Chapter 6
La llamada
Andy recibió la llamada de Vera Branier mientras salía de una reunión de trabajo.
Estaba en el tercer subsuelo del estacionamiento, buscando las llaves dentro de un bolso demasiado grande, con ese frío de hormigón que no cambia nunca de temperatura ni de hora.
Uno de los tubos fluorescentes se apagaba y volvía cada pocos segundos, y en la rampa de abajo una alarma de auto sonaba sin que nadie fuera a apagarla. El teléfono vibró. Número desconocido.
—¿Sí?
Durante unos segundos solo oyó estática.
—¿Hola?
Una voz de mujer respondió.
—Señorita Lemaire.
Andy se detuvo. La mayoría de las personas pronunciaba mal su apellido la primera vez. Aquella voz no.
—Sí.
—Llama por la casa de Cabo Rojo.
Andy apoyó el bolso sobre el capó. Había enviado consultas a seis propietarios durante la semana.
Serena le había pedido que reservara algo separado de la Casa de los Ingleses porque no quería convertir una relación ya tensa con Daniel en siete días sin espacio propio.
La casa de Vera era la única opción razonable.
Barata. Cerca de la playa. Dos dormitorios. Demasiado barata.
—Sí. Quería confirmar si sigue disponible.
—Está disponible.
La voz tenía una dicción antigua, demasiado precisa, como si leyera las palabras en voz alta por primera vez. Hacía las pausas en los lugares equivocados y no tomaba aire antes de hablar. Sonaba, además, como alguien de pie en una habitación sin un solo mueble.
—Perfecto. ¿Cómo prefiere el pago?
Hubo una pausa.
—Al llegar.
—Puedo hacer una transferencia.
Otra pausa.
—Al llegar.
Andy miró la pantalla. La señal estaba completa.
—De acuerdo. ¿Me envía la dirección por mensaje?
—No uso mensajes.
Andy contuvo una respuesta.
—Entonces díctemela.
La mujer lo hizo. Camino viejo. Casa granate. Cerca de madera. Primera propiedad después de la pendiente. Andy anotó todo.
—¿Su nombre completo?
—Vera Branier.
—Bien. Llegaremos el cinco por la tarde.
La interferencia aumentó. Por debajo de la voz creyó escuchar algo más. Un hombre. No distinguió palabras.
—¿Hay alguien con usted?
Silencio.
—Señora Branier.
La mujer respiró al otro lado.
—La casa estará abierta.
La comunicación se cortó. Andy quedó mirando el teléfono.
No era miedo. No todavía. Era la impresión desagradable de haber hablado con alguien que estaba en una habitación demasiado lejos de cualquier parte.
El aparato le había quedado caliente contra la oreja, más de lo que justificaban dos minutos de conversación, y cuando abrió la mano vio que las llaves le habían dejado tres marcas blancas en la palma. No recordaba haberlas apretado.
***
Esa noche cenó con Serena. Habían elegido un restaurante tranquilo porque Serena estaba cansada de hablar de Daniel en lugares donde tenía que fingir que todo iba bien.
Andy era una de las pocas personas ante las que no necesitaba ordenar la versión de los hechos.
Llevaban más de quince años de amistad, tiempo suficiente para haber atravesado juntas novios, rupturas, entierros, trabajos insoportables y una etapa en la que Andy había medido cada comida con una disciplina que Serena tardó demasiado en reconocer como miedo.
Ya no hablaban de aquello salvo cuando era necesario. La adultez había convertido muchas de sus viejas heridas en información privada en lugar de identidad.
—No quiero pasar la semana peleando —dijo.
Daniel y ella no habían tenido una gran crisis.
Eso era parte del problema. No había infidelidad, violencia ni una traición clara que permitiera señalar un día y decir: aquí empezó todo.
Había acumulación. Pequeñas correcciones.
Preguntas repetidas. La costumbre de Dan de querer saber con quién hablaba cuando ella sonreía al teléfono.
La costumbre de Serena de ocultar conversaciones inocentes solo para no discutir sobre ellas.
Ninguno había hecho algo imperdonable. Ambos habían empezado a comportarse como si el otro pudiera hacerlo.
—Entonces no pases la semana con él.
Andy giró la copa entre los dedos.
—No puedo evitarlo. Vamos al mismo pueblo.
—Eso es distinto de dormir en la misma casa.
Serena la miró.
—Por eso te pedí que buscaras otra.
—Y encontré otra.
—¿Está bien?
Andy dudó.
—Probablemente.
—Esa palabra no me gusta.
—La propietaria es rara.
Serena sonrió.
—¿Rara como tú o rara de verdad?
—Rara como alguien que no entiende transferencias bancarias en 2017.
—Puede ser mayor.
—Por la voz, podría haber nacido antes del teléfono.
Serena rió. Después se quedó seria.
—Dan está celoso de Alex.
Andy levantó las cejas.
—Eso no es nuevo.
—Ahora es peor.
—¿Le diste motivos?
Serena la miró sin ofenderse. Entre ellas había suficiente historia como para que una pregunta incómoda no pareciera acusación.
—No.
—¿Alex?
—Tampoco.
—Entonces es problema de Dan.
Serena bebió agua.
—Las cosas no son tan simples.
—No. Pero tampoco son infinitamente complicadas.
Serena sonrió. Andy había pasado años usando la dureza como una forma de inteligencia. Con el tiempo había aprendido a distinguirlas. Seguía siendo rápida para juzgar, pero ahora al menos sabía cuándo estaba haciéndolo.
—Casi nunca lo son. Pero siguen teniendo dueño.
La conversación derivó hacia el trabajo, el viaje y el pueblo.
Andy no volvió a mencionar la llamada. Al salir del restaurante, encontró una llamada perdida del mismo número desconocido.
Devolvió la comunicación. Una grabación automática informó que el número no existía, y se cortó antes de terminar la frase.
Andy lo intentó de nuevo. La grabación se cortó en la misma palabra.
Esa noche, poco antes de dormir, recibió otra llamada.
—¿Hola?
Estática. Después la voz.
—La casa estará abierta.
—Sí. Ya me lo dijo.
La estática creció. Andy creyó escuchar una respiración masculina detrás.
—¿Señora Branier?
La voz de Vera tardó en responder.
—No llegue tarde.
La llamada terminó. Andy permaneció sentada en la cama con el teléfono en la mano. Revisó el registro. La llamada figuraba sin número. No desconocido. Sin número. Abrió el contacto que había guardado por la tarde.
VERA brANIER.
Debajo del nombre no había nada. Ni un solo dígito.
Andy borró el contacto y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa de luz, que es lo que uno hace cuando quiere que un objeto deje de mirarlo.
A la mañana siguiente el contacto había vuelto.