Chapter 7
Desaparición
El comisario Lucien odiaba los casos que llegaban con gente de la ciudad.
No porque fueran más difíciles, sino porque siempre traían consigo a alguien dispuesto a explicar cómo debía hacer su trabajo.
El detective DiLaurentis confirmó la regla a los tres minutos de entrar en la comisaría, un edificio de dos oficinas donde el radiador golpeaba cada vez que arrancaba y el olor a mar entraba por debajo de la puerta junto con la arena.
Enero en Cabo Rojo tenía una luz baja y sucia que hacía parecer culpable a cualquiera.
—Quiero revisar toda la cronología desde que Distéfano llegó al pueblo.
Lucien lo observó detrás del humo del cigarrillo.
—Está en el expediente.
—Quiero escucharla.
Martin, sentado junto al archivador, escondió una sonrisa.
DiLaurentis tenía unos cuarenta y cinco años, traje oscuro, zapatos demasiado caros para las calles de Cabo Rojo y una manera de mirar los objetos como si cada uno pudiera estar ocultándole información por voluntad propia. Lucien señaló la silla.
—Llegó el veintisiete de diciembre. Se hospedó en la posada de Lena. Dijo que escribía un libro sobre desapariciones y supersticiones del interior.
—¿Habló con usted?
—Dos veces.
—¿Sobre qué?
—La Casa de los Ingleses. Vera Branier. Tormentas antiguas.
El detective levantó la vista.
—¿Todo eso está relacionado?
Lucien sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
Había conocido a tres generaciones de Branier por documentos y a dos de los Shed en persona.
En otro lugar, aquello habría sido historia local.
En Cabo Rojo era casi memoria familiar. No quería explicárselo a un detective que había llegado con zapatos limpios y la certeza de que toda anomalía tenía una causa clasificable.
Él también había tenido esa certeza una vez.
—Para él, sí.
—¿Y para usted?
—Para mí son historias que contamos porque en pueblos chicos hasta los muertos necesitan una ocupación.
DiLaurentis no sonrió. Martin abrió la carpeta.
—El auto apareció en la ruta 77 la mañana del tres.
Puertas cerradas sin traba, tanque a medio llenar, la llave en el contacto y el limpiaparabrisas en posición de encendido, aunque la batería se había agotado durante la noche.
El asiento estaba corrido hacia atrás del todo, más de lo que necesitaba un hombre de la altura de Distéfano.
Sin signos de violencia. No había cámara ni teléfono.
—El teléfono estaba en la posada —corrigió Lucien.
—Cierto.
—¿Huellas?
—Las del periodista. Alguna parcial que no sirve para nada. Había llovido.
—¿Sangre?
—No.
DiLaurentis hojeó las fotografías.
—¿Pareja?
—Viudo —dijo Lucien—. Sin hijos.
—¿Problemas financieros?
—No que sepamos.
—¿Drogas?
—Pregúntele a la ciudad.
El detective cerró el expediente.
—¿Qué hay en la Casa de los Ingleses?
Martin respondió antes que Lucien.
—Nada. Está cerrada desde que murió Casius Shed.
La mano de Lucien se detuvo sobre el cenicero. DiLaurentis lo vio.
—¿Quién era Casius Shed?
—El propietario.
—¿Cómo murió?
—Suicidio.
—¿Método?
Lucien apagó el cigarrillo.
—Electrocución.
—¿Accidental?
—Construyó una jaula de cobre alrededor de una silla, la conectó a la instalación de la casa y se sentó dentro con las muñecas sujetas a los apoyabrazos con alambre.
Ardió el tiempo que tardó en saltar el interruptor general, que en esa casa nunca funcionó bien.
Cuando lo encontraron, el alambre se había fundido con el hueso y la silla estaba soldada a lo que quedaba de él.
La ciudad consideró que había suficiente intención.
—¿Y usted?
Martin giró la cabeza hacia su jefe. Lucien encendió otro cigarrillo.
—Yo firmé el informe.
DiLaurentis entendió que no habría más.
—Quiero ver la casa.
—Es propiedad privada.
—¿Quién es el dueño?
—La familia Shed.
—¿Viven aquí?
—No.
—Entonces empezaré por Lena.
Se puso de pie. Lucien le indicó cómo llegar a la posada. Cuando la puerta se cerró, Martin esperó unos segundos.
—No le dijo lo de las fechas.
—Porque no hay nada que decir.
—Distéfano preguntó por 1927, 1957 y 1987.
Lucien se volvió.
—¿Cómo sabes eso?
—Lena. Me lo contó esta mañana.
El comisario maldijo por lo bajo.
—¿Qué más?
—Preguntó por Vera Branier. Por Maximiliam. Por Casius. Y por una tormenta en cada una de esas fechas.
Lucien miró el calendario colgado detrás del escritorio.
5 de enero de 2017. Treinta años. No era supersticioso.
Al menos no se consideraba uno. Había pasado tres décadas repitiéndose que los recuerdos de 1987 se habían deformado por el miedo, el viento y una carretera mal iluminada.
A veces la explicación funcionaba durante meses.
Luego llegaba enero y soñaba con la misma luz: nunca de frente, siempre entrando por el borde del ojo, como algo que espera que uno gire la cabeza.
Se despertaba con gusto a moneda en la boca y el cuello empapado, y se quedaba sentado en el borde de la cama hasta que aclaraba. Nunca se lo había contado a su mujer.
Cuando ella murió, descubrió que había secretos que sobrevivían incluso a la persona de la que uno pretendía protegerlos.
Una luz roja vista durante dos segundos no era una entidad.
Un cuerpo quemado no era una maldición. Tres muertos durante una tormenta podían ser tres muertos durante una tormenta.
Pero el cuerpo recordaba cosas que la razón aprendía a negar.
Sintió un frío seco en la nuca, el mismo de treinta años antes, de pie en la ruta 77, un minuto antes de ver aquello que después pasaría tres décadas explicando de otra manera.
—Si DiLaurentis va a la Casa de los Ingleses, no dejes que vaya solo.
Martin lo miró.
—¿Por la tormenta?
Lucien tardó demasiado en responder.
—Por el terreno.
—Claro.
—Y averigua quién es ahora el dueño.
—Pensé que no había nada que decir.
Lucien abrió otro expediente.
—No empieces.