Chapter 5
El regreso
Alex Shed llevaba diez años encontrando excusas para no volver a Cabo Rojo. La última se había agotado aquella mañana, cuando su madre le dejó sobre la mesa una carpeta con copias de escrituras, impuestos atrasados y una tasación preliminar de la Casa de los Ingleses.
—Hay que decidir qué hacemos con eso —dijo.
Alex hojeó los papeles sin verdadero interés.
—Venderla.
—Para venderla alguien tiene que entrar, ver en qué estado está y separar lo que valga la pena conservar.
—Contrata a alguien.
Su madre lo miró con la paciencia de quien había criado a un hijo capaz de convertir cualquier asunto familiar en un problema administrativo.
—Es nuestra casa.
—Precisamente.
Ella no insistió. No hacía falta. Una semana después Alex había aceptado viajar. A los veintinueve años había aprendido que ciertas obligaciones no desaparecían por ignorarlas; solo maduraban hasta volverse más costosas.
La propiedad había pertenecido a Casius Shed, hermano de su abuelo materno.
Un hombre del que en la familia se hablaba poco y, cuando se hablaba, se hacía con ese tono con el que se mencionan las enfermedades mentales antiguas: sin crueldad, pero con la convicción de que la distancia era una forma de prudencia.
La familia no había sido pobre. Tampoco lo bastante rica como para mantener durante décadas una casa costera que nadie utilizaba.
El impuesto llegaba cada año. Algún vecino cobraba por cortar la maleza cuando amenazaba con tragarse la entrada, hasta que uno de ellos dejó de aceptar el trabajo y devolvió el dinero por correo, sin una nota que lo explicara.
Una empresa había revisado el tejado después de un temporal y cobrado una suma que su madre todavía mencionaba con resentimiento.
—No tiene sentido seguir pagando por un lugar al que nadie quiere ir —había dicho.
Alex estuvo de acuerdo. La facilidad de aquel acuerdo fue, precisamente, lo que terminó enviándolo a Cabo Rojo.
Su madre quería vender, pero no tirar la casa a ciegas.
Había muebles, libros, documentos familiares y objetos de Casius que nunca se inventariaron.
Alex era el único de la generación siguiente sin hijos, sin horario fijo y sin una excusa que pudiera defender ante una mujer que lo conocía desde antes de que aprendiera a mentir.
No le gustó reconocer que también sentía curiosidad.
No por la muerte. Por el silencio. Las familias podían ocultar un crimen y seguir funcionando.
Lo había visto en otros. También podían ocultar algo mucho menos extraordinario —una enfermedad, una deuda, una traición— y convertirlo con los años en un territorio prohibido.
A veces el secreto dejaba de importar. Lo que permanecía era la costumbre de no preguntar.
Con Casius ocurría eso. Alex sabía cómo había muerto.
No sabía quién había sido. Casius había muerto en la casa diez años atrás.
La versión oficial decía suicidio. Alex nunca lo había conocido bien.
Lo recordaba de una única visita durante la infancia: un hombre alto, flaco, de barba gris y manos manchadas de tinta, que había pasado una tarde completa preguntándole qué sueños tenía y anotando las respuestas en una libreta.
Tres veces, con paciencia de escribiente, le había preguntado si alguna vez había soñado con una luz roja.
Alex dijo que no. Casius escribió igual algo largo.
Alex tenía ocho años y durante años creyó que aquello era una costumbre normal de los adultos.
La Casa de los Ingleses había quedado cerrada después de su muerte con las cortinas puestas, la vajilla en los estantes y la cama sin deshacer: nadie había desarmado nada, solo habían girado la llave y se habían ido.
Ahora había llegado el momento de abrirla.
La idea de ir solo le resultó intolerable, así que invitó a Daniel y Paul, amigos desde Saint Jude’s y supervivientes, cada uno a su manera, de los años en que creían que la amistad bastaba para mantener la vida inmóvil.
No era así. A los dieciocho, los tres habían imaginado que seguirían viéndose cada semana.
A los veinticinco, verse una vez al mes ya requería coordinación.
A los treinta, un viaje juntos parecía una operación logística.
No había tragedia en eso. Era simplemente la forma adulta de perder terreno sin perder afecto.
Parejas, horarios, trabajos, padres que empezaban a enfermar, alquileres, hipotecas, obligaciones pequeñas y persistentes.
Por eso Alex había insistido en que fueran.
La casa era una excusa. También podía ser la última vez en mucho tiempo que los tres tuvieran una semana sin una agenda ajena encima.
Paul tenía treinta y uno, trabajaba en un taller mecánico que finalmente había logrado comprar a su antiguo jefe y medía lo suficiente para que cada asiento pareciera diseñado contra él.
Daniel, treinta, se ganaba la vida en seguridad informática y llevaba tres años con Serena, con quien atravesaba una crisis que ambos describían como temporal desde hacía casi seis meses.
