Terror en Cabo Rojo Chapter 9
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Chapter 9

La casa granate

Serena había aceptado viajar en autobús para no pasar seis horas dentro de la Combi con Daniel.

No se lo había dicho así. Le había dicho que prefería llegar con Andy porque tenían que recoger las llaves de la casa que habían alquilado.

También era cierto. A las dos de la tarde, cuando el autobús las dejó en una terminal vacía a tres kilómetros del centro de Cabo Rojo, empezó a arrepentirse.

—No hay taxis —dijo Andy.

Serena observó la calle desierta.

—Tampoco hay personas.

El único empleado visible cerró una pequeña ventanilla antes de que pudieran preguntarle nada. Una cartelera anunciaba que la siguiente van local pasaría en casi tres horas. Andy miró las maletas.

—No.

—¿No qué?

—No pienso caminar con esto.

Serena se sentó sobre uno de los bolsos.

El calor era pesado, sin viento, de los que hacen temblar el aire por encima del asfalto.

Más allá de la terminal, el camino desaparecía entre árboles bajos y terrenos secos.

En el poste de la parada alguien había tachado con marcador los horarios de temporada alta y había escrito debajo, en letra prolija, CONSULTAR.

No había cafetería abierta. Solo una máquina de bebidas que aceptaba monedas que ninguna tenía.

—Llama a Vera —dijo.

Andy sacó el teléfono. El contacto seguía allí.

VERA brANIER.

Sin número.

—No puedo.

—¿Cómo que no?

Le mostró la pantalla. Serena frunció el ceño.

—Eso es raro.

—Gracias. Empezaba a creer que era yo.

Intentó marcar desde el registro de llamadas. El teléfono no reaccionó. Serena llamó a Dan. Nada. Otra vez. Nada.

—Por supuesto.

—Llama a Alex.

Serena la miró.

—¿Por qué a Alex?

—Porque contesta.

No era una razón inocente y ambas lo sabían.

—No quiero empezar el viaje con Dan celoso.

—El viaje empezó hace seis horas. Dan no está aquí.

Serena guardó el teléfono.

—Esperaremos.

Veinte minutos después, una nube de moscas terminó la discusión. Un hombre que cargaba cajas en una camioneta vieja les indicó que el centro estaba a poco más de tres kilómetros.

—Siguen derecho. No pueden perderse.

Andy miró el equipaje.

—Lo dice como si no tuviera peso.

Serena sonrió.

—Vamos.

***

Cabo Rojo apareció después de una larga recta. No era exactamente un pueblo abandonado, pero tenía la cualidad de los lugares que habían sido más grandes en otro tiempo.

Serena lo reconoció enseguida en la escala de las construcciones.

Había edificios levantados para una población que ya no existía, fachadas comerciales demasiado amplias para los negocios que sobrevivían dentro y casas con habitaciones clausuradas porque mantenerlas abiertas ya no tenía sentido.

La decadencia no era dramática. Era administrativa.

Pintura postergada. Persianas que no se cambiaban.

Carteles de venta que llevaban tantos años expuestos que habían pasado a formar parte de la fachada. Le gustaban esos lugares.

No por romanticismo. Por lo que revelaban.

Las ciudades mentían peor que las personas.

Casas bajas, algunas coloniales. Una capilla sin terminar.

Un municipio pequeño. Tiendas con letreros antiguos y fachadas comidas por la sal.

El mar no se veía todavía, pero estaba en el aire.

Serena, arquitecta de formación aunque trabajara desde hacía años en un estudio de planificación urbana, se quedó mirando una casa portuguesa de dos plantas.

—Eso es hermoso.

Andy arrastró una maleta. Había llegado al viaje con una camisa blanca que seguía inexplicablemente limpia, lentes oscuros y la determinación de no permitir que Cabo Rojo alterara nada de su aspecto.

A los veinte, Serena habría interpretado eso como vanidad.

A los veintinueve entendía que era control.

Andy necesitaba controlar superficies cuando no podía controlar lo demás.

La ropa. La comida. Los horarios. Los planes.

Una casa alquilada por una mujer imposible era exactamente el tipo de anomalía que podía desarmarla más rápido que cualquier discusión.

