Chapter 8
La carretera
Paul había restaurado la vieja Combi durante cuatro años y la trataba mejor que a casi todas las personas que conocía. Daniel la trataba peor.
—Si derramas cerveza otra vez, te bajas.
—Estamos estacionados.
—El principio sigue siendo válido.
Dan apoyó la botella entre las piernas. Alex acomodó una caja de herramientas en el espacio trasero y cerró la puerta lateral.
Tenían seis horas de carretera por delante, una nevera portátil, comida para varios días y más alcohol del necesario para una semana de trabajo familiar que insistían en llamar vacaciones. Paul arrancó.
—Última oportunidad para arrepentirse.
—Tarde —dijo Alex.
Dan levantó la cerveza.
—Por Casius Shed, que nos ha dejado una casa gratis frente al mar.
Alex lo miró.
—No me dejó nada. La casa es de mi madre.
—Entonces por tu madre.
—Mucho mejor.
Paul esperó a que Dan volviera a mirar la carretera.
—¿Tu madre fue alguna vez después de que murió Casius?
—No.
—¿Tu abuelo?
—Tampoco.
—Eso sí es raro.
Alex acomodó el cinturón.
—Mi abuelo era raro.
—Tu abuelo era contador.
—Exacto.
Paul rió. Había conocido a la familia Shed lo suficiente como para saber dónde podían hacerse preguntas y dónde no.
Durante los últimos años del colegio había cenado en casa de Alex más veces que en la propia.
Recordaba al abuelo: impecable, silencioso, capaz de discutir durante veinte minutos sobre una diferencia de centavos y de abandonar la mesa si alguien mencionaba Cabo Rojo.
—Yo pensaba que la casa se había vendido hace años —dijo.
—Todos lo pensaban.
—¿Y por qué la conservaron?
Alex miró por la ventanilla.
—No sé.
Dan intervino.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—No sé.
—Tu palabra favorita —dijo Paul.
Alex no sonrió. Era verdad. Había cosas que a los veinte años parecían no exigir explicación.
Uno aceptaba la forma de la familia como acepta la arquitectura de la casa en la que creció.
Después envejecía, se alejaba, conocía otras familias y empezaba a descubrir puertas donde antes solo veía paredes.
Salieron de la ciudad poco después de las ocho.
Durante la primera hora hablaron de trabajos, parejas y gente a la que ya no veían.
Era el tipo de conversación que solo aparece entre amigos que se conocen desde antes de que sus vidas se volvieran distintas.
Paul habló del taller. Había tardado ocho años en pasar de empleado a socio y otros dos en comprar la parte de su antiguo jefe. Todavía debía dinero.
Aun así, hablaba del lugar con orgullo. Era la primera cosa verdaderamente suya que cualquiera de los tres había construido.
—Si me llaman por una emergencia, no pienso volver —dijo.
—Eso dura hasta la primera llamada —respondió Dan.
—He dejado a Mateo encargado.
—Entonces sí vuelves.
Paul sonrió.
—Probablemente.
La adultez, pensó Alex, era en buena medida eso: planificar descansos alrededor de obligaciones que uno mismo había elegido. Dan habló de un cliente que había pagado una cifra absurda para averiguar si un empleado vendía información. Alex escuchó más de lo que habló.
—¿Y tú? —preguntó Paul—. ¿Qué vas a hacer con la casa?
—Ver si puede venderse.
—¿Y si está destruida?
—Demolerla.
Dan giró desde el asiento del acompañante.
—No puedes demoler una casa embrujada. Pierde valor.
—No está embrujada.
—Tu tío se electrocutó en una silla que se construyó él mismo.
—Mi tío abuelo.
—Eso la hace más embrujada.
Paul miró a Alex por el espejo.
—¿Te molesta volver?
Alex tardó en responder.
—No estuve allí desde niño.
—No pregunté eso.
Dan dejó de bromear. Alex observó el paisaje por la ventanilla.
—Mi madre nunca quiso hablar de Casius. Mi abuelo menos. Cuando murió, cerraron todo y pagaron a un jardinero un par de años. Después ni eso. Supongo que es una de esas cosas familiares que uno termina heredando porque nadie quiere tocarlas.
—Excelente lema para el viaje —dijo Dan—. Heredar lo que nadie quiere tocar.
Paul encendió la radio. El tema murió allí. A media mañana se detuvieron en una estación de servicio. Dan llamó a Serena. La conversación duró menos de dos minutos. Cuando volvió al vehículo tenía la mandíbula tensa.
—¿Todo bien? —preguntó Paul.
—Sí.
Alex no dijo nada. Dan lo vio.
—¿Qué?
—Nada.
—Tienes cara de que piensas algo.
—Tengo cara.
Paul abrió la puerta del conductor.
—Suban antes de que transformen una parada de combustible en terapia de pareja.
Dan resopló. Siguieron. A medida que avanzaban hacia la costa, el tráfico disminuyó.
Las ciudades se convirtieron en pueblos, los pueblos en cruces de carretera y finalmente quedaron largos tramos de monte, campos quemados por la sal y estaciones de servicio abandonadas con los surtidores arrancados y el cartel de precios detenido en cifras de otra década.
Pasaron un motel con la mitad de las letras muertas, un camión cargado de troncos y, durante veinte minutos, absolutamente nada.
Paul señaló el horizonte. Sobre el mar había una pared de nubes que no avanzaba: se ensanchaba en el lugar, de un gris con fondo cobrizo, como un hematoma de tres días. Las aves iban todas hacia el interior.
—Eso no estaba en el pronóstico.
Dan consultó el teléfono.
—Dice lluvias aisladas.
—Eso no parece aislado.
Alex apoyó la cabeza contra la ventanilla.
Durante unos minutos se quedó dormido. Soñó con la casa.
No la recordaba con claridad, pero en el sueño sabía exactamente dónde estaba cada habitación.
Caminaba por un pasillo largo, con puertas a ambos lados.
Todas las puertas estaban entornadas y detrás de cada una había alguien respirando, esperando que pasara de largo.
Al fondo, una mujer de espaldas, quieta, con el pelo mojado goteando sobre las tablas.
—¿Tía? —preguntaba, aunque no tenía ninguna tía allí.
La mujer giraba. Donde debía estar la cara había una abertura de luz roja, y dentro de esa luz algo que seguía teniendo dientes. Alex despertó con el golpe de un bache, la camiseta pegada a la espalda y la sensación exacta de haber estado a punto de reconocerla.
—Mierda.
Paul lo miró por el espejo.
—¿Pesadilla?
Alex se frotó los ojos.
—Dormí mal.
Dan había pasado buena parte de la última hora revisando el teléfono.
Paul lo había visto sin comentar. Años atrás habría preguntado.
Ahora sabía que algunas discusiones de pareja eran agujeros en el terreno: uno podía rodearlos o caer dentro.
Dan y Serena habían llegado a esa fase en que todavía se querían, pero ya no interpretaban del mismo modo casi ninguna conducta del otro.
Él llamaba distancia a lo que ella llamaba espacio.
Ella llamaba control a lo que él llamaba preocupación.
Alex estaba en medio sin haber elegido estarlo. O no del todo. Dan estaba mirando el cielo.
—Bienvenido a las vacaciones.
A lo lejos, sobre las nubes, cayó un relámpago. Esperaron el trueno los tres, sin decirlo, contando por costumbre. No llegó nunca.