usó un hacha de leña y después se lavó las manos en la pileta de la cocina, con orden, como si volviera del trabajo.

Las nenas estaban arriba. No las tocó. Eso es lo que a la gente de entonces le costó más entender: que hubiera sabido dónde parar.

—¿Qué pasó con él?

—Murió dos días después.

—¿Cómo?

—En la playa.

—¿De qué?

Lucien miró la ventana. Afuera, el cielo se había oscurecido.

—Un rayo, según el informe.

Andy no apartó la vista.

—No lo cree.

Lucien volvió a mirarla.

—Creo que ustedes deberían ir a la casa, cerrar puertas y ventanas y, si el tiempo empeora, volver al centro.

Dan se volvió hacia la ventana.

—¿Qué tiempo?

Un trueno llegó desde muy lejos. Lucien señaló el cielo.

—Ese.

***

Cuando los jóvenes salieron, Martin cerró la puerta.

—Vaya coincidencia.

Lucien observó a Alex cruzar la plaza. La mandíbula. Los ojos. Algo de Casius, quizá solo porque sabía que debía buscarlo.

—No me gustan las coincidencias —dijo.

—¿Va a decirme qué sabe?

—No.

—¿Por qué no?

Lucien miró el calendario. 5 de enero. En 1987 había sido un 7, y de todas formas el cuerpo se le acordaba del mes antes que la cabeza: se le secaba la boca, le volvía a doler una muela vieja, dormía de a tramos.

—Porque todavía espero estar equivocado.