—Todo lo es cuando no tienes que cargarlo.

Serena no le contestó, porque Andy tenía razón y porque no era eso lo que estaba mirando.

Llevaba en el bolso una cámara que no era del estudio, una cinta métrica de cinco metros y un cuaderno de tapa dura con cuarenta y una fichas de relevamiento hechas en once años de vacaciones ajenas. Ninguna correspondía a ningún proyecto. Era su archivo.

A los veinticuatro había querido dedicarse a eso: documentar la arquitectura de la costa antes de que la sal y los municipios terminaran el trabajo.

A los veintinueve revisaba expedientes de loteos en un estudio de planificación urbana y ganaba lo suficiente para que renunciar pareciera un capricho.

Había una convocatoria. Beca de relevamiento patrimonial, presentación hasta el 15 de febrero, dos carpetas y una fundamentación. La tenía descargada desde octubre y abierta en el escritorio de la computadora, donde llevaba tres meses sin cerrarse ni completarse.

Cabo Rojo era el caso perfecto: un pueblo entero construido para una población que no llegó nunca y abandonado sin demolerse.

Ese era el motivo real por el que había aceptado el viaje. No la casa de Alex. No la semana con Dan. No la conversación que los dos venían postergando desde junio.

Sacó la cámara y fotografió la casa portuguesa: encuadre frontal, después el detalle de la carpintería.

—¿Vas a trabajar aquí? —preguntó Andy.

—Voy a trabajar para mí.

Andy la miró un segundo más de lo necesario y no dijo nada, que era su forma de aprobar algo.

Compraron agua en un almacén. La mujer detrás del mostrador parecía tener la edad suficiente para recordar cuándo habían pintado por última vez las paredes.

Serena observó que no había turistas. Eso la inquietó más que la pobreza del lugar.

La temporada, según el anuncio de Andy, debía empezar en pocos días.

Sin embargo, no había carteles nuevos, obras de preparación ni negocios ampliando horarios.

El pueblo no se estaba preparando para el verano.

Se estaba preparando para algo que no necesitaba publicidad: tanques de agua llenos, leña apilada bajo techo en pleno enero y, en cada casa que habían pasado, tablas nuevas atornilladas del lado interno de las ventanas.

Serena las contó sin querer. Estaban en todas.

Andy dejó la botella sobre el mostrador.

—Buscamos a Vera Branier.

La mujer dejó de contar monedas.

—¿A quién?

—Vera Branier. Nos alquiló una casa.

Serena notó el cambio antes que Andy.

—¿Conoce el nombre?

—Aquí todo el mundo conoce ese nombre.

—¿Entonces sabe dónde vive?

La mujer las observó.

—Vera Branier no vive en ninguna parte.

Andy resopló.

—Muy bien. La casa es granate, al final de una pendiente, cerca de madera, por el camino viejo.

La mujer señaló hacia la salida.

—Sigan hasta el final de la calle principal. Bajen por la colina. Hay una casa así.

—Perfecto.

—Está vacía.

Andy se quedó quieta.

—No puede estar vacía.

La mujer volvió a mirar las monedas.

—Eso ya no es asunto mío.

Afuera, Serena se tomó un momento antes de hablar.

—Tal vez alguien esté usando el nombre de la mujer.

—¿Para qué?

—Estafa.

—No pagamos nada.

—Entonces una estafa pésima.

Caminaron. La casa apareció detrás de una curva, medio escondida por árboles y maleza.

Era peor que en la única fotografía del anuncio.

Granate, sí, aunque el color se había reducido a manchas sobre madera gris.

La cerca estaba inclinada. Las ventanas tenían polvo.

No había vehículo, buzón ni ninguna señal de ocupación reciente.

Andy dejó una maleta junto a la portera.

—Esto no estaba en las fotos.

—¿Cuándo se tomaron?

—No decía.

—Podrían ser de hace veinte años.

Andy abrió la puerta de la cerca.

—Señora Branier.

Nadie respondió. Subieron por un sendero de piedras casi cubierto por hierba. Serena sintió por primera vez algo que no era cansancio. No miedo. Una incomodidad física. El aire parecía más frío junto a la casa. Andy llamó. Nada. Sacó el teléfono.

—Voy a intentar igual.

Seleccionó el contacto. Para sorpresa de ambas, la llamada salió.

Dentro de la casa comenzó a sonar un teléfono.

El sonido era metálico y antiguo, de campanilla verdadera, y salía por debajo de la puerta con la nitidez de una habitación sin muebles ni alfombras.

Una vez. Dos. Tres. Entre timbre y timbre Serena alcanzó a oír el eco volviendo desde el fondo del pasillo, y calculó, sin poder evitarlo, cuántos metros de casa vacía había detrás de esa puerta. Andy acercó el móvil al oído.

—No atiende.

El teléfono siguió sonando. Serena miró por la ventana. No pudo ver nada más que el reflejo de los árboles. La llamada se cortó. El teléfono dentro también. Andy probó el picaporte. La puerta se abrió.

—No —dijo Serena.

—Solo quiero saber si alguien vive aquí.

—Precisamente por eso no deberíamos entrar.

Andy ya había cruzado. Serena maldijo y la siguió.

El recibidor estaba cubierto por una capa de polvo tan uniforme que parecía puesta a propósito.

El aire tenía el sabor cerrado de las casas que llevan años respirando solas — papel, humedad — y por debajo un rastro dulce y metálico que Serena no supo nombrar y que le hizo pensar, absurdamente, en monedas calientes.

Un teléfono negro de disco descansaba sobre una mesa junto a la pared. Andy se acercó.

—Este es.

Pasó un dedo por la mesa. La marca quedó limpia. No había ninguna otra.

—Nadie usa este teléfono.

Serena miró el cable. Seguía conectado a la pared.

—Puede funcionar aunque la casa esté vacía.

—¿Y quién me llamó?

Un crujido en la planta alta las hizo callar. Serena levantó la vista hacia la escalera.

—Madera.

Otro ruido. Más cerca. Andy retrocedió. En el espejo del recibidor apareció un resplandor rojo.

Estaba dentro del vidrio, a una profundidad que el vidrio no tenía, y no iluminaba nada: la mesa, el teléfono y las manos de Andy conservaron su color de siempre.

No duró más de un segundo. Serena giró hacia el lugar del que tendría que haber venido. Nada.

—¿Viste eso?

Andy estaba pálida.

—Sí.

Un golpe seco sonó arriba. No un crujido de madera: un peso apoyándose de una sola vez, como alguien que baja los pies de una cama.

Salieron. Esta vez ninguna discutió. Andy cerró la puerta con las dos manos y bajó los escalones de a dos, y Serena, detrás, sintió la certeza estúpida y absoluta de que si miraba hacia atrás perdería la ventaja. A mitad del jardín se detuvo.

—Espera.

Serena quiso seguir.

—¿Qué?

Andy miró la casa.

—La llamada.

—¿Qué pasa?

—La primera vez me dijo que la casa estaría abierta.

Serena sintió el frío regresar.

—Puede ser una coincidencia.

—No.

Andy hablaba más bajo.

—No dijo que dejaría una llave. No dijo que alguien nos recibiría. Dijo que estaría abierta.

Serena miró la puerta que acababan de cerrar.

—Vámonos.

—¿Y si alguien está dentro?

—Entonces menos razón para quedarnos.

—Llama a los chicos.

Serena sacó el teléfono. Dan no atendió. La segunda llamada tampoco. A la tercera, apretó los dientes y buscó otro contacto. Alex atendió al segundo tono.

—¿Serena?

—Dime que ya llegaron.

—Hace una hora. ¿Qué pasó?

Ella miró hacia la casa granate.

—Necesitamos que vengan a buscarnos.

—¿Dónde están?

Serena le explicó. Alex no bromeó.

—No se muevan. Vamos.

Cuando cortó, Andy estaba mirando la casa.

—¿Qué?

—Nada.

—Andy.

Su amiga señaló la ventana del piso superior. No había nadie, pero la cortina estaba corrida hacia un costado y sostenida así, con el pliegue marcado por una mano que llevaba mucho tiempo en el mismo lugar.

—Pensé que había visto a una mujer.

Serena tomó una de las maletas.

—Nos vamos a esperar arriba, junto al camino.

No volvió a mirar atrás.