Alex trabajaba como editor freelance para dos sellos pequeños y daba clases por horas cuando necesitaba completar el alquiler.
No le iba mal. Tampoco particularmente bien.
Había aprendido a vivir en esa zona intermedia donde las facturas se pagaban y las decisiones importantes podían postergarse un trimestre más.
A veces se preguntaba si esa manera de vivir era libertad o una forma sofisticada de demora.
No tenía hijos. No tenía una pareja estable.
No tenía una carrera que pudiera describir sin añadir explicaciones.
Tampoco se sentía desgraciado. Lo inquietaba otra cosa: la sensación de que llevaba varios años esperando una señal para empezar una vida que, en realidad, ya estaba ocurriendo.
La carpeta de Cabo Rojo había llegado en medio de esa incomodidad.
Por eso aceptó más rápido de lo que quería admitir.
No por obediencia. Porque una casa abandonada, una herencia incómoda y una semana fuera de la ciudad eran problemas concretos.
Y los problemas concretos siempre parecían más fáciles que los vagos.
Cabo Rojo sería una semana. Revisar la casa.
Beber. Dormir. Tal vez ir a la playa. Volver con una lista de objetos familiares y una opinión sobre si convenía vender o demoler.
Eso era todo. El problema era Serena. Alex estaba sentado en su dormitorio con la carpeta de la propiedad abierta sobre las piernas cuando se sorprendió pensando en ella otra vez.
No era un enamoramiento adolescente. Eso habría sido más sencillo.
Era algo peor: una atracción vieja, domesticada y nunca del todo extinguida, que había sobrevivido a parejas, trabajos, mudanzas y a la relación de Serena con uno de sus mejores amigos.
La conocía desde los dieciséis. Serena no tenía la belleza impecable que Alex le había atribuido a los veinte.
Era mejor que eso. Había adquirido gestos, cansancio, una pequeña cicatriz junto a la ceja y la costumbre de quedarse en silencio antes de responder cuando algo le importaba.
El tiempo había hecho con ella lo que hacía con algunas personas: quitar simetría y añadir presencia.
Alex sabía que seguía mirándola demasiado.
También sabía que eso no le daba derecho a nada.
A los veinte habían estado a punto de acostarse durante un viaje universitario.
No ocurrió. Daniel apareció en la vida de Serena unos meses después y, por un acuerdo tácito que ninguno de los dos había formulado, aquella noche dejó de existir.
Alex se había acostumbrado a eso. O creía haberse acostumbrado.
Serena iría a Cabo Rojo. Andy también. Andy era amiga de Serena desde el colegio y, durante años, había mantenido con Alex una relación de antipatía civilizada.
Había cambiado mucho desde entonces. Trabajaba en estrategia de marca para una agencia que pagaba demasiado por jornadas que no terminaban nunca.
Viajaba más de lo que disfrutaba, vestía mejor que cualquiera de ellos y había desarrollado la capacidad de entrar en una habitación y detectar en segundos quién tenía poder y quién solo pretendía tenerlo.
Alex admiraba esa habilidad tanto como le irritaba.
Andy, por su parte, consideraba que Alex convertía la indecisión en personalidad.
Ambos tenían algo de razón. No se insultaban. No discutían. Simplemente compartían la certeza de que el otro era una persona perfectamente prescindible. A Alex le habría resultado más cómodo un viaje de tres. Daniel había decidido lo contrario. El teléfono vibró sobre la mesa. Paul.
—Dime.
—Dan quiere llevar una carpa.
Alex miró al techo.
—¿Por qué?
—Dice que privacidad.
—Serena y Andy reservaron otra casa.
—Se lo recordé.
—¿Y?
—Dice que las reservas se cancelan.
Alex sonrió.
—Llévala. Si la carretera se corta, al menos podremos enterrarlo con dignidad.
—Ese es el espíritu.
Colgaron. Alex cerró la carpeta y se levantó.
En el espejo del armario vio su propio reflejo: cabello demasiado largo, barba de tres días, camiseta vieja.
Nada dramático. Nada que justificara la sensación de que algo estaba fuera de lugar.
Se acercó. Había movimiento detrás de él.
Giró. La habitación estaba vacía. Volvió a mirar el espejo.
En el borde del cristal había un punto rojizo del tamaño de una cabeza de alfiler, y no estaba en el reflejo: estaba dentro del vidrio, a una profundidad donde el azogue debería ser sólido.
Parpadeó y ya no estaba. Alex apoyó la mano en la superficie.
El espejo estaba frío como una ventana en enero, y en el resto de la habitación hacía calor.
—Necesito vacaciones —dijo en voz alta, a un dormitorio vacío, que es exactamente lo que hace un hombre cuando quiere que la explicación llegue antes que el miedo.
No le convenció ni a